Mala influencia

Estoy en Pamplona por una operación muy delicada de mi padre. Me he venido, lógicamente, sola. Voy a chupar venga de hospital y los críos aquí no pintan nada. Pero están mis sobrinos, que viven en San Sebastián, y hemos salido a comer por ahí a celebrar el cumpleaños de mi madre.

Paseando, nos topamos con una rampa de un edificio, que a la sazón pertenece al club del que somos socios (ya se sabe, uno es PTV-PTT cuando es de Pamplona de Toda la Vida y Probablemente También del Tenis) y a los críos les apetece hacer lo que hemos hecho de críos nosotros siempre… subirla y utilizarla de tobogán.

La rampa está cubierta, para más INRI, de una capa resbalosa en vez de los clásicos mini ladrillos que supongo siguen debajo, en cuyos pequeños salientes te podías apoyar para trepar pero donde te dejabas medio culo al deslizarte para abajo. Ahora, entonces, subir es harto difícil, pero deslizarse es aún más guay.

El club ha plantado un cartel en el que se prohíbe hacer uso de esa rampa cuyo propósito jamás ha sido el de servir de divertimento.

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Pero que lo ha sido. Durante generaciones.

Es que, vamos a ver, ¿quién, siendo niño, es capaz de pasar por delante y resistirse a subirse y luego a tirarse?

Y no siendo niño…

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Me propongo recordar viejos tiempos y subo (a la tercera, pues voy con algo de tacón y una suela que resbala de lo lindo).

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Una vez arriba, me deslizo. Solo que, en vez de ir aminorando velocidad frenando con los pies, como hacen mis sobrinos (quienes, por supuesto, tienen que perpetuar la costumbre), me lanzo a tumba abierta.

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Caigo mal y me hago un esguince. Ideal.

En fin, que por si no tenía bastante con malograr a mis hijos, aquí estoy, dando ejemplo a mis sobrinos.


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