Echar de menos

Retomando el post de ayer… El Cachorro es el hijo al que no le cabe el corazón en el pecho. Es un “echador de menos” profesional. Todo un sentimental. Aunque a veces no sé si es de boquilla, porque si se va solito con sus primos, por ejemplo, dos días, en ningún momento se le ocurre pedir un móvil para llamarnos.

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El caso es que, si alguien viene a estar con nosotros, y al cabo de un tiempo (un fin de semana, una tarde…) se va, es ver alejarse el coche y saltar El Cachorro: “Ya lo echo de menos”…

Hoy su padre se ha ido a un rodaje a Cádiz. En la calle, al lado del portal, nos despedimos de él. Sus dos hijos le dicen lo mucho que le quieren y la furgoneta echa a andar. Ellos van detrás. Su padre les dice que no le sigan. Y en lo que se separa cinco metros, diez a lo sumo, se da la vuelta El Cachorro y me dice: “Ya echo de menos a papá”. Qué tío.

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Aunque eso viene siendo normal. Pero, más tarde, quedamos con una amiga mía que vive en Londres. Tomamos algo en una terraza mientras los críos andan con las bicis y petardean por ahí. Ella no es que intercambie muchas vivencias con ellos, más que alguna miniconversación. Pues bien, la acompañamos hasta una plaza cuando se va y, de nuevo, nada más decirle adiós, me viene El Cachorro a decirme que la echaba de menos. No es la primera vez que la ve, pero como si lo fuera, porque no se acordaba de ella. ¡Y que la echa de menos! “Es que no sé qué me pasa que, aunque acabe de conocer a gente, se separa un poco de nosotros ¡y ya la echo de menos!” ¿Es un caso o no es un caso?


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