Pendiente arriba

Octavo día de esquí de mi pequeñito (y quien dice “de esquí” es de haber esquiado una hora o dos al día a lo sumo) y ya ha aprendido a hacer “la casita” (la cuña) y segundo día que se ha tirado con nosotros por pistas.

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El nuevo Tomba. Parece que ha nacido con los esquís puestos. Está como pez en el agua. Qué alegría. Ya falta menos para que nos podamos ir toda la familia juntos por ahí a esquiar, sin necesidad de tener que dejarnos los dineros en cursillos y más cursillos y guarderías y todo. Ya queda menos para que vayamos los cuatro a hacer el cabra.

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Que, señores y señoras, si yo hago esto habiendo empezado a esquiar a los siete años… ¿qué no hará él empezando a los tres?

(Por favor, TENÍA que colgar estas fotos, ya me perdonaréis la falta de humildad).

Mo-go-llón, mo-go-llón

Que no sé yo para qué compro una habitación con dos estancias y cuatro camas para esto.

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El Cachorro entre su padre y yo y veis a Don Bimbas a los pies de la cama, ¿verdad? No hay ni un centímetro cuadrado desaprovechado en esta cama.

Conste que, al llegar, nos habían dado una habitación con cuatro camas seguidas, que íbamos a estar como piojos en costura, y reclamamos una mayor, aunque tuviéramos que pagar más. PARA ESTO.

Solidaridad

Don Bimbas la ha vuelto a liar de lo lindo.

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En el restaurante se le ha llamado la atención por algo (cualquier chorrada). Y ya se ha contrariado. Consecuencia directa cuando se cruza es que empieza a apartar y empujar todo lo que tenga al alcance. Vasos (da igual se están llenos), platos (ídem), cubiertos… En fin, que ha despejado la mesa. Su padre ha montado en cólera (normal) con la puñetera manía del crío. Así que lo ha trincado y lo ha atado en el carrito. El otro ha contraatacado con un soberano berreo. Y así hemos salido del restaurante, por todo lo alto.

A los camareros aún les ha quedado ganas de regalarnos chupachups. Por supuesto (gracias a nuestra mediación), todos han ido a parar a manos de El Cachorro.

Pues bien, yo ya no sé, cuando pasa algo así, para quién es el castigo. Porque El Cachorro lo pasa mal por su hermano. “¿Quieres uno?”, le dice a Don Bimbas, que no le escucha porque el tono de su rabieta es de diez decibelios más que un concierto de AC-DC. El Señor de las Bestias le dice que no se le ocurra darle un chupachups a su hermano. Y entonces El Cachorro se pone a sufrir como un descosido. “Es que me da pena mi hermanooooo”.

Cómo es. ¡Cómo es!

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Lo suyo es pasarlo mal. Si no llegamos a castigar a Don Bimbas, protestaría igualmente porque no le decimos nada. Yo no me explico cómo es que siempre se ponga en lo peor de las cosas y en lo peor de los casos. Él es: “¿Te imaginas (no sé qué truculencia)? ¿Qué pasará si vamos y (cualquier desgracia)?” o “seguro que lo pierdo y me reñirás, buaaah, buaaah”.

¡Pero bueno! ¿Por qué? ¿Por qué se adelanta a los acontecimientos y siempre con ese mal fario? ¿Por qué todo le cae mal? Y con esa pena a la que se entrega. Siempre ahí, a tope con la nostalgia.

A veces creo que busca deliberadamente la tristeza, el sufrimiento.

“Tengo pena por tu palo”, me dice por la noche. Se me ha roto el bastón de esquí y hemos ido a comprar otros. Yo quería que se parecieran a mis bastones. Pero no ha habido suerte. El Cachorro parecía ajeno, hasta que, tres horas después, me viene con esas, con la pena que le ha dado que se me hubiese roto el bastón.

A veces creo que este niño ha nacido en la época equivocada. Es todo un romántico.

Sin encajar

Pues nada. Que, a la hora de apuntar a Don Bimbas a algún tipo de iniciación al esquí, tuvimos que mentir sobre la edad…

– La edad mínima son cuatro años. ¿Tiene cuatro años?
– Este… no. Pero ya ha esquiado.
– Pero no se puede.
– ¿No hacéis ninguna excepción con un niño de tres años avanzado?
– ¿Pero qué tres años tiene? ¿Porque no es lo mismo que los acabe de cumplir que que tenga tres años y medio…
– Ah, pues… ¿en qué mes estamos? – yo ahí haciendo tiempo para calcular tres años y medio. Y casi antes de que me dijera “marzo”, para que no se notara que lo he calculado justo, le digo – a ver, él es de septiembre.
– Ah, bueno, pues eso hacen tres años y medio, y si me dices que ya se ha puesto los esquíes…
– Sí, sí, sin problema – ahí sí que no mentía.

Pues bien, gracias a la caca que he dado, logra acceder al jardín de nieve el martes, donde admiten niños de 4 a 8 años, y hoy jueves ya me dicen que mejor contratemos un profesor particular, porque ahí ya no va a aprender más.

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Mi esquiadorazo.

Suplicio en la comida

No hay forma de que coma. Don Bimbas es un rabudo de cuidado. Le sirven el plato, lo mira y no quiere. Consigo que se meta un bocao, dice “mmmm, ta rica”, nos da esperanzas y al segundo bocado ya dice que hasta luego Maricarmen.

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Y comienza una sucesión de promesas, amenazas, cabreos, doradas de píldora, etc. Quizá, mediante juegos, consigamos que termine comiendo… algo. Y, por supuesto, dándoselo nosotros con el cubierto a la boca.

Un sufrimiento total

Ah, pero cuando llega el postre…

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Para esto no hay que ayudarle, ¿sabes?

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Come solo divinamente.

(¿Que por qué se lo damos, con lo mal que come? Pues porque los dos tenedores que le hemos logrado meter han sido por la promesa de que, si lo hacía, le pediríamos helado).

Con papá

Segundo día consecutivo en que los críos quieren ambos cenar sentados al lado de su papá.

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Párelos entre terribles sufrimientos para esto, ¿sabes? Uno me dejó una cicatriz en el bajo vientre que parece que tengo tripa con papada, y el otro se amorró tanto a la teta que ahora tengo unos pezones con los que puedo hacer en un cristal los agujeros de “Misión Imposible”. Gracias a ellos (a mis hijos, no a mis pezones), tengo el ano que parece una fiesta de globos, plagado de hemorroides. Me pregunto si me queda algo de intestino grueso en mi interior. En fin, un cuerpo desmoronado. Y van y, cuando vamos a cenar, los dos se piden con papá. ¡Es que los voy a tirar por la ventana!

Arrasando en la guardería

Ayer Don Bimbas estuvo una horita tan solo en la guardería de la estación. Y se ve que no le dio tiempo a desplegar sus encantos en toda su magnitud.

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Sí un poco, porque cuando hoy hemos llegado para que pasara todo el día, a la mujer de la guardería se le han iluminado los ojos. Tampoco era difícil, porque en comparación, estaba a punto de entrar una nena que no paraba de berrear y tenía unos mocos colganderos bastante puaj, y además era un poco feísima. Chica, es la verdad. Y claro, aparece este querubín todo sonrisas (afuera ya había montado una de las suyas, de las de estar poseído por Belcebú, pero al final se ha transformado en angelito), y la otra casi se derrite.

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Cuando lo paso a buscar, cuatro horas después, ¿no coge y me dice la mujer esa que “lo mismo no te lo devuelvo, me lo quedo aquí”? Ya está. El pequeño ya se los ha metido a todos en el bolsillo. (Si no me cobra, lo consideraré).

En esto que aparece una que le ha dado una clase colectiva por la mañana y le hace más gracias. “Es que es tan cariñoso, da unos abrazos…”, insiste la de la guardería. Y, sí, es un tiernito, la verdad. Un cariñoso de tomo y lomo. Un conquistador nato.

La prueba definitiva

Que dice El Cachorro que el sol es una estrella. Y Don Bimbas que no y que no. Y El Cachorro que sí. Y el otro que no. Así nos pegamos dentro del coche toda la vuelta de pistas hacia el hotel.

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El Cachorro, desesperado: “Pregúntale a toooooodo el mundo, hasta al alcalde, si el sol es una estrella”.

“Hasta al alcalde”, dice. Para él debe ser la máxima autoridad mundial. Es que es la monda.

Al final, sabéis cómo ha acabado el debate, ¿verdad? Yo enfadada y amenazándoles. Es que, de verdad, empiezan a lo tonto, uno que sí, otro que no, van in crescendo y acaban rojos de ira, reventándote los oídos.

Ratatatatatata

Descubrir, mientras descargo fotos, que el pequeño ha hecho de las suyas y ha disparado chiquimil sin que me diera cuenta.

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Tengo 174 iguales de su cara.

Menos mal que estamos en la era digital…

Pero, vaya, que si quieres petarte el móvil en un santiamén, déjaselo a Don Bimbas. Tiene una metralleta alojada en el dedico.

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Cada vez, ¡cada vez! que saca una foto, se casca una ráfaga de tropecientas fotos como si nada. Continuamente me encuentro con su cara repetida cientos de veces, con sutiles cambios de postura, de manera que, si pasas rápido el dedo por el timeline de las fotos, parece que se ha sacado un vídeo.

A ver si es que es ese el efecto que quiere conseguir y tenemos a un artista en ciernes y somos incapaces de apreciarlo…

Creciendo

Aquí tenemos al mil hombres de Don Bimbas…

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… con sus avances. Y no me refiero solo a los de sobre la nieve… En la cena, se suelta:

– Mamá, está fía.
– No está caliente.
– Está fía.

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¡Ya se ha arrancado a hablar! Todo llega. Aunque aún le entiendes la mitad. Y se cabrea y te sacude. (Jíbalo) Dice congo en vez de “tengo” y es la monda.

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Pero esto de que se arranca a decir cosas inteligibles, ya lo percibí la semana pasada, que le habían cambiado de ropa en el cole, porque tiene escapes cuando echa la siesta, y me dijo: “Me ha cambiado Susana”. Fue tan claro, que me alucinó. ME-HA-CAMBIADO-SUSANA. Así. Os parecerá de lo más simple. Pero para mí, que contara algo tan bien contado, fue todo un acontecimiento.