Hijo asesino

Llamo al móvil del Señor de las Bestias y me coge El Cachorro.

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Me dice “hola” como con voz de mayor:

– Hola, ¿quién eres? – le pregunto.
– Soy Cachipapa.
– ¿A qué se dedica usted?
– A matar gente.
– … Uy. Pues eso está muy mal. No se puede matar gente. ¿Por qué mata gente?
– Porque es muy fea.
– Es usted un peligro.
– Mañana iré a por ti. Vigila tu casa.

¿¿Oye??

Arreglar algo a base de golpes

Se levanta El Cachorro de una siesta porque se ha acostado con fiebre.

– ¿Te cuento lo que he soñado? – me dice.
– Claro.
– Que se ha muerto Rodrigo.

Es su mejor amigo.

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Pasan unas tres horas y se vuelve a acostar. Está subiendo la fiebre y se encuentra malico.

– ¿Y si vuelvo a soñar que se muere Rodrigo? – me pregunta preocupado.
– Hijo, no suele ser habitual que se repitan los sueños – miento, porque a mí bien que se me repetían.
– Pues yo un día soñé con zombis – otra de sus obsesiones – y volví a soñar con zombis.
– Pues será porque no haces más que pensar en los zombis.
– Cuando me he despertado antes, soñaba que se había muerto Rodrigo y, cuando me he despertado también.
– ¿También lo pensabas cuando te has despertado?
– Sí, pero me di un golpe en la cabeza y ya pensé que estaba vivo.
– ¿¿Te diste un golpe en la cabeza??
– Sí.
– ¿¿Necesitas darte un golpe en la cabeza para dejar de pensar algo??
– Sí, porque tenía el cerebro revuelto.
– ¿Tenías el cerebro revuelto?
– Sí, y me di un golpe en la cabeza y se me pasó.

La fuerza bruta.

Cómo acabará…

Una madre divertida

Pues nada, que vamos toda la familia de par de mañana al cole a dejar a los críos. He estado unos días fuera, con lo que se ha estado encargando de todo el Señor de las Bestias. Así que hoy me he levantado para llevarlos yo. Pero va el otro y dice que también va, que tiene dentista a las 10 en Madrid y que tiene tiempo de sobra. “¿¡Y para eso me haces levantarme, con lo mal que he dormido!?” No sé por qué me hace estas jugadas. Es que se me llevan los demonios. Así que, como digo, vamos los cuatro.

Decido que los críos vayan en mi coche.

– Noooooooooo, con papááááá – pían.
– ¡Conmigo, que hace mucho que no os llevo!
– ¡Noooooooooo, con papááááá!
– ¿¡Pero cómo podéis ser tan desagradables!? ¡Conmigo y sanseacabó! – me tienen hasta el moño, con tanta “papitis”.

Bien, así que vamos, aparcamos, y echamos a andar. Los críos: “¿Carrera?”…

Iba yo… cómo iba yo. Monísima. Con mi abriguito camel y mi bolsazo carísimo de Reyes. Mi camisita y mis botines nuevos. Mis uñas de rojo pintadas (hacía siglos que no me las pintaba, pero hace un par de días maté el tiempo haciéndolo mientras estaba en la habitación de mi padre en el hospital). Mi cuello de firma. En fin, hecha un primor. Y digo: “Noo, carrera nooo”… ¡¡pero, sorpresivamente, echo a correr!!

Porque soy una madre superenrollada.

Llevaba mi bolso en una mano, de las asas, y la mochila de Star Wars de ruedas de El Cachorro en la otra. Pero ahí iba, esquivando padres, madres y alumnos a toda pastilla, que se quedaban pasmados con la escena. Don Bimbas muerto de la risa intentando ganarme. El Cachorro también detrás dándolo todo. ¡Y, en esto…!

Y en esto que, haciendo un requiebro a otra familia ME TRASTABILLO EL PIE con la mochila de mi hijo y salgo volando de frente. ¡Pero VOLANDO! Tras un breve planeo (me he creído un dibujo manga), pongo las manos delante (gesto que me salva los piños) y aterrizo en plancha con las palmas y la rodilla izquierda. El bolso carísimo aún sale arrastrándose más adelante. El móvil se sale del bolso y termina más lejos todavía. ¡PATAPAF! La madre de todas las leches, me pego.

Vienen trescientas familias a ayudarme. Yo me río y digo que no me ha pasado nada, pero me arden las palmas de las manos, me duele la rodilla, tengo una uña que menos mal que está pintada de rojo, porque me sangra, y el orgullo, ¡ay, el orgullo!, es lo que sale más dañado.

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Como me río y no hago más que hacer bromas al respecto, “jopé, parecía una ardilla voladora”, “menuda galleta me he pegado”, “¡es que he salido planeando!”… El Cachorro se reía a mandíbula batiente. Ahí es cuando he aprovechado para meter la cuña: “Con que tu madre no es divertida, ¿eh? Con que es más divertido papá, ¿no? ¡A que no se tira así! ¡Para que luego digas que no soy divertida!” Y se reía… ¡madre lo que se reía! Ninguna compasión.

El Señor de las Bestias: “Me pasa a mí y me hago el muerto”. Es un vergonzoso irredento. “Oye”, le digo por lo bajini, “que me he hecho daño, ¿eh? Pero qué le voy a hacer. Al mal, tiempo, buena cara”.

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El Cachorro, a su bola, risa tras risa: “¡Se lo voy a contar a todos mis compañeros de clase!”

Mientras, yo en casa estaré lamiéndome las heridas…

Príncipe desastrado

Menudo melenas está hecho el terror de las nenas. Entre que a él le encanta y que yo no quiero mancillar un cabello tan bonito, dentro de nada será absorbido por su propio pelo. Tiene el verdadero pelo Playmobil.

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Está modo Príncipe de Beckelar. Aunque con poco lustre, para ser de la realeza. Mirad estas zapatillas:

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Os JURO que las he estrenado HOY.

No ganamos para calzado. Y eso que las apuro hasta que las tiras del velcro se han separado y no pegan ni leches y tienen vida propia y da pena verlas.

Este se pone por primera vez sus zapatillas, y me las devuelve que parece que tienen tres meses. Qué desesperación.

Conociendo el percal

Sale El Cachorro del cole con una varita mágica que han hecho en clase que está todavía de mírame y no me toques porque está recién pintada. Las llevan todos los críos hincadas en un trozo de plastilina para poder traerla a casa.

Pero se da la circunstancia de que El Cachorro sale también con 38º de fiebre. Está que no se tiene, el pobre.

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Así que vamos al coche y le digo:

– Cariño, ¿puedes llevar tú la varita?
– Nooooo… – me contesta con voz lastimera.
– ¡Yooooo! ¡Na llevo yo! – grita Don Bimbas (él pronuncia las eles y las des de los artículos y preposiciones con la ene).
– ¡No, Pablo no! – se queja El Cachorro.
– Cariño, pues es que yo tengo que conducir y si tú no puedes… Deja que la lleve Pablo.
– No, que lo lía todo muy parda.

Ja. El Cachorro tiene a su hermano más que calao. Así que se ha inmolado para proteger su creación y se ha encargado él mismo de llevarla hasta el portal de casa.

El poder del calzado

Llama mi atención Don Bimbas, encarando una cuesta: “¡Mira cómo suben estas zapatillas, mamá!”

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Es la monda, porque el mérito de lo que puede él subir, correr o escalar, se lo adjudica siempre a sus zapatillas. Si le pongo unas que no tiene controladas, me pregunta: “¿Estas corren?” Jaa, jaaa, ja.

Unos días más tarde, me enseña cómo sus dos pares de deportivas se caen a cachos. Los velcros ya están fanés y descangallaos. “Cuando corro, se salen”. La verdad es que claman al cielo, y le digo: “No te preocupes, vida. Póntelas hoy y esta tarde vamos a comprar, ¿vale?” Y me contesta, ilusionado: “¡Sí! ¡Unas más chulis que ganen a todos!”

Pediré esas, a ver qué nos sacan en la tienda.

Descripción fidedigna

Me viene Don Bimbas y me coge de la mano:

– ¿Me das el muñeco volador?
– ¿Qué muñeco?
– El que vola, el que tiene más fuerza.

No llega a la estantería donde están los muñecos. Y, tal y como me lo ha descrito, es evidente que se está refiriendo al de la derecha.

madre 20 (1)No cabe duda de que sabe describirlo. Lo que no ha descubierto todavía es el poder de la fuerza… 😛

También sabe aprovechar recursos. Pongo a Saturnino (el Roomba) a funcionar por el salón y a Don Bimbas le parece que, además de aspirar, puede ofrecer otro servicio. Planta dos tiburones encima y observa cómo los pasea por toda la estancia.

– ¿A que mola, mamá?

Está fascinado.

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Y la verdad es que sí, que, como transporte de tiburones, también mola.

Haciendo aprecio al conjunto de ropa interior

Entro en el baño del Señor de las Bestias mientras se está duchando para enseñarle cómo me queda un conjunto de ropa interior que me trajeron los Reyes Magos y que decido estrenar hoy porque sí.

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– Guau – dice el Señor de las Bestias.
– Con sus braguitas y todo – añade El Cachorro.

Le ha faltado decir “y su canesú”. Es que es muy lindo.

Pero, como veis, aquí los momentos íntimos entre adultos, no existen. Porque nunca estamos ninguno en solitario en un baño, ni cuando nos duchamos, ni cuando… ni nunca, vaya. Así que toda la familia acaba siendo partícipe de todo, y para mis pases de modelitos, por muy de ropa interior que sean, tengo público. Estoy aprendiendo a desfilar.

Mañana con el mesías

Hoy tenía Don Bimbas que ir al médico, al traumatólogo, pues lleva tres años con dolores en las rodillas por las noches. Nada, que son dolores compatibles con el crecimiento, que ajo y agua. Después tenía yo médico, así que he decidido que se fumara hoy el cole y que pasáramos la mañana juntos. Tengo mono de hijos, pues he pasado unos días fuera por lo de mi padre en la UCI (ya hoy lo han pasado a planta y va recuperándose, gracias a Dios).

El caso, he FLIPADO del poder de atracción de Don Bimbas. Vale, iba con su chándal de esqueleto que le trajeron los Reyes, encantado, y llamaba un poquico la atención. Pero es que le ha dicho cosas todo el mundo que se ha cruzado con él. Y eso era mucho mundo, porque hemos ido a dos hospitales de Madrid que estaban colapsados (el invierno con la gripe hace estragos). Sin embargo, él estaba tímido y no le ha dado bola a nadie. Pero ha dado igual. Todos en plan “oye, qué guapo eres”, “vaya pelo que tienes, con esas mechas”, “enséñame esa carita tan linda”, “qué disfraz más chulo llevas”… hasta en el súper, estando en el área de las frutas, me ha pedido un guante de plástico y le he dicho que le daría el mío cuando acabara (soy muy de reciclar y poco de malgastar, sobre todo con el plástico), pero ya ha venido una abuela salida de la nada con un guante nuevo que ha cogido para él, para plantárselo en su manica. Es más, cuando, al oírla, me he dado la vuelta, la señora me lo ha ofrecido para que se lo pusiera yo, pero le he dicho “proceda, proceda”, porque estoy segura de que le hacía mucha ilusión hacerlo ella misma. Y eso que ha sacado a relucir a sus nietos. De verdad, son inauditas las atenciones que recibe este crío.

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Ha habido un momento en el que me ha echado uno de sus pulsos. No le he querido dejar un juguetico de su hermano que se ha agenciado y que casi pierde por el hueco de unas escaleras. Se lo he quitado y ya no quería moverse, ni coger el abrigo, ni nada. “Qui-e-ro el muñeco”, todo enfurruñado. Yo le he empezado a amenazar y a realizar la famosa cuenta hasta tres, y él ha tenido que claudicar, pero notaba miradas hostiles alrededor de las casuales espectadoras … ¡hacia mí!

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Este crío podría mover masas, liderar ejércitos. Madre mía, qué carisma.

Algunas teorías avalan que el despiste puede tener un factor genético

Vale, lo del título del post me lo he inventado. Pero es algo que, hoy, me he planteado como algo posible y, lo que es peor, que proviene de mí.

Vamos a ver, sabéis, si me leéis, que el despiste de El Cachorro es sideral. Su falta de concentración (exceptuando cuando juega a “MEG” en el móvil) es es-pec-ta-cu-lar. Está en Babia, no se entera, no se entera de que no se está enterando, desconecta y, además, le da igual.

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Hoy, por fin, tenía tutoría con su profesora de segundo de Primaria. No por nada en particular, sino por conocernos y hablar de mi hijo. Llego a las doce y media y espero a que nos den paso. En el cole, las clases del piso de abajo son las de Infantil y las de arriba las de Primaria, aunque el año pasado algunas de primero de Primaria se instalaron abajo por falta de espacio. El caso es que, cuando dejan de pasar críos para el comedor y se despejan hall y pasillo, nos dan luz verde a los padres que tenemos tutoría con los profesores de nuestros hijos para que vayamos en su búsqueda.

Me recuerda la coordinadora del AMPA cuando me ve, que tengo que ir arriba. “¡Ah, claro, es verdad!” Y subo las escaleras. Enfilo un largo pasillo y voy fijándome en las clases, 5º A… 5º B… 4º C… 3º B… y llego al final sin encontrar la clase de mi hijo. Una profesora sale a mi paso:

– ¿Qué buscas?
– La clase de mi hijo.
– ¿A cuál va?
– A primero.
– Aaah, los primeros están abajo.
– ¡Anda, si es verdad!

Bajo. Ya empiezo, con tanto recorrido, a estar llegando un pelín tarde.

Llego al mismo pasillo largo que hay arriba, pero desde la parte del final. Y echo a andar. Miro las clases y no localizo la clase de mi hijo ni a su profesora. Me intercepta otra profesora:

– ¿Buscas a alguien?
– Sí, a la profesora de mi hijo y a su clase, que no la encuentro.
– ¿A cuál va?
– A primero…
– ¿Cómo se llama tu hijo? – se lo digo.
– No me suena. ¿Cómo se llama su profesora?
– Alba.
– Ah, es que Alba es de segundo de Primaria, y Primaria está arriba, tú estás en Infantil. Aquí solo hay algunos primeros de Primaria.
– ¡Ah, claro, es verdad! ¡Qué tonta! ¡Aquí iba mi hijo el año pasado!

Esa profesora se deshuevaba. “Ven, que te acompaño”. Y volvemos a ir hacia las escaleras para subir. Una vez arriba, me encuentro con la profesora que me había atendido anteriormente.

– Ay, hija, que me acabo de enterar de que mi hijo va a segundo ya – le digo. Otra que lo flipa.

No encontramos a la profesora de mi hijo que, deducimos, mosqueada por mi tardanza, había ido hacia el hall para buscarme. Recorremos el pasillo en dirección contraria a como lo había hecho la primera vez, para llegar allí, y por no bajar, grito desde la barandilla que da al hall a los que están abajo:

– Perdón, ¿está Alba por ahí?
– ¡Sí! ¡Ahora te la mandamos!

Y sube. Me disculpo, me despido de mi guía, y vamos hacia la clase de mi hijo mientras le cuento mis múltiples recorridos. Más risas.

O sea, cuando me dijeron que los primeros de Primaria estaban abajo, con Infantil, mi mente, de manera automática, me trasladó al año pasado y me creí que vivía en el año pasado. Además, como diciéndome a mí misma: “Si El Cachorro está aún en el piso de Infantil, es verdad, que le molesta horrores, yendo ya a Primaria, no subir al piso de Primaria. ¡Cómo no acordarme!” Me fustigaba por mala madre cuando era incluso muchísimo peor.

El caso es que entramos a clase para tener, por fin, la tutoría. Arranco yo: “Es que mi hijo es un despistado de tomo y lomo”. Su profesora: “Es lo que te iba a decir”…, y me mira con unos ojillos que le digo: “Ya sé lo que estás pensando… ¡igual que yo!” Se mea.

Sí, El Cachorro y yo nos parecemos en muchas cosas. Yo también me despistaba mucho en clase. Me aburría y dejaba volar la imaginación. Tenía mucha. La mitad del tiempo del cole la pasé en mi mundo. Menos mal que luego no me costaba estudiar (o copiar a la de al lado, je, je) y sacaba los cursos. Yo era de bienes…

Pero tenía más sentido de la responsabilidad que El Cachorro. Sabía lo que implicaba hacer un examen. Y claro que quería aprobarlo. A El Cachorro, se-la-pe-la. Hablando con su profe, me cuenta lo siguiente acerca de un examen de lengua que tuvo el día anterior, que fue creo que el único que le ayudé a repasar en lo que llevamos de curso, que me esforcé en que lo entendiera (él lee las preguntas y los ejercicios sin entender lo que le piden) y del que me dijo mi hijo que creía que le había salido bien:

– Mira, el examen de ayer, tu hijo no lo hizo solo en una sesión…
– ¿Qué es una sesión?
– Una clase. La de lengua, por ejemplo. Tu hijo necesitó hacerlo en la siguiente, que era de matemáticas… que es algo que hacemos con niños que son más lentos haciendo los controles, ¡y también necesitó emplear el tiempo de la biblioteca de después!
– ¿¿Cómo??
– Sí, sí. Y cuando llegamos, él y algún otro aún con el examen de lengua y les digo que cojan un libro para llevárselo a casa, él lo cogió y, en vez de seguir con el examen, ¡se puso a leerlo!

¿¿¿Cómo??? ¿El mismo niño al que le digo que lea en casa y parece que le estoy proponiendo meterse agujas por debajo de las uñas?

– “¡Simón!” – continúa la profesora – le dije, “¡que no tienes que leer ahora, que tienes que terminar tu examen!” ¿Y sabes qué pasó?
– Qué.
– Que ni en tres sesiones lo terminó.
– ¡¡Y a mí coge y me dice que el examen, bien!!

Es decir, para mi hijo no es grave no terminar un examen. No se hace a la idea de qué importancia tienen las cosas. Y no es porque no se lo decimos sin parar. No. Él es así.

– Por cierto – le cuento, para que viera qué nivel alcanza el despiste de El Cachorro – el libro que ya vi ayer que trajo, le pregunté que para cuándo tenía que estar y, ¿sabes qué me contestó?
– Qué.
– “No lo sé”.
– Pues es para el miércoles que viene, dentro de una semana.
– Y aún le dije: “Pues te habrá dicho algo tu profesora, ¿no? ¿Y no te ha dado una ficha?”
– “Sí”.
– “¿Y dónde está?”
– “En la mochila”.
– “¿Y qué hace en la mochila si te digo que, cada vez que vuelvas del cole, tienes que vaciarla y ver qué deberes tienes, que sacar lo de la extraescolar de ese día y meter lo de la del día siguiente?”
– “No sé”. Te lo juro, es desesperante. Aún le pregunto: “¿Y entonces no sabes cuándo la tienes que hacer y entregarla?”
– “No”.
– “¿Y cuándo lo vas a hacer?”
– “Cuando me la pida”.
– “¡Pero cuando te la pida será para que se la des hecha, con el libro leído!”

Su profesora se ríe.

– Mira, me estás describiendo a tu hijo tal cual. Hay madres que me dicen: “Pues mi hijo es de tal otra manera en casa”, cuando les cuento cómo se comporta en clase. Pero tú estás hablando de lo que yo veo todos los días.

Le pedí que, por favor, investigara con el resto de los docentes si existen algunas herramientas para hacer que un niño no sea tan despistado, para lograr que se concentre. Porque yo reconozco que debería sentarme a su lado para hacer deberes (y no estrangularlo, que son las ganas que me entran las pocas veces que lo hago, porque, con su manía de responder a las preguntas de manera aleatoria a ver si, por azar y chiripa, acierta la respuesta, en vez de pensar lo que se le está pidiendo ni un microsegundo, que si se para a pensar un segundo, lo sabe, saca de quicio al más plantado), pero no lo hago por falta de tiempo y es un error, dado que no ha sido capaz de coger el hábito por sí solo, pero es que muchas de las sugerencias que me hacía, de lo que le tenía que decir y tal, ¡¡ya las hago!! No soy una tía laxa, en plan “haz lo que quieras” o de tirar la toalla. Si me pongo con él y me lee el encabezado de algo y veo que no lo entiende, que ha leído alguna palabra mal porque en vez de fijarse en las letras, las ha deducido, y que ha entonado fatal, haciendo una pausa en medio de una frase sin comas o terminando en alto un punto, le hago leer la misma frase hasta que me la dice perfecta y la comprende.

Pero ni por esas.

Nos queda trabajo y a ver qué hacemos. Porque este niño es listo.

– Muchas veces nos parece que no se entera de algo, y resulta que nos sorprende, que ha pillado perfectamente lo que hay que hacer cuando pensamos que está a por uvas – continúa su tutora. – O hace cosas como la que me contó Laura, su profesora de inglés, el otro día; que tu hijo le enseñó el collar del diente de tiburón que lleva, y le dijo: “Es un diente de tiburón”, y acto seguido, le soltó la misma frase en inglés.

En fin, que entre pitos y flautas yo lo que estoy, es preocupada.

Lo gracioso es que, a colación de esto, abro Twitter y veo cómo alguien refleja de manera totalmente fidedigna a El Cachorro:

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Le mando la captura al padre y me contesta: “Tal cual”. Es que es clavao.

Ah, pero, ¿sabéis que ha destacado su profe mucho? Lo educado que es. “Siempre me dice buenos días, buenas tardes… es un primor”. Ha querido extender el cumplido: “Eso son cosas que se traen de casa”. Pues hay un niño que ha dado problemas desde el primer año de infantil y ahí también está todo el mundo de acuerdo en que eso “se trae de casa”.

Yo he aprovechado para contarle el gran corazón que tiene. Que, aunque se queja cuando cree que hay favoritismos con su hermano, si él viene y le quita algo y yo se lo quito al pequeño para devolvérselo a él después de una ardua pelea, enseguida coge y se lo da motu proprio. Porque le puede la bondad esa tan fascinante que tiene.

Al día siguiente, cuando voy a recogerlo, ella me dice:

– Han estado pintando un trabajo y tu hijo tenía el pincel negro y otro niño lo quería también, y ha cogido y se lo ha dado, quedándose sin él cuando era el único color que quería utilizar. Le he dicho que había más y me he ocupado de darle otro – como queriéndome decir, “ostras, tenías razón y, a nada que me he fijado lo he visto con mis propios ojos”.
– ¿Ves? ¿Qué te dije?

Y, qué queréis que os diga, me encanta tener el hijo que tengo. Aunque sea tan despistado de que un día de estos se olvide hasta de que yo soy su madre.