Epidemia

La noche del domingo al lunes anterior, El Cachorro estuvo vomitando. Supuse que había tenido algo parecido a un corte de digestión, pues se bañó en las Lagunas de Ruidera haciendo más bien frío y luego guarreó helado, pistachos… Aún lo mandamos al cole el lunes y nos llamaron para que lo fuéramos a recoger, pues estaba con algo de fiebre.

No obstante, pensamos que fue un episodio aislado, e hice oídos sordos al chat de las madres del colegio que no hacen más que charlar de cualquier tema sin parar y me tienen fritica. Ahí, entre piojos y me-falta-una-bolsa-alguien-la-ha-visto, me pareció leer algo sobre virus, niños enfermos, pediatras y vómitos. Pero, lo dicho, ni caso. En mi línea.

La noche del jueves al viernes, a eso de las cinco de la mañana, el pequeño nos despertó porque se puso a vomitar como si no hubiera un mañana. Inundó la cuna entera. Su padre y yo cambiamos sábanas y pijama con la cena asomando en la garganta. Jesús qué asquete.

Parecía que se había recuperado a las seis y media, que lo levantamos de nuevo. Cogía yo un tren para Pamplona con los dos pequeños. Madrugón de la isla y yo con el estómago revuelto. Lo achacaba al momento bebé-expulsando-todos-los-líquidos-que-había-tomado-desde-que-nació y a lo temprano del momento.

niño

Me tomé un zumo de naranja y, ya en el tren, tres cookies con chocolate, por aquello de asentar el estómago bailongo. Me esperaba un fin de semana en el que, después de meses, o incluso año y pico, iba a cenar con mis amigas. PERO, después de llevar a El Cachorro a hacer caca al baño, lo tuve que dejar en el asiento e ir yo detrás en solitario a evacuar por todos los orificios de mi cuerpo. Un cuadro. Ay, qué malica.

Me vinieron a buscar mis señores padres y en los alrededores de la estación me puse a echar la pela en una esquina como una borracha cualquiera. Un desastre. De ahí directa a la cama, a hacer tiempo hasta la hora que tenía pedida en el dentista. Me habían hecho hueco especialmente y no quería perderla. Pero estaba tan fatala… Mi madre sugería hacer la llamada pertinente para anular. Pero tras un par de manzanillas y una gran dosis de coraje por mi parte, fui. Y salí con una muela del juicio menos (la última, así que ahora sí que no respondo). Me vine arriba por haber sido capaz de aguantar el envite y, al pasar por una peluquería semivacía, decidí entrar a darme color y sanearme las puntas, que falta me hacía. Pues bien, cuando ya tenía el potingue en la cabeza, va y me empiezan a entrar unos escalofríos de agárrate y no te menees.

madre

(Hay que tener o muchos ovarios o poca vergüenza, o no regir muy bien debido a una escalofriante enfermedad, para colgar una foto así).

Así que al lavar la cabeza no hubo ni crema ni mascarillas ni tratamientos ni leches, (es decir, como siempre, que jamás opto por extra alguno, pero esta vez con más razón), y a la hora de secar, no hubo peinado. Tuvo que venir mi padre a por mí y, temblando como una hoja, me metí en la cama hasta el día siguiente.

Tocada y hundida, el sábado apenas hice aparición en el salón donde se congregaron mis padres, mis hijos, mi hermano y familia, que habían venido de visita, y el perro. Y por la noche acabé por no ir a la cena de amigas que organicé yo. Estuve a punto porque soy así de descerebrada, pero al final tuve algo de criterio. Mi estómago vuelta al aire aún, mi agotamiento, mis dolores repartidos por todo el cuerpo (la muela, la muñeca con una lesión por coger al bebé, la contractura del cuello, el dolor de la riñonada, mi uña del pie encarnada, mis varias heridas por haber hecho todos los deportes acuáticos del mundo hacía una semana… etc.), mi cansancio producto del mucho trabajo, de la presión, del estrés, de los hijos, de tó, lucharon todos a una contra mi voluntad y me convencieron de que lo mejor, ya que estaba en casa de mis padres, es que descansara y me terminara de recuperar.

A las cuatro de la mañana mi padre, que se había prestado a dormir con mis dos hijos para que yo descansara sin la presión de comportarme como una madre, comenzó a vomitar. Despertó a mi bebé, al cual no me quedó otro remedio que atender yo. Cuando lo logré dormir (pronto, para lo que es él), el mayor se despertó llorando porque le dolía el oído, y luego la pierna. Así estuvo como un cuarto de hora. Y, mientras, mi padre agarrado al váter.

Pensé en la suerte que tenía mi madre, ahí encerrada en su habitación en el otro ala de la casa, sin enterarse de nada.

Pasadas unas horas y ya siendo de día, mi padre procedía a informarme: “Tu madre se ha pegado toda la noche vomitando y con diarrea”. ¡Halaaaaaaaaaa! ¡Qué escabechina!

Total, que mi esperado domingo de placidez se convirtió en un hijos por aquí, padres por allá, comida por hacer, perro que sacar, cosas que recoger… y de ahí para el tren de vuelta a Madrid.

Informo de lo sucedido al Señor de las Bestias, que está en el lugar de destino. Y me contesta lo siguiente:

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Entre todos nos cuelgan el sambenito de que El Cachorro, Don Bimbas y yo vamos sembrando el mal. Claro, que se entiende cuando a eso de las cuatro de la tarde mi padre pregunta en el chat familiar que qué tal está mi hermano y familia, que vinieron a comer a casa ayer. “Sin novedad”, contesta mi cuñada. Parece que mis sobrinos mellizos se han librado. Ah, pero ni dos horas más tarde, recibimos el siguiente mensaje: “Uno de mis peques ha efectuado su primer vómito. Empieza el festival”. ¡Argh! Esto ha sido demoledor. Y a continuación: “Qué buenos “regalitos” nos trae mi cuñada de Madrid”. Eso iba por mí. ¡Pues sí, somos de dejar huella!

No contentos con este fin de semana pamplonica tan devastador, para rematar, nos encontramos en el tren de vuelta a Madrid con mi prima y sus dos hijos. Providencial, porque así me ayudaron con los niños durante el viaje. Es más, me secuestraron a Don Bimbas y se pegaron casi todo el trayecto con él. Llegamos a Madrid, muak, muak, adiós, adiós, y hoy recibo noticias de mi prima…: tanto ella como mis sobrinos están pasando el día, ¿adivináis?, VOMITANDO Y CAGANDO.

Ay, madre. Me he cubierto de gloria con esta visita a mi tierra, vaya, qué éxito.


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