Para qué sirven las madres (alegato feminista)

Tengo una amiga que justifica a los hombres, del tipo marido, de la sección padre, diciendo que es que a ellos no se les da bien hacer según qué cosas, que sus cerebros no están diseñados para darse cuenta de asuntos que para nosotras son obvios, que no saben organizar y que son unos zotes gestionando. Así que, cuando yo me quejo del Señor de las Bestias, ella siempre me dice: “Ay, amiga, si es que son todos iguales”, como si eso quitara valor a mi indignación, como si no tuviera motivos, como si me consolara.

ME LA PELA cómo de iguales sean. Tanto él como yo somos igual de padres, y las tareas han de estar repartidas en igualdad. Así lo veo yo. Y así debe ser.

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Por cierto que, si comparamos al Señor de las Bestias con el resto de los tíos en estas lides, sale bastante bien parado. No se agobia si está solo con los críos. Les hace la cena, los baña, los viste, los acuesta… Es muy apañado. Y, además, le toca hacerlo muchas veces solo, puesto que tengo un trabajo que va y viene y que, cuando viene, me hace currar en turno de tarde/noche en semanas alternas. Así que, ole.

Sí, a mí también me toca hacer las cosas muchas veces sola. Cuando estoy en paro (y cuando no, qué coño), que me lo trago todo o, sin ir más lejos, todos los sábados, que él trabaja. PEEEERO, ah, he aquí el quid de la cuestión, eso a mí no se me valora, porque como que se sobreentiende, como que se da por supuesto. Yo soy la madre y sé. ¿No es verdad? Yo no tengo un ole ni tengo nada.

Pues os aseguro que, si me hubierais visto de “soltera”, cuando vivía en piso compartido o sola, tendría un OLE como una catedral.

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Pero volvamos al presente. Compañeras mías del s. XXI, muy queridas, además, me han llegado a decir: “¿Te vas de viaje de trabajo una semana? ¿¿Y los niños??” Cuando les contesto con un natural: “Pues con su padre, que tienen padre”, su réplica es: “¿¿Y se apaña?? ¿¿Solo??”

Vamos a ver. Cuando el Señor de las Bestias se larga unos días a un rodaje… ¿le pregunta alguien si yo me voy a saber apañar sola? ¿A alguien le preocupa cómo va a organizar a sus hijos? Es que es de traca, no me digáis.

Pero, en fin, me lo tomo, o me lo quiero tomar, más que como una crítica, como una admiración a este Señor de las Bestias que no se achanta ante un reto semejante, y sale bien parado. Vale.

Bien, pues mi queja viene a santo de que, por mucho que en mi casa los quehaceres rutinarios estén bastante repartidos, lo que viene siendo la gestión de TODO, está absolutamente desequilibrado. Por remitirme al ejemplo que acabo de poner… Si el Señor de las Bestias se larga de viaje, se larga y ya está. Si yo me largo de viaje, le dejo una lista de las cosas que hay que llevar al cole o trabajos que han de estar hechos, le hago una tabla de las extraescolares que tocan, le informo de dónde está alguna ropa determinada, me preocupo de quedar con la chica en que haga más o menos horas, o las modifique, de cara a que sea todo más fácil para él, y de hablar con ella para decirle qué interesa que haga estos días, como cenas y baños, en detrimento de la limpieza de casa, para liberar al padre de todo lo que se pueda. Y le dejo algunos táperes hechos o ideas para las cenas. O sea, él se va y dice “adiós”, y yo me voy y digo “recuerda, esto y esto y esto y lo otro y lo demás allá, y aquí te dejo esto y esto y esto y apuntado tienes aquí todo”. Y, cuando estoy fuera y llamo, también: “Que sepas que mañana tal y que tienes que hacer pascual”.

Vamos a ver, cuando se tienen hijos y se comparte una casa, entiendo que hay que ocuparse al 50%. Se trata de una sociedad, ¿o no? Y padre y madre han de estar implicados por igual y responsabilizarse de igual forma de estas cosas. Pero. PERO.

En casa, soy la que me recorrí varios colegios para decidir a cuál íbamos a llevar a nuestros hijos, así como de realizar las solicitudes oportunas en los lugares oficiales, con todos los documentos que se exigen o de pedir becas. Y la que me agobié sola por tener que decidir yo sola algo tan importante. Esto, aunque ha pasado tiempo, lo comento como demostración de quién se ha de encargar de las tareas menores, mayores y mediopensionistas. Pero retornemos de nuevo a la actualidad…

En casa, soy la que me ocupo de elegir las extraescolares de mis hijos y de intentar que cuadren en horas de salida, procurando contentar a los dos y que vayan a clases a su medida, de llevar la economía, de informar de si hay que ingresar más dinero en la cuenta común, de pagar al casero de la casa que por supuesto, encontré yo, y de lidiar con él (y es un hueso duro de roer), de buscar a las chicas que nos ayudan en nuestro hogar, de entrevistarlas, de negociar con ellas, de enseñarles todo lo que tienen que hacer (dónde están las cosas, cómo quiero que se hagan, dónde hay que recoger a los niños y a qué horas -que tiene tela-), de decirles cada día si he dejado una lavadora puesta o si hay algo específico de lo que se han de ocupar, de señalarles qué hay de cena, de pagarles el último día del mes, y si no hay dinero en la cuenta común, de adelantarlo yo, de escribir al cole si uno de mis hijos necesita dieta blanda, si no va a natación porque está resfriado (hay que avisar su profesora y al AMPA) o si han perdido ropa y no la encuentro en los baúles que se colocan en la puerta a tal efecto, de escoger y mandar las fotos para al anuario, de convocar las tutorías, de atender el Whatsapp de padres de los dos críos de clase, más los Whatsapp esporádicos que surgen sobre cumpleaños a los que han sido invitados y los regalos que se hacen (no sé por qué meten a las madres y no a los padres, cooooño ya), así como los que se forman sobre otros asuntos, de avisar si saco a los niños una semana del cole para irnos a esquiar, de ocuparme en idear deberes para que hagan ejercicios durante las vacaciones, de luchar con ellos para que los hagan, de descargarme la app con la que estoy en contacto con las profesoras de los dos niños, donde nos dan todos los avisos de lo que han de hacer, y de escribirles o de darles las gracias si nos mandan fotos de ellos en clase, de ordenar los armarios, de recoger la ropa planchada de mis hijos y la mía y colocarla, y en varias ocasiones la del padre, cuando lleva ya una semana en el mismo sitio y yo estoy de los nervios, de fijarme en qué ropa se ha quedado pequeña de El Cachorro para meterla en una caja y la pueda utilizar Don Bimbas más adelante, de fijarme en qué ropa se ha quedado pequeña de Don Bimbas para meterla en bolsas y llevársela a mi sobrino pequeño, de saber que los zapatos caros y los abrigos caros, se ponen cuando no hay peligro de que los rasguen, estropeen o rompan, y que los viejos se ponen para ir a la finca a revolcarse sobre piedras, saltar o jugar con bichos que arañan y muerden, de comprarles toda la ropa, de llevar la ropa estropeada a arreglar, de hacer mi maleta y la maleta de mis dos hijos, de pensar qué llevamos de comida y de bebida en los viajes, de saber cuándo caducan los DNI de mis hijos y de pedir hora, de estar pendiente de cuándo hay que poner vacunas o toca revisión médica de mis hijos, de cortarles las uñas, de comprar al pequeño las cremas que le hacen falta para la piel atópica, de comprarles a ambos la pasta de dientes, de comprarles los cepillos de dientes que han de ir al comedor del cole, de comprarles las mochilas, las gomas de borrar, los lápices y las cartulinas, de saber cuándo hace falta pasar el aspirador por debajo de la alfombra, de sacar todos los juguetes de los cajones para limpiarlos, de limpiar la nevera, la terraza o una estantería en especial, de vaciar el armario de los medicamentos para ver cuáles están caducados y meterlos en una bolsa para llevarlos a una farmacia, que es el punto limpio donde se tiran, de meter las pilas gastadas en otra bolsa para tirarlas en el lugar adecuado, de meter el pan de ayer en una bolsa para acumularlo allí y cuando esté llena, rallarlo con el Thermomix o llevarlo a la finca para los bichos, de bajar y subir cosas del trastero, que da mucha pereza, de decidir cuándo se cambian las sábanas de la cama, de echar las toallas de la ducha a lavar, de que la nevera esté llena, de procurar hacer comidas sanas, de activar el Roomba, despejándole el camino de obstáculos, de vaciarlo, de quitar el polvo a cosas que pasan desapercibidas, como las que están en el tendedero o los cajones de dentro del armario, de leerles a los niños un cuento antes de dormir, que lo hago en pocas ocasiones porque se me acuestan tardísimo, de convencerles de que es mejor que jueguen con sus juguetes que plantarse delante de la tele, de prever qué hacer con los críos cuando no tienen cole, de hacer los trabajos de los proyectos, de investigar sobre los países que hay que investigar cada tres semanas y preparar una exposición ad hoc, de disfrazarlos si toca Halloween, Reyes, el día de la primavera u hoy es otro día en el que los profesores nos vamos a tocar las narices, de firmar las autorizaciones para las excursiones y de meterlas en sus mochilas, también de hacer las transferencias de lo que cuestan las excursiones, de apuntar cuándo las van a hacer en la agenda, de regar las plantas, de ver qué hay en la nevera que va a pasarse para comerlo antes de que se pase, de sacar a veces tiempo para dejar cenas preparadas cuando trabajo de tarde o de tener la compra hecha, consciente de que el Señor de las Bestias se está chupando a los críos todas las noches de una semana, de idear a dónde nos vamos de vacaciones, de comparar y de contratar los vuelos y el alojamiento, las rutas, las clases, todo, de ahorrar (jaja), y de avisar al Señor de las Bestias por Whatsapp de ni una vigésima parte de estas cosas… para que me diga encima que es que no lee los mensajes.

Así que os podéis imaginar la carga mental que tengo. Soy yo la que me agobio sola porque llega el final de no sé qué plazo y falta por hacer no sé qué cosa, la que me agobio cuando hay que pagar el alquiler y aún no he cobrado y no hay dinero suficiente en la cuenta, la que me agobio cuando no tengo tiempo para repasar nada con mi hijo de lo que está dando en clase porque estoy trabajando, la que me agobio porque no sé qué vamos a hacer con los niños cuando no tienen cole, la que me agobio porque no sabe de dónde sacar el tiempo para hacer todas estas cosas, dejando pendientes todas las de mi propio curro, que se me acumulan y se acumulan y se acumulan, y no me permiten sentarme en un sofá un día a leer un libro, porque no tengo tiempo libre alguno. Vivo presionada y estresada por todo lo que hay que hacer, por todas las responsabilidades y las obligaciones, que afronto en solitario.

El Señor de las Bestias no se complica la vida. Y cuando yo tengo ya un brócoli para cenar, un vecino le dice que por qué no cenamos todos pizza y dice que sí, aunque haya cenado pizza el día anterior con otro vecino, o con el mismo, y yo esté acumulando en el frigorífico comida que se me va a poner pocha porque fue pensada para cenas en casa que no se están produciendo. Cuando hay que hacer un trabajo de los niños, dice que no lo hace y ya está, sin pensar que su hijo igual no quiere ser el único que no lo haga de toda la clase o que lo mismo eso repercute de forma negativa en sus notas. Si se lleva a los críos a la finca, pilla el abrigo que menos le cuesta sacar del armario, o el que está fuera, sin fijarse si es uno viejales, apto para su finca, o si es uno recién comprado que nos ha costado un ojo de la cara. Salvo excepciones, si veo algo roto, lo arreglo yo, si veo algo descolocado, lo coloco, si veo algo sucio, lo limpio, si veo que falta algo, lo compro. Directamente. Si le ocurre lo mismo, me lo comunica para que me encargue de hacerlo yo. Y con eso, con darse cuenta de algo y hacérmelo saber a mí para endosarme otro quehacer, le parece que cumple.

Y si le leo la cartilla, me dice que hace mogollón de cosas y que no se las valoro. Y se cabrea.

Yo tengo contracturas. Tengo ansiedad. Tengo alopecia areata.

Él, no.

Claro, luego tengo que escuchar a mis hijos decir: “Es que papá es más divertido”. NO TE JODE. Claro que es más divertido. Porque cuando cenan con él, cenan arroz, pasta, salchichas, hamburguesas y pizza, y de postre, Cola Cao. Y cuando les doy yo la cena, como tengo que compensar, peleo con ellos para que coman verdura, carne y pescado, y de postre, fruta o yogur. Es más divertido porque no les dice que tienen que hacer los deberes, ni que tienen que recoger lo que han tirado, ni que tengan cuidado con seguir rayando la mesa de cristal, ni que hagan pis antes de meterse en la cama, ni les lee un cuento… ni siquiera se corta a la hora de decir tacos delante de ellos. Todo superfácil. Para qué hacer cosas que cuestan, pudiendo hacer cosas que no cuestan.

Y yo soy la que hace el trabajo sucio.

¿Y a qué viene que os cuente hoy esta realidad que vivimos tantas madres? Pues a que hace como mes y medio, le dije al Señor de las Bestias que, ya que yo hago todo lo que hago, que se encargara él de los trajes que deben llevar nuestros hijos para la representación que hacen en mayo para todos de la extraescolar de teatro que hacen. Una madre montó un grupo de Whatsapp y yo le dije que metiera al Señor de las Bestias, que se iba a encargar él. En ese grupo no ha intervenido ni para decir hola. Yo sí. Y cuando falta menos de una semana para entregar los trajes en el cole, y después de que yo se lo anduviera advirtiendo y recordando como tres veces por semana, me dice que ni sabe de qué van disfrazados y que no piensa encargarse de eso. Que no sabe, que no se entera. Él, que lleva la gestión entera de una empresa de la que es dueño. Que no tiene tiempo. Él, que para sus cosas, sí que lo tiene.

– Pues lo sacas.
– No. No tengo tiempo.
– Yo tampoco y lo saco para todo lo que hay que hacer.

Porque yo tengo turnos de trabajo, sí. Y cuando me toca de tarde, llevo a los críos al cole por la mañana y hago compra y hago recados y cocino y ordeno y etc., y cuando me toca de mañana, hago meriendas y deberes y hago recados y cocino y ordeno y etc. Y, además, se da la circunstancia de que no solo trabajo en mi trabajo, es que tengo un blog diario que me lleva muchísimo tiempo hacerlo, y hago monólogos y aún no me he aprendido mis textos, y estoy impartiendo clases sobre cómo hablar a cámara que tengo que preparar. Y ha habido épocas en las que, además de todo esto que os digo que hago, además del trabajo por cuenta ajena de ocho horas que realizo, he vendido Thermomix y he ido a clases y he hecho actuaciones y me he ocupado de algún rodaje del Señor de las Bestias. Y tengo que sacar tiempo. Y lo saco.

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Y de ahí mi minicalvicie. Y mis contracturas. Y mi estrés.

¿Y sabéis qué me ha dicho hoy? Que no piensa encargarse de los putos disfraces.

¿Qué, cómo os quedáis?

La película sexy de “Los cazafantasmas”

En mi objetivo de que los críos vean pelis guays de los ochenta, que a mí me fascinaron, después de haberles hecho ver “La princesa prometida”, “Los Goonies” o “El chip prodigioso”, hoy he querido compartir con ellos “Los Gremlins”. Pero no la he encontrado. Sin embargo, la plataforma donde buscaba me ha sugerido “Los cazafantasmas”. Los niños han querido verla, porque Don Bimbas tiene además el coche de Los Cazafantasmas de Playmóvil. Yo les he dicho que igual les daba un poco de miedo. Pero han insistido.

Veo que es para mayores de 13. Sin embargo, me parece que los estándares de entonces no son los de ahora. Ahora han visto más de entrada. Las cosas no sorprenden ni asustan como nos sorprendían y asustaban antes. Ni por asomo. Ahora están más acostumbrados a todo. Y este hecho se confirma cuando veo la animación de las gárgolas hechas carne y hueso que persiguen a Rick Moranis por Central Park. Un horror de mal hecha. Eso provoca más risa que otra cosa.

En fin, el caso es que vemos la peli y, cuando toca la parte en la que Sigourney Weaver está poseída en plan sexy, coge Don Bimbas y dice: “Cómo se hace la lista, ¿a que sí?”

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“La lista”. MUNDIAL.

Chicas, a mi pequeño no se la pegáis.

En el nombre del padre

Estamos cenando con un vecino y sus hijos. No sé de qué estarían hablando los críos, que el que tiene dos años menos que El Cachorro, le pregunta al Señor de las Bestias:

– ¿No te llamas Tato?
– No – contesta Tato, el Señor de las Bestias, que se llama Augusto.
– ¿Cómo te llamas? – pregunta la hermana del crío.
– Simón – le pide su padre a El Cachorro – dile cómo me llamo.

Y dice El Cachorro:

– ¿Sabes cuando estas tirado en el sofá de casa? ¿Cómo se llama eso?
– A gusto – dice la cría.
– Pues así se llama mi padre.

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Qué tío.

Protección de “datos”

Estoy sentada en la urbanización, hablando con dos vecinos, cuando se me abalanza El Cachorro por detrás, me abraza, y me dice, apurado, al oído: “¡Mamá, se te ve el culo!”.

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Previamente me ha hecho esta foto. Y otra más de cerca, un plano detalle (y desenfocado) de la raja. Y sus amigos se reían. Porque ser legal no quita para serlo… con un poquito de demora.

Adjetivos calificativos

Es fascinante el aprendizaje de los críos. Las deducciones que hacen conforme van conociendo conceptos, pero son de plano equivocados, que son la monda.

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Están viendo los minions en la tele (ya sabéis, esos seres pequeños amarillos, secuaces del villano Gru), y salta Don Bimbas: “¿A que Gru es ciego? Poque no tiene pelo”.

Y esto no es lo más descacharrante. Al fin y al cabo ha sido una confusión de conceptos. Lo es que los críos son expertos en ofrecer unas explicaciones acerca del funcionamiento de la vida que, lo más llamativo no es lo raras e imposibles que son, ¡sino cómo les cuadra a ellos!

Patinete eléctrico

Me envía el Señor de las Bestias un par de vídeos. Baja El Cachorro una cuesta con un patinete eléctrico. Como si llevara manejando uno toda la vida.

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Han alquilado un aparato de esos que te plantan en medio de la acera para que piques.

Pero, no contentos con eso, me manda el siguiente vídeo: El Cachorro llevando a su hermano, por la misma cuesta.

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Que, hoy por hoy, tenga a mis hijos enteros, es un verdadero milagro.

Cocina vegana de autor

A El Cachorro, la carne, mucho no le gusta. Pero hoy, para librarse de cenarla, va y monta un señor número. Se pone ahí medio lloroso, y exclama en un alarde de indignación desesperada:

“¿Por qué matáis a los animales? ¡Sois malvados!”

Toma ya con el animalista.

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Habrá que ver cuánto de cuento es para no comer lo que debe, y cuánto de vegano. Seguiremos reportando.

En cualquier caso, si es lo segundo, que me sale vegano de verdad, será, como todos los veganos, bastante creativo. Ya sabéis que inventan hamburguesas que son de alfalfa pero saben a ternera o chorizos de quinoa. Disfrazan sabores e idean recetas. Y hacen mix bastante interesantes. Como este:

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Comer helado de chocolate con patatas fritas.

Ferrán Adriá, supera esto.

Solo en casa

Hoy he dejado solo a Él Cachorro

Os cuento. El Cachorro, de nuevo, invierte cinco veces más de tiempo en hacer deberes que cualquier niño. Por un lado, no le pueden dar más pereza, y por otro, porque entra en juego su legendario despiste. Ese desconcentrarse continuo que le hace fijarse en qué hace su hermano, en la forma de una nube o en el arabesco del hule. Es decirle: “Tienes que hacer esto”, y acto seguido, desactivar su cerebro. O activarlo para transformar el mensaje por: “¿No te apetece ponerte a dibujar casillas de colores con tiburones alrededor y un Bugatti Veyron en vez de hacer esas restas apestosas que te acaba de escribir tu madre en un papel?”

Total, que hoy tenía cuatro mierdas que hacer, pero cuatro, contadas. ¿Y cuánto llevaba con ellas? Cuatro horas. Y todavía no había empezado.

Yo tenía que hacer la compra corriendo para que me diera tiempo a hacer alitas de pollo al horno para comer. Los críos de la urbanización ya estaban abajo jugando. Pues bien, le planteo a El Cachorro:

– Cariño, tengo que ir a comprar una cosa al súper, ir y volver, rápido, y me llevo a Don Bimbas, que ya está duchado y cambiado. Tú, como no has terminado, te quedas aquí, ¿vale?
– ¿Solo?
– Sí, solo.
– ¿Dejas a un niño solo? – jaa, ja. No sé dónde ha aprendido a comentarme cosas como si tuviera mi edad.
– Cariño, tú ya tienes 7 años y alguna vez tiene que ser la primera. A ver, que tardo diez minutos.
– ¿Eso es mucho o es poco?
– Eso es poco.

Lo veo con cara de preocupación. No le convence mucho quedarse solo en ninguna circunstancia.

– Cariño, ¿te da miedo?
– Sí…
– ¿Y eso?
– ¿Y si viene alguien?
– ¿Quién va a venir? No hay sitio más seguro que este. Pero vaya, que si lo vas a pasar mal, no te dejo. Pero yo tengo que hacer la compra y tú no has terminado los deberes ni te has duchado.

Carita.

– Bien, ¿qué me dices?
– Bueno…
– Ya verás, cielo, que es ir y volver, ya sabes dónde voy, y si te ocurre cualquier cosa o simplemente te apetece hablar conmigo, me llamas.
– Vale…
– Y, para cuando vuelva, quiero que hayas terminado lo poco que te falta y te hayas duchado, y si has hecho todo, bajamos a jugar con los amigos.
– Vale…

Cuando voy a por el abrigo de Don Bimbas a la habitación, Don Bimbas, entre por lo bajini y entre que se le oyera…:

– Simón tiene miedo de los zombis.
– ¡Sssssshhhh! ¡Calla! – le digo – ¡Lo que faltaba era que ahora tú menciones a los zombis!
– ¿Qué dice Pablo? – grita El Cachorro desde el hall.
– Nada, que se pone a decir tontadas. Nada de nada –. Si oye la palabra “zombi”, estamos perdidos.

Total, que cojo la puerta.

– ¿Seguro que te quedas?
– Sí.
– Confío mucho en ti, vida. Y a mí me haces un favorazo porque así tendremos comida, cariño. Y estás de jefe de la casa, ¡qué suerte!

Y me voy con el pequeño.

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Siete años tiene El Cachorro. Que, yo no sé a qué edad se puede dejar solo a un menor en casa, la verdad. Igual me estoy metiendo en un lío narrándoos esto y vienen los de Servicios Sociales a amonestarme. Pero, chica, con siete años, a ver, me parece que un crío está sobradamente preparado para quedarse un ratito solo en casa. Es autónomo, sabe prepararse el desayuno, cortando rebanadas de pan si es preciso, sabe cambiarse de ropa, incluso elegir lo que se quiere poner, sabe peinarse, lavarse los dientes… sabe abrir la puerta con llave, sabe llamar por teléfono a su padre y a mí, pues sabe nuestros números de memoria, sabe.. ¡hasta conducir un quad! Sinceramente, creo que no pasa nada porque esté solo un rato. Tanta sobreprotección, además, creo es contraproducente.

Total, que llevo abajo y me encuentro con mis vecinas amigas.

– ¿Adónde vas?
– Al súper, corriendo.
– ¿Y Simón?
– En casa.
– ¿Solo?
– Sip, solo. Lleva toda la santa mañana para hacer un ejercicio, así que ahí se ha quedado.
– ¿¿Solo??
– Sí, solo.
– ¡Pues bájalo!
– No, está en pijama. Y le he dicho que, para cuando vuelva, esté duchado.
– ¡Encima! ¡Jo-bar!
– Yes. Que espabile.
– ¡Pues corre a hacer la compra!

Me lo dicen con un tono así como reprobatorio.

– Oye – les digo – si vosotras no confiáis en vuestros hijos, es vuestro problema, majas. Hale, ahora os veo.

Salgo del portal y cruzo calle. RING, RING. Llamada de El Cachorro.

– Dime, cariño.
– ¿Dónde estás?
– En la calle, a punto de cruzar para el súper.
– ¿Ya estás por ahí?
– Sí, ¡ya te he dicho que no iba a tardar! ¿Tú cómo vas? ¿Tienes miedo? ¿Vuelvo?
– No, no tengo miedo.
– Pues date vidilla, que si cuando vuelva estás listo, bajamos a jugar.
– ¡Vale!

Vamos a hacer la compra, y volvemos a casa. Mis vecinas me miran con ojillos recriminatorios. Subo. Y me encuentro a El Cachorro, en el pasillo, con el pelo mojado, atándose los pantalones.

– ¡Pero bueno! ¿¡Ya te has duchado y todo!?
– ¡Sí!
– ¡Vaya crack! ¡Qué sorpresa, cariño, vaaaaya tío!

Está superorgulloso.

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– ¿Y has pasado miedo?
– No. ¿Sabes qué? Que es guay quedarse solo en casa.
– Hombre, claro que es guay. La casa para ti solo, un entorno seguro que tú conoces bien, con tus cosas y todo, y todo para ti, ¡mola un montón!

Total, que hemos bajado a jugar, y yo deseando contar las proezas de El Cachorro a las vecinas, que lo han felicitado por ser tan mayor.

Bueeeeno, primera prueba conseguida. La siguiente, que él lo está deseando, ir a comprar el pan. Veremos.

P.D. Al hilo de esto, un par de días después entro a Twitter y leo esto:

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Gente que comenta cosas como: “Y nadie les decía que eran bueno o malos padres”, “hoy nos denunciarían por cosas que antes eran normales”, “el signo de los tiempos, donde impera el papanatismo y el hiperproteccionismo” o “potenciar la autonomía siempre es bueno, siempre calibrando la madurez, claro”.

¿Vamos a peor? ¿O todo lo contrario? ¿Qué opináis?

Domingo de Resurrección

Hoy me he empeñado en ir a misa con la familia. A ver, soy un poco católica de palo. Hay muchos aspectos que no me convencen de nuestras creencias y a día de hoy no sé ni lo que creo, pero hay cosas que me reconfortan, como rezar cada noche e intentar perpetuar en mis hijos lo que mis padres intentaron inculcar en mí. Malo, desde luego, no es, sino todo lo contrario. Mis hijos están bautizados, El Cachorro va a catequesis y cada noche rezamos “Jesusito de mi vida”. Soy respetuosa con mi religión y me gustaría tener Fe.

No soy muy ducha en cuanto a la liturgia se refiere. Qué es Pentecostés, qué ritos se siguen con las velas de Pascua, etc. He sido siempre bastante ignorante. No he mostrado demasiado interés. O sea, que deposito en la parroquia de mi barrio la responsabilidad exclusiva de educar a mis hijos en estas lides.

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Si estoy en Pamplona, mis padres, aunque no me obligan, sí me arrastran a misa (cuando estoy con los niños, no, más que nada porque tienen miedo a que la líen). Y yo me dejo. A mí me hace ilusión compartir con ellos algo que es tan importante. Pero, aunque siempre digo que tendríamos que hacerlo, en Madrid no vamos a misa los domingos. Sí que no me pierdo por nada del mundo la del 25 de diciembre. Y tampoco suelo hacerlo con la del Domingo de Resurrección. Pero, salvo en estas dos ocasiones, no se nos suele ver el pelo en una iglesia si no es para visitarla por sus tesoros arquitectónicos o artísticos.

Total, que he llevado a los tres chicos a misa y, como os podéis imaginar, los dos peques lo han hecho de morros. Y una vez en la iglesia, me dice Don Bimbas, susurrándome: “Lleva disfraz, ¿verdad, mamá?”

Se refería al sacerdote.

¿Cómo narices voy a estar seria en la ceremonia con mi chiquitico haciéndome esas preguntas?

Planazo

Les iba a decir que basta de tele, que ya está bien, que llevan el gran rato, que la tele no se pone por la mañana. Pero se lo han montado tan bien…

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Ahí, cada uno con su mantita…

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Tan a guuuuuuusto.

¿Se os ocurre mejor forma de invertir la mañana de un sábado? No he tenido más remedio que dejarlos, mientras me reventaba el envidiómetro.