Crítica destructiva

La encargada de mandarme recortes (como este de aquí abajo, que he recibido recientemente) para intentar protegerme de mí misma… a la vez que pone en tela de juicio la manera en la que llevo mi vida (y no pienso decir de quién se trata, dado que es alguien MUY cercana y a la que quiero mucho)…

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… me envía este otro:

madre 2 (2)

(Pongo la foto en grande para facilitar su lectura)

¡Vaya apoyo que tengo, ¿eh?! Como podréis deducir, muy de acuerdo con lo que publico en este diario, no está.

Bueno, pues ya estamos de nuevo con el tema de marras. A ver, lo digo muchas veces aquí. Reconozco que tengo dudas sobre lo que hago en estas páginas. Pero, de momento, sigo pensando que merece la pena y que, poniendo en la balanza las ventajas y los inconvenientes, me compensa.

Os diré que me siento y no me siento aludida por el artículo. Por ejemplo, yo no soy una instagrammer o blogger con “un ansia insaciable” de seguidores y likes. El éxito o no de este blog no se mide con likes, para empezar. Y todos los que me leéis conocéis el secreto propósito por el que elaboro este diario. Se trata de una cuestión o anhelo personal: dejarles a mis hijos este relato pormenorizado de sus vidas, como regalo. Dicen que no se debe hacer nada que no te gustaría que te hicieran. Yo hago algo que me hubiera gustado que me hicieran.

En cualquier caso, independientemente de mis motivos y de si me siento atacada o no por esta madre que también escribe, me gustaría subrayar algo… ¿No os fijáis que siempre se coloca la lupa en el aspecto negativo de publicar imágenes y obras de los menores a nuestro cargo, y jamás se explora el positivo, si es que lo tiene? Pero es que, directamente, se niega. Y aquí vengo yo con un par de situaciones y reflexiones que, al menos, ponen algún que otro obstáculo a la simplificación que hacen los que se yerguen como garantes de la seguridad de todos los niños, los suyos y los de los demás…

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Hay una madre en Instagram que cuenta la vida de su hija y, lógicamente, su entorno. Cuelga fotos y comenta sus reacciones y su manera de vivir. Su hija nació con Síndrome de Down. Es una cría que te la comes. Y la madre escribe muy bien, en español e inglés, y con todo el cariño del mundo. Me parece fenomenal esa cuenta que trata de normalizar vivir con niños Down y que seguro animará a muchos padres que quizá estén recibiendo la noticia de que van a tener un hijo con estas características y se empiecen a plantear opciones…

En este caso, claro, también se está exponiendo la vida de un menor. Y supongo que tiene los mismos derechos, incluido el de la preserva de su intimidad, que cualquier otro menor no afectado por el Síndrome, ¿verdad? Pues pasaos por esta cuenta (@pepitamola) y decidme si creéis que esta madre le hace daño a su hija. Bueno, no soy tan inocente como para pensar que no haya nadie que no piense que es contraproducente y tal. Que se vulneran los derechos de Pepita. Pero ¿en serio no veis lo bonita que es la cuenta? Y no, no tiene permiso de Pepita, al menos el permiso como lo entendemos, de alguien que comprenda qué implica salir en RR.SS., como yo tengo el de mis hijos (desde que tienen uso de razón, porque se lo he preguntado), a los que les recuerdo constantemente que todo el mundo tiene acceso a lo que yo cuento de ellos y a sus fotos, y por supuesto siendo consciente de que todavía tampoco pueden asimilar el alcance de lo que todo esto puede conllevar.

@pepitamola es un acto de amor. Y de solidaridad. Y de generosidad. Es la idea de compartir cómo es la vida con un niño Down, que es tan genial, completa y satisfactoria como la de vivir con cualquier hijo, con sus contras y sus pros. Antes, a estos niños, los escondían. La familia se avergonzaba de ellos. @pepitamola, por el contrario, presume de hija. Y, como he dicho antes, seguramente ayude a padres que estén teniendo un diagnóstico inesperado y no sepan cómo afrontar la vida con un niño con Síndrome de Down. A mí, a todas luces, esta cuenta me parece divulgativa, empática y todo un acierto.

La mía cuenta cosas que pueden ocurrir en cualquier casa. De la manera más honesta y natural posible. Desnudo sentimientos. A ser posible, desde el humor. Comparto cómo he reaccionado o cómo he gestionado determinadas situaciones con mis hijos. Con mis aciertos y con mis errores. Todo. Así como lo que hacen, contestan y cómo reaccionan ellos. Y el feedback que tengo de mis lectores es bueno. Madres, sobre todo, que se reconocen en mis relatos, que no se sienten solas ante ciertos comportamientos, de sus hijos o suyos, que sonríen al recordar momentos que habían olvidado de sus hijos ya mayores, que se preparan por lo que pueda venir porque tienen niños más pequeños que los míos. Y que se ríen con las ocurrencias de El Cachorro y de Don Bimbas. Es decir, ¿no se podría decir que tiene un impacto positivo en quienes lo leen?

Otra cuestión. Toda esta gente que juzga desde la atalaya de su superioridad moral… ¿no cree que estos niños cuya imagen está tan vulnerada, no serán advertidos por sus padres sobre lo que implica que puedan ser vistos y no serán debidamente aconsejados sobre cómo responder a la gente que se quiera reír de ellos o meter con ellos? Es más, ¿debemos dejar de hacer cosas por evitar que a los cafres se les antoje herir a alguien? ¿Y en serio sois, padres ultraprotectores, tan inocentes como para pensar que podéis controlarlo todo? ¿Creéis en serio que podréis impedir que vuestros hijos sean atacados por un abusón, cuando al abusón le sobran motivos para abusar, que, si así lo quiere, se meterá con su víctima por CUALQUIER motivo? ¿Dejaríais, por ejemplo, de apuntar a ballet a vuestro hijo varón por si al abusón de su clase le da por hacer chanzas por este motivo?

Más. En el artículo que tan a bien ha tenido esta persona enviarme, se dice que “las redes son tan jóvenes que nos sabemos las consecuencias que esta sobreexposición va a tener a medio/largo plazo”. Es decir, todavía no está estudiado el alcance que puede tener este fenómeno, cómo puede influir/afectar realmente. ¿Por qué, entonces, hacemos saltar las alarmas antes de tiempo? ¿Por qué hemos de ser tan agoreros, y dar por hecho que las consecuencias van a ser necesariamente nefastas? Está bien, estamos explorando. ¡Ya lo veremos! Ahora mismo somos cobayas y vamos averiguando cosas sobre la marcha. Vivimos un proceso de sobreexposición que es natural, que es lo que nos está tocando vivir y tendremos que aprender a lidiar con ello. Nuestros adolescentes se graban a diario para enviar los vídeos a amigos, a Youtube o a Tik Tok. Es su forma de vida, como tuvimos nosotros la nuestra. Son sus tiempos. Y no lo podemos parar.

Sí, hemos de estar alerta, pero como lo estaríamos en cualquier situación, digital o no. Se dan casos de grooming y los padres debemos advertir a nuestros hijos. Nos estamos adaptando a lo que va surgiendo. Pero, en una sociedad digitalizada en la que nos movemos, en la que cada vez tenemos menos intimidad, mismamente en Google, que maneja algoritmos tan eficaces que, ahora mismo, ninguno de nosotros somos un secreto, que saben qué nos gusta, adónde viajamos, qué leemos, etc., ¿nos está preocupando que alguien vea fotos nuestras? ¿En un ambiente donde prima la imagen, donde ya casi todos, de una manera u otra, constamos en redes, y donde la cara que tenemos ya no es ningún secreto? ¿En el siglo de la imagen? Hay mucha gente muy preocupada al respecto.

Yo, por ejemplo, no.

ME LA PELA si hay un hermano mayor que sabe por qué me inclino, si me gustan las motos o esquiar, si como chucherías o me entretiene ver sacar puntos negros con los dedos. Insisto, no soy importante, soy una entre millones, ¿pero qué más me da? No robo, no asesino, no destrozo cosas, no sodomizo, no… Vamos, que me da lo mismo. No tengo nada que ocultar y si alguien quiere mirarme, que me mire. Y andando.

¿Seguimos dándole la vuelta? Sigamos. ¿Y si la manera de pensar de esta que escribe en el periódico, de tener miedo al mundo, a que te vean, de no hacer lo que quieres por si se meten contigo, es más contraproducente y perjudicial que la mía? ¿Y si sus hijos, que ven que los padres de otros compañeros o amigos no tienen problemas en colgar fotos, piensan que es su madre la rara, o que quiere esconderlos porque se avergüenza de ellos? (¿Ves, articulista? Todas podemos escribir versiones torticeras de las cosas) ¿No es mejor educar a nuestros hijos en que tienen que estar orgullosos de sí mismos? ¿No es mejor dejar de asustarlos sobre el mundo hostil que los rodea, dejar de acomplejarlos pensando en que la gente que va a opinar sobre ellos y sus vidas, a que la gente que va a saber lo que hacen, tiene razón? Y, oye, que lo mismo a los compañeros de mis hijos les encanta verlos en redes. ¡Todo puede pasar!

En fin, que las perspectivas desde las que se puede abordar un tema son múltiples y variadas. Lo ideal sería, digo yo, que unas madres no nos metiéramos con lo que hacen otras madres, intentando ridiculizar, demonizar y etiquetar de forma negativa sus actos, y respetáramos nuestras decisiones. Porque todas queremos lo mejor para nuestros hijos. La articulista y yo.

P.D. Anda que se han lucido en el periódico ese con la ilustración de las manos, que parece que la madre que maneja el móvil en el que sale su bebé es un troll del averno, que se ha desayunado a tres fetos descuartizados, está a punto de sacarle las entrañas a un querubín con las uñas de los meñiques y no se ha duchado en tres meses, vamos, no me jodas.


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