Algo horrible

Estoy desvistiéndome en mi cuarto, para ponerme ropa de casa, habiendo despedido ya al Señor de las Bestias, que se va trabajar. En esto que coge la puerta para irse Y OIGO UNOS GRITOS TERRIBLES por parte de El Cachoro. Y al Señor de las Bestias, desquiciado: “¡¡¡¡ME CAGO EN DIOSSSSSSSSSS!!!! ¡¡¡¡ME CAGO EN DIOOOOOOOOOOOOSSSSSS!!!!”

– ¿¡Qué pasa, qué pasa!? – voy corriendo, desnuda.
– ¡¡¡DIOSSSSSSS!!! ¡¡¡DIOSSSSSSSSSSS!!!
– ¡¡¡Por favor!!! ¡¡¡Qué pasa!!!

Tenía El Cachorro un dedo en el quicio de la puerta blindada de casa, donde las bisagras, y Don Bimbas la ha cerrado de un portazo.

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– ¡¡¡SE HA ROTO EL DEDO, SE HA ROTO!!!

Dios Santo, lo cogía El Señor de las Bestias de tal manera, estaba tan alterado, que pensaba que se le había desprendido. El pobre crío gritaba.

Me voy al cuarto temblando para vestirme con lo primero que pillo, chanclas, camiseta y un pantalón corto que había por ahí tirado. Salgo como alma que lleva el diablo. El Cachorro gritando… ¡cómo gritaba mi niño!

– ¡Aaaaaaaah, noooooooooo! ¡Pablo, malo, malo! ¡¡Aaaaaaah!!

Están él y su padre en el baño. El Señor de las Bestias le ha puesto algodón y abre su mano para medio enseñarme el dedo, y me mira como dándome a entender que lo va a perder o que lo ha perdido ya y que tengo que ir a buscar el trozo que falta por el suelo. Yo no veo demasiado, más que sangre y un burruño con una uña colgando y no sé si creo ver un poco de hueso… Una impresión que te cagas.

Voy hacia Don Bimbas temblando, que está inmóvil con cara de susto. Le pongo los zapatos: “Corre, cariño, ¡corre!” Y cojo el relevo con El Cachorro, agarrándole la mano y apretando o sosteniendo el dedo. Me parece ver al Señor de las Bestias como buscando algo por el suelo y no sé si es un trozo de dedo o qué. Madre mía, ¡madre mía! Nos vamos.

¿Y os creeríais que, una vez nos montamos en el coche en el garaje, el Señor de las Bestias descubre que se ha dejado las llaves en casa?

Más gritos de El Cachorro. Se lamenta: “¡¡Todo me pasa a míííí!! ¡¡Aaaaaaah!! ¡¡Aaaaaaah!! ¿¿Por qué tengo que tener tantas heridas??¡¡POR QUÉ!! ¡¡AAAAAAAAH!!”

Por el camino, El Cachorro sigue llorando y gritando, pero no tanto como creo que lo haría yo en su lugar. Yo no hago más que intentar calmarlo: “Te van curar, cariño, tranquilo, que te curan”. Él solo grita y me dice todo el rato que me quiere (no sé por qué le da por ahí, ni que le hubieran dicho que le quedan minutos de vida). Y echa pestes de su hermano:

– ¡Y todo por culpa de Pablo, que ha cerrado la puertaaaaa! ¡¡Y no me ha pedido perdóóónnn!

Me da pena Don Bimbas, que va que no se atreve ni a moverse. Está todo el rato como en segundo plano.

– Cariño, tu hermano ha cerrado la puerta, pero no sabía que estaba tu dedo, no es culpa suya. Y si no dice nada es porque el pobre está asustado. Nos hemos asustado todos, pero ahora vamos a llegar al hospital… ¡¡Tato, que te saltes ese semáforo!!… y te van a arreglar el dedo.

Como no sé qué exactamente qué chandrío se ha hecho, y si perderá la falange, no hago sino rememorar a mi amigo y vecino el actor, que le falta una parte de dedo, y la mano del tío mayor de mis hijos, a cuyo dedo también le falta un trozo por el mordisco de un lobo. Pienso que, por suerte, tenemos referencias o ejemplos cercanos y que eso ayudará a El Cachorro en el caso de que suceda lo peor.

– No te preocupes, cielo, ahora llegamos. Y a ver cómo tienes el dedo, mi vida, ellos te van a curar, no te preocupes, y luego el dedo… – me veo en la obligación de empezar a prepararlo – … yo qué sé, a ver, igual queda original. Ahora nos dicen, pero esto enseguida se pasa, cariño.

No le doy lo que pueden ser falsas esperanzas por si las moscas. Con mis hijos soy bastante realista.

Llegamos y entramos directos a urgencias. Una vez tumban a mi hijo, me dicen que espere fuera con Don Bimbas, que eso a él también le puede afectar, verlo y tal. Así que nos salimos.

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Ahí ya puedo centrarme en el peque, que lleva el susto metido en el cuerpo. Y también hago que no se sienta culpable, porque cree que es el responsable de lo que ha ocurrido y está entre impresionado, enfadado y triste. Y le leo algún cuento.

Me llaman para volver a entrar. Veo la mano de El Cachorro vendada. Estamos esperando a la radiografía para ver el alcance de lo que ha ocurrido. Pero ya me dicen que de perder algo del dedo, nada de nada. Y él está tranquilo. Ya no grita. Y le van a administrar un gas que lo va a relajar. Cuando lo hacen, la pediatra le explica qué le va a ocurrir, y le advierte de que hay niños a los que les entra la risa cuando respiran por la mascarilla. Y es EXACTAMENTE lo que le ocurre a mi hijo, que le da un ataque de risa. Así que, cuando me piden que vuelva a irme, lo hago mucho más tranquila.

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De vuelta en la sala de espera del hospital, contesto el Whatsapp de un amigo que me había consultado algo hacía ya un rato, contándole lo que estaba pasando.

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Este diálogo es para enmarcar.

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Creo que no hay que evitar reírnos hasta en este tipo de ocasiones.

Al rato, aparecen padre e hijo. El Cachorro dice que no siente la mano y está tan contento. Bueno, dentro de lo que cabe, porque enseguida protesta porque se le ha fastidiado todo, porque no se va a poder bañar en la piscina…

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Y es el momento de reflexionar y de conciliar ánimos. El Cachorro sigue culpando a Don Bimbas, pero, ahora que no le duele el dedo (ya le dolerá, cuando se le pase la anestesia), aprovecho para decirle que la culpa, en todo caso, sería suya, por tener el dedo donde no debe. “¿Cuántas veces os he dicho lo de las puertas, que tengáis cuidado, que ni las toquéis?” Bueno, sin ir más lejos, tres minutos antes de la pillada. Subíamos en ascensor desde el garaje y ya andaban los dos apoyándose en la puerta y poniendo la mano. Es de esas puertas que se deslizan hacia uno de los lados cuando se abren y que pueden pillar dedos sin ningún problema entre ambas mitades, cuando se superponen. A mí me da un miedo de mucho cuidado. Pues cojo, les advierto con cara de pocos amigos que NI SE OS OCURRA TOCAR LA MALDITA PUERTA, HOMBRE YA, CUÁNTAS VECES MÁS OS LO TENGO QUE DECIR, y a los tres minutos, tres, el tiempo que me había llevado desvestirme, zas, el accidente.

En fin, ahora tenemos que volver dentro de dos días para ver cómo empieza a responder el dedo. Y me pregunto qué narices vamos a hacer con nuestros planes vacacionales…


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