Falsa superalarma

Estoy en el trabajo y me entra una llamada. Veo que es de la mujer que cuida a mis niños. Y estoy por no cogerle, porque es la hora a la que los recoge del cole y suele llamarme para decirme, entre grandes aspavientos auditivos, que Don Bimbas se niega a andar, que ella no puede, que qué hace, que mira, que esto y que lo otro. Y yo no sé por qué narices me llama, porque yo estoy a unos cuantos kilómetros de su localización y desde el trabajo no puedo hacer nada. NA-DA. Y me pone negra porque me hace perder un tiempo precioso quejándose sin parar, y ni avanza ella ni avanzo yo.

Es una mujer de por sí exagerada. Si estamos en el patio, de repente la oigo: “¡No! ¡NO! ¡¡AY!!”, gritando como loca, pero de esos gritos en plan susto, como los que emitiría cualquier ser humano si viera a alguien autoseccionándose el antebrazo con un hacha. Y cuando miro alarmada, es cualquier tontuna. Alguna donbimbainada pero de las más suaves. “Ay, chica, qué susto”, le digo, “¡pero tú, no él!”

Tiene ahora a su hija embarazada. Y vive en un drama continuado. Que si los médicos le han dado cuatro FPP, que seguro que tiene complicaciones, que si el padre de la criatura se ha ido a Francia a buscar una vida mejor y que seguro que no vuelve, que se tendrá que hacer cargo ella, que cómo lo va a hacer, que me dejará tirada, que… Con esa cantinela vivo yo a diario.

Así que cuando ahora a las cuatro de la tarde veo su nombre en la pantalla del móvil, pongo los ojos en blanco, suspiro hondamente, me muerdo el labio inferior y… contesto.

– AAAAAAAAAAAH. BUAAAAAAAAAAH. BUAAAAAAAAAH. – escucho de fondo (como para no). Es Don Bimbas. Entre los lloros, emergen los gritos de la mujer.
– ¡¡Ay, Amaya, está llorando, mira!! ¡¡Y le duele la barriga!! ¡¡Me lo ha dicho su profesora cuando me lo ha dado!! ¡¡Que se ha empezado a quejar a las tres y media!! – todo son frases cortas entre gritos – ¡¡¡Mira, mira!!! ¡¡¡Escucha!!!
– BUAAAAAAH, BUAAAAAAAH.
– Ya, ya, vale, tranquilidad. A ver, ¿le duele la tripa?
– ¡¡Sí!! ¡¡La tripa!! ¡¡Un montón!! ¡¡No sé qué hacer!! ¡¡Estamos aquí!! ¡¡No se mueve!!

Hoy al menos parece que tienen una excusa más elaborada. Lo de estar “ahí” sin moverse es la tónica general: Don Bimbas se niega a andar, la mujer no lo puede coger aúpa, y se quedan el gran rato, con ella desesperada y El Cachorro hastiado perdido. Las performances del pequeño es que son de un aburrido ya que no se aguanta. Pero la actuación de hoy está siendo soberbia.

– ¡¡Y la profesora os iba a llamar, a los padres!! ¡¡Pero eran las tres y media!! ¡¡Y como ya era casi la hora de salir, por eso no os ha llamado!!

A mí lo de irme del curro me viene fatal, porque, de costumbre, mis circunstancias no me acompañan. Contrato de un mes para un programa piloto en una productora con la que nunca he trabajado anteriormente que ha presupuestado por supuesto a la baja y tiene las jornadas de grabación y edición contadas y son más que escasas. Es decir, desde que entro curro como una mona sin descanso para poder llegar, meto más horas de las que corresponden, y no quiero largarme a mitad de día para que me miren mal.

Por otra parte, hay que ser realista. ¿Qué ganamos con que vaya yo para allá, que tardo, si el tráfico es benigno, y eso es mucho decir en Madrid, como poco tres cuartos de hora? Y, además, no sería la primera vez que dejo un curro por lo mismo, por acudir a una llamada entre gritos de esta señora, que me presenta a mi niño moribundo solo porque llora, y cuando con la lengua fuera y preocupada llego a casa, está el tipo sentado viendo la tele y, si tuviera edad, fumándose un puro. Y la otra: “Ah, ya se le ha pasado”. Que es para meterle la cabeza en la olla de agua hirviendo.
Insisto, aun si el asunto es grave, ¿qué puedo hacer yo desde la distancia, por mucho que decida ir? Con lo que tardo, el crío la ha espichado.

Seamos prácticas:

– A ver, mira, coge un taxi…
– ¿¡Un taxi!? ¿¡¿Un taxi?!? ¿¡Dónde, un taxi!?
– A veeeeer, yo te mando un taxi. Ahora vamos a colgar y llamo a un taxi y te lo mando.
– ¡¡Vale!! ¡¡Vale!! ¡¡Está el niño doblado!!

Llamo al taxi y le doy las coordenadas. Vuelvo a llamar a la señora.

– Mira, el taxi va para allá.
– ¡¡¡No lo veo!!!
– Escuuuucha. Va-para-allá. No-está-ahora. Está-de-camino.
– ¡Vale! ¡¡El niño está doblado!! ¡¡No para de llorar!!
– Bien. Cuando cojas el taxi os vais directos al ambulatorio.
– ¡¡Pero tú vienes!!
– No. ¿Cómo voy a ir yo? Yo no voy. ¡Estoy a una hora de allí!
– ¡¡Pero no tengo hora para ir allí!!
– ¡A ver, por urgencias! ¡Te presentas, das su nombre y le verán de urgencias! – De verdad, todo problemas.
– ¡¡Pero el taxi cómo lo cojo!!
– ¡El primer taxi que veas en esa calle es el tuyo! ¡Paciencia!
– ¡Con tanta gente ahora aquí, cómo hagooo! – sigue lamentándose. Maaadre del amor hermoso, qué cruz tengo con ella.
– No te preocupes que para cuando llegue se habrá despejado de gente.
– ¡¡Pero tú vienes!!
– Nooo, yo no voy.
– ¡¡No para de llorar el niño!!
– ¡¡Pues ahora os vais a que lo vea un pediatra!!
– ¿¡Vas allí?!
– ¡¡No, no voy a ir allí!! ¡Cuando lo vea el pediatra me llamas, y si es una apendicitis galopante, no te preocupes que ya iré corriendo, pero a ver qué diantre es porque para mí que es un pedo atravesado!

Convencida de lo del pedo, estoy. Si me conoceré el percal. Y al uno. Y a la otra. La otra que casi me escupe “mala madre” a la cara con tal de hacer que yo abandone mi curro.

– Tú antes que nada te tranquilizas. El taxi va para allá. Si el niño llora, que llore, qué se le va a hacer, ¡pero no ganas nada gritando, mujer, por favor!

Así que allá que se han ido. Al rato llamo.

– Amaya – me contesta en voz baja – lo está viendo ahora el médico.

En efecto lo oigo darle órdenes a Don Bimbas. Y ahora el desesperado parece él, el médico. “¿Te duele aquí? ¿Y aquí? ¿Y aquí? ¿Te duele? ¿Te duele ahora?” Parecía tan ansioso que si llego a ser Don Bimbas le digo que sí. Pero Don Bimbas a todo que no, tan pichi. Colgamos el teléfono.

Más tarde, la histérica mujer me llama:

– Dice el médico que no ve nada ni nota nada.
– ¿Y cómo está el pequeño? Tan tranquilo, ¿no?
– Sí, bueno, sentado conmigo en la sala de espera.
– Ya.
– A ver cuándo quiere andar.
– Pues en cuanto vea algo que le interese, una pelota, un niño, o que su hermano tiene algo superatractivo en la mano.
– El médico ha dicho que si vomita o tiene diarrea, que lo llevemos corriendo.

Yo sé que eso NO-VA-A-SUCEDER.

– Bien, vale. Pues a ver qué pasa entonces.
– Dice también el médico que puede ser algo emocional. Yo lo que creo es que se moría de hambre.

Y yo sigo con mi teoría del pedo.

madre 27 (1)

En cualquier caso, me ha tocado volver a explicarle a esta mujer que yo, a una hora de distancia, poco puedo solucionar si mi hijo está berreando. Que tampoco ayuda nada que el personal (o sea, ella) se ponga nervioso y grite. Que tiene que facilitarme la vida y evitar preocuparme constantemente. Que cuando ocurra algo que no implique sangre, brecha, corte, ambulancia, etc., me llame para informarme: “Veo al crío chungo, me lo llevo para el médico», y que luego me diga qué es lo que tiene, para actuar yo en consecuencia.

… Y sé que es una conversación que no-va-a-servir-de-NA-DA.


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