Adiós melenas

De verdad que tenía verdadera (valga la redundancia) curiosidad en saber cómo le quedaría el pelo corto al peque. Hacía como más de un año que llevaba sus greñas.

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Esta mañana tenía el argumento definitivo para convencerle. Porque a él le gusta su pelazo. Pero tiene el pelo tan fino que se le enreda cosa mala y peinarle es un suplicio para él. Llora, grita y protesta de lo lindo (también le gusta un melodrama…) Así que le he dicho que, si se cortaba el pelo, no se le enredaría. Y eso que a mí sus melenas me gustan. Pero el pobre se pega la vida retirándose el pelo de la cara, que le va a provocar un tic, y a veces parece que le ha lamido una vaca. Me apetecía verlo despejado.

Y voilá. Un cambio radical.

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Mando foto a mi madre. Que parece mayor. Y a mis vecinas. Lo mismo. “¡Pero sigue siendo un seductor!”, dice una de ellas. Y, sí, el donjuanismo no lo pierde como Sansón la fuerza. Lo lleva en la sangre.


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