A su bola

Hoy Don Bimbas creo que me la ha colado. Se ha pegado la noche tosiendo y en un par o tres de ocasiones, quejándose. Se ha venido a mi cama (luego el otro), y yo no he dormido lo que se dice… lo necesario.

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El caso es que, a mis dos hijos, que ayer se acostaron un pelín tarde, les ha costado levantarse la misma vida. Y el pequeño, ha empezado a llorar, que se encontraba mal. Es cierto que, al tocarlo, estaba caliente. El termómetro indicaba un 37’1º, tampoco nada alarmante. Pero él no quería ir al cole. La verdad es que se ha mostrado muy convincente en cuanto a su malestar. No obstante, lo he vestido de cole y le he dicho que íbamos a llevar a su hermano mayor y que luego volvíamos. “¿Me lo prometes?”, me ha dicho, con vocecita lastimera. “Te lo prometo, hijo”. Pero albergaba la esperanza de que, una vez en el cole, es más, una vez en la puerta de su clase, a la que he ido para avisar de que no iba a ir, se arrepentiría. Pero no, no ha colado. Y mira que he insistido.

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Una vez hemos salido del cole, va y me dice, con toda su jeta:

– ¿Vamos un ratito al parque?
– ¿Cómo? ¿Al parque? Oye, majo, si estás para ir al parque, estás para ir al cole. ¿Te llevo?

Y entonces se ha callado y ha tirado. Nos hemos ido a hacer una pequeña compra, y a casa. Enseguida ha manifestado que se aburría. Que si podía ver la tele.

– Uy, no, cariño. La tele da dolor de cabeza. Lo que tienes que hacer es acostarte en la cama, que estás malito y por eso no has ido al cole.

¡A ver! Como vaya al parque, como vea la tele, como haga todo cosas rechulis, me lo veo “enfermo” todos los días.

Pero pronto se ha ido a su cuarto y ha “desaparecido”. Se ha puesto a jugar con los cochecitos. Y me priva lo mucho que se entretiene él solo. Lo capaz que es de divertirse con juguetes en vez de dar por saco con la tele y la tablet y que si jugamos juntos y tal.

Al rato, viene: “¡Mamá, mira qué atasco! ¡Mira qué chuli!”

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Este no se distrae viendo deslizarse a sus coches por la rampa. A él le va más sembrar el mal. Es un antihéroe de libro.

Sigo con mis quehaceres. Hoy me ha dado por ser una madre modelo, y estoy haciendo caldo casero. Cuando pasa bastante tiempo, me asomo a su cuarto. Sigue entretenidico. ¡Pero es que lleva igual dos horas así! Ahora agrupando coches. Siempre le gusta formar filas de coches. Es en lo que más tiempo invierte. Le encanta. Pero hoy es la primera vez (que yo sepa) que lo hace por colores.

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Después vamos al médico, volvemos y sigue con sus coches. Y un poco más tarde aparece en mi estudio con el Tragabolas.

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– Cariño – le digo – ¿ya has recogido todos los coches?
– Sí – me contesta – Todos.

Flipo. Jamás recoge nada.

– ¿Todos, cariño, de verdad?
– Sí, todos. Pero no solito. Me ha ayudado un fantasma.

No doy crédito. A lo del fantasma sí. No doy crédito a que esté todo recogido. Y voy al cuarto.

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FLIPO.

Ese fantasma tan responsable y ordenado… ¿habrá poseído a mi pequeño?

Mira, yo pensaba que me iba a dar la mañana, y ni me estoy enterando. Para que luego diga (yo, para que luego diga yo).

Por favor, Diosito, que todas las enfermedades sean así.


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