Sin sueño pero sí

Queremos las amigas alargar la noche, así que propongo que vengan a mi casa. Nos vamos a la terraza mientras apalancamos a los críos frente al televisor. Ya me he encargado de decir que ni hablar de sacar juguetes a estas horas (son las mil).

Al poco, los dos hijos de una de ellas, caen fritos. Uno de ellos boca abajo, en el suelo, como si se hubiera caído de un quinto. La otra amiga se acaba subiendo a su casa con su hija. Quedan en pie mis hijos y la pequeñita de mi amiga, que es un amor y también como el muñeco diabólico. Y al ratín, cae también Don Bimbas. Se van también enseguida. Son la una y veinte de la mañana. Llevo a Don Bimbas, roncando, a hacer pis y a la cama y a El Cachorro, que está pegado a la tele (increíble el enganche que tiene con las pantallas), al baño a lavarse los dientes. Me dice:

– Mamá, ¿por qué todos se duermen y yo no?
– Eso me gustaría saber a mí, cariño.
– Pues es que no tengo nada de sueño, pero nada, ¿eh?, podía estar una hora más viendo la tele.
– Me lo creo, me lo creo. Sobre todo si hay tele.

Y me lo creo, sí. El caso es que, después de este total (así es como llamamos a las declaraciones de alguien a cámara los periodistas de televisión), va a la cama y oigo que llaman a la puerta. Es el Señor de las Bestias, que vuelve de tomarse unas copas con los maridos de mis vecinas, las que han venido a beber vino a mi casa. Y en lo que vuelvo al cuarto de mis hijos, me veo este panorama.

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De ponerse el pijama ya ni hablamos. El que no tenía nada, pero nada de sueño, ¿sabéis? Es que en su habitación no hay tele…

Evento en Fuentenovilla

Hemos venido a ver una exhibición de los animales del Señor de las Bestias. Son fiestas del pueblo y aprovechamos para acabar el día aquí, con los hijos de nuestros vecinos, que nos los hemos traído.

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Hay unos actores haciendo primero de reyes y bufones, y al rato salen como brujas a hacer un aquelarre con fuegos (muy bonito).

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Pues bien, mi hijo es el que lo está fotografiando y grabando todo. He creado un monstruo.

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Mucho dice El Cachorro que él no necesita estudiar porque va a trabajar en lo de papá. Pero no sé yo si podrá vivir sin dar rienda suelta a su verdadera vocación: ser reportero gráfico.

Consejos vendo…

La hija de una vecina, en la piscina (toma pareado) se ha cogido una rabieta que su madre ha dicho: “Vaya adolescencia me espera”. Entonces yo he pensado en mi Don Bimbas y su fortísimo carácter, su cabezonería, sus enfados, en sus gritos y en lo que pasa de los míos cuando se los dirijo a él, y he caído en la cuenta de que llevo sufriendo su adolescencia desde que tenía 6 meses, y que eso que me estoy quitando.

O, si es que la repite, al menos no me pilla con el pie cambiado…

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En cualquier caso, hablaba de rabietas, ¿verdad? Pues os cuento que, ni una semana después, volvemos a coincidir en la piscina la vecina, su hija, mis hijos y yo, a mediodía…

Me consulta mi vecina que si les dejamos bañar a los críos. Ella tiene a una niña unos meses menor que Don Bimbas pero igual de espabilada o más. La piscina está cerrada. Yo le digo que solo se puede bañar El Cachorro, porque Don Bimbas está castigado sin bañar. En un principio lo había castigado sin bajar a la piscina directamente, pero luego lo he pensado mejor y le he dicho: “Mira, mejor dicho, yo no me pienso jorobar por ti, y quiero bajar a la piscina, así que cambio el castigo y vamos a bajar a la piscina, pero tú no te vas a bañar”.

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Total, que mi amiga que oye lo del castigo, va y me suelta: “Tú sabes que a estas edades funciona mejor el premio que el castigo, ¿verdad?” Así, con un tonito como de no tienes mucha idea de educar a niños.

Y en ese momento, EN ESE MOMENTO, su hija única coge y empieza a dar por saco de manera sideral. Se sienta en la silla de piscina de su madre cuando estábamos ambas tomando una cerveza, dice que no se levanta, se revuelve y patalea, llama tonta a su madre e incluso le pega. Y yo, fumándome un cigarro imaginario (porque ya no fumo), tomándome mi cerveza y disfrutando del espectáculo en primera fila. Y, claro, como la pobre me acababa de aleccionar diciéndome lo del premio, por mucho que le dijera a su hija: “como sigas así me voy a enfadar”, la hija la tomaba por el pito del sereno y no bajaba ni un ápice la intensidad de su cabezonería y porculismo y ella no se enfadaba ni para atrás, porque lo siguiente era calzarle un tortazo de aquí te espero, tal era la chulería de la cría.

Yo ahí me he tenido que morder la lengua. Le iba a soltar: “Venga, dale un premio, ¿no?”, pero me arriesgaba muy, pero que muy mucho, a que me soltara a mí un bofetón que se iba a escuchar en Ciudad Rodrigo. He sido buena vecina (y cobarde) y con las ganas me he quedado.

Así que ella no ha tenido otra opción que coger a su cría que gritaba y lloraba y gritaba y lloraba, y largarse a casa farfullando que es que, claro, a esas horas siempre su hija estaba cansada y cuando un niño está cansado le da por ponerse insoportable. Ajá…

Yo ya hay varias veces que he visto a esa niña “cansada”, y quizá soy menos comprensiva y más mala madre, con cero de sensibilidad pedagógica y proclive a causarles un trauma a mis hijos, pero a mí me desobedecen y me llaman tonta y me sacuden un tortazo, y no tienen planeta para correr.

P.D. A ver, estoy de acuerdo en que yo hago aguas en algunos aspectos de cómo educo a mis hijos y me gustaría cambiar algunas cosas y metodologías. Y seguro que hay otras maneras de educar más efectivas que las mías. Ahora, si yo, en este caso, viera que la que aplica mi vecina, funciona, de mil amores la llevaría a cabo. Pero, qué queréis que os diga, lo que veo, hoy y el resto de días, no me convence. Ni una pizca.

Antes y después de ser madre

Creo que tendríamos que ir pensando en cambiar de sofá…

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Con el cariño que le tengo, que es mi primer sofá, el que compré para mi casita de soltera… Un sofá cama estupendo, amplio y cómodo. Pero, claro, ahora hay niños y tan amplio no es, y, además, los niños crecen…

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Cómo cambian las cosas, ¿eh?

Yo antes de ser madre: “Hay que ver, la horterada de los imanes en la nevera y todo lo que le ponen, que parece un tablón de anuncios, en vez de dejarla libre y dar sensación de limpieza, elegancia”.

Yo después de ser madre:

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Todo esto te hace apreciar cosas que antes de ser madre no valorabas. Por ejemplo, aprovechar para ir al cine cuando los críos se quedan con su abuela. Segundo día consecutivo llevamos.

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¡Yuju!

Un ocho insistente

Está El Cachorro haciendo, a duras penas, unas tareas (más bien pasatiempos, pero le fastidian igual que si fueran los deberes más pesados del universo). Aborda un crucigrama (que he tenido que explicar cómo iba porque no se molesta en leer las “instrucciones”), y viene y me dice:

– Mamá, he puesto “gafach” en vez de “gafas”.
– ¿Y eso?
– Porque he puesto un ocho en vez de una ese.
– ¿Y eso?
– No sé, me he puesto a hacer la ese pero luego se me ha pegado los números y un ocho.

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Se va. Vuelve.

– Mamá, soy tonto. Tú dirás “no eres tonto, no eres tonto” – que es lo que le digo siempre que me viene diciendo que es tonto – pero en realidad soy tontísimo. He borrado el ocho y he puesto otro ocho.

Es un caso.

– ¿Y eso?
– No sé. He borrado el ocho y luego se me ha metido otro ocho.

Estos ochos intrusos…

Lógica aplastante

Don Bimbas, tres años después de tenerlas en casa y de desayunar día sí, día también con ellas, descubre que tenemos dos tazas iguales, que me regaló el embajador de Suiza cuando le hice un reportaje. Así que cuando escala para cogerla, cosa que le encanta, lo mismo que después echarse el Nesquik y la leche, dice emocionado:

– ¡Mira, son iguales!

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Y dice su hermano con toda la parsimonia del mundo:

– Si se te cae ya solo habrá una igual.

Básicamente, porque ya ha sucedido. Antes teníamos también dos tazas de Star Wars. Cuando Don Bimbas rompió una de ellas, fue un drama. Creo que incluso más para mí que para El Cachorro, que se cogió un disgusto que aún no se ha recuperado. Lo que no sabe mi hijo mayor es que la segunda también se la cargó…

Mensaje en una botella (versión)

Vamos a dar de comer a los gatos de los vecinos, que están vacacionando, y Pablo deja un mensaje a su amada en la pizarra para su vuelta.

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Menuda sorpresa se va a llevar la cría. Vaya suerte. Anda que no he tenido yo que cumplir años para encontrarme con un mensaje de este calibre…

Las nuevas generaciones vienen pisando (y amando) fuerte.