Entre la sordera y el cerebro caprichoso

Estamos en casa viendo el programa “Tabú” de Jon Sistiaga sobre la gula. Entrevista a alguien que dice que se desperdicia comida solo porque está algo pocha. Y dice Don Bimbas:

– Esa señora ha dicho hostia.
– ¡Mustia, cariño, ha dicho mustia!

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Este me ha salido un poco malhablado. Nada que ver con El Cachorro, al que jamás le he oído nada del otro mundo y, actualmente, no dice palabrotas ni cuando se chiva: “Mamá, Pablito ha dicho “hos…” y lo que sigue”, me cuenta. O: “Mamá, Pablito ha dicho “gil…” y lo que sigue”. Un milagro que no tenga la boca sucia como el pequeño, porque con el ejemplo del padre, que no se corta un pelo delante de los críos y me pone del hígado, lo normal es que se expresen como verduleros.

O que ocurra como con Don Bimbas, que escucha “mustia” y su cerebro lo transforma en “hostia”. Directamente. Y yo voy de infarto en infarto.

Estrategia al descubierto

Se enfada El Cachorro. Oh, novedad (NO).

Este crío está permanentemente disgustado. La verdad es que me preocupa que more en una queja perpetua, que todo le caiga mal y que reaccione a todo con tanta pena y descontento. Es increíble que siempre esté buscando el lado negativo a las cosas, que lo que anticipe sea siempre la fatalidad, que sea tan trágico y que la vida para él sea un drama.

En cualquier caso, yo pivoto entre decirle todo esto que acabáis de leer, que es terrible que se tome así las cosas y que todo le siente tan mal, que es sufrir por sufrir, que qué necesidad, que esto nos desmoraliza mucho, etc., y entre hacer que se le olvide el enfurruñe diciendo algo gracioso o poniendo una cara cómica, para distraerlo, para que le salga la risa y desdramatice todo.

Hoy me he decantado por esta segunda estrategia. Muy a su pesar, se le dispara una comisura del labio hacia la sonrisa y me dice:

“¡Cuando estoy enfadado intentas hacerme gracia, pero ya he pillado el truco!” Y se larga, intentando dominar su sonrisa, más enfadado aún. Le da rabia que le boicotee el cabreo.

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Pero, vamos, por hache o por be, un no parar.

Venir para quedarse

Cuando Don Bimbas viene de noche, me pide hueco y acurruca su cuerpecito contra el mío… y siento pegada contra mi pecho su respiración… eso es gloria.

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Y me pregunto cuánto echaré de menos esto cuando sea ya un mozo. No puedo imaginar que mi bebé se haga tan grande como para no estar así conmigo, como para que no quepa en mi regazo, como para que no sienta que el mejor plan del mundo sea estar con su mamá.

La vida es cruel.

Calvicie

Mirad, en el momento en que me saqué la foto, hace unos días, no sabía si me iba a atrever a publicarla. Pero pensé en que quizá, pasado un año, vería las cosas de otra manera. De hecho, cruzo los dedos para que así sea; eso significará que está superado. Sin embargo, hoy, queridos lectores, estoy escribiendo esto en el momento, como hago siempre.

Hoy miércoles he ido a la peluquería y me he puesto a llorar con la peluquera. Como una niña pequeña. Casi hago hipos.

Resulta que el jueves pasado, me descubrí una calva en la parte delantera de la cabeza. Solo me la tapaba un pequeño mechón. Ya noté cuando me la lavé tres o cuatro días antes que perdía más pelo que de costumbre, que ya es decir. Me había quedado con un mechón en la mano, tal cual, que se había desprendido directamente, pero no me había dado cuenta de dónde había salido. Hasta tres días después. Y el disgusto que me llevé fue fino.

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Por la noche no podía ni dormir, así que me puse a investigar en Google y vi que lo que tenía se llamaba alopecia areata. Que la sufren hombres y mujeres. Que le pasó a Carolina de Mónaco. Que no tenía origen definido.

No os cuento lo que pude llorar. Me afectó psicológicamente muchísimo. Ya me veo viajales perdida, pero la pérdida de cabello, uffff.

La peluquera (y luego amigas a las que se lo fui diciendo), me dice que es por el estrés. Que ella lo ha pasado muy mal últimamente y que por eso está en los huesos (sé de lo que habla, yo llegué a pesar 47 kilos teniendo El Cachorro un año y pico de edad), y que por la parte de atrás perdió mogollón de pelo y le ocurrió lo mismo que a mí.

Me tranquiliza y me habla de un tratamiento, del que tomo nota.

Pero termino yendo a una dermatóloga. Tiene conmigo cero empatía. Le digo lo preocupada que estoy, lo que lloré, y la tía haciéndose la sorda. Le pregunto que por qué me ha pasado, y me escupe dice que es una enfermedad, que suele ser genética (en mi familia a NADIE le ha pasado nada ni parecido). Le cuento que vivo con mucho estrés, y me dice que si no lo tuviera, también podría haber aparecido. No me aclara nada y me pincha cortisona en la calva esa. Y que vuelva en un mes y medio.

Le pregunto por el tratamiento aconsejado por mi peluquera. Me dice que esto, cuando mi alopecia deje de estar activa. “¿¡Cómo, que se me va a seguir cayendo el pelo!?” Me dice que “es lo que hay que ver”. Joder, anima que te cagas, la boba esta.

Total, que aquí estoy con mi minicalvicie, preguntándome si trabajar unas veces de mañana entrando a las ocho y otras en el turno de tarde, saliendo a las diez, escribir monólogos, escribir este blog, actuar con mis monólogos algún día de la semana que trabajo de mañana (que es lo que tengo que hacer, según me dicen mi profesor, los profesionales del medio y mi mentora, actuar sin parar), llevar la logística de la casa, ser la que llama a los pintores, queda con ellos, pelea un presupuesto, elige colores, fechas, etc., hacer la compra de lo que falta en casa, intentar que los críos cenen medio sano o, por lo menos, variado y equilibrado, pagar al casero, ver cuánto dinero hay en la cuenta común, y si hace falta, poner más, hacer las cuentas del hogar, gestionar la casa, ordenar, realizar trabajos infantiles, intentar conseguir un dinero extra haciendo trabajos extras porque me he pegado dos meses y medio en paro sin cobrar un duro, conseguirlo y hacerlo… es lo que me ha generado este problema.

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Y, yo es que no sé de qué desembarazarme, pero, queridas, sí, somos Superwoman, aunque pagamos un alto precio y no sé yo si nos merece tanto la pena…

Canalcar

Mirad, no puedo, os lo juro. Hay un anuncio que odio por encima de todas las cosas. Pero lo odio con todas mis fuerzas. Me genera un rechazo desconocido, animal.

Es el de “Canalcar”.

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Le cogí manía cuando me lo cascaban ahí en la radio todo el santo rato. O, claro, igual no muchas veces, pero a mí se me hacía interminable y cada anuncio me valía por siete.

“En Canalcar compramos tu coche, compramos tu coche, compramos tu coche, compramos tu coche, compramos tu coche, compramos tu coche, compramos tu coche, compramos tu coche, compramos tu coche, compramos tu coche, compramos tu coche, compramos tu coche. En Canalcar, compramos tu coche. ¿Sabes qué? En Canalcar compramos tu coche”.

Este es el anuncio. Absolutamente irritante, pesado y desagradable. Abyecto. Un cero patatero al creativo y a la empresa. Un asco. O-D-I-O el anuncio de Canalcar.

Cada vez que sale, bajo el volumen del todo. O apago la radio. Tal cual.

Y El Cachorro, claro, se queda con la copla. Yo, cuando mayoritariamente oigo la radio, es al llevar a los críos al cole. Y es salir el anuncio y, zas, apagar.

– ¿Por qué bajas la radio, mamá?
– Porque NO-AGUANTO el puñetero anuncio.
– ¿Cuál?
– Este – y pongo voz de asquerosita y repelente –: En Canalcar compramos tu coche, compramos tu coche, compramos tu coche. ¿Sabes qué? Compramos tu coche.

Pues bien, hoy me llama por teléfono al trabajo.

– ¿Sí, cariño?
– Mamá, ¿te digo los Tres Reyes Magos?
– Claaro.
– Melchor, Gaspar y Canalcar.
– ¿¡CÓMO!?

¡ARGH! Yo esta versión navideña no la había oído. Pero, vamos, le he cogido tal manía a esta empresa que me sale sarpullido con solo oírla.

El Cachorro se descojona.

– ¿Sabes qué, mamá? En Canalcar compramos tu coche, compramos tu coche, compramos tu coche, compramos tu coche… – añade.

Yo le hago aprecio a la broma, esto, es, me indigno y le digo que por qué me hace esto, que no merezco semejante tortura. Y él ya me remata con:

– Has matado a tu mejor amiga, has matado a tu mejor amiga, has matado a tu mejor amiga, has…

Esta es una campaña de tráfico que me incomodó un huevo cuando la oí y que no puede ser también más insufrible. De hecho, eran conscientes, porque decían después algo así como “¿te sientes incómodo escuchando esto?”, o sea, que lo hacían adrede. Lo cual no quitaba para que yo hiciera igual que con el anuncio de Canalcar.

– ¿Por qué lo bajas, mamá? – de nuevo El Cachorro, en el coche.
– Porque es muy desagradable y no me gusta.

Así que hoy, va y me lo suelta también.

Y como ve que me molesta de verdad, repite la jugada en casa. Y al día siguiente, y al siguiente. Y Don Bimbas copia la idea y tenéis que verlo diciendo con su vocecilla y su lengua de trapo, como si estuviera hipnotizado: “Hasmataroatumejóamiga, hasmataroatumejóamiga…” Que da miedo y todo.

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¿Por qué a mí? ¿Por qué?

Lo más entretenido

Están jugando haciendo el cabra, como de costumbre, cuando El Cachorro se desmarca. Tiene ganas de ir al baño. Y se sucede esta conversación con su hermano pequeño:

– Si quieres, ven.
– Vale.
– Si vienes me puedo intentar tirar un pedo.
– Vale.
– Porque si no vienes, no lo oirás. ¿Vienes?
– ¡Vale!

Una vez dentro:

– Cierra los ojos – a El Cachorro no le gusta que le vean haciendo aguas mayores.

“PRRRRRRT”.

Pedo al canto.

– Me voy a intentar tirar otro.

El pequeño, por su parte, quiere colaborar en la performance, y se empieza a tirar eructos.

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Y así.

Y luego yo les hablo en diminutivo, les quiero poner una película Disney y enseñarles protocolo.

Dibujos de nunca acabar… para la posteridad

Mirad qué caballito de mar se ha cascado El Cachorro.

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Y aquí ha dibujado a un malo.

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También un monstruo y una casa encantada.

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Y este dibujo lo han hecho entre él y su hermano.

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Y tengo fotos de todo, no porque yo las haga, que podría ser perfectamente, sino porque ellos mismos me las piden. Eso he conseguido, pasar de ser la pesada de las fotos a que me las reclamen a cada cosa que hacen. Así que ajo y agua, que merecido me lo tengo.

Por su parte, Don Bimbas siente envidia de la casa de El Cachorro, con lo que le pide:

– ¿Me haces una casa?
– Hazla tú – le sugiero.
– ¡Es que yo no sé! – me replica.
– ¡Pues inténtalo, si no no aprenderás!

Pero lo de esforzarse, no va con este crío. Sobre todo, porque está acostumbrado a tener una vida regalada. Desde bebé todo el mundo dándole cosas por su cara bonita… Así que vuelve a la carga.

– Simón, ¿me haces una casa?
– ¡Vale!

Vuelve con la casa. Foto al canto.

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Luego El Cachorro. Porque a la casa de su dibujo le faltaba la boca. Clic.

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Más tarde, después de comer. Don Bimbas quiere completar su dibujo.

– ¿Me haces un corazón, que yo no sé?

El Cachorro hace un corazón.

– ¡Ahora yo!
– Que no te salga un culo. Si te sale un culo, mal vamos.

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No sé si os parece un culo o no…

Yo, mientras, sigo con la cámara en guardia.

Rompecorazones

Me cuenta El Cachorro que su novia Jimena (nombre ficticio), la que le montó un pollo porque no le hizo caso, va por el cole diciendo que está “colada” por él. Colada, tú. Me chifla esa palabra, que no oía desde hacía lustros.

Está bastante convencido, por lo que deduzco cuando me lo cuenta, de que van a tener un hijo alrededor de los 20 años y de que van a acabar sus días juntos.

Me lo dice tan a menudo que yo ya me lo estoy empezando a creer, con lo que, la última vez, le dije que lo mismo era muy pronto para tener ese tipo de planes, para andar con novios y novias y tal, que hay que conocer gente antes. Pero él me dijo que no quería estar con otra persona que con Jimena. Qué fidelidad.

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Pero parece que mi hijo está en racha. Hace dos días fuimos a un cumple y conocí a la madre de un niño de su clase, Matías (nombre ficticio), que me cayó muy bien. Me cuenta que su hijo le habla mucho del mío. Yo no puedo decir lo mismo. No solo porque mi hijo solamente me habla de su vecino, que es también su mejor amigo del cole, sino porque no es un niño que cuente muchas cosas. “Van a una extraescolar juntos”, me comenta. Y me quiere sonar…

Hoy, me dice El Cachorro:

– Matías dice que se quiere casar conmigo.
– ¿Ah, sí?
– Sí, porque dice que soy muy mono.

Hay que reconocer que mal gusto no tiene, el tal Matías.

Pero está claro que mi chiquillo está muy solicitado. ¡Demasiado!

No puede ser más rico

Leo tres capítulos de un libro a mis pequeños a punto de dormir y luego arropo a cada uno. Besitos y cosquillas a El Cachorro. Mimitos y carantoñas a Don Bimbas. Y Don Bimbas, que es un tierno que para qué, achuchable como pocos seres vivos en la faz de la tierra, me dice con voz adormilada y ñoñita: “Qué mona eres, mamá”.

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“QUÉ-MONA-ERES, MAMÁ”.

¿Qué, como os quedáis?

Yo, estupefacta. Auguro que la sonrisa me va a durar una semana.