Casa imaginaria

Me encanta estar con mi niño, compartir cosas con él, estar los dos mano a mano… pero tanta piel con piel hace que llegue un momento (sí, ese momento llamado “ya está bien”), en el que te quieres desembarazar de él, aunque sea un ratito. Así que lo llevo a su habitación y le saco las piecitas de un juego de construcción. Le propongo un reto, para asegurarme de que va a estar entretenido. Que haga una torre, una casa, algo, y me llame cuando termine para que lo vea (y lo alabe).

Pasado un pequeño (un abrir y cerrar de ojos, a mi gusto) espacio de tiempo, viene a petardear y le pregunto si ha construido alguna cosa. Y me dice:

– Zí, una casa.

– ¿En serio? ¿Y cómo es?

– Rrrrandeeeee – exclama con voz profunda (porque él sabe que las cosas son más grandes aún cuando las pronuncias de esa manera).

– ¡Qué bien! ¡Vamos a verla!

Y me lleva por el pasillo, hasta que llegamos a su habitación y señala.

– Mía.

Y miro.

niño

¿Veis aquí alguna casa? ¿O algún tipo de construcción reconocible?

– ¿Dónde está la casa? – le interrogo.

– Ahí – contesta sin pestañear.

– ¿Cómo “ahí”? ¡Ahí no hay nada!

– ¡Zí, ahí!

– Venga – le empujo hacia la mantita – enséñamela.

Y se agacha y toca un grupo de piezas tiradas.

– Aquí.

Vale que lo quiero mucho. Pero no me lo trago. Me pregunto por quién me toma…

Y como veo que lo de las construcciones hoy no le emociona, le propongo que saque otro juguete. Pero antes le pido que recoja este. ¿¿Ha dicho “jolín maamaaaa” o me lo ha parecido a mí??

Nada, que cuanto más quiero que juegue, menos ganas le entran. Hoy, ya me puedo ir concienciando, Cachorro en la chepa hasta que se ponga el sol.

 


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