La fama de Don Bimbas

Don Bimbas es un personaje. Los tiene bien puestos, es cariñoso y divertido, valiente y salao. Es decir, tiene varios ingredientes para ser UN TIPO con mayúsculas.

Lo vamos a coger al final de su clase particular de esquí y va y se tira y se hace el muerto. Es un gamberro total.

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Su profe, que cada día que pasa flipa más con él, me hace con la boca: “Alucinante”.

Porque alucinante le parece su destreza, su carácter, su personalidad, su arrojo… Se ha convertido en su fan número uno. Cada día que pasa nos comenta algo con lo que ha vuelto a flipar. Nos dice, también, cosas como: “Ni yo esquiaba como él a su edad. Empecé con 2 años”. Él vive en Andorra. Esquía que te mueres.

“Hay un profe compañero que alucina”, nos sigue contando. “Rabia un poco, porque tiene un hijo de 5 años al que le está enseñando él mismo, y no hay color con este”. “Este” es el gran Don Bimbas. “Está como indignado”.

Ji, ji. Así que el monitor que quiere hacer de su hijo el niño más admirado de la estación ha encontrado un serio competidor… Y eso que Don Bimbas ha esquiado lo que esquió el año pasado, como una semana, y lo que esquía este. Lleva tres días. Y la mayor parte del día se la pasa en la guardería.

“En la estación ya lo conoce todo el mundo”, nos dice su profe.

¿Os cuento lo inflada que estoy o ya lo habéis deducido?

La historia es que… no sé si el peque se está dando cuenta de todo esto. De autoestima anda bastante bien, pero no sé si esta circunstancia se le está subiendo a la cabeza. Lo cogemos de la guardería y está como chulico. En plan “soy el mejor del mundo mundial”.

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Con tanto animarle… igual nos hemos pasado de vueltas y estamos creando un monstruo.

El primer alumno de la forma más pura del “bimbés”

Don Bimbas habla en su propio idioma, el “bimbés”. Existen dos modalidades del idioma: está la jerga, con la que más o menos se hace entender, y luego la forma más pura de esta lengua… en la que se lo inventa todo. Suelta palabras a boleo, que le encanta, y le encanta más que el resto le siga la corriente y se las repita, o contraataque con otra aún más estrambótica.

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El peque ha hecho muy buenas migas con su profesor particular de esquí, el mismo que tenía el año pasado, pues el año pasado nos dijo: “Si volvéis, avisadme, a ver si le puedo dar clase, porque este niño es un crack”. Y eso hemos hecho.

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Así que, con su profe, puede decirle: “¡Achiquipolibuá!”, por ejemplo. O “Coca cati patipú”, o “chumbalacachún”, y así. Y el monitor, le sigue la corriente. Y andan ambos hablando de esta guisa.

Y entonces es cuando intervengo yo. Pero no para unirme, sino para decirle: “¡Deja de inventarte idiomas y aprende el que debes!”

Sigue bastante en su línea de hablar como si tuviera dos años menos de los que tiene. Dice “¿alé?” en vez de “¿a ver?”, y como eso, muuuuchas cosas más. Acaba de decir que quiere mandarle un “selfaje” (mensaje) a su amiga.

Hablar como un alienígena, eso lo borda.

La cara B

Se pelean casi todo el rato y son insoportables. Pero a veces hacen esto…

Que están a ver si se chocan porque les parece que tiene que ser la leche de divertido y yo ando avisando de que no lo hagan porque se van a hacer daño, pero por dentro pienso, “mira, que se choquen y así aprenden”, y total, que ocurre lo inevitable, que se chocan, y cuando me acerco me los encuentro partidos de la risa

O hacen esto:

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Y muero de amor.

Fijaos cómo el pequeño está enganchado al mayor, y en que no pelean por coger la Tablet. La tiene El Cachorro y el peque admira cómo juega su hermano mayor. Me sorprende muchísimo que Don Bimbas no reclame su turno. Pero, al menos en lo que respecta a este juego, ambos tienen su papel superasumido. Uno, ejecuta, y el otro, anima.

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No pueden negar que no pueden vivir el uno sin el otro.

#Malamadre

Ojito a la escena:

Aquí, a punto de perder a mi hijo mayor por un precipicio por hacer el canelo, pero no paro de grabar por si obtengo un vídeo viral. Porque lo primero es lo primero.

El caso es que ayer y hoy me echa en cara El Cachorro que yo no le ayudo con el esquí.

“Hijo, no ayudándote, te ayudo. Te estoy enseñando a salir de entuertos tú solo para que no me necesites a mí”, le argumento.

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Queda guay aquí escrito, pero en su cabeza no mola nada.

Terminada hoy la jornada de esquí, espero adelantada a que se quite las tablas. Empieza a protestar y a pedir ayuda.

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Yo lo miro impasible. Acabo de ver en Instagram que una amiga ha colgado la foto de su hijo pequeño, que tiene tres meses menos que El Cachorro, llevando sus propios esquís como un campeón. Así que ahora sí que sí le toca apechugar.

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Y me salta:

“¡Tú vete, como quieres ser mala madre…!” A esto se le llama dar la vuelta a la tortilla. Hacerme sentir culpable… ¡qué indecencia! Esta es la especialidad del Sr. Tragedias.

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Cada uno con su papel. A mí me ha tocado ser la mala. Pues a ejercer.

Mr. Saltos

Que dice el monitor de esquí de Don Bimbas que lo ha llevado por saltos pero que se ha asombrado de cómo los hacía. Que los más grandes los estaba evitando porque a él mismo le estaba dando miedo ver la velocidad que alcanzaba, hasta que, al darse la vuelta, ha visto cómo mi peque SÍ iba por los grandes, y le ha echado en cara: “¿Po qué este no?”

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Por otra parte, el profe es de la opinión de que no le va mal hacerlos, porque así le pilla más el tino al equilibrio y coge más confianza y aplomo. Pero, claro, ¡no todos y de todos los tamaños! Don Bimbas lo tiene absolutamente acoj… acongojado.

No solo a él. Esquiando juntos en familia, ha querido ir abriendo paso, ha adquirido velocidad supersónica, y he tenido que salir despavorida a por él, pensando en que le estaría dando un soponcio y también en que se me iba a descuajeringar…

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… pero cuando lo alcanzo está el tío como si tal cosa.

Nos va a dar un infarto, con él. Con cuatro añitos y dos meses, que tiene.

Jurassic Snow Park

Estrenamos funda de casco de esquiar.

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Están mundiales, los peques. Pero, claro, uno un poco más que otro…

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Tenéis que ver al pequeño, con ese supercasco y su carica de bebé, de dinosaurio. Por supuestísimo, a su paso la gente se gira para mirarlo, asombrada, divertida, y se van sucediendo exclamaciones: “¡Qué monada!”

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Porque es un muñeco absoluto sobre sus pequeños esquíes. Dan ganas de quitarle el frío a base de achuchones. Corre serio peligro de ser secuestrado.

Y eso que no lo oyen hablar. Me está diciendo cosas como:

“Ya se me ha ponido en pelo mojado otra vez, con en casco y con en gorro”. ¿Te lo comes o no te lo comes? Más: “Me gusta la ñeve y jalogüin”. De verdad, este hizo un máster en ternura. Y sacó cum laude.

Cómo me conoce

Me vuelve a sacar de quicio El Cachorro. Porque es un tipo que no entiende lo que es un no a la primera. Llevamos el coche hasta los topes, y él, empeñado, pero empeñado, en que nos tenemos que llevar su bici. Casi se me seca la boca de las veces que le he dicho que no cabe. No solo eso. Es qué él lo está viendo.

Me he enfadado ya cinco veces con él. Lleva con la murga… pues, si es la una de la tarde, toda la santa mañana. En una de estas ya le he gritado que, si le decimos que no cabe, no cabe y punto, ¡que no sea tan absolutamente pesado, “¡¡qué pasa, que no entiendes lo que significa caber o qué problema tienes para que estés todo el rato repitiendo lo mismo y que si jo y que si ja, ¡que te calles ya y punto!!!”! (¿Veis cómo he ido acumulando exclamaciones de apertura?)

Pero, en el coche ya montados, que nos hemos metido nosotros como hemos podido entre todos los bultos, vuelve a la carga:

– Joooo, ¡la bici! ¡La biciiiii!
– ¡¡Mecagüen diez, Simón, ¿dónde? ¿Dónde? ¿¿Pero no estás viendo que no cabe??!!

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Y él, con toda la calma del mundo, me dice:

– No grites que estás afónica.

Y lo estoy. Ayer me diagnosticaron laringitis. Y con su parsimoniosa contestación, no sé si estoy más indignada que divertida o al revés. Vaya fulano. Tiene contestaciones para todo. En el cole, no. Ahí todo es “no sé”. Pero en la vida real, sale de absolutamente todas.

Y, como nos vamos conociendo, cada vez se le hace menos difícil.

Ya en destino, se me acerca:

– Mamá, te quiero contar algo.
– ¿Qué, cariño?
– Bueno, mejor no. Mañana.
– Pero dime…
– Es que te vas a poner triste.
– ¿Sí?
– Sí, y no quiero que te pongas triste.
– ¿Tú estás triste?
– … Sí… – No suena muy convincente. Es decir, compungido no está. Veo que se toca el muslo y como que lo tapa.
– ¿Te has hecho daño en la pierna?
– No…

Y ya quita la mano y descubro lo que ocurre.

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Los pantalones del pijama, que es la segunda vez que se los pone, están agujereados.

Cómo sabe que, si aparece desmembrado o atravesado por una lanza, ¡me dará más pena la ropa rota o manchada de sangre que él! ;-P Por suerte (para él), con el teatrillo que le ha echado, logra amansar a la fiera, que soy yo.

Presumido y chulito

Dice el Bimbín:

– Papá, mira qué guapo estoy.

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Y salta su hermano:

– Pablo se quiere hacer el chulito.

De autoestima es verdad que va servido, el tío. Pero no lo puede evitar, lleva el poderío en la sangre. Hasta cuando duerme. Siempre lo hace con los tobillos cruzados.

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Es como los mandamases que mandan mucho, que hasta se sacan fotos oficiales en plan distendido, con los pies cruzados encima de la mesa. Cuando saben que pueden transgredir las normas. Saben lo que quieren y lo hacen. Pues este, igual.

Está con un “total look” de nengro, su color favorito. Encantado de la vida.

– Hay que hacerte una foto.
– Pero con esto – advierte.

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Le gusta la marca de su niki y me la enseña todo el rato.

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Este niño tiene una idea muy clara de qué es lo que (le) mola y cómo desea que sea su aspecto. Controla muy bien su imagen. Y en esta época en la que todo gira en torno a la imagen, él tiene mucho ganado.

Grito desgarrador

Creo que no os he comentado otra de las costumbres de mi querubín. Pues resulta que hay noches, diría que una de tres, que en mitad arranca a gritar como un energúmeno, unos gritos como de cabreo supremo, desgarradores, que quebrantan la quietud reinante y todavía no sé cómo los vecinos no nos han mandado a los GEOS.

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No sé. No sé de dónde ha sacado esa potencia gritil, esa rabia que le emana como de las entrañas capaz de destrozar tímpanos a 15 kilómetros a la redonda.

Pero, lo más alucinante de todo, lo más increíble y epatante, es cómo es capaz de seguir durmiendo El Cachorro.

La coletilla definitiva y la voz de la conciencia

Me parto porque, cada vez que Don Bimbas pregunta con cierta suspicacia qué comida es la que sea, cuando le contesto, siempre añado después “que te gusta”, porque me lo veo venir.

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Por ejemplo hoy, con su almuerzo para el cole. Toca fruta, y he troceado una pera que he metido en un táper. Es uno nuevo y le enseño cómo abrirlo. Pero está más atento al interior, así que cuando termino, ataca:

– Mamá – así con su vocecita tan dulce – ¿esto qué es?
– Pues perita, cariño, QUE TE GUSTA…

Y es entonces cuando se queda como pillao, yo creo que procesando: “O sea, que me gusta”…

Quien que sí sabe qué le gusta y qué no, es El Cachorro. Es más, también sabe qué le conviene. Cuando preparo a los niños su almuerzo para el cole, para no ir a lo fácil ni ser una mala madre, procuro seguir las directrices que se establecen en Infantil (pero para los dos, y así llevan lo mismo). Los lunes, galletas, los martes, bocadillo, los miércoles, fruta…

El viernes el almuerzo es libre y yo tengo prisa. Así que les estoy envolviendo en papel de plata unos cereales de chocolate.

– ¿Puedes ponerme para el almuerzo fruta? ¿O verdura? – me pide El Cachorro.

Flipo.

– ¿Fruta o verdura?
– Sí, porque estamos comiendo fatal. Mira, una galleta para desayunar… Crispis… – Eso es lo que les ha caído hoy, sí.

Así que le digo que puede llevarse una zanahoria y, acto seguido, se encarga él mismo de pelarla.

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Menos mal que mira él por su salud… Y qué bendición que no tengo que decir “toma, zanahoria QUE TE GUSTA”, porque le gusta de verdad.