La empatía personificada

El Cachorro es muy mirado. Estamos a vueltas con el nombre del hermanito. Ya he contado que siempre que le preguntamos, el peque dice que quiere que se llame Miguel, de la buena impresión que le dio un amigo mío hace nada más y nada menos que medio año ya. Pero su padre y yo tenemos nuestras preferencias, que no coinciden con la suya. Así que vamos en el coche y le preguntamos, ambos a dos (cada uno con su apuesta), para ver si nos secunda: “¿Y no prefieres Pablo, Fernando, Tomás, Pedro, Felipe… (lo que sea)?” El Cachorro sabe cuál es el favorito de cada uno de nosotros. Así que con Pablo, por ejemplo, que es uno de los nombres que me gusta a mí, dice: “Paulo me guta” (no sabe pronunciarlo), para tenerme contenta. Y seguidamente pregunta: “¿A ti te guta Paulo, papá?”, porque se quiere asegurar de que también es del gusto de su padre. Qué rico. Porque luego lo ha hecho al revés. El Señor de las Bestias quiere ponerle Fernando, y le pregunta al crío si le gusta: “Zí, me guta”, y añade: ¿Te guta, mamá?” No vaya a ser que ofenda a alguien. Me lo como.

dulces

Pues no queda ahí la cosa. Entramos en el garaje y coincidimos con unos vecinos que tienen un niño de la edad del nuestro. El pobre venía cansado y estaba llorando en brazos de su padre. Y El Cachorro, viendo el panorama, le dice: “Bruno, toma mi coche”. Le ofrecía el cochecillo que llevaba en la mano y del que no se había separado durante todo el día. A ver si lo animaba. Su sentido de la compasión está muy desarrollado.

Y no es la primera vez que le veo hacer algo parecido… Es más, si en el patio está con una bici y otro niño le arma el pollo porque quiere la misma bici, él (generalmente) se la deja y coge otra.

Qué primor de crío. Espero que los de su edad no se estén dando mucha de eso, no se vayan a aprovechar, ¡malditos abusones!


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