Día de la paz

El 30 de enero se celebra el Día Escolar de la No Violencia y la Paz. Así que El Cachorro, a quien se lo debieron de explicar ayer en el cole, estaba hoy con la murguilla. Aprovecho para preguntarle:

– ¿Qué es la Paz?
– Un día antes que es muy feliz sin discutir nada.

Pero, casualmente, él y su hermano juegan más a la guerra, que es más divertida.

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En todas sus versiones.

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Aunque, en general, como debe ser, no muy amigablemente. Y pensaréis que, dejarles espadas, es peligroso, pero os diré que me suelen dar más miedo cuando entran en conflicto cuando no hay armas de por medio. Ahí, mala señal. Lo más probable es que salgan heridos y llorando. Por eso prefiero enterrarles en arcos, pistolas y sables. Porque vis pacem, para bellum.

Estar guors

Está El Cachorro dibujando en un globo. Le pregunto qué está haciendo, y me dice que una espada láser.

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Bueno, pues bien.

Me olvido de eso, y ya por la noche, estando acostado, me topo con el globo, y veo que hay algo escrito…

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“Dar Beider y Luc”.

¿NO ES ABSOLUTAMENTE MARAVILLOSO?

Qué Darth Vader ni qué Darth Vader. Ni qué Luke.

Toma lógica y absoluto dominio de la pronunciación.

Y menos mal que no he estado como estoy siempre, ahí encima, como la vieja del visillo, corrigiéndole cuando escribe, como una petarda: “Así nooooo”, “eso está maaaal”. Menos mal que lo he dejado a su bola para luego poder ver esta maravilla. Voy a intentar no interferir tanto en lo que escribe, porque este documento es oro puro.

Otra cosa que hace sin mí acechando:

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Me llega a decir que quiere dibujar un pez, y ya me veo haciendo un boceto antes para indicarle la mejor manera de acometer el dibujo… como una pedorra metomentodo coartadora de la creatividad.

Cuando él sabe perfectamente cómo reflejar la fauna marina.

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Este es un pez abisal. El de la linternilla que sale de su cabeza. Ya se sabe que en la oscuridad se necesita algo de luz…

A ver si aprendo a meterme mi perfeccionismo por donde me quepa.

Cosas hechas con amor

De eso que me embobo viendo a mis chiquis y les voy con una de mis preguntas…:

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– ¿Por qué sois tan guapos?
– Porque como has tenido tanto amor a papá te han salido unos hijos preciosos – contesta resuelto El Cachorro.

Porque, ya se sabe, las cosas que se hacen con amor, salen bien. Para mí, ni hechos a medida.

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¡Me los llevo!

El cabreo del cangrejo

No le dejo a Don Bimbas el anillo que me está pidiendo. ¿Y qué hace? Rebotarse. ¿Y cómo se rebota? As usual, tirando cosas y desnudándose.

Agarra su mochila y la tira con furia. Se quita el abrigo y también, al suelo. Y luego se va alejando pasito a pasito, marcha atrás, como un cangrejo. Miradlo.

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No me da la santa gana de ir a por él. Hasta que un señor con dos niños, uno de ellos de la clase de Don Bimbas, se acerca a mi crío (dado que ya ha visto que la madre es igual de cabezota que él) y le come la oreja.

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Veo que mi hijo y otro niño corren hacia mí. Deduzco que se lo ha ganado con: “Venga, una carrera hasta tu mamá”.

La estrategia es buena, claro. Distraer al mameluco de su enfado. Y funciona.

Hay padres superapañados por ahí sueltos. Me dan una envidia sideral.

Pero tiene narices, que tengamos que estar con él todo el día ideando maniobras y dorándole la píldora, al tirano este…

Cuando nos hacemos mayores se nos caen los dientes

A El Cachorro se le mueve un diente.

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¡Aaaaay! Qué emoción. Recuerdo cuando se me movían… ¿Vosotros? Viéndolo, lo rememoro total: cómo, de repente, un diente se movía, cómo lo movía con el dedo o con la lengua, cómo me entretenía jugando con él, con una mezcla de gusto y dentera…

Ahora es el turno de mi niño. Mi niño se hace mayor. Ya empieza a mudar. Lástima que sea el de abajo y no el negro de arriba que lo tiene chungo desde ni sé. ¡Tengo unas ganas de que se deshaga de él…! Pero bueno, por algo se empieza.

El Señor de las Bestias está muy contento también. Ahora no quiere más que atarle un cordel al pomo de una puerta y tirar. El Cachorro, por supuesto, se niega en redondo. Pero su padre es insistente. MUY insistente. Qué cruz le ha caído…

Olfato poderoso

“Aquí huele a Marina”, dice El Cachorro al abrir el armario. Marina es su vecina, que ha estado jugando en casa. Me fijo y, en efecto, está su abrigo colgado. Se le ha olvidado llevárselo.

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La órdiga.

Ayer nos montamos en el ascensor con una vecina que bajaba al trastero el árbol de Navidad y varias cajas. Y dice El Cachorro: “Este árbol huele a perro”. En efecto, esa vecina tiene un perro.

Yo no huelo nada, y eso que acabo de cumplir medio año sin fumar. Pero la nariz de El Cachorro es prodigiosa (no os cuento lo mal que lo pasaba el pobre cuando yo fumaba…) No sé si yo, que creo que me echo más colonia de la que debiera porque no huelo y, mucho menos, me huelo, lo estaré atufando cada mañana.

Supongo que este superpoder le servirá para juegos como el escondite, ¿no?

El trenecito

Se empeñan en ir los dos en el carro de la compra, pero llevamos también la silleta y yo no puedo con todo.

Doy con la solución.

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Claro que muy consistente no es, he de confesar. A Don Bimbas le faltan unas clases de conducir carritos.

Y yo soy una inconsciente valiente por testar sistemas de traslado rodeados de vajilla… Qué me gusta un riesgo innecesario, válgame.

Cuando matas a tu hijo de anne

– Tengo anne – me dice Don Bimbas cuando se me acerca.
– ¿Qué? No te entiendo, cariño – le contesto.
Anne – insiste.
– No sé qué es eso, cielo – reitero.

Se lleva la mano a la altura de la boca, como si tuviera un bocadillo imaginario, y hace ñam, ñam.

¡Lo que tiene es hambre!

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Me fascina cómo se maneja el tío. Va con retraso en el habla, pero en mímica está haciendo un máster. Este en el juego de las películas nos tumba a todos.

La importancia de las cosas

Monta El Cachorro one pollamen porque a la hora de colocar su cepillo de dientes se ha puesto en el cargador de la derecha en vez de en el de la izquierda, al lado del mío. Como no es la primera vez, y esto ya es el colofón de varios enganchones entre mis hijos, salto yo, un tanto hastiada: “Aaaay, chico, ¡pero qué más dará!”

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Y se me ha olvidado. Se me ha olvidado lo pijotera que era yo a su edad y con más años. Que tenía mi lugar para todo. Que colocaba todo de cierta manera y ojo con cambiármela. Que tenía mi sitio en el coche, siempre en el lado izquierdo.

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Hay que ver cómo cambian las prioridades. Cómo damos y quitamos importancia a las cosas según va pasando el tiempo. Qué desgracia. Qué nostalgia de tiempos en lo que lo trascendental, lo que te desequilibraba, era que te cambiaran el cepillo de lugar, porque todo lo demás, funcionaba y no te preocupaba. Pero qué nostalgia.

Vacuna

Pues hoy vamos a poner al pequeño la segunda dosis de la vacuna de la meningitis. La primera le pilló desprevenido. Estaba en la consulta de la enfermera, en plan “lalalaaa”, a su bola, todo contentico, y cuando le pincharon soltó un alarido que casi se desploma el edificio.

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(Foto simpática colocada aquí para desdramatizar el asunto).

En esta ocasión, cuando lo agarra su padre, ya empieza a gritar como un gorrín destripado en vivo. Pobrecico mío, qué pena.

Cuando termina la tortura, sigue llorando disgustado y nos chilla: “¡¡No tuta cuna!!” Que la vacuna no le gusta. Por si no nos habíamos dado cuenta.

Qué majico es. Hasta lloroso y enfadado. “No tuta cuna”.

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Aaaay, madre, ¿¡pero yo por qué narices voy a querer que hable bien, como le correspondería a su edad, si es que me lo como vivo!?