Confusión de género

El otro día las primas de El Cachorro le pintaron las uñas de las manos de colores. Él está encantado de la vida. Su padre, no tanto.

 

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El caso es que se pone a jugar en el campo con unas niñas y viene como escaldado: «Se piensan que soy una chica», se queja.

 

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Yo, por supuesto, no le digo nada a El Cachorro. Que si está ilusionado con su esmalte, no seré yo quien le quite esa alegría. (Además me parece que le queda fenomenal).

 

Luego me pongo a recordar cuando a mí me confundieron con un chico. No sé si me confundieron o si hicieron como que me confundieron, porque cuando a esas dos crías les decía casi llorando que me llamaba Amaya y que era una chica, ellas seguían erre que erre, riéndose, con que era un niño, haciéndome rabiar. Vino a que aquel día en la playa yo tenía todos mis bañadores de braguita mojados, y mi madre decidió ponerme uno de mi hermano. Yo me resistí, pero ella me intentó convencer con un “pero si da igual, son casi lo mismo, nadie se va a fijar”. Y eso, lo sabía yo, era MEN-TI-RA. Porque además mi madre tenía la manía de llevarme con pelo corto. Así que cuando me metí en el agua, jugando con la olas me topé con unas pedorras un par de años mayores que yo, que son las que me increparon por algo: “Niñooo”, y yo les dije que no era un niño, y para qué quieres más.

 

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Qué trauma, para que yo que no tengo memoria para nada, me acuerde de eso.

 

En fin, la historia se repite.


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