La liga de la justicia (o de la pena)

Lo de que El Cachorro es un sensible de cuidado y que tiene un corazón que no le cabe en el pecho ya lo he contado muchas veces. Pues he vuelto a tener otra muestra.

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Resulta que la chica que cuida de mis hijos se va. Así que ando buscando sustituta. Bueno, mucho, mucho, no busco. He entrevistado a una chica jovencita y la que se me va me trae a otra mayor. Ninguna de las dos me entusiasma, ni la que he entrevistado yo ni la que me propone la chica, pero me inclino por la joven. Solo que ella hace campaña por la mayor, y además dándome pena, que si necesita mucho el trabajo, que si tal y que si pascual. Total, que ando en un sinvivir, que no sé por quién inclinarme.

Es conocida mi indecisión. Soy terrible. Pero de pasarlo mal. Así que decido consultarlo con El Cachorro. Como ha visto a ambas, a ver quién podría preferir.

BUENO.

Que la mayor. No, que la joven. Que… ¿pueden ser las dos? ¿No? ¿Por qué no? Aaaaayyyy, ¡no sé quién! ¿Si digo una la otra se queda sin trabajo? ¿Sí, es así, mamá? Noooooooo. Pues ya está, una por la mañana y otra por la tarde. ¿Por qué no se puede? AAAAAYYYYYYÑÑÑ. ¡Jooooooo, ¡no sé!! Jooooooooooooooooo. ¡¡No sé quién decir!!

Pues así la retahíla. Buena la he armado, con Don Sense and Sensibility.

Las lamentaciones han ido a más, sentía crecer el peso de la responsabilidad. He tenido que atajar: “Cariño, ¡no tienes que elegir tú! ¡Esa es una decisión que tomaré yo! Es por si una te había caído mejor que la otra, por si me dabas pistas, ya está”. “Pues las dos igual”, zanja.

Y ahora soy yo la que ando “Jooooooooooooooooo. ¡No sé cuál! ¿Qué hago?”

Superbápiro chupeguay

Yo hay palabras que voy a echar de menos muchísimo. La evolución es muy lenta, pero está teniendo lugar, como es lógico. Don Bimbas sigue con su divertidísima lengua de trapo, pero va perdiendo parte de su particular vocabulario a medida que pasa el tiempo. Un horror para mí.

Hoy me hace una demostración de la velocidad que alcanza con su bici y me dice: “¿A que mi bici va superbápiro?”

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SUPERBÁPIRO. Es que muero.

Está Vedre está manchado”, me dice. Se ha salido Cola Cao quedando por encima de Darth Vader, que según Don Bimbas es Está Vedre.

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Es que es mundial.

Coloca animales todo ordenaditos. Voy a sacar una foto, y me salta: “Poavía no, mamá. Este ez más chupeguay”.

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Poavía” (todavía), “ipués” (después), “pamién” (también)… ME LO COOMOOOO.

Y, además, generalmente le entiendo. Porque cuando no lo hago, ya no me hace tanta gracia. Y a él menos.

Menos mal que, como sabéis, contamos con el traductor simultáneo: su hermano.

A-HO-RA

En El Corte Inglés Don Bimbas se fija en un cartelito:

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– ¿A que eztá activada entrá por ahí ariba?
– ¿Qué es “activada”?
– Prohibido – aclara El Cachorro.

A ver, por favor, ¿¿SE PARECE EN ALGO “ACTIVADA” A “PROHIBIDO”?? Así que, a veces, creo que entre el lengua de trapo y su traductor, me están tomando el pelo.

Artimaña, hallazgos y la poderosa arma Atacazombis

El Cachorro no le deja jugar a Don Bimbas con su dron. Así que el granuja viene y me consulta:

– Mamá, ¿puedo jubar a todas las cosas de casa?

¡Jaaaa! ¡No es listo ni nada!

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Pero esta vez sé de dónde viene, así que le contesto:

– Claro, cariño. A todas las cosas QUE SON TUYAS.

Y pone cara de “me ha salido el tiro por la culata”. En cualquier caso, normal que quiera jugar a todo lo que tiene su hermano, porque él, acaba perdiendo todo… adrede.

Resucitando Saneando una planta, van y me aparecen dos cabelleras de Playmobil. Han acabado ahí, por supuesto, por obra y gracia de Don Bimbas, a quien le encanta colar piececitas por huequecillos secretos.

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Siempre hay sorpresitas. No te digo si se limpia algo que lleva tiempo sin ser movido. Un armario, una estantería… No sé qué manía tiene por colar pequeñas cosas en tiestos, en resquicios…

Destiné a un cajón del cuarto de los niños lleno de juguetes unas latas de leche en polvo para bebés (ya vacías), a modo de reciclaje, para que metieran los cochecitos. Esas latas a día de hoy están dobladas y de mala manera, llenas de algún cochecito y de mil mierdas más y, por supuesto, sin tapa. Las tapas andaban pululando por el cajón, pero esos últimos días, de repente, me encontraba una detrás de un mueble del salón, debajo del sofá, en un tiesto… Y no sabía cómo habían llegado allí.

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A ver, que era cosa de los críos, hasta ahí llegaba. Pero desconocía a santo de qué, la excusa.

Hoy me viene Don Bimbas:

Mira, mamá, “atacazombis”. Y lanza una de las tapas como un fresbee.

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Équili. Así que son discos mortales para atacar zombis.

Me hace jugar con él. Vamos andando, despacio. Él se lleva el índice a los labios, para indicarme que he de ir en silencio. Así que vamos callandico, hablando bajito. Él me informa: “Está en la cueva oscuras”. Y me tranquiliza: “Tengo luz aquí” (se señala la frente). Menos mal, así podemos ir por la oscura cueva, viéndolo todo. Hasta que, de pronto… “¡Zombi!” Y el peque lanza las tapas, con su sonido correspondiente: “Pumba, pumba”.

Recuperamos las tapas y retomamos el camino:

“Ahora viene un paspamma (fantasma). Tengo luz”.

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Bueno, pues una incógnita resuelta. Pero el caso es que me ando encontrando objetos no demasiado bien identificados y, aunque hace tiempo que le quiero meter mano a la nevera, moviéndola para limpiar detrás y por debajo, no sé si me atrevo…

Posados fotográficos

“Oh, qué tirantes tengooo, mira qué guaperasssss”, me salta El Cachorro, en tono guasón, con las cintas esas que ponen en ciertas prendas de ropa (no sé para qué, se supone que, para colgarlas, aunque a mí no se me ocurriría) colocadas a modo de tirantes…

Voy a sacarle foto.

– ¿Estás posando, como un modeli?
– Sí…

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Ay, madre. ¿Dónde ha aprendido estas posturitas? Porque, por lo visto, tiene repertorio.

Al salir del cole, lo veo guapo (ya, ya, cuándo no) y me preparo para sacarle una foto. En esto que me dice:

– ¿Vas a sacar una foto?
– Sí señor.
– Pues así, mirando al cielo – Posa. Pero cambia de opinión, (y de postura). – No, para allí.

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A-lu-ci-no. ¿Sabéis, esto sí, de quién ha sacado eso? De su padre. Que siempre hace como que no se da cuenta de que le estoy sacando una foto, mira al horizonte y posa como quien no quiere la cosa. Y no solo le tengo yo pillado el truco, por lo que veo…

Pero el pequeño de la casa no se queda corto. Le llevo a sacar fotos de carné para el cole. Decía que no quería fotos y ya me he echado a temblar. Eso puede significar un calvario, máxime con el tipo de la tienda de fotos de mi barrio, que no es precisamente paciente. Yo he seducido a mi pequeño diciéndole que son fotos que ha pedido su nueva profe y que se las va a dar él y que le van a gustar mucho.

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Pues ha sido sentarlo en el taburete y posar como un dandi.

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O sea, está como para ampliar y colgarla en unos de los pasillos de Telecinco.

Se la enseño al padre: “¡Pero si parece un señor!” Está indignado porque dice que es más guapo que en la foto. Yo creo que sale estupendo, pero sí es verdad que es más bebé, y aquí parece un adolescente. Un adolescente de los que se las lleva a todas de calle y se mete a la gente en el bolsillo.

La chica que cuida de mis hijos que, para mi desgracia, porque es buenísima, nos va a dejar por un trabajo de jornada completa (lógico), al ver la foto ya me ha dicho: “Yo quiero ver a este niño de mayor, cómo es de mayor”.

En fin, todo llegará. De momento, sus “posados” tiran más hacia esta vertiente…:

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Me pongo a ordenar un cajón y el ganso de Don Bimbas encuentra su gorro de natación. ¿Y qué es lo que hace? Se lo pone. Y yo me parto de risa: “Espera, que cojo el móvil para sacarte una foto”. Y él espera, y cuando aparezco de vuelta armada con mi cámara, se pone a desplegar un sinfín de poses absurdas.

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Cambia cada vez que escucha el click de la cámara.

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Incluso cambia sin oírlo (lo pongo en silencio, pero él ya tiene pillada la cadencia, el ritmo de disparo de una sesión de fotos). Lo hace igual que las modelos, que muestran todo su repertorio seguido, que van cambiando en cada foto. IGUAL.

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¿Y esta profesionalidad? En fin, voy a parar yo de colgar fotos. Porque lo que es él, no paró. Tengo caretos para aburrir. Porque lo de él…

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… es constante.

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Menos mal que las fotos ahora son digitales. Con Don Bimbas, no me iba a dar el sueldo para revelado.

Miedo (heredado) al abandono

Acuesto a los críos y voy a la cocina. Me ensimismo con el móvil y la casa se queda en silencio. Al rato se oye la puerta del descansillo. Unos pasos. Viene uno de los vecinos de enfrente. Se oye ruido. Cuando entra y vuelve el silencio, llama en alto El Cachorro: “¿Mamá?”

– ¿Qué quieres, cariño?
– ¿Dónde estás?
– En la cocina – le digo mientras me voy acercando a la puerta de su habitación.
– ¿Sabes qué?
– Qué.
– Qué pensaba…
– … que aprovechando que estabais dormidos me había largado de casa.
– ¿Te irías mientras dormimos? – ¿Veis, cómo he dado en el clavo?
– No, cariño, nunca me iría y os dejaría solos.
– Pues pensaba que el chico que ha entrado a su casa eras tú.
– Ya lo sé… Venga, duerme.

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Este crío… Siempre piensa que lo dejo solo. Si me alejo un segundo y no se ha dado cuenta, o si no me oye, grita “mamá” despavorido. “Cariño”, le digo siempre, “si momentáneamente no me ves, tú piensa que estoy cerca, no te agobies, jamás me voy a ir, mira alrededor, yo estaré a la vista seguro”.

No sé de dónde le viene esa sensación. Pero se da la circunstancia de que es EXACTAMENTE LA MISMA que tenía yo cuando era pequeña. Solo que la mía era justificada… (jajaja. No). Al recordar un día en familia este miedo mío, mi madre me contó que, una noche, siendo mi hermano y yo pequeños, después de cenar en casa con unos amigos, se les ocurrió bajar al bar de abajo a tomar una copa rápida. No tardaron ni diez minutos y además nosotros nunca nos despertábamos. Pues bien, cuando volvieron nos encontraron a mi hermano y a mí en la puerta llorando como descosidos. Yo de eso no me acuerdo, pero no sé si fue desde entonces que no volví a descansar hasta que no oía a mis padres con las zapatillas de andar por casa o lavándose los dientes. Era capaz de inventarme que me hacía pis para levantarme y echar una ojeada a ver cómo estaba el patio, para ver si estaban empijamados con intención de irse a dormir o aún vestidos, lo que implicaba riesgo de fuga (y eso que mis padres son opuestos a la juerga, que no salen ni encañonados). A menudo me levantaba de la cama y me tiraba al suelo al lado de la puerta de mi habitación para intentar ver por la rendija de abajo y averiguar qué tipo de calzado llevaban o qué se oía. O sea, que me mandaban a la cama a las nueve, pero yo no me dormía hasta que lo hacían ellos. Ya veis qué plan.

Pero él… ¿por qué tendrá ese miedo? Y lo mal que se pasa…

Comicidad en las venas

Yo últimamente ando coqueteando con la idea de hacerme algo parecido a cómica. Es lo que me hacía ilusión de pequeña. No ya ser actriz, que me hubiese encantado, sino hacer reír. Ese era mi cometido en clase: ser la payasa. Me invitaban a sentarme atrás en las excursiones en autobús porque era salada y hacía reír.

He hecho un curso de Stand up y ya he representado mi monólogo en tres ocasiones.

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Como he aprendido a escribir comedia con ciertas herramientas, enseguida localizo los chistes, de qué tipo son, cuál es la premisa y cuál el punch, el truco utilizado.
Pero los localizo en un entorno afín. Luego sucede cuando los sueltan sin que te lo esperes…

Estoy yendo con El Cachorro al trastero (el lugar da igual, es circunstancial) y vamos hablando del cole. Al salir de clase el viernes lo llevé a comprar un estuche, pues acabó el curso el año pasado con uno de propaganda que terminó hecho unos zorros y andaba “desestuchado”. Es superchuli. Tiene como tres apartados. Me cuenta El Cachorro:

“¿Sabes qué? Mi estuche… Cuando lo abro del todo y lo pongo de pie…”, yo ahí esperaba que me dijera que era capaz de quedarse de pie él solo, que me revelara algo fantástico que podía hacer son su estuche, y va y me dice (retomo): “Cuando lo abro del todo y lo pongo de pie… ¡SE CAE!”

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Jaaajaja. Yo esperaba que dijera que se tiene de pie (dado que tiene como tres apartados que podrían posibilitar tal proeza), que qué pasada, y el otro me viene con lo lógico, que es que se cae. Esto en comedia tiene un nombre: GIRO INESPERADO.

Ya lo decía su profesora de Infantil: es que es gracioso. Es gracioso y no lo sabe. Dice cada cosa que se ríen los demás y él se enfada, porque creen que no se ríen con él y le da vergüenza. Pero tiene mucha gracia.

Y en esta ocasión lo ha hecho adrede. Lleva la comedia en los genes, le sale de forma natural, y sin buscarlo, se está convirtiendo en todo un profesional.

Máxime, cuando, con tal de no hacer los deberes, practica. Aquí se pone a meditar…

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A ver si le llega la respuesta por intercesión divina.

Sí, creo que, a este paso, va a ser cómico porque no le va a quedar otra.

Velas

Les digo a los peques de bañarse y a El Cachorro se le ocurre que le apetece como los baños de mamá, con velas (que me los doy de Pascuas a Ramos, no os creáis). La idea ha surgido porque las he encendido en el salón para dar ambiente y a él se le ha encendido la bombilla. Así que trasladamos las velas al baño. En el camino, parecen los de la Santa Compaña.

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He repartido las velas por todo el baño, y alguna ha ido a parar al lado de la bañera.

– No salpiquéis, que se apagará – aviso.

Ya, ya, diréis. Qué pocas luces, hija. Pues no. Intento que, de esta manera, al menos para respetar la luz de la vela, que tanta ilusión les hace, hoy no chapoteen como acostumbran y lo dejen todo como un abrevadero de patos.

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Pero tenéis razón, he pecado de inocente. De una de sus salpicaduras la han apagado y, como apenas veían, han inundado el baño.

El eco de El Cachorro

Don Bimbas hace en su vida exactamente lo que hace El Cachorro. No parece tener voluntad propia (y, sí, la tiene, vaya si la tiene). Vamos a un restaurante.

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La camarera:

– ¿Para beber?

El Cachorro:

– ¡Trina!

Don Bimbas:

– ¡Trina!

La camarera:

– ¿De naranja o de limón?

El Cachorro:

– ¡De naranja!

Don Bimbas:

– ¡De naranja!

Se va la camarera con la comanda y enseguida vuelve:

– No hay Trina. Hay Aquarius o Nestea.
– ¿Qué queréis? – les pregunto.
– ¡Aquarius! – dice El Cachorro.
– ¡Aquayus! – dice Don Bimbas.
– ¿De naranja o de limón? – pregunta la camarera.
– ¡De limón! – dice El Cachorro.
– ¡De limón! – le secunda Don Bimbas.
– ¡No, no, mejor Nestea! – rectifica El Cachorro.
– ¡Nestí! – corrobora Don Bimbas.
– ¿De naranja o de limón! – vuelve a preguntar la camarera.
– ¡De naranja! – dice El Cachorro.
– ¡De naranja! – respalda Don Bimbas.

Veis el criterio que tiene el pequeñajo, ¿verdad?

El patito rubio

Va y me salta Don Bimbas que no le gusta su pelo, que lo quiere negro como el de su hermano, el de papá y el de mamá.

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O sea, tiene el color de pelo por el que he suspirado yo toda la vida. Con un rubio además rebonito, no de estos desvaídos o pajosos, no, de los de mechas de surfero, y me viene con esas.

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Se debe sentir un bicho raro, el pobre, entre nosotros. Como si fuera de otra familia.

Minichorizo

Vamos a una terraza y, al sentarnos, veo que Don Bimbas saca unas moneditas y se pone jugar.

– ¿De dónde has sacado ese dinero?

Silencio.

– Cariño, ¿de dónde has sacado ese dinero?

Cara de culpabilidad.

– Dime, ¿dónde estaba ese dinero?

Por fin…

Eztaba solo… – confiesa.

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¡Ha mangado la propina de otra mesa! Lo ha tenido que coger su abuelo y llevarlo a devolver las monedas.