Niños autónomos

Estamos en el bar de debajo de casa y el Señor de las Bestias coge y le da las llaves a El Cachorro y le pide que vaya a casa y que coja una cabritilla, y que la baje adonde estamos.

– Eeeeh, ¿en serio le has dado las llaves de casa a un niño de seis años para que lo acompañe su hermano de tres A COGER SOLOS UNA CABRITILLA Y BAJARLA, SACARLA A LA CALLE Y TRAERLA AQUÍ?
– Sí.

Bien pues.

O sea, tenían que subir, saber abrir tres puertas (portal de fuera, portal de dentro y casa), saber abrir el transportín, saber dominar a una cabra (pequeña), saber ponerle la correa, saber llevarla por el pasillo y por la calle, sin que les diera un tirón y acabara en la carretera… y aparecer los tres sanos y salvos en el bar.

– Igual me he pasado, ¿no? – me reconoce.

Pero El Cachorro solo nos ha llamado del fijo un par de veces, creo que porque no podía sacar la llave de la cerradura de casa. No me he querido enterar mucho cuando a la vez estaba diciendo algo de que la cabra había ensuciado no sé qué y ya me estaba poniendo yo del higadillo.

Y luego han aparecido los tres…

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Ahí los tienes. Jíbalos.

En fin, nada, que hoy con cabra en casa.

No está tomando su biberón. Pero la dejo en la cocina un segundo ¡y mirad la que me ha liado!

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Ha cogido una foto que tengo en el frigo y…

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La ha tuneado a mordiscos.

También le ha dado por masticar mi vestido y en cero coma le ha hecho un agujero. Una más y abro el horno. Ella verá.

El donador

Se viene quejando El Cachorro de un cumpleaños porque su amigo le había dicho que le iba a enseñar a su padre donador y que no lo había hecho.

– ¿Su padre es domador? ¡Como el tuyo!
– ¡No! Donador.
– ¿Donador?
– Sí.
– Aaaah. – Descubro que me habla de su mejor amigo, que yo sé que es hijo de madre soltera que se inseminó. Pero me llama mucho la atención y quiero saber cómo se lo ha explicado el crío a El Cachorro. – ¿Y eso qué es?
– No sé. Pero no lo he visto. Y eso que me había dicho que me pusiera guapo. ¡Y me he vestido guapo para nada! – Cada vez estoy más fascinada.

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– Pues que te explique bien, cariño, porque, que yo sepa, si su padre es donador, mucho me temo que no lo podéis ver.
– ¿Por qué? – ZAS.
– Bueno, oye, que no sé. Que te explique bien tu amigo, que igual es que yo no sé.

Estoy deseando saber cuál es la explicación.

P.D. Un año después, todavía no lo sé. Y no quiero sacar yo el tema porque no me apetece que vaya mi hijo con preguntas indiscretas o con dudas que igual no se saben explicar bien, quiero que salga del crío en cuestión. ¡Y no ha vuelto a salir el tema!

Aquí me pilla…

Es junio, ya no hay extraescolares, y para las tres y pico mis críos ya están en casa. Últimamente Don Bimbas viene del cole y acaba sobándose en el sitio más insospechado.

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Parece un muerto de esos a los que fotografiaban en posturas de vivos, como las fotos que salían en la peli de Amenábar de “Los Otros”. ¿Que no?

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Por no hablar del dolor de hombro con el que se va a levantar… ¿Cómo puede dormirse en esta posición? Es increíble.

Bueno, el caso es que suele caer tipo cuatro de la tarde. Hoy parecía que aguantaba.

De repente, noto como una paz… El Cachorro y él han estado jugando y armando jaleo como locos. Pero ahora hay un silencio totalmente perturbador.

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Pues ahí se ha quedado, traspuesto en la silla. Hace falta estar derrengado para encontrar algo de comodidad en esa superficie y con esa postura.

(Por cierto, vienen comidos, pero con hambre. De ahí los macarrones…)

El peligro

Viene El Cachorro a donde estoy yo, trabajando con el ordenador, y me enseña su dibujo: “¿Ves el peligro?”

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“¿Qué peligro?”, le contesto. A qué se referirá.

Y resulta que lo que parecían unas gotas o algo sin sentido, lo pones en horizontal y son unos ojos y una boca con colmillos.

El peligro.

Yo más bien intuyo el peligro cuando le oigo decir: “Mira qué obra de arte”.

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Y el arte está en sus manos…

Vamos, que la composición artística que más aprecio, es esta:

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Angelitos.

Reposo de pacotilla

La consigna con Don Bimbas desde que salió ayer a las 20:30 del hospital es que lo tuviéramos bajo vigilancia 24 horas. Que no se moviera mucho. Que por supuesto no corriera ni saltase.

Bajo al patio, le digo al crío que tenga especial cuidado, me pongo a hablar con unas vecinas y se me acerca un padre. “¿Has visto a tu hijo?”

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Hala, venga.

“Baja de ahí, ¿qué parte de que hoy tienes que estar en reposo, como dijo la médico, no has entendido?” Por otra parte, pienso que el hecho de que esté tan cabra como siempre es buena señal.

Pero, claro, tenía que cumplirse la Ley de Murphy. Más tarde ha dado un salto desde una superficie móvil, que se ha movido, y claro…

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Se ha puesto a sangrar como un gorrino. Al día siguiente del episodio de la conmoción cerebral. ES UN CASO.

(Menos mal que está este diario de testigo, porque si no viene Servicios Sociales, ve la colección de golpes de este crío, y me lo quitan).

“Hemos llamado a la ambulancia”

Llamada de un 91 que no tengo memorizado.

– Hola, soy Raquel, la profe de Pablo. Mira, resulta que se ha caído, se ha hecho un chichón, le hemos puesto hielo y se ha puesto a vomitar. Por si lo recogéis.
– ¡Ah! Claro. Solo que me pillas en Almuñécar. Llamo a su padre.

Cuando llamo al Señor de las Bestias, en realidad lo que menos me preocupa es Don Bimbas. Me preocupa más él porque acabo de empezar un trabajo que me va a tener semanas (seguidas) enteras fuera de casa y se va a chupar él a los críos. Si además tiene que dejar el curro a mediodía porque uno de ellos se ha caído… ¡empezamos bien! Tengo incluso cargo de conciencia.

– Oye, que el pequeño se ha caído y ha vomitado. Te viene fatal ir al cole, ¿verdad? Aaaay, lo siento. Igual no es para tanto. O igual puedes trabajar desde casa…

Cuelgo. Al ratico me vuelven a llamar del cole:

– ¿Venís alguien?
– He avisado al padre, solo que trabaja a 40 kilómetros y, lógicamente, tarda.

Mierda. A mí este trabajo no me convencía nada de nada. Lo acepté porque la productora que me lo ofrece se ha portado siempre muy bien conmigo (y yo con ellos) y me tiene en cuenta. Porque me operé del pie estando currando para ellos y no me pidieron ni que solicitara la baja, aun estando una semana sin pegar palo al agua. A cambio, en vez de estar un mes y pico de baja, a la semana trabajaba desde casa. Así que acepté este trabajo porque de verdad estaban muy interesados en que estuviera en la grabación, y porque se lo debía. Ojo, que a mí siempre me conviene empalmar curros y este me permitía pasar menos tiempo en el paro, que lo temo más que a un nublado. Pero yo es que trabajos que me tienen semanas seguidas fuera de casa NO LOS COJO. No quiero estar tanto tiempo separada de mis hijos. No quiero que su padre, que lleva el peso de una empresa grande, se chupe en solitario a los niños, la casa y todo. No tenemos ayuda familiar y no nos podemos permitir faltar de continuo ninguno de los dos. Que de repente me largue siete o nueve días a hacer un repor, bien. Pero si luego me quedo mes y medio en tierra. Pero semana sí y semana también fuera… eso sí que no.

Pero aquí me dijeron que, sí, iba a viajar por España, pero que había muchas grabaciones (la gran mayoría) en Madrid. Y que iba a trabajar sentada en un taburete, dando instrucciones por un walkie. Porque otra de las razones por las que me resistía a cogerlo era porque mi médico no quería darme de alta aún, dado que no tenía bien mi pie operado. Es decir, mis circunstancias no eran favorables y tenía razones con peso para rechazar el trabajo, con gran dolor de mi corazón. Pero, finalmente, tras su insistencia, les dije que bueno, que vale, que sí, que lo cogía.

Hoy estoy en una azotea (no veo otra manera de hacer mi trabajo que dirigiendo donde se debe, no con un walkie talkie donde no veo una grabación), una semana después de haber visto el planning de grabación real que muestra que, de 9 semanas de rodaje, solo hay una en Madrid. Estoy que trino, claro.

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Mierda también porque me he pegado en casa mes y medio. Por lo del pie. Y en la primera semana, ¡la primera!, que estoy fuera, coge y ocurre esto.

Pero no sabía que la cosa era susceptible de empeorar.

– ¿No tenéis a nadie para que venga mientras llega el padre?
– No, no tenemos a nadie. ¿Qué pasa?
– Que hemos llamado al SAMUR porque además de vomitar se está quedando dormido, por si acaso. Y para que alguien le acompañe hasta el hospital.
– ¿¡Cómo!?
– Bueno, no te preocupes, si no irá su profesora con él.

Ahí, bajo el sol abrasador de Almuñécar, yo estaba BLANCA.

Llamo corriendo al Señor de las Bestias. Todavía anda por Torrejón de Ardoz. Llamo corriendo a mi vecina y amiga Sandra. No le doy todos los datos, solo le pregunto si puede ir al cole de mi hijo…

– Sí, cuando recoja a mi hija de la guarde, que sale en 10 minutos, y voy.
– ¿Y Sara está por ahí? – Sara es otra vecina y amiga con la que andaba tomando el aperitivo.
– Sara también va a recoger a sus hijos al cole. ¿Por? ¿Qué pasa?

Y le cuento. Entonces me dice que no me preocupe, que llama a la guarde para que se queden más con su niña y que va al cole. Yo llamo al Señor de las Bestias. El Señor de las Bestias llama a Sandra. El Señor de las Bestias me llama a mí. Sara me llama a mí. El cole llama al Señor de las Bestias. Yo llamo al cole… y así.

Total, que al final Don Bimbas va hacia el hospital con su profe en ambulancia y el Señor de las Bestias va directo hacia allá.

Ya me llama, que está con él. Que da penica porque está pachucho. Que ha vomitado la medicación que le han dado.

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Y yo en Almuñécar, grabando.

Que verán a las cuatro si ha vomitado o no para mandarlo a casa.

Yo ando nerviosa, agobiada, y lloro. Pero resisto en grabación. Porque no tengo sustituto, porque les hago una putada si me largo. Pero informo a Madrid de la situación.

Madrid me pregunta que si quiero volverme. Hombre, querer claro que quiero, ipsofactamente, pero vamos a esperar a ver qué pasa, que seguramente no sea nada…

Pero el crío vuelve a vomitar.

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Que a ver a las cinco.

Me dicen que me ponen un tren para que vuelva. Yo tengo cargo de conciencia porque es una producción que ha empezado como el culo, llena de dificultades, y esto es un contratiempo de los gordos.

En el hospital optan por mantener al crío en observación, que a ver qué pasa a las seis.

Vomita.

En Madrid me dicen que venga, que vaya. Yo digo que aún no. Pero me informan de que el último tren desde Málaga o Granada es a las ocho y poco.

A las seis ya dicen en el hospital que lo siguen dejando ingresado hasta las ocho.

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Hablo con mi pequeñito. Le pregunto si quiere que vaya mamá a estar con él. Me dice con un hilillo de voz que sí.

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Y ahí, in extremis con el tiempo pegado, digo a Madrid que sí, que me vuelvo. La grabación de hoy estaba más que salvada y los protas más que aleccionados.

En la productora se portan. Me ponen un avión. Voy al aeropuerto en un taxi, desde donde hago las entrevistas para el programa en altavoz. El taxista lo va flipando bastante.

Cuando estoy en Málaga a las ocho con todo facturado, me dice el Señor de las Bestias que les acaban de decir que ya pueden ir a casa.

Ahí lo lamento por la productora. Qué casualidad. Recibo esta noticia esperando a embarcar. Pero también es verdad que mi pequeñito ha estado en una situación delicadilla todo el día y su mamá no ha estado a su lado. Que he aguantado hasta el final de la jornada sin haberme escapado para consolarlo y hacerle cariñitos y compañía. No está de más que vea que al final voy.

Aparezco en casa y está dormido. Ya verá que he vuelto al día siguiente…

Más cara

Me pide todo el rato Don Bimbas que le ponga al muñeco “más cara”. Se refiere a una de las tres máscaras que tiene. “¿Le pones más cara?”, me dice. “Máscara, cariño”.

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Pero pienso en que no es tan descabellado como lo dice. Al final, una máscara es algo que le pone más cara a una cara.

Aquí la gente, ocupada con la cretinada de decir “todes”, sin reparar en que primero hay que modificar ciertas grafías y pronunciaciones. Propongo a Don Bimbas como próximo director general de la RAE.

El amo

– Quiero acua – dice Don Bimbas, tiradazo en el sofá
– Pues levántate y bebe – le contesta su padre.
– ¿Me ras tú? – (Pronunciada le erre como erre simple) (¿Me das tú?)

Pero no obtiene respuesta. Así que va a por mí.

– Mamá, ¿me ras agua?

Yo tampoco le contesto. Que se mueva, hombre por favor, el tío. Y al poco dice en alto:

Quero acua…

Aquí el maharajá. A ver quién satisface finalmente sus deseos. Pero su padre y yo nos mantenemos firmes.

Se levanta.

Va donde están los vasos… y se pone a jugar.

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– ¡Si estás ahí! – observo – ¡Bebe!

Y el otro, ni mirarme:

– No.

Cuadrados. LOS TIENE CUADRADOS.

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Y se ha dormido, señoras y señores… SIN BEBER.