Soliloquio acerca de las palabrotas

Viene El Cachorro: “Pablo ha dicho una palabrota. Ha dicho “pu” y lo que sigue. La más famosa de todas. Bueno, la más famosa de todas es “jo” y lo que sigue. Y luego está la más terrorífica de todas que es “hos” y lo que sigue. Es lo que piensa todo el mundo”.

Y hasta aquí su lección acerca de las palabrotas. ¡Se lo dice todo!

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Y Don Bimbas está hecho un malhablado de cuidado. En serio, qué diferentes son. A El Cachorro ni se le ocurre, y al otro… hay que andarse con ojo. Él ya es lo suficientemente listo como para saber qué, delante de mí, no se le tiene que ocurrir. Pero cuando anda suelto y con amiguitos… ojo. ¡Ooooojo!

Musculitos

¡Pero bueno! ¿Y ese cuerpecillo como de tipo de gimnasio?

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No es la primera vez que me alucina, pero es que está de un modelado y de un fibroso que es que lo flipo sin parar. Lo que me asusta un poco es que a él le gusta el tema. A ver si se me va a convertir en un vigoréxico de esos…

Y el otro, claro, iría detrás. Porque Don Bimbas hace siempre lo que hace su hermano, y si hay que ponerse cachas, se pone, faltaría más.

Hace cuatro años…

FB me recuerda estas fotos de hace cuatro años, las que colgué del día del nacimiento de Don Bimbas. Ese pequeño que apuró todo el embarazo, que casi cumplo las 42 semanas, y el día que decidió salir, no quiso entretenerse demasiado… Leo lo que puse…

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Con lo de “genio y figura” no sabía lo acertadísima que estaba… Madre mía.

Pelea absurda donde las haya

¿Veis alguna diferencia entre estos dos objetos?

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No, ¿verdad? Básicamente PORQUE NO LA HAY. NIN-GU-NA.

Bueno, en estos momentos la diferencia reside en el cartón que envuelve la linterna esta, que uno está roto y el otro no. Y eso es porque mis hijos han peleado por quedarse el mismo foco. De los dos que tienen, HAN PELEADO POR E-L-M-I-S-M-O. Te cagas.

Son para la bici, y forman parte de sus regalos de cumple. Y les compré el mismo para los dos. Estuve tentada en comprarles distinto, pero luego pensé que así evitaría problemas. PUES NO.

Pero es que no me lo puedo creer.

De repente, oigo chillidos y, cuando me asomo a su habitación, está Don Bimbas en el suelo tirando de una parte del cartón, gritando como un gorrín, y de pie El Cachorro tirando de otra parte, rojo de la rabia y con lágrimas como aguacates.

– ¡¿Pero qué hacéis?! – irrumpo, gritando más algo aún, si cabe.
– ¡¡Es míooooooooooo!! – grita llorando El Cachorro.
– ¡¡Noooooooooooo, míoooooooooooo!! – llora gritando Don Bimbas.
– Pero, peroperopero, ¡¡¡si hay otro igual!!!
– ¡¡Pero el mío es esteeeeee!! – insiste desesperado El Cachorro.
– ¡¡Noooooooo, es míoooooooo!! – replica indignado Don Bimbas.

Y yo, que no sé gestionar estas bobadas y que no tengo paciencia para gilipolleces y que me he saltado el curso de madres modélicas, me salgo de mis casillas y me pongo a gritar a lo energúmeno:

– ¡PERO SI SON IGUALEEEESSSS! ¡¡¡QUE SON IGUALEEEEEEEEEEEESSSSSSS!!! ¡¡¡¡I-G-U-A-L-E-E-E-E-E-E-E-E-E-E-E-E-E-E-E-S-S-S-S-S!!!! ¡¡DE QUÉ VAISSSS!! ¡¡NO SE PUEDE SER MÁS BOBO QUE VOSOTROOOOOSSSS, QUE LA ARMÁIS CUANDO TENÉIS DOS ¡¡IGUALES!!!! ¡¡SON EL MISMO PUÑETERO FOCOOOOOO!! ¡¡EL MISMOOOOOOOO!! ¡¡HACE FALTA SER MONGOLOOOOOOOOOO!!

¿Veis? No mentía. Fuera-de-mí.

Y entonces aparece el Señor de las Bestias, les arranca el foco y les dice: “Os quedáis sin él”.

En serio, ya me pongo del higadillo cuando pelean por cosas parecidas. Pero, ea, lo puedo llegar a medio entender. Puedo llegar a entender que la misma cosa pero con un reborde de distinto color, y cuando tenemos ganas de gresca y nos hemos levantado torcidos y somos pijoteros y queremos liarla, sea motivo de discusión. Pero esto sí que NO-LO-PUEDO-ENTENDER.

Qué estrés me produce, buffffffff.

Gonzalito

Hace unos días, al preguntarle a Don Bimbas qué quería para su cumple, dijo que un disfraz de esqueleto, “como Gonzalito”.

No sé qué le pasa con el tal Gonzalito, pero lo tiene subido a un pedestal. Todo lo que viene de parte de Gonzalito, es guay. Porque no solo me menciona lo del disfraz de esqueleto, es que, dos días después, me comenta que el árbol que hay que llevar a clase decorado… sí, ese que se nos olvidó hacer porque yo ni lo había visto (ver post del día 4), lo quería hacer como Gonzalito. “¿Y cómo es?” “Con Lacasitos”. La verdad, no sé si es porque lo ha hecho Gonzalito o porque, de verdad, es una muy buena opción lo de los Lacasitos; le alabo el gusto. Yo y Don Bimbas.

Pero, en fin, volvamos al disfraz.

Don Bimbas tiene un disfraz de presidiario zombi, donde se le ve un poco de esqueleto, pero quiere esqueleto puro y duro. Sin embargo, compré en su día un disfraz de esqueleto puro y duro muy molón que aún le vendrá grande pero que le está esperando, nuevecito.

En cuanto a regalos, mis hijos no saben ni qué pedir. Y los pobres tienen que discurrir extra entre noviembre y diciembre, porque en diciembre se les acumulan todos los regalos. Insisto (es un tema recurrente en mí), los niños de hoy día tienen de todo, es terrible, y aunque si los llevas a una juguetería son capaces de pedirse mil cosas (pero los míos, ni así), no tienen deseos verdaderos. No tienen las ganas de tener algo en especial. Porque no les falta de nada (y eso que a mis hijos ni se les ha dado caprichos porque sí ni tienen todo, ni mucho menos).

Don Bimbas volvió a decir que quería el disfraz de esqueleto “como Gonzalito”, así que rescaté la idea. Oye, si tiene muchas ganas de algo, es precisamente eso lo que hay que regalarle.

Voy al chat de padres del cole y busco quién es la mamá de Gonzalo, y le escribo.

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Peeeerfecto. Me meto para comprarlo online. PERO. Me sale un mensaje todo el rato de que en ese momento no se puede realizar la compra de ese artículo. Vaaaaya por Dios.

Pues ni en ese momento ni en toda la santa mañana. Yo, mala. Porque, además, de todas las tallas aparece “agotado” y, de la que quiero, “quedan pocos artículos”. ¡Y no puedo hacerme con uno! ¡Porque no me dejan!

Ahora ya sé de qué esqueleto se trata, lo tengo localizado, sé la ilusión que le haría a mi niño, Y NO QUIERO OTRA COSA EN MI VIDA QUE ESTO.

Salgo del trabajo y cojo el metro. Y vuelvo a intentar la compra desde el móvil. ¿¡Y sabéis qué me encuentro?! Con que está agotado. ¡MIEEERRRRRDA! ¿¡Pero quién coño quiere un chándal de esqueleto en Navidad!?

Entonces opto por la opción “Encontrar en tienda”. Bien, hay en un H&M de un centro comercial cercano a mi casa. A ver si me da tiempo a ir antes de mi fisio que es a las cinco de la tarde…

Llego a casa a las cuatro y diez, le digo hola y adiós a la chica, cojo la llave del coche, cojo el coche, voy a toda leche al centro comercial, aparco, subo las escaleras mecánicas como alma que lleva el diablo, entro en H&M, subo sus escaleras mecánicas, con las que te recorres todos los pisos porque no van seguidas, llegas al primero y, para coger las escaleras que van al segundo que están en la otra punta, atraviesas toda la primera planta, y así sucesivamente, llego a la sección de niños, doy un rápido repaso por las perchas, no veo nada ni parecido y doy con una dependienta.

“Hola, estoy buscando esto”. Y le enseño la foto. “Uy, eso… no me suena”. Mal empezamos. “Pues me pone en internet que tenéis este modelo”. “¿A ver?”, y se pone a recorrer la planta buscando por los mismos sitios donde lo he hecho yo previamente (y yo muchísimo más rápido). Y no lo encuentra, claro. El tiempo corre inexorablemente y tengo que ir saliendo para ir a mi fisio. No puedo volver después porque tengo que llevar a El Cachorro al dentista. No, si en mi vida está todo el tiempo más que medido…

Le sugiero que mire en ese aparatito que tienen en este tipo de tiendas, en el que localizan la prenda y les sale si hay en percha, en el almacén, y qué tallas les quedan. “No, no tenemos de eso”. Se le nota que es nueva a tres leguas de distancia. Nueva y sin sangre.

Vamos a por su superiora, que está hablando por teléfono y tiene toda la pinta de que no es sobre temas de trabajo, con una clienta o con su jefa. Y la nueva, como un pasmarote, esperando a que cuelgue y sin hacerle un simple gesto. Y (por fin) cuelga. Informada la superiora de la situación, saca el aparatito mencionado anteriormente (ejem), ante la sorpresa de la nueva, y le explica a la nueva cómo funciona. Y ya después intenta buscar la prenda. Sale que les queda uno de la talla que quiero, pero ya me dice que no, que no lo tienen, que se acuerda (¿seguro?) de que estaba deslavazado, porque alguien habría mangado los pantalones, y por eso sale que siguen teniendo el modelo, porque el sistema el robo no lo ha registrado.

“Vale, ¿pueden llamar a otra tienda a ver si lo tienen?” “Eeeeeeh…”, dice la nueva. Antes de que me vengan con negativas, argumento: “El sistema me dice que está también en esta tienda, en esta otra tienda, en tal otra y la de más allá. ¿Les podéis llamar?”, y les cuento también que mañana es el cumple de mi hijo y que este chándal es lo que más desea en el mundo y mi drama de no haber podido comprarlo online. Así que la superiora le manda a la nueva que llame, pero la otra no sabe cómo se llama a otra tienda. Y en vez de coger las riendas la superiora, se dedica a explicarle cómo se hace. Que si asterisco 2-7-6, y luego el número de la tienda, que viene en este listado y tal. Así que la otra lo intenta. Pero no le sale. Y va la superiora, y llama. Y en esa tienda le dicen que no saben nada de esa prenda. Y cuelga. Y dice que se va (a tomar un café) y deja a la nueva con el mochuelo (yo). Y yo ya debería estar saliendo del centro comercial y ahí sigo, acumulando estrés.

La nueva, como a cámara lenta, mira el código de la tienda siguiente y marca, en la otra tienda le dicen que no tiene que llamar ahí, sino a otro teléfono. Y tiene que colgar y llamar al que le han dado. Para que le digan que no tienen ese chándal tampoco, claro.

O sea que muy guay lo del servicio online de “encuéntralo en tienda”.

Aunque, por otro lado, alucino cómo es que le digan que no tienen la prenda sin haberlo comprobado, porque dicen que no la tienen del tirón, como si tuvieran un registro pormenorizado de cada prenda y talla que hay en la tienda, en el cerebro.

Llama a la siguiente tienda, comunica.

En ese momento, en vez de llamar a la última que nos queda por comprobar, me dice que: “Voy a ir cobrando a estos señores mientras tanto”. Y me cago en todo lo que se menea. Que, a todo esto, me está atendiendo a mí. No entiendo que tenga que cobrar antes a otras personas. Llego a ser yo la persona que espera para pagar, como me ha pasado mil veces con clientes pesados, y hasta que con ellos no acaban, ni puñetero caso. Pero me toca a mí ser la clienta pesada, y resulta que los que van detrás tienen preferencia, que cómo van a esperar, pobrecitos. Ahora, yo, que llego tarde a mi fisio (y lo sabe, porque se lo he dicho desde el minuto uno), sí, sí que puedo esperar.

Después de cobrar a los otros, vuelve conmigo. Llama a la que comunicaba. Sigue comunicando. Y luego a la última, y de nuevo, ni rastro de mi chándal de esqueleto. Así que opta por darme el teléfono de la que comunica y que ya, si eso, lo vaya intentando yo.

Me voy corriendo de la tienda. Bajo las escaleras mecánicas de dos en dos. Hago dos trompos en el aparcamiento, casi atropello a tres peatones, me salto dos semáforos y llego (tarde) al fisio. Sin mi chándal de esqueleto.

Por la noche le cuento el drama al Señor de las Bestias, esa persona que vive feliz porque no se ha preocupado ni de comprar ningún regalo para sus hijos, ni de saber qué quieren, ni de buscar, ni de encargar, ni de nada, y me sugiere: “¿Por qué no lo compras por Wallapop?”

No os lo perdáis, busco y ahí está. En Fuenlabrada. ¡Menos mal que me ha dado por contarle mis diatribas al Señor de las Bestias! Contacto con el tipo. Lo tiene a 15 euros, un céntimo más caro que nuevo en la tienda. Se lo hago notar.

Al día siguiente me contesta, que me lo baja a diez. Y le pregunto que si tengo que ir hasta Fuenlabrada. Y me dice que a las cuatro estará por la Calle Goya. Bueeeeeeno.

Yo salgo del trabajo a las tres por el Auditorio Nacional, y tengo médico a las cuatro y media por Juan Bravo, a medio camino de Goya. Y fisio a las cinco de la tarde por Delicias. Vamos, que me cruzo Madrid entero.

Le dejo caer que, si viene en coche, me haría un favorazo si se acercara a Juan Bravo o aledaños, porque no sé si me da tiempo de ir de acá para allá, puesto que además voy a pata. Y lo de que tengo el pie operado y me duele que te cagas y la rozadura que me está haciendo la bota, me lo callo.

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Pero es de los que contestan, se desconectan, y te vuelven a contestar tres cuartos de hora más tarde. Y, como digo, mi vida está medida, necesito saber cómo nos organizamos.

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Salgo del trabajo, cojo un autobús que me deja en Serrano casi con Goya, voy a sacar dinero a un cajero que previamente ya había localizado vía internet, mientras, voy hablando de algo serio con una amiga, el tipo se me acerca, no tiene cambio de 20 y el cajero no me daba billetes de menos valor, compro el décimo de lotería, pido cambio, se lo doy al tipo y… ¡¡TENGO EL CHÁNDAL EN MI PODER!!

Si viviera en Hollywood, ya habrían hecho una película conmigo.

Bueno, pues lo mío me ha costado, pero lo he conseguido.

Guay.

A ver luego cómo reacciona el canijo, que capaz es de quedarse igual.

Ahora, no os lo perdáis…

¿Sabéis qué sucede el día 13 de diciembre? Que entro por curiosidad a la tienda online de H&M, siguen estando agotadas todas las tallas menos las dos primeras, entre la que se encuentra la de mi pequeño, de las que “quedan pocos artículos”, le doy… ¡¡¡y entra en mi cesta!!! ¡¡En estos momentos estoy en condiciones de comprar un chándal de esqueleto nuevecito!! ¡¡¡Aaaaaaaaaaaargh!!!

La vida quiere minar mi paciencia, agotarme, desesperarme. Es así.

Por cierto, que, al día siguiente de esta triunfada, me viene Don Bimbas con que Gonzalito se ha comido una galleta de Harry Potter y se ha convertido en Harry Potter. Igual le ha pasado a Leo, otro de sus mejores amigos. No sabe ni quién es Harry Potter (o eso creo), pero ya estoy mirando en Amazon merchandising de la peli, porsiaca…

(También puedo llamar a su madre y preguntarle qué le van a traer los Reyes a Gonzalito. Mira, esa sería buena. ¡Don Bimbas no sabe qué quiere pero sí sabemos que le va a gustar lo que tenga Gonzalito!)

Comentarista de videojuego

El Cachorro está jugando a su juego favorito del mundo mundial (también porque creo que es el único que conoce). Es el de MEG (Megalodón). Creo que ya os lo conté pero os refresco la memoria. Es de un tiburón que se zampa todo lo que pilla, desde peces a personas. Disfruta de lo lindo (El Cachorro. Bueno, y el tiburón). Y como, yo al menos, se lo dejo entre poco y nada, cuando lo pilla no hay quien lo despegue de él. Está absolutamente enganchado. Y en el viaje de vuelta de la casa rural, y como colofón a un superplan de cumpleaños, se lo dejamos.

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Lo divertido del videojuego es que El Cachorro retransmite cosas que suceden y dialoga con él. Así que nos pegamos todo el viaje escuchándolo:

– Ah, caca de la vaca – Su tiburón no ha podido comerse algo.

– Cuando consiga el Megalodón va a saber con quién se mete, ¡con alguien de su tamaño! – Porque se juega con distintos tipos de tiburón, que se van consiguiendo con puntos, y los de más puntos se pueden comer más cosas

– Es que lo voy a matar –. Aquí le entra la rabia pura.

– Aaagh, caca de tiburón. Jopé. ¡Tienes que subir ahí, te lo he dicho miles de veces! ¡Y si te mueres es tu culpa! – Se ve que este tiburón que ha escogido deja bastante que desear.

– Ay, me ha tocado eso. Quita, quita, quita, quita, quita, voy a morir –. Jaajajajajaj, me parto. Si te toca una medusa o una mina submarina, mueres.

– He cogido más rapidez, o sea que, chiquillos, manos arriba –. O es otro tiburón, o es un extra que ha conseguido de repente

– ¡Soy el rey de los tiburones! – Debe haber conseguido ya el megalodón.

– No me disparas que te hago chuchipapilla. – ¡Toooooma amenaza!

– ¡Luchaaaaaa! ¡Toma! ¡Toma! ¡Toma! – En pleno fragor de la batalla.

– ¡¡No me echéis la culpa, señores!! – ¿Pero cómo es que se expresa así?

Todo esto que os escribo, es de los últimos diez minutos del viaje. Cuando me ha dado por pararme a escuchar lo que decía. He ido apuntando frases. ¡Pero qué no habrá dicho durante hora y media de viaje! Mi hijo es tronchante, la verdad.

Cumpleaños de marqueses

Mis hijos tienen la suerte de tener cada año un cumpleaños distinto. Aunque no sé si ellos lo acaban de ver y/o apreciar…

El Cachorro cumplió (todo está recogido en este diario, pero os lo refresco):

– 2 años en casa con sus dos vecinos amigos suyos y un par de amigos míos.

– Sus 3 años los celebramos seis meses antes, a los dos años y medio, en Parque Europa con todo el vecindario, porque a sus tres años iba a estar yo pariendo y con pocas ganas de más fiesta que el guirigay que iba a tener. Hicimos merendola, exhibición de animales…

– A los 4 años, 1 de Don Bimbas, fiesta en la urba con merendola, globos y toda la pesca, ¡donde no faltaron un Papá Noel y un reno!

– 5 y 2 años: Casa rural en Asturias con sus primos. Un puente espectacular.

– 6 y 3 años, viaje a Oporto y, como al padre por lo visto le parecía poco, va y le organiza LA MADRE DE TODAS LAS FIESTAS en la urbanización, con un par de camellos y el paje del rey, para los que cortó una calle. Y con dos animadoras.

… Hoy, 7 y 4 años, en el Palacio del marqués de Lozoya. Es una casa rural chulísima de Segovia.

Pero chisssssssssst, que ellos no lo saben. Se han ido todos los críos con un mayor afuera a jugar, mientras esto se fragua en el salón interior…

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Estaba El Cachorro todo preocupado porque le dijimos que no habría fiesta en la urba. Pensaba que no íbamos a celebrar su cumple…

Y se ha llevado sorpresa.

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Aunque no acaba de estar muy conforme con lo de celebrar su cumple a la vez que su hermano.

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Pero esto, amigo mío, es lo que hay. ¿Por qué creéis que me esmeré para que ambos nacierais casi a la vez? ;-P

Seductor nato

¿Tiene peligro Don Bimbas o no tiene peligro?

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Mirad cómo posa. Como un profesional.

Pero que yo no le digo que haga esto, ¿eh?, ¡que sale de él!

Hace un par de días, su profesora: “Es tan tiernooooo”, me dice con los ojos en forma de corazón como Candy Candy. “Es su arma secreta”, pienso. Creo que sabe de su atractivo. Estoy convencida de que lo explota.

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Demasiado muñeco es este…

Advertencia

Nos vamos de viaje y nos pilla el toro con los desayunos, as usual. Es casi la una y no ha dado tiempo de meterse casi nada entre pecho y espalda. Sugiero, nada más salir de casa en coche, pasar por una panadería y/o pastelería para comprar palmeras de chocolate. Se baja el Señor de las Bestias y vuelve con cuatro grandes, nada menos. Algunos nos las zampamos con facilidad, pero El Cachorro no puede terminar la suya y me extiende el último trozo.

– Ya no puedo más, mamá, ¿me lo guardas? – me pide.
– Claro hijo.
– ¡Pero no te lo comas! – me advierte.

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Ja, ja, ja. Cómo nos conocemos… Sabe perfectamente con quién está tratado. Pues porque me ha avisado (y DOS veces, además), porque no se fía ni un pelo de mí, que si no ya sabe qué adiós muy buenas.

“No te lo comas, ¿eh, mamá?” Y tengo que cumplir, claro. Muy a mi pesar.

Instrucciones

Me toca trabajar en turno de tarde. Y, como no voy a estar, dejo post-its con todo lo que tiene que hacer El Cachorro cuando vuelva del cole. Para que se entere él pero, sobre todo, su padre.

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Asimismo, se lo mando por Whatsapp a su padre (para que se vaya haciendo a la idea y lo tenga presente). Eso y que le he dicho a la chica (cosa que también hago por Whatsapp) que cocine el brócoli que me he encargado de comprar en el súper, junto con otras cosas. Y unas cuantas instrucciones más.

Y yo tengo ganas de no tener que pensar tanto y por todos. De que todo el mundo sepa qué hace y que lo haga, sin necesidad de tener que estar yo detrás.

Cuando llego a casa a eso de las once de la noche, está, por fin, el cuento de Rudolf. Aunque, por supuesto, nadie se ha fijado en que el final está inacabado y no tiene sentido.

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“Y esa Navidad todos los niños. FIN”.

¿Es que no han hecho ni leerlo?

También falta escribir en el sobre que tiene que entregar nuestro hijo en clase, nuestra dirección, como he dejado puesto que había que hacer.

De verdad, es que ni así. Ni mascado. Todo a medias. Ni me puedo confiar ni me puedo relajar. Luego te dicen: “Delega, delega”. ¿¿En serio?? Si dejo las riendas de mi casa a un chimpancé tarado nos iría mejor que en manos de mis tres hombres. Es desesperante, ¿¿no creéis??