El cuerpo dice basta

Yo no sé cómo lo hacen otras madres trabajadoras, pero a mí la vida se me hace cuesta arriba. Esta semana es que además coincide que trabajo como reportera en una productora para una cadena y también media jornada como guionista de otro programa de otra televisión. Esto implica que me muevo bajo un estrés constante poniendo el jeto delante de una cámara y/o haciendo entrevistas improvisadas en las que yo parezca medianamente inteligente y simpática, mientras a la vez le doy vueltas a la cabeza a todas las cosas que tengo pendientes de hacer, como los guiones del otro lugar y una voz en off que les tengo que grabar, o escribir este blog, que aunque parezca que no, publicar A DIARIO y buscar fotos ad hoc da un currele de agárrate y no te menees. Por si fuera poco, la profesora de mi hijo mayor ya se está poniendo en marcha mandando trabajitos, porque se debe pensar que no tengo nada que hacer en todo el santo día que pensar en cómo desarrollar un tema sobre una cartulina.

 

Por supuesto en casa me espera la logística de qué hay que comprar, qué hay que lavar, qué hay que planchar, qué hay que ordenar. Y hacerlo, claro. Yo tengo ayuda, pero nunca es suficiente.

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Qué se ponen los críos de ropa para el día siguiente, qué merienda llevan, qué sábana a la guardería y qué libro hay que devolver en el cole.

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Por supuesto, qué cenamos, quién se baña y, muy importante, quién se duerme. Don Bimbas no, desde luego. Nos da unas noches que ríete de las bodas gitanas. No sé qué le pasa que no hay quien lo calme. Desespera al más pintado. Y voy durante el día con unas ojeras que me llegan hasta los tobillos, un dolor de cabeza que parece que tengo el cerebro de plomo, un dolor de riñones morrocotudo, un dolor de pies (porque además los tengo jodidos) que ando medio coja y un cansancio que me da la impresión de que tengo un regimiento de gnomos invisibles colgados de mí que tiran hacia abajo mientras camino.

 

Y luego, claro, luego está la vida. Los percances, los inconvenientes, los imprevistos. Cuando ya me he pegado varias noches robándole horas al sueño para escribir esto que estáis leyendo, y por fin, toda ufana, envío el mes siguiente al completo a Cosmopolitan con sus fotitos y toda la parafernalia, recibo de vuelta un mail en el que me dicen que leen el texto pero que no ven las fotos. En efecto, abro el documento y brillan por su ausencia. En vez de ellas hay recuadros en blanco. En algún momento el disco duro donde tengo almacenadas las fotos se desconectó y desaparecieron. Así, tal cual. DE-SA-PA-RE-CIE-RON.

 

Antes de ir al trabajo, tengo ya que ponerme a volver a elegir las fotos. Menos mal que “solo” se ha ido al cuerno medio mes y me va a llevar al menos seis horas en total hacerlo (y porque confío en acordarme de cuáles elegí cuando vaya abriendo carpetas de millones de fotos)… que a ver de dónde las saco en apenas dos días que me quedan para la entrega en el límite de plazo. Jornada y media diaria de curro y niños pululando en casa no te dejan tiempo ni para cenar, así que para buscar fotos… Vamos, que estupén.

 

Me muero, básicamente.

 

Como todo tiene un límite, el cuerpo hoy ha dicho hasta aquí hemos llegado, mona, tú qué te crees, y se me ha revuelto la tripa hasta tal punto que he ido al baño tres veces con arcadas. Y, no, no estoy embarazada. Al día siguiente tengo tres reportajes por grabar, y me acuesto con la esperanza de que todo sea una falsa alarma. Pero no.

 

Cuando me levanto, después de haber dormido unos tres minutos y cuarenta segundos en toda la noche, entre el mal temple y mi pequeño dándonos la serenata, me tomo una manzanilla y, tal cual, la echo. No estoy para nada ni para nadie, así que aviso al trabajo a mi coordinadora de que lo de hoy no va a poder ser.

 

Como la tele es como es, de todo menos humana, ya se pone todo el mundo nervioso. Mi coordinadora, que además es amiga, me comenta que lo que hará será decir a nuestros superiores no sólo que estoy vomitando, sino que me ha dado un infarto y que accidentalmente una sierra eléctrica me ha segado ambas piernas, para justificar mi ausencia. Los jefes no se caracterizan precisamente por ser comprensivos y empáticos. Vomitar, tener fiebre e irse por la patilla no es suficiente para faltar al trabajo.

 

Otro compañero (donde “compañero” es un decir) que cree que manda, o que me manda a mí, determina que tendré que recuperar esos reportajes currando el fin de semana. Y así, a mi mal estar, añado una presioncilla y un agobio extra que me vendrán muy bien para reponerme cuanto antes.

 

Pero, hay más, cuando personalmente llamo al primer lugar que iba a grabar para anular, me encuentro con que su dueño me dice, vaya por Dios, que su suegra, la fundadora del negocio, se ha levantado ex profeso para ir allí y recibirme, que su hijo y su sobrina se han quedado sin ir a la universidad para atenderme, que todo el barrio está alterado por mi llegada, que… Que encima me entra un cargo de conciencia como la copa de un pino, pensando en esa mujer mayor que se fue ayer a la pelu para salir en la tele, en la ilusión de toda esa gente, que digo que, mira, bueno, que sí que voy a ir. Y VOY.

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(Foto en el lugar de los hechos con manzanilla en la barra).

 

Bastante buena pinta tengo ¿eh? Vamos, que ni se nota que estaba enferma. Y vaya si lo estaba, porque no remonté. ¡No os digo más que me ofrecieron comida y no comí…! Vosotros que me conocéis sabéis que es el indicativo que determina si estoy enferma de verdad o no.

 

No os cuento cómo fue el dolor de riñones, que no me tenía ni en pie, el de pies, que no podía ni con las tabas, y por supuesto, el mal temple de ese cuerpecillo que en medio de la grabación me dejó la cara más blanca que la de Michael Jackson y me pidió ir al baño urgentemente so pena de convertirme en la protagonista indiscutible de la historia.

 

Me tenían que dar un Oscar.

 

Esto me recuerda a un reportaje que grabé hace unos cuantos años en el que me mandaron a Tenerife y allí tuve una fiebre de 39º. Y como me daba palo no grabar, porque suponía haber gastado dinero en viaje y hotel para nada, salí a hacerlo… ¡con plumífero! Juro que se me veía entrevistando en la playa a gente en bañador con el plumas puesto.

 

Yo es que soy boba.

 

En fin, después de haber salvado esta grabación logré librarme de las otras dos previstas (y que no hacían falta para nada en el reportaje porque había material de sobra, pero es que es muy fácil hacerte grabar de más desde un despacho porque, total, la que sale a la calle y se machaca eres tú) y me metí en la cama.

 

La cama, ¡la cama! No me lo podía creer.

 

Por la noche, trasladé mi culo de la cama al sofá, y por si acaso seguía teniendo el estómago delicadillo…adivinad quién se me durmió encima del píloro.

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Así, pa rematar. Porque este es otro déspota al que le importa tres que tú estés mal. Tienes que ejercer de madre EN CUALQUIER CIRCUNSTANCIA y punto pelota.

 


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