Inocentes ahorcados

Encontrarme al gato ahorcado.

niño

El Cachorro les debe de tener a los peluches el mismo amor que yo.

Eso me recuerda a una vez que compartía piso en Madrid con una amiga y acogimos a otra durante un tiempo. Esta se vino con su osito de peluche, sin el que no podía vivir y con el que dormía. Con 23 o 24 años. Para qué queremos más.

A nosotras, a mi compañera de piso y a mí, nos hizo mucha gracia eso, tanta, que infligimos al osito toda clase de torturas, con las que se topaba su dueña cuando volvía del trabajo a casa. O su osito estaba ahorcado en el ventilador, o colgando de unas pinzas boca abajo en el tendedero, o metido en el congelador. Todo merecía la pena con tal de ver el show de nuestra amiga: “¡Nnnnoooooo, Teddyyyyyyyyy, ¿qué te han hecho?!” JAAAAJAJAJA. Ay, qué gran diversión te proporciona ser malvada de vez en cuando.

(Encima se llamaba Teddy. Vengaaaa…)

P.D. Os cuento que para escribir este post he llamado a la propietaria del susodicho peluche. Ni se acoraba, hasta que he escarbado en su memoria y enseguida ha vuelto a exclamar su nombre como antaño: “¡Teddyyyyyyy, mi ositooooo!”

– A todo esto, ¿qué hacía yo con un osito con… ¿cuántos años teníamos?? – me pregunta.
– No sé, ¿como 23?
– Ah, pues entonces era porque aún era virgen.

Y así ha transcurrido nuestra conversación.

El surrealismo me persigue tenga los años que tenga.


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