Carambíbulí carambíbulá

Hoy se organiza en el cole una actividad en la que convierten el gimnasio en un hospital para los niños de Infantil. Los críos entran, se sacan la tarjeta sanitaria, se visten con batas, gorros y patucos, los miden y pesan, pasan por quirófano, por posoperatorio… La verdad es que es divertido y está muy bien. Fui como voluntaria hace tres años, con El Cachorro, y ahora que estoy en paro, vuelvo a apuntarme. Tengo que aprovechar cuando puedo para cuando no puedo.

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Don Bimbas estaba encantado. La lástima es que fue la primera clase que pasó y a mí ya luego no me quedaron muchos alicientes. Yo soy de las que le gustan sus propios hijos, mucho, muchísimo, demasiado, pero que el resto de los niños le dan un poco igual. Y de 9:15 h a 12:30 h, tuve un empacho de niños. Pero he de reconocer que los disfruté.

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Lo que me hizo especial gracia fue esa madre de uno de los mejores amigos de mi hijo, que se me acercó, impresionada: “Ese niño pesa 34 kilos”. No me sorprendí mucho de entrada, porque no sé lo que tienen que pesar los críos. Apenas sé lo que pesan los míos. “¡Que va a clase de nuestros hijos!”, añadió, ante mi falta de reacción, como asustada. Don Bimbas pesa 17 kilos. Y vestido. ¡¡Es justo el doble!! Madre del amor hermoso. 34 kilos no los pesa ni El Cachorro. Y no es que el crío estuviera gordo. Un poco hermoso, sí, pero no gordo. Sino que era grande.

A ver, que es grande es evidente. No me hace falta pesarlo.

Y, de nuevo, la historia se repite. Tengo a los críos más canijos de todo el curso. Ya el propio hijo de la madre que me estaba haciendo este comentario le pasa una cabeza al mío. Pero es verdad que lo de ese niño es impresionante.

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Ahora, ¿qué hago? ¿Tiro del humor y digo algo como: “Se ve que a Infantil algunas llevan adolescentes con pelos en los huevos y otras, niños de teta”? ¿O mejor me lo ahorro y evito follones? Je, je. Quienes me leéis habitualmente sabéis por dónde voy… En septiembre de hace un año, en el post titulado “El WhatsApp de padres”, os contaba el berenjenal que se montó con una entrada en este diario similar, en este caso protagonizada por mi hijo mayor y una niña grandona de su clase. La madre (grandona) de la niña grandona se ofendió de lo lindo y quiso armarla públicamente.

¿Sabéis que es lo que pasa? Que lo que caracteriza a este blog (más un diario que un blog), es que expone las cosas tal cual son. Pensamientos que se tienen en general pero que no se verbalizan más que en círculos cerradísimos de máxima confianza, porque lo que se comparte en público, máxime en estos tiempos, es lo políticamente correcto. Pero resulta que el éxito de esta publicación reside en eso. En que se comparte todo sin censura.

Lo mejor del tema, volviendo a lo que nos ocupa hoy, es lo siguiente: Cuando aquella madre ofendida que la armó y yo nos llevábamos bien, invitó a El Cachorro a una fiesta en su urbanización. Allí conocí a otra madre del cole, que resultó tenía un hijo que iba a clase de Don Bimbas. Además de vecinas se ve que eran buenas amigas. Después de la enganchada que tuvimos, asumí, por extensión, que yo tampoco sería muy santa de la devoción de la otra. Sin embargo, ella demostró tener más clase que la energúmena (y no lo digo porque se ofendiera, sino por sus lamentables formas), y nuestro trato sigue siendo igual de cordial y educado. Es más, últimamente más cercano (a ver, que hemos hablado tres veces, pero bueno). Creo que, en forma de ser y pensar, intuimos que tenemos cosas en común. O es la impresión que tengo.

Y, precisamente, la madre que me hizo el comentario sobre el crío extremadamente grande que convive con nuestros hijos, ¡¡fue esta!!

Jaaajajjaa. Ahora, el intríngulis. ¿Qué creéis, que precisamente me hizo este comentario a mí, ¡a mí!, por lo que pasó con el post de la hija de su amiga, tanto para congraciarse como para quitarle hierro, o quizá para desvincularse de ella (¿habrán peleado?)? ¿O para ver cómo reaccionaba yo? ¿O más bien pensáis que fue puramente espontáneo, sin segundas? ¿Puede que incluso no sepa nada de lo ocurrido? Esto último lo dudo un poco, pues las acólitas de la tipa grande con la hija grande, me consta se dedicaron a abordar a otras madres del cole de mi barrio, en plan: “¿Eres amiga de Amaya Rey? ¿Sabes lo que ha pasado?” Jaaa, ja, ja. Es que algunas son mundiales, de verdad.

Mi opinión: fue un comentario natural, sobre algo evidente, sin maldad y que, casualidades de la vida, me lo hizo a mí.

La vida, que hace estas carambolas. A mí estas carambolas me privan. A ver si algún día os cuento alguna… Bueno, qué narices, tengo tiempo, os cuento.

Tengo de varios tipos. Desde la de ir paseando por Venice Beach, en California, EE.UU. de la mano de mi, por aquel entonces, novio, y toparnos con una de sus ex, hasta la de hacerme muy amiga en la universidad de una catalana, que siempre me hablaba de su mejor amiga de Barcelona, Bárbara, y que un día descubra que era la misma Bárbara que vivía cerca de mi casa en Pamplona, con la que cogía el autobús para ir al cole y que como en 4º o 5º de E.G.B. se fue a Barcelona a vivir.

Una buena fue una vez en la otra punta del mundo, en Borneo, con el Señor de las Bestias, cuando nos dejó un guía en una carreterucha al lado de la selva, en medio de la nada, asegurándonos que por ahí pasaba un autobús que nos llevaría a nuestro siguiente destino. Quedarnos sin rechistar era fe, porque ahí ni había parada de autobús ni una señal ni nada de nada. Por suerte, un poquito alejados vimos a una pareja de occidentales, cuya presencia nos tranquilizó. Seguramente esperaban al mismo autobús. Y, si no aparecía, al menos seríamos cuatro haciendo frente a la adversidad. Total, que una vez que estábamos con las maletas a nuestro lado y se hubo largado el guía, oigo: “¿Amaya? ¿Amaya Rey?” Diantre. ¿Cómo? ¡Era la chica, la que me llamaba!: “No sé si te acuerdas de mí, soy Sara, de “Comando Actualidad”, la amiga de Carla, que quedamos un día nosotras, tú y otra chica a comer en Ciudad de la Imagen…” O-SEA. Yo, en mi línea, no me había quedado con su cara, porque soy un despiste con patas. Además, tampoco veo mucho la tele, con lo que, por muy de “Comando Actualidad” de toda la vida que fuera, tampoco sabía qué reporteros trabajaban en ese programa. Sí recordaba aquella comida, y que nos reímos y que lo pasamos bien. Y resulta que, siguiente vez que la veo, algunos meses después de aquella comida, es perdidos en un lugar indeterminado de Borneo, tócate los pies Maritrini.

Pues, hala, ya os he contado.


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