Cumples a gogó

Coñazo supremo.

Este sábado El Cachorro tuvo dos cumples, a falta de uno. Argh. No me puede horripilar más el tema. Acudir a ellos es donde se pone de auténtico manifiesto la abnegada madre que soy. Me aburren soberanamente y preferiría que me metieran astillas entre las uñas. Pero sé que él lo va a pasar bien y me sacrifico y lo llevo.

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En el primero, de los compañeros de clase, había un parque de bolas, que es lo que más le puede gustar de este mundo a El Cachorro. Se me pasó por la cabeza que podía ser un buen momento para empezar a poner caras a las madres de los críos de la clase, esas con las que comparto un chat en el que, para mi gusto, se habla demasiado. Pero una vez allí, la pereza que me invade es extrema. Eso de tener que socializar con gente con la que no tienes nada en común (o puede que sí, pero no lo sé) solo porque tenga hijos y tú también, no me va nada. No sé de qué hablar, o sé que va a ser de “pues mi hijo tal, pues el mío pascual”, que no me puede producir más sopor. Y además también sé, fehacientemente, que por mucho que en ese momento me informen de qué críos son madres, seguiré sin retener esa información.

Así que determino que es mejor hacer bulto, estar a mi bola y disfrutar de ver cómo se divierten los críos. Y punto. Y este momento conmigo misma me sirve para confirmar que mi hijo viene siendo tipo yo. A él le gusta el parque de bolas por encima de todas las cosas. Así que cuando hay que sentarse en una mesa corrida con todos los amiguitos para merendar o para soplar las velas de la tarta, él pasa. Y le tengo que obligar a hacer acto de presencia.

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(Parece que come a toda mecha para acabar pronto con ese suplicio y poder volver a su entretenimiento favorito).

También se la resbala bastante el momento baile y juegos al que hacen asistir a los críos en otra sala. Asimismo hasta le tengo que cuasi amenazar con no volver al parque de bolas si no se digna a disfrutar con sus compañeros de ese divertido momento de canciones infantiles y danzas bajo una luz discotequera. Y va. En un principio lo veo saltar y hasta creo que se lo está pasando bien. Pero poco a poco se va escabullendo hasta que acaba en una esquina, observando, y aburriéndose como una mona. En ese instante entro al rescate:

– Cariño, ¿quieres ir al parque de bolas?

Se le ilumina la cara. Y me lo llevo allí, que además lo tiene para disfrutarlo en solitario. Porque a él lo mismo le da que haya otros niños jugando con él o no.

Mientras salta, trepa y se divierte, aprovecho para poner en contacto al pequeño con las bolas. Y me da que será un estupendo compañero de juego del otro. Triunfo total.

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Continúa la gymkana. Resulta que por la tarde el cumple del vecinito es… de disfraces. De pequeños, ¡y de mayores! ¿¡Pero por qué tocarán tanto los huevos?! Bueno, suponiendo que para los adultos es optativo, centro todos mis esfuerzos en que El Cachorro se meta en el papel. Porque Spiderman hace cosas de Spiderman, como lanzar tela de araña. Y Spiderwoman tiene que enseñarle.

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Lo que ya no le convence nada de nada es rematar el traje con la máscara. Qué manía le tiene este crío a ponerse cosas en la cabeza. Ni el casco del disfraz de caballero medieval, ni la careta del de monstruo de Halloween, ni nada. Debe ser porque le gusta hacer las cosas a la cara, no en plan anónimo.

Pero, aunque sea sin capucha, hace suyo el disfraz. Es entrar en el ascensor y empezar a hacer una demostración fantástica de ascenso por superficies verticales.

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Qué buena maestra soy, mecachis en la mar.

En el cumple hay un castillo hinchable. También meto ahí a Don Bimbas. Parece que, de nuevo, hemos triunfado: le gusta.

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Así que solo por verles divertirse tanto, me temo que me voy a tragar cumpleaños como una descosida. Con y sin disfraz. Incluso dos en un día, como hoy.

En mis tiempos tus padres te aparcaban en casa del cumpleañero que te invitaba y andando, no se quedaban a ver qué pasaba. ¿Qué ha ocurrido para que hayamos llegado a esto? Halagüeño futuro me espera.


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