El niño invisible

«Mamá, di dónde etá Zimón», y se esconde. Porque le encanta que yo haga como que no lo veo y me preocupe. Le chifla que vaya por la casa preguntando en alto “¡Pero bueno! ¿Dónde está Simón?”, y si lo aderezo con mi proverbial teatro, mejor que mejor: “¡Con el cariño que le había cogido a ese niño! ¡Y ya no está! ¡Menudo fastidio! ¿Qué voy a hacer sin él? Menos mal que tengo otro”. Él se parte. De hecho, el ritual suele consistir en que yo me extrañe de escuchar una risa y haga como que descubro que proviene de él.

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Qué ternura me produce esta inocencia que les hace creer que si ellos no te ven, tú a ellos tampoco. Aunque se hayan escondido delante de tus narices. Se deben creer que desaparecen de verdad, que son invisibles hasta que vuelven a establecer contacto visual.

2 pensamientos en “El niño invisible


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