Un rollo todo

Estoy lo que viene siendo un tanto HASTA EL MOÑO de que El Cachorro se queje siempre de todo.

Viajamos en coche. Vale, yo entiendo que sí que es un rollo, porque además yo soy la típica madre Rottenmeier que no les pongo pelis a mis sufridos hijos ni les dejo juegos ni nada de nada. Pero por eso luego ellos pueden venirme con estas:

– ¡Mira, un robot! – exclama El Cachorro.
– ¡Dónde, dónde! – pregunto.
– ¡Allí!
– ¿Dónde?
– ¡Allííííí!

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No veo ni torta. Me señala otro.

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Ay, sí, jopé. Qué poca vista que tengo.

Bien, pues eso, que hay que aprender a entretenerse. Pero El Cachorro aprende a quejarse mucho, también. Como si no supiera hacerlo ya de diez.

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Total, que llegamos a Valencia, que hemos venido a visitar a un amigo y su mujer que acaban de ser padres. Un amigo que es un encanto y que adora a mis hijos y que siempre juega con ellos y les hace regalazos chulos, por cierto.

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Decidimos ir hacia la playa, y cuando llegamos, vamos a entrar a un parking. Y salta El Cachorro:

– Esto es un rollo
– O dejas de decir que todo es un rollo o nos volvemos a Madrid.

Breve pausa y…:

– ¡Esto es muy guay!

Que ha dicho eso porque sabe que esta es una etapa del viaje a nuestro lugar de destino vacacional, que es la playa, que adora. Porque si no, capaz hubiera sido de seguir con lo del rollo para ver si volvía a casa, el muy cafre.

Pero me gusta su sentido del humor. Esa pausa después de mi advertencia y el giro cómico que realiza. Es muy guay.

Complicándose la vida

Para mis hijos, la vida es un poco soseras. Así que hay que darle un poquito de emoción. Hay que buscarle baches, obstáculos, que poder saltar o salvar.

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(Tirándose en bici por las cuestas de los portales).

Porque no pueden ir con la bici sin más, no. ¡Si hacen algo normal les da un soponcio!

Lo mismo después, en la piscina. Hoy es el día en el que Don Bimbas y su más fiel secuaz (a ella le gusta más llamarse su “novia”), prueban a bañarse sin manguitos.

Y como son como son, pues no se limitan a separarse cuidadosamente del borde y dar unas tímidas brazaditas a lo perrillo y ya. No.

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De ellos sale lanzarse directamente.

Y se tiran.

Y lo de aprender a nadar, se la bufa, porque lo divertido es saltar, hundirse, salir a flote, agarrarse a la escalera, salir corriendo y repetir.

Videovigilancia

¿Cuánto de inaceptable se considera mangar los Triskis a tus hijos para llevártelos al trabajo y comértelos tú sola? Es para una amiga.

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Ay, chica, no me puedo reprimir. Pero estoy generando un clima de desconfianza en casa… Se fija El Cachorro en su máquina de chicles y cree que no hay los que había.

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Nota que hay como… pocos. Está convencido de que alguien se los ha comido. “Mamá, ¿y si ponemos una cámara de seguridad?”

Sí, hombre, y que me pille.

Él, en cambio, tiene mucho que aprender de mí. Lleva todo el día intentando ir a hurtadillas por la casa. Intentado burlarme. Quiere como espiarme sin que yo me entere. Pero lo cazo siempre. En la última, que escucho un leve crujido de la tarima, lo vuelvo a pillar.

“¡Jopetas!, ¿por qué siempre me descubres? ¿Es que tienes cámaras de seguridad por todos los sitios?”

Por la cuenta que le trae

Le digo a Don Bimbas que no baja a la pisci si no come un pequeño bol de puré que le he dejado delante. Amenacitas de Jésmar, para no variar.

Es ya pasada la una de la tarde, y si no come algo, luego seguro que subo a las mil y este, en cuanto entra en casa, se me duerme. Además acabo de publicar el post de hoy, que es el de hace un año, y… echadle un ojo, echadle, a lo que publiqué el 28 de julio de 2018…

(AQUÍ VIENE EL MOMENTO EN EL QUE LE ECHÁIS UN OJO).

Totalmente sugestionada, ya tenía un argumento más para insistir.

Pero él se niega. Y El Cachorro ya ha terminado y sus amigos le están llamando al telefonillo. Le digo que si quiere se baje él. Pero no quiere. Que quiere conmigo. Porque, “¿y si quiero abrir una sombrilla y no puedo, y mis chanclas se quedan al sol?”, “¿Y si tengo alguna duda?”

“Pues, cariño, yo no bajo hasta que tu hermano se termine el puré”. Así que El Cachorro, que es muy práctico, decide ayudarle. Le da de comer a la boca.

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Y luego se encarga de aplicarle el protector solar.

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Pero cómo se emplean cuando hay un interés personal en el asunto. En cualquier caso, con El Cachorro funcionando, creo que estoy preparada para tener otro hijo.

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(BIEN Y TÚ).

Eclipse de riesgo

Decidimos ir a ver el acontecimiento del año, que es la luna de sangre, un eclipse total de la Luna con Marte merodeando…

Para ir al campo para verlo en todo su esplendor, hay que coger, por supuesto, el coche verde (el Santana militar antiguo). Y llevarse a unos vecinos.

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Claro que, en nuestra línea, a las horas a las que vamos, a un cuarto de hora de que el eclipse alcance su cénit, no podemos llegar muy lejos. Así que vamos a tener que ir a las afueras más cercanas, a algún lugar que esté algo despejado y haya baches para divertirnos con el coche.

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Cuando el Señor de las Bestias coge un desvío por un camino de tierra, veo que la zona no es, digamos, la más bucólica del mundo. Resulta que hay chabolos y quinquis y yonkis. Y un coche destartalado, que parece una kunda, con el que nos cruzamos, y al que El Cachorro, asomando medio cuerpo de nuestro coche, saluda con efusión: “¡Holaaaa!”

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Supongo que los de dentro debían pensar que era consecuencia de los alucinógenos…

No encontrábamos un promontorio a nuestro gusto, y en nuestra búsqueda, bien de polvo. Polvo y más polvo. Tanto polvo que yo ya veía eclipsado todo, no solo la luna.

Al final, por fin, en un lugar entre Getafe y Vallecas, encontramos el sitio ideal.

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¡Y llegamos a tiempo!

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Ha merecido todo la pena las prisas, masticar polvo e intimar con yonkis.

Y ya que estamos con esta temática, os cuento que Don Bimbas no es muy de esforzarse dibujando (bueno, no es mucho de esforzarse en general). Solo hace rayajos y, como mucho, caras de las de círculos raros, dos ojos, cada uno de un tamaño, un palo por nariz y una boca que no se sabe si el monigote ríe, llora o tiene un ataque epiléptico.

Pues hoy me ha sorprendido cuando se ha asomado al estudio y me dice: “Mira, mamá, el sol”.

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Oye, y muuuuuy conseguido.

Locutio interruptus

Me encierro en el estudio para poder grabar un off de referencia en el iPhone para enviarlo al programa donde trabajo, ¿y dónde me aparecen los molusquitos?

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Madre mía, qué brujos, tienen recursos para todo. Su ansia de cotillear les espabila que no veáis.

Los echo, pero vuelve El Cachorro suplicando quedarse. Así que me rindo a la evidencia y le pido silencio absoluto, dice que vale. Hasta que me confundo, le entra la risa, y luego no hay forma de que yo pueda retomar, porque el ataque no se le pasa. Lo echo. Y a la que le entra el ataque es a mí.

Logro restablecer el orden y aparece Don Bimbas. Tengo grabada una frase en la que estoy yo intentando transmitir toda la tensión acerca de una posible caída mortal (el programa va sobre gente que realiza trabajos verticales), y se oye de fondo, con vocecilla pitufera: “¡Hola, mamá!”

Son mis hijos con todas las consecuencias. Queda una locución a nuestra medida.

La condena de ser el mayor

Como es natural, El Cachorro solo le ve desventajas a ser el mayor.

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No encuentra más que situaciones que le demuestran que es un rollo: “Me estoy aburriendo de ser mayor. A Pablo le encuentro el palito (ha tenido que ir a buscar un palito que había perdido), a Sofía (la vecinita amiga de Don Bimbas) le pongo las zapatillas cuando está en piedras (cuando hay piedras sobre las que no se puede caminar descalzo), a otros les hago algo…” O sea, quiere decir que se ocupa de los peques.

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Y eso pues, hombre, no es lo mismo que tirarse por una montaña rusa, la verdad.

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Y, por supuesto, hacen su aparición… los celos: “Todos los días que le hagas caso y a mí nooo”.

Cree que a él lo ninguneo. Nada más lejos, claro. Pero también es cierto que Don Bimbas es más mimoso y hace cosas mimosas y yo le hablo tierno y le digo “que te como”.

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Así que El Cachorro, reacciona:

– Le haces más caso a Pablo porque es más nuevo que yo.
– Es que tú eres viejo – le dice su padre, que no se anda con chiquitas.
– ¡Y tú viejísimo, que estás bajando, no estás creciendo! – salta él.

MA-RA-VI-LLO-SO.

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El Cachorro es el de las salidas geniales. Otra: Acompaño a Don Bimbas al baño y él protesta: “A él le acompañas y a mí no”. Les da miedo ir por el oscuro pasillo hasta el baño. Y eso que hay alguna luz dada, no como en mi piso de cuando era pequeña, que solo había luz en la cocina durante la cena, el resto de la casa estaba sumido en la oscuridad más negra y absoluta, e ir al baño o al cuarto a por lo que fuera, era un acto de valentía de la leche.

“¿Cuántos años tienes tú y cuántos tu hermano?” Le quiero demostrar a El Cachorro que cuando él era pequeño, yo también le acompañaba, pero que ahora es grande.

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Y él, que me ve venir de lejos, me contesta: “Yo tengo 5 años y él 46”.

Jaaaa. Veo que él maneja tres tipos de edades: la edad biológica, la edad mental y la edad inventada. Un crack.

¿Pero sabéis qué? Que es que realmente, El Cachorro, actúa de hermano mayor. Verbigracia:

Se despierta Don Bimbas de una megasiesta.

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Como no se han lavado los dientes después de comer, les digo a él y a El Cachorro que lo hagan. Y, como es costumbre, Don Bimbas se niega. Es que se cierra en banda. Y yo ya empiezo a impacientarme… Y a amenazar. Y dice El Cachorro… “Es que tiene sueño”. Disculpándole.

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Que mi hijo de 6 años sea bastante más empático, clarividente y comprensivo que yo, dice mucho de él. Porque tiene razón. Si de normal el pequeño es duro de roer, cuando se le despierta está intratable, pero básicamente porque todavía tiene la mente en modo off. Y yo la quiero on ipsofactamente. Todo mal.

Menos mal que tengo un hijo que hace MUY BIEN de hermano mayor. Porque, que yo recuerde, yo no ejercía mucho con mi hermano pequeño. Pero mi hijo, aunque se pelea horrores con Don Bimbas, hay que ver la ternura que le despierta y lo en cuenta que lo tiene. Chapeau.

Tatatachán

El Señor de las Bestias es mago.

No sé cómo hace para que partamos un palillo dentro de un trapo y que, al deshacer el trapo, el palillo esté entero.

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Pero es que lo partimos de verdad. Chas, clas, oímos. Y luego ahí está el palillo, enterito. Y del roto, que se ha roto y si no que me caiga muerta aquí mismo, ni rastro.

Flipo. Hay que decir que en mí es habitual. En magia no pillo ni una nunca. Soy un público fantástico. Además de que yo sí creo en la magia.

PD. Me confesó el truco. Es muy bueno. Se lo enseñó su padre. Me encanta que lo comparta conmigo. Lo malo es que, en diez días, ya se me habrá olvidado…

Personalidad estilística

Le saco del cajón a Don Bimbas un calzoncillo. Pero aparece en la cocina con otro.

– ¡Pero ponte este que te había sacado!
– No, este es más superguay.

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Claro, porque es de Darth Vader y no la moñada que pretendía plantarle yo.

Me encanta porque su adjetivo para todo lo que mola, lo que es bonito o lo que le gusta, es “superguay”. “Mira qué superguay”, me dice sin parar, “me gusta este superguay”.

Más tarde, ve que me estoy vistiendo.

– ¿Estás pamiando? (¿Te estás cambiando?)
– Sí.
– Yo pamién (también).

Así que se larga a su habitación y aparece con el outfit que ha elegido.

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Que muy bien, salvo porque la camiseta es de invierno.