La vida es como una caja de bombones

Se supone que Don Bimbas come muy bien. Su barriguilla da fe de ello.

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Pero conmigo, desde luego, nada de nada. Los fines de semana se alimenta a base de biberones nocturnos. Esa tripa debe estar llena de algodón. Me pongo mala.

Esta tarde noche le he intentado dar lentejas hasta en biberón (que hace tiempo que se utiliza solo para la leche con cereales). Y ni por esas. He hecho trasvase a un plato. Tampoco. Les he echado barquitos (pan). Que si quieres arroz. Y lo he dado por perdido.

Luego he sacado una caja de bombones que cayó en mi poder hace un par de días y a la que ya he metido unos viajes de escándalo.

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(Admirar la simetría, qué belleza, qué perfección).

La he abierto para darle otra tanda de las de dejarla temblando… y Don Bimbas se me ha acercado. Bombón que me llevaba yo a la boca, bombón que intentaba quitarme el canijo. He tenido que forcejear bastante con él. Pero no ha logrado su objetivo. “Cuando comas lo que tienes que comer, te daré bombón”. Por desgracia, no ha surtido efecto.

Al rato me levanto del sofá para hacer unas cosas y dejo a mis críos en el salón. Y cuando vuelvo, me encuentro a Don Bimbas chuperreteando un bombón. “¿¡¿¡CÓMO!?!? ¡¡SUELTA ESO!!”, he vociferado. Se ha pegado un buen susto, ha soltado el bombón y lo ha devuelto raudo a su lugar. Cómo sabe cuando está haciendo mal, el tío.

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Ahora tengo un bombón chupado en mi caja y no sé cuál es. Eso no es lo peor, lo peor es que no sé si era el primero que cogía…


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