Aúpa

Mis dos hijos, que son el resultado de una madre despreocupada, un padre que trajina con bichos y un abuelo escalador, dejan a todo el mundo patidifuso cuando se ponen a trepar y a escalar. ¿¡Pero cómo es posible que haya llegado tu hijo ahí!?, me preguntan. De ambos. Ya sea una valla, una altura, un poyete… lo que sea. Ellos logran llegar a lo más alto. Además, han conseguido desarrollar cierta fuerza en sus extremidades. Por eso epatan al más pintado cuando les da por colgarse de cualquier barra. Se suspenden y suben los piecillos con una facilidad pasmosa.

 

De modo que cuando alguien observa a mi bebé, con unos manguitos más grandes que él, caminar por la piscina y bajar las escaleras para bañarse, espera ver a un crío torpón que se maneje como un pato mareado, como cualquier otro de poco más de año y medio, y va y se encuentra a Cary Grant reencarnado, se asombra total.

 

Pero no os cuento la cara que pone el personal cuando ven que no solo no utiliza las escaleras para meterse en el agua, sino que tampoco lo hace para salir. Lo hace por el bordillo, aupándose. Y no lo hace como un gusano, no se posa sobre su barriga como una foca del Sea World. Tiene tanta fuerza en los brazos que apoya las manos, tira de su cuerpecillo serrano tanto como para poder sacar su piececillo, y sale. Sin despeinarse.

 

Ojo a la secuencia que corrobora lo que os narro:

 

madre 9 (1) madre 9 (2) madre 9 (3) madre 9 (4) madre 9 (5) madre 9 (6) madre 9 (7) madre 9 (8) madre 9 (9)

 

Y tan pichi. Me alucina hasta a mí, que conozco sus capacidades…


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