Castigo

Hemos ido al parque…

niño

Y me he enfadado de lo lindo con El Cachorro. ¿Pues no se le ocurre coger un trozo de barro seco duro y lanzárnoslo al bebé y a mí? Me ha dado en la rodilla, pero podía habérmelo estampado en la frente o, peor, habérselo estampado en la frente a su hermano. Así que me he levantado cabreadísima, le he dicho “¡¡a casa!!”, en el camino le he gritado explicado lo peligroso que es lo que ha hecho y que NISETEOCURRA volver a repetirlo ni a tirar nada a nadie, y ya en casa lo he llevado a su cuarto y le he castigado: “¡Aquí te quedas. Juegas o haces lo que te dé la gana, pero no sales hasta que yo te lo diga!” Y me he ido al salón. Pues bien, ha comenzado un repetitivo canto lastimero («No quero jubá a mi cuattoooo») que ha continuado en lloros y gritos (“¡Mamá, ¡ven!!”) y ha acabado sentenciando: “No me buta mami”.

Lo curioso del tema es que… ¡le he castigado CON TODOS SUS JUGUETES! Ni siquiera he cerrado la puerta. Hay que ver cómo algo chuli o que se hace con agrado de normal, se puede convertir en la peor penitencia si es algo impuesto.

Está claro que, castigando, soy un ogro.


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