Bebé tunante

Hoy voy al padrón. Cuando por fin me toca, es el momento que elige el bebé para empezar a quejarse. Yo lo ignoro, aunque sé la que me espera. Sigo con la gestión y, al cuarto lloro (porque es al cuarto “buah”, no al cabo de cinco minutos, que sí que sería lo suyo, sino que va radical y fulminantemente in crescendo desde que emite el primer quejido), el pequeño aplica ya un agudo tipo “me estás aserrando la tibia” y se pone rojo infierno como el hijo de Los Increíbles. La tipa de la ventanilla de al lado se asusta y escandaliza a partes iguales y se acerca para ver qué le está ocurriendo al infante. Realiza varias exclamaciones desaprobatorias y manifiesta su honda preocupación. Solo le falta escupirme un «madre desnaturalizada». No se cree que al niño no le pase nada, que es lo que le estoy intentando explicar.

Cuando termino, que la cosa se reduce a que me impriman un folio, o sea, algo bastante rápido, voy al cochecito y cojo al canijo en brazos. En ese instaste, se calla. De cuajo. Y esboza una sonrisa. Amplia. Sonora, incluso. Así que con el escandaloso en brazos, ya total y absolutamente calmado y con toda la gracia plasmada en su cara, me asomo a la ventanilla de la funcionaria sufridora y se lo enseño. La mujer alucina: “Andaaaaaaaaaaaa, así que eso era lo que le pasaba, que quería bracitos”. Sí, hija, sí. ¿Tú crees que si tuviera un ataque de apendicitis iba a estar yo tan ancha? La mujer pasa a los calificativos: “Granuja, bandido, golfo, jeta”… y así. En efecto, lo ha calado. Pero ha hecho falta una demostración empírica. Esa mujer llega a irse en el momento de crisis, y la veo poniéndome a caldo con sus amigos y conocidos: “Fíjate, una madre con el niño llorando desconsolado y desesperado, tan tranquila, sin hacerle ni puñetero caso, y la criaturita desgañitada. Hay que ver de qué pasta están hechas las madres ahora, qué pasotas y qué desnaturalizadas”. ¿¿Que no??

bebé

Pero como ha sido testiga directa del tema y tiene remordimientos por haberme intentado fulminar con la mirada, cuando le digo que le toca pecho se desvive por encontrarme un lugar un poco resguardado. Yo no lo necesito, pero la veo tan entregada que decido hacerle aprecio y seguirla. En el camino, a todos los compañeros con los que se cruza les va informando: “Mirad, mirad, el pirata este, con esa sonrisa…”, porque el pirata va sonriendo a destajo, “…hace un minuto lloraba como si le estuvieran arrancando las amígdalas sin anestesia, y ha sido cogerlo en brazos y del tirón se le ha pasado todo el drama, ¡cómo sabe!” Latín, sabe. Si yo les contara o contase…


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