Regalo con arrepentimiento

En Vietnam, el Señor de las Bestias regaló a sus hijos una pulsera de ojo de tigre. Don Bimbas se la cargó días después en uno de sus enfados, cuando se la arrancó, la estiró y saltaron todas las bolitas (episodio por supuesto ya relatado en estas páginas virtuales).

El Cachorro, allí, me pidió un día que se la guardara, y me la puse y me gustó. Se la demandé a El Cachorro y me dijo que no me la daba. Pero, casi al final del viaje, me dijo que me la regalaba.

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Hoy, que la ve, decide que la quiere de vuelta. Y yo le digo que lo que se da no se quita, Santa Rita. Él: “Jo, ya lo sé, pero es que papá iba a comprar otra y no lo hizo y ya no vamos a volver a Vietnam, jooo”. Yo no me inmuto. Entonces él empieza la campaña. Al rato se acerca, coge la pulsera y la manosea: “¿Ves? La pulsera quiere estar conmigo”. Le pregunto que cómo es eso. “Hace la letra ese”. “¿A ver?” Vuelve a hacerlo, solo que, para su desgracia…

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… le sale una A… ¡de Amaya!

Vs

Me enseña El Cachorro un dibujo que ha hecho:

– Son zombis contra un tiburón zombi. Mira, este era militar y por eso tiene clavada una espada por detrás y casco – me explica.
– Ah, y a este se le ha caído un ojo.
– Sí.

Está genial.

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Pero lo que más me fascina es ese “vs”.

– ¿Sabes qué significa “vs”? Es latín, “versus”, significa “contra”. Tienes a zombis contra tiburón zombi.
– Sí, sabía que es contra.
– ¿Y cómo lo sabias!
– No lo sé.

Lo que yo no sé es cómo sabe cosas este hijo mío tan despistado. Sorprende.

Los tiburones, como estáis viendo, son su leitmotiv. A los días, me enseña otro dibujo. “El ciclo de los tiburones”: “Un megalodón que se come a un tiburón blanco, un tiburón blanco se come a un tiburón normal, un tiburón normal se come a un pez, y un pez a un pez que se pegan a los tiburones que están siempre al lado, y él un pan”.

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El pez que se pega a los tiburones y está siempre a un lado es, en cortito, rémora.

Pero, acostumbrada ya a los tiburones, que es su dibujo recurrente, lo que me flipa es el pulpo. ¡Pero qué logrado!

Largo día de cumpleaños

A las 23:59 ya ha venido El Cachorro para desearme un feliz cumpleaños. Así da gusto tener hijos y así da gusto cumplir años.

Porque, además, todo el mundo sabe que a mí, mi cumpleaños, me priva, así que doble detalle por parte de mi hijo que, felicitándome a esa hora, hace que yo empiece a disfrutar de mi cumple desde el minuto uno, durante 24 horas.

¿Que qué me ha regalado el Señor de las Bestias? El viajazo a Vietnam.

Pero le debió de parecer poco. Me levanto y encuentro unos maravillosos dibujos de mis hijos y un desayuno bestial de Mallorca.

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Y un superanillo. Qué tío, no lo puede evitar.

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A las tres y pico pensamos en que habría que comer. Se me ocurre que al Hard Rock, que hace mucho que no vamos. Invito yo.

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Me dedico una hamburguesa con oro, porque yo lo valgo y lo cumplo. Y hay otro que también lo vale y se alimenta como le viene en gana.

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Un mordisco de hamburguesa y otro de helado, uno de hamburguesa, otro de helado. Y así come El Cachorro.

Después, a ver Corta el cable rojo, mi obra favorita de improvisación de todos los tiempos.

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Y, además, consigo MI CANCIÓN.

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¿Que qué es eso? Hay que ir a verlos para saber a qué me refiero.

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Si puedo, el año que viene vuelvo.

Yogur del abuelo

El abuelo preparando el “yogur del abuelo”. Que no es otro que un griego y al que, cuando estamos en Pamplona, se le añaden cereales.

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De hecho, la cosa nació como una especie de “yogur al estilo del abuelo”, que era con la mezcla. Pero ha devenido en que el yogur griego, en mi casa, se llama así directamente, “yogur del abuelo”. Vamos al súper y mis hijos lo señalan: “Compra yogur del abuelo”.

Y a mí eso, qué queréis que os diga, me encannnnnta, con muchas enes.

Agoreros

Parece que el subconsciente de El Cachorro, no El Cachorro, sino su subconsciente, nos oye y, motu proprio, apoya nuestras advertencias pasando a la acción. Me explico. Es decirle: “Cuidado con esto” o “deja de hacer eso que te vas a hacer daño” o “sal de ahí que te vas a caer” para que, acto seguido, se caiga, haga daño u ocurra una desgracia.

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El día que se pilló dedo con la puerta, tres minutos antes le había advertido con la del ascensor: “¡¡Que no toquéis la puerta, diantre, QUE-NO-TOQUÉIS-LAS-PUERTAS!!” Y, zas, el chandrío padre.

En Vietnam, estaba yendo por todos los muros, brincando por todo lo brincable y, cuando ya andaba saltando y caminando por encima de unas tablas de madera es cuando yo le dije: “Deja de ir por ahí, por favor, que no paras y el pequeño te sigue y por ahí os vais a hacer daño”, él dijo “¡vale!”, no sin antes dar un último salto, que fue con el que se clavó el clavo en el pie.

Estoy por no decir nada.

Ese poder también lo tiene mi padre. Estamos en Urbasa y andan los críos saltando de piedra en piedra.

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Pero a El Cachorro le da por ir cuesta abajo. Su abuelo: “¡Así no, te vas a caer!” Mi madre: “Déjalo, anda, déjalo”, porque mi padre es un pelín más severo con mi hijo que con el resto de nietos, y mi padre: “Que va en pendiente y se va a ir de morros”, y mi madre: “Bueno, déjalo”, y El Cachorro, zas, de morros.

Es un caso.

Los abuelos dan la nota

El Cachorro se mea con sus abuelos viendo un partido de Osasuna. Está descubriendo cómo se ponen. Las cosas que dicen, los aspavientos, lo que gritan, lo que se indignan… y le parecen muy divertidos. (Yo le aconsejo que los vea de lejos, pues se soliviantan tan a menudo que puede salir perjudicado).

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Hablan del espectáculo del fútbol, el espectáculo en el césped, en el estadio, en los alrededores con los hinchas y los puestos y el ambiente, en los programas de televisión… y no del espectáculo que dan unos abuelos viendo el fútbol. Para El Cachorro, no tienen rival.

El melodrama

El Cachorro y el melodrama. A todo le aplica una pátina de tragedia. Vamos a una merendola organizada por mi hermano y cuñada a la que invitan a amiguitos de mis sobrinos y, cuando nos vamos a ir y él no quiere, me dice: “A estos niños no los vamos a ver NUNCA MÁS, ¿verdad? Pero nunca”. No sé si para que nos quedemos un ratito más o qué, pero siempre que conoce casualmente a un niño con el que juega, luego me presenta el mismo panorama. “Hombre, cariño, hay pocas probabilidades de que volváis a coincidir, pero de ahí a decir nunca…, eso no se puede saber, la vida suele dar sorpresas”.

Es el mismo niño, El Cachorro, que en una reunión donde hay niños desconocidos, e incluso pese a que también esté su hermano pequeño, se pega los primeros veinte minutos con los adultos porque no se atreve a acercarse a ellos.

– Es que me da vergüenza.

– Pues, cariño, espabílate. Con la vergüenza no se consigue nada.

Son los otros padres y mi hermano quienes se ofrecen a acompañarle para incluirlo en los juegos. Yo, su madre despiadada, no. Quiero que lo haga él. Además, no sé si ir de la mano de un mayor ayuda mucho. Él debe pensar lo mismo, porque rechaza el ofrecimiento. Puede que eso le dé más vergüenza. O que lo lleve alguien que no sea yo…El caso es que le cuessssssta arrancarse.

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Tarde o temprano, siempre acaba jugando. Se lo pasa pipa. Y luego… “a estos niños no los vamos a ver NUNCA MÁS, ¿verdad?, pero nunca”, le entran esas cariñadas…

Presión

Para venir a Pamplona El Cachorro quería traer las bicis. Pero en mi coche no caben. Así que le dije que igual la de Don Bimbas sí, pero la suya no, que si quería otra cosa, como el patinete. Y dijo que sí.

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Entonces Don Bimbas dijo que él quería traerse la bici rara. El Cachorro entonces murió de envidia y ya, para bajar los vehículos al coche, le hizo el cambiazo a Don Bimbas. Y mal hecho, porque el patinete es más grande que él y tiene en la superficie de la base un material lacerante que le hizo tres heridicas.

Al día siguiente,

– ¿Qué quieres, la bici rara que va lenta o el rapidísimo patinete? – le plantea El Cachorro a su hermano pequeño, con una estrategia que normalmente le aporta buenos réditos.

Pero Don Bimbas es duro de roer.

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El Cachorro intensifica el hostigamiento:

– Y sabes que no vas a coger el patinete. El patinete lo cojo yo y la bici rara lenta es todo el rato tuya.

La verdad es que, así presentado el asunto, es difícil resistirse…

Potestad

– Abuelo, ¿podemos ver la tele? – le preguntan mis hijos a mi padre.
– No – contesto yo.
– Se lo pregunto al abuelo, que es el dueño de la tele.

El Cachorro se quiere hacer el listo. Con lo que no contaba era con mi padre aliándose conmigo y dándome todo el poder: “Aquí quien decide es tu madre”.

Le sale el tiro por la culata. Aunque lo vuelva a intentar a la desesperada: “¡Pero es tu casa!” No hay tu tía.

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Pero yo no voy a levantar la guardia. En cualquier momento puedo ser despojada de mi poder. Que para eso son mis padres y es su casa. Hay que estar alerta.

Sofá

Don Bimbas, donde más cómodo se siente, es encima de mí (o de su padre). No en un sofá, una cama o un cojín, no. Encima de mí (o de su padre).

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Tengo complejo de sofá. Yo me dejo, porque a saber hasta cuándo podrá seguir haciendo eso, porque llegará un momento en el que moriré aplastada, y ahora que puede, adelante.

Es que esto de ser pequeño dura poquísimo.

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Saco fotos de sus piecitos porque estoy in love con ellos, me chiflan. E imagino cómo serán cuando crezcan, enormes, peludos, sudorosos… me huelo (jaja) que ya no me gustarán tanto.

Pero volvamos al tema del sofá… El nuestro está bastante amortizado. Cuando me voy a cocinar de noche y me asomo al salón a echar un vistazo de control, a ver qué tal van padre e hijo…

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… me los encuentro de esta guisa. Vaya par de ceporros. Ese sofá está aprovechadísimo.