Chamuscando al pequeñito

Joooooooooooder. Ha cogido el Señor de las Bestias a los dos críos y, antes de salir de viaje en coche, les ha dado una vuelta encima de mi moto nueva por el garaje.

Esa moto es incandescente, el Infierno sobre ruedas. Jamás me he montado en algo que quemara tanto. De hecho, y eso que iba con extremo cuidado, el mismo día de mi cumple, cuando la estaba probando yendo con unas bermudas, me quemé un poco (un poco, comparado con mis dos quemazos míticos en la pierna, uno de ellos del verano pasado).

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(El nuevo es el de arriba del todo).

Pues bien, cuando la aparca para coger el coche y largarnos de viaje, va y quema a Don Bimbas. “¡AAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAH!”, grita el pobre.

Yo me asusto. Sé lo que es eso. Y sé la guerra que dan estos quemazos, que son lo peor. Sé los cuidados que requieren. Sé lo que duelen y molestan. ¡POBRE MÍO!

Le echo una bronca del carajo al Señor de las Bestias. “No es nada”, dice. “Sí, sí que lo es”, le replico. Si me conoceré el percal. Parece que no es para tanto, y luego es aún peor de lo que parece.

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El pequeño, OBVIAMENTE, hecho un mar de lágrimas. Pero cuál es mi sorpresa que, su disgusto, aparte del lógico dolor, provenía de otra preocupación. Me dice: “No quiero ser zombi…”

¡Jaaaa, ja, ja, ja, ja!

Ay, por favor. Resulta que, cuando yo me quemé el verano pasado, mis hijos, sobre todo El Cachorro, hizo que enseñara la pierna de zombi día sí, día también, a sus amigos en la piscina. Por supuesto, mis hijos veían la pierna de zombi (la herida asquerosita) a diario. Pues se ve que caló tanto que ahora coge y me viene con esas…

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Ay, mi chiquitín. Marcado ya de por vida. Y con unos días por delante bastante aparatosos, de intentar curar la herida, a la que no le puede dar el sol ni se puede ensuciar, EN LA PLAYA…

Broum, broum

Hoy es mi cumpleaños, que es algo que sucede todos los 20 de agosto.

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Todo el mundo sabe que, para mí, mi cumpleaños es superimportante. Quién lo diría, habiéndolo vivido siempre sin caramelos y sin fiestas. Pleno verano. En clase en el cole yo en el tema cumpleañero directamente no existía. Y normalmente siempre me pillaba fuera. Yo he cumplido años, cuando era pequeña, en Mallorca, Túnez, Pittsburgh, Peñíscola… De mayor, en Sancti Petri, Bali, Namibia (tampoco está mal, ¿no?)… También en Pamplona y en Madrid, claro que sí. En Madrid toca también este año. Llevo varios consecutivos. En esta ocasión, hemos estado de vacances en Ibiza y Denia y acabamos el periplo en el Algarve portugués (sí, son las MEGAVACACIONES. Pero ha sido un año con DEMASIADO estrés y me las he ganado). Pero antes de la última parte, cuatro días en casa. Que coinciden con mi cumpleaños. Así lo he querido. Con la edad, una se vuelve práctica. Que me digo: “Mejor en casa para poder dejar todos los regalazos que me van a caer, y además doy la oportunidad de poder estar al lado de un Corte Inglés o de mil tiendas para olvidos de última hora”. ¿Sí o qué? Una no cumple años en balde. La sabiduría se abre paso en mí.

Retomo. Decía que mi cumple es mi gran acontecimiento anual. Aunque lo viva con cuatro gatos. Ni fiestón me hace falta. (Aunque los he tenido, y sorpresa, y me han chiflado). El Señor de las Bestias lo sabe. Esto se lo he grabado a fuego. Y la verdad es que, meterá mucho la pata y dejará bastante que desear en varias ocasiones. Pero en mis cumples, se luce.

Hace dos años me organizó una gymkana fabulosa y acabamos en un hotel rural maravilloso, y el año pasado nos lo montamos de escándalo. Yo muchas veces pienso… ¿qué narices hará este año para superarse?

Me despierto y me lo encuentro vestido. A él y a El Cachorro.

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“Nos tenemos que ir. Para las once, estate preparada”. Don Bimbas también se despierta y se apunta al plan. Cuando estoy lista, llamo. Están en el portal: “Vamos a desayunar”.

Así que bajamos y nos vamos a un Viena Capellanes. De dentro, mis niños salen con dos paquetes.

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Sé que uno es un casco. Hace poco un amigo cerró su mítica tienda de accesorios de moto y le dije al Señor de las Bestias que había visto uno abierto amarillo todo molón. Y un día lo pillé mirando cascos por internet.

Abro el otro paquete y resulta que es una cazadora motera de Harley Davidson.

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Que digo, pues bueno, es una marca que a mí siempre me ha gustado. Aunque me verán en mi Suzuki 250cc y dirán “qué salada, con su casco de Harley en su motaja”.

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Al abrir el paquete que sé que es un casco, ya me empiezo a mosquear. Porque, équili, he acertado. Es un casco. Pero… de Harley Davidson.

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Y es cuando el artífice de todo esto me dice: “¿A ver cómo te queda todo si te colocas al lado de esa moto que hay aparcada?”.

NO.

Noooooooooooooooooo.

¡No puede ser!

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Se me saltan las lágrimas.

¡¡Pero es que no puede ser!!

No me quiero emocionar mucho porque estoy asustada. Porque se ha pasado. Porque ni la he pedido ni la necesito ni nada. Porque no me lo acabo de creer. Porque no puede ser.

Voy y la miro. Es preciosa.

Vuelvo a la mesa. Me siento. Estoy sin palabras.

El Señor de las Bestias pide la cuenta. Y aparece la camarera y me la trae… Las llaves están en el platillo.

La mujer no da crédito a que yo no dé muestras más fehacientes de alegría, que no demuestre sorpresa. Pero estoy demasiado sorprendida como para mostrar sorpresa. Y digiriendo.

Maaaadre mía.

Es real. Esta moto es mía.

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Una Harley Davidson.

Maaaaaaaaaaaadre mía.

“¿No te has dado cuenta de cuando la han traído y la han aparcado?”

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NO-ME-HE-DADO-CUENTA.

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Increíble. Ha sucedido delante de mis narices.

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Y sin enterarme.

El Señor de las Bestias se ha pasado. Es un BESTIA.

Dos preciosos

Están mis dos pequeños jugando con sus cochecitos. El Cachorro le dice a Don Bimbas. “¿Me das el coche amarillo?” Y Don Bimbas se lo da.

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– ¿A qué soy muy güeno? – pregunta.
– Muy bueno – le contesto.
– No, Simón. – Quiere que se lo diga su hermano.
– Simón, dile que es bueno – le pido.
– Eres bueno – le dice – ¿Y yo?
– Eres muy güeno, Simón. Eres muy peziozo.

Jaajaja. Qué preciosidades tengo.

El pulso

Don Bimbas tiene carácter, sí. Y me echa pulsos sin parar. Primero, cuando le llamo y no viene. Eso ya sabéis que es su especialidad. Se la pela lo que le diga, o lo que se pierda, si no se quiere mover porque está chinado perdido, no se mueve.

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Pero últimamente, cuando ve que le compensa venir, pero no quiere dar su brazo a torcer, si le digo “ven”, me dice “no, ven tú”. Y tengo que ir, claro.

Tengo que acercarme hasta donde está él y, entonces sí, consiente en venir conmigo y hacer lo que le digo. Claro, que a mí también me revienta que ese canijo me mande, así que alguna vez (me sobran dedos de una mano si las cuento), contraataco diciéndole yo: “No, tú, ven tú”, y él no viene y mi enfado va in crescendo, le riño y me largo y él pierde las cuerdas vocales gritando, y así pasamos el gran rato, la mar de bien.

“No, ven tú”. Con dos cojones, mi niño.

¿Qué por qué me compensa no tirarlo por la ventana? Porque es un experto en amor verdadero. Porque cuando lo acompaño a la cama…:

– Te quiero – le digo.
– Te quiero yo a ti.

(Ya, ya sé que hay un post en el que contaba esto, que él siempre responde: “Te quiero a ti”. Hoy ha introducido la variable del “yo” y me ha parecido oportuno volver a sacar el tema. Más que nada porque me priva y me enamora y quiero sacarle partido antes de que se le pase esta vena tan amorosa).

De verdad que no hay nada en el mundo que supere esto.

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Me recontrachifla este lenguaje como de yo Tarzán, tú Jane.

Me estalla el corazón.

Me reconcilia con él y él sabe que así consigue una especie de salvoconducto para cuando me pone de los nervios y me reta.

Miembro fantasma

Esta mañana, desayunando, Don Bimbas tiene frío. Por eso le traigo su bata, una que tiene unas orejitas en la capucha, que se coloca y está más mono que ni qué. Así que… adivinad… Le casco una foto. (No sé por qué lo digo en singular, cuando siempre es en plural. Fotos).

– ¿Ané (a ver) la foto? – pide mi pequeño. Y se mira. – Parezco un ratón – sentencia.

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Pero hay algo que lo deja mosqueado…: “¿Po qué no puedo mové las orejas?”

Jaaajaja. Parece un amputado, que sufren del síndrome del miembro fantasma, pero al revés.

Espejo en el techo

Oye, que nunca sabes dónde se encuentra el entretenimiento para dos críos… Hoy, en el súper, reparo en el techo…

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Y mis dos payasos han encontrado algo a su medida…

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Ni tan mal. Porque son, o estas carcajadas chocándose con algún cliente, o trepar por las barras que separan las cajas, resbalar y abrirse la cabeza e incluso, lo que es peor, que yo reciba una llamada de atención de la cajera por su culpa.

Fotos a mí

Le voy a decir al Señor de las Bestias que reciba clases de cómo sacar fotos de Don Bimbas. Otro que apunta maneras.

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Vale. Borrosa. Sin enfocar. Con luz rara. Pero ¿y el encuadre? ¿No es perfecto, ese encuadre?

Menos mal que tengo dos fotógrafos que me van a mirar con cariño a través del objetivo. Porque el Señor de las Bestias, no sé cómo se lo monta, pero me saca siempre o paticorta o con papada.

Esta foto de aquí abajo, es una excepción. Y muy buena.

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Bueno, igual no es nada del otro mundo, pero fotográficamente me trata tan mal, que luego me emociono con cualquier cosa. También es verdad que tiene una conjunción cromática de prendas que me chifla y mis peques salen muy espontáneos y simpáticos.

Perspectiva

Que dice Don Bimbas que: “A asé supe, supe grane, como papá”.

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Que va a ser supergrande… COMO PAPÁ. Que, si me pongo tacones, le saco media cabeza.

Lo que es la perspectiva…

¿Sabéis en qué se parece ya a su papá? En que, estoy tan tranquila, y me salta:

“Mecagüen la puta”.

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Así, tal cual. Es que no sé ni por dónde me ha venido. Me han salido dos docenas de canas más. Que, el tipo, bien, no habla. Menos cuando dice estas cosicas. Entonces sí que vocaliza, el muy jodido.

– Como te vuelva a oír eso te arranco la cabeza. Eso es muy grave y es muy feo – le digo.
– Lo dice papá – me contesta. Como su fuera la madre de todas las excusas.

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De cazas indispensables y de suelos acogedores

Tres horas para hacer tres hojas de deberes y AÚN NO HA TERMINADO.

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Se lo cuento a su padre: “Se entretiene con las moscas”. Es que es increíble. Y lo de las moscas, no es metafórico. “De hecho, ha cazado una”, le sigo contando. Porque esto es real. Me ha venido con una mosca entre los dedos:

– He cazado una mosca.
– ¿Sí? ¿A ver?

Me la enseña.

– Está muerta, ¿no?
– Nooo.

La suelta y la mosca se escapa volando. Jíbalo. Su padre, alabando la hazaña: “Cazar moscas no es fácil. Igual es más difícil que hacer restas”. “Pues nada, fenomenal. ¿Cuánto pagan por cazar moscas vivas?”

Entre el padre y el hijo, no hago carrera.

Por cierto, ¿me quiere alguien contar la querencia que tienen mis hijos con el suelo? El Cachorro es ver un suelo y se tira, como habéis visto en la foto, cual largo es, a ver pasar la vida. Cuantas más cosas pueda hacer tiradazo en el suelo, mejor que mejor. Jugar a los coches, a los aviones, cantar, leer…

Pero no os perdáis al pimpollo. Aparece en el estudio. Estaba echándose la siesta en la cama. Me dice, somnoliento: “Tengo fríoooo”. Se tira en el suelo y…

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… ¡hale, a seguir sobando!

Ha estado dando un rayo de sol en el suelo y lo ha debido de dejar calefactado.

¿Qué hago yo comprando muebles, a todo esto?

Estamos condenados a repetir la historia

Nos hemos venido a Denia. En Denia ya tenemos algunos restaurantes recurrentes que reservamos al mismo tiempo que el alojamiento (mierda, uno de ellos del puerto, que me encantaba, ya ha cerrado). Hay uno que es de los primeros que conocí cuando tuve a bien venir de vacaciones con unos amigos. Y nunca falló.

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Hoy estamos allí, y no sé si Google, Facebook o es que le ha dado por recordar a él, motu proprio, pero, estando Don Bimbas sentado encima del Señor de las Bestias, me enseña una foto en su móvil.

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La misma foto con Don Bimbas encima, hace justamente un año, en este mismo lugar.

A mí que estas coincidencias me chiflan…

Nos ha pasado también con un restaurante de Andorra. Tenemos fotos de tres años distintos. Me encanta (y me da vértigo a partes iguales) ver el paso del tiempo. Y me ataca la nostalgia.

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Lo malo es que son coincidencias que no podemos repetir todos los años, porque, aunque soy fiel a determinadas cosas, generalmente preferimos probar destinos.

Lo que me gustaría de verdad es hacer fotos al contrario. Cambiar de escenario pero que nosotros siempre tuviéramos la misma edad…