Aventura en el pasillo

Con tal de no ir a la cama a echar la siesta es capaz de estar entretenidico en el pasillo con un coche unas dos horas. Está ahí porque sabe que si entra al salón donde estoy yo, se ganará un bufido (por no hacerme caso habiéndose ido a dormir). Así que se queda en el pasillo, en la entrada del salón, para tenerme cerca o a la vista.

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Hace lo mismo de noche. Sale de la cama y por no entrar en el salón para que le afeemos la conducta, se queda en el pasillo. Y tú lo oyes trajinar y respirar.

Por supuesto en ambos casos, tanto cuando lo hace en la siesta como cuando lo hace de noche, al final me da penica y le digo que venga. Entonces se le ilumina la cara y se acurruca a mi lado en el sofá, el jeta.

Y me recuerda a mí. Yo hacía lo mismo. Yo también me levantaba por la noche y me quedaba en el pasillo pero silenciosa, para poder ver la tele desde ahí. La disposición del sofá y la tele en casa de mis padres por aquel entonces era propicia para mis propósitos. Estaban de espaldas a la puerta y la tele de frente al pasillo. Así que, aunque veo al peque reflejado en mí, lo cierto es que tanto la situación como el propósito eran distintos. Y ahora, un saludito a mis padres… je, je.

O nada o todo

Yo creo que la cosa anda entre que es muy poco caprichoso, y que tiene de todo. Así que cuando por decimocuarta vez le pregunto que qué quiere para su cumple y qué pedirá a los Reyes Magos, El Cachorro por decimocuarta vez me contesta “no sé”. Así que opto por tenerlo toda la mañana pegado a la tele para que vea anuncios, a ver si se inspira.

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Y entonces ya viene siendo que quiere “todo”, así, al buen tuntún, sin ningún tipo de criterio ni nada. Superinspirado que está. No hay término medio, no…

Campeonato de cabezonería

A Don Bimbas le encanta el yogur. Pero esta vez le he dado yogur natural, a pelo, sin azúcar. Así se lo comía El Cachorro en su día, y oye, si a este también le gusta así, pues mejor que mejor.

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No. No le gusta. Ni ver.

Entonces le digo que espere, que le voy a poner azúcar y que ya verá qué rico está.

Que si quieres arroz.

– ¡¡NO!!
– Cariño, de verdad, pruébalo ahora solo una puntita, ya verás que sabe totalmente distinto – le acerco la cuchara a los labios.
– ¡¡NNNNNNNOOOOOOOOOO!!
– Vengaaaaa, que te va a gustaaaaar, haz caso a tu mamá que siempre que te dice que te va a gustar algo va y te gustaaaa.
– ¡NO! ¡NO! ¡NO!

Cerraba la boca que ni la puerta de un refugio antinuclear en pleno Armaggedon.

– Cariño, me pones del higadillo, qué cabezón eres. Abre la boca.
– ¡¡No tuta!!
– Pues si tú eres cabezón, tu mamá, más. Que no me conoces. Y ahora, mira tú por dónde, me he encabezonado con que pruebes un poquito del yogur y no pararé hasta que lo hagas.

Un duelo de titanes.

Y al final, ¿qué ha pasado? Pues que le he obligado a abrir un poco la boca (que mis sudores me han costado), le he enchufado un poquitinino de yogur… y ha relajado el gesto y todo.

– ¿Te gusta?
– ¡Ti!

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UFFFFFFFFFFF. Señor, qué lugar tan cerca de ti me estoy ganando.

Falsa superalarma

Estoy en el trabajo y me entra una llamada. Veo que es de la mujer que cuida a mis niños. Y estoy por no cogerle, porque es la hora a la que los recoge del cole y suele llamarme para decirme, entre grandes aspavientos auditivos, que Don Bimbas se niega a andar, que ella no puede, que qué hace, que mira, que esto y que lo otro. Y yo no sé por qué narices me llama, porque yo estoy a unos cuantos kilómetros de su localización y desde el trabajo no puedo hacer nada. NA-DA. Y me pone negra porque me hace perder un tiempo precioso quejándose sin parar, y ni avanza ella ni avanzo yo.

Es una mujer de por sí exagerada. Si estamos en el patio, de repente la oigo: “¡No! ¡NO! ¡¡AY!!”, gritando como loca, pero de esos gritos en plan susto, como los que emitiría cualquier ser humano si viera a alguien autoseccionándose el antebrazo con un hacha. Y cuando miro alarmada, es cualquier tontuna. Alguna donbimbainada pero de las más suaves. “Ay, chica, qué susto”, le digo, “¡pero tú, no él!”

Tiene ahora a su hija embarazada. Y vive en un drama continuado. Que si los médicos le han dado cuatro FPP, que seguro que tiene complicaciones, que si el padre de la criatura se ha ido a Francia a buscar una vida mejor y que seguro que no vuelve, que se tendrá que hacer cargo ella, que cómo lo va a hacer, que me dejará tirada, que… Con esa cantinela vivo yo a diario.

Así que cuando ahora a las cuatro de la tarde veo su nombre en la pantalla del móvil, pongo los ojos en blanco, suspiro hondamente, me muerdo el labio inferior y… contesto.

– AAAAAAAAAAAH. BUAAAAAAAAAAH. BUAAAAAAAAAH. – escucho de fondo (como para no). Es Don Bimbas. Entre los lloros, emergen los gritos de la mujer.
– ¡¡Ay, Amaya, está llorando, mira!! ¡¡Y le duele la barriga!! ¡¡Me lo ha dicho su profesora cuando me lo ha dado!! ¡¡Que se ha empezado a quejar a las tres y media!! – todo son frases cortas entre gritos – ¡¡¡Mira, mira!!! ¡¡¡Escucha!!!
– BUAAAAAAH, BUAAAAAAAH.
– Ya, ya, vale, tranquilidad. A ver, ¿le duele la tripa?
– ¡¡Sí!! ¡¡La tripa!! ¡¡Un montón!! ¡¡No sé qué hacer!! ¡¡Estamos aquí!! ¡¡No se mueve!!

Hoy al menos parece que tienen una excusa más elaborada. Lo de estar “ahí” sin moverse es la tónica general: Don Bimbas se niega a andar, la mujer no lo puede coger aúpa, y se quedan el gran rato, con ella desesperada y El Cachorro hastiado perdido. Las performances del pequeño es que son de un aburrido ya que no se aguanta. Pero la actuación de hoy está siendo soberbia.

– ¡¡Y la profesora os iba a llamar, a los padres!! ¡¡Pero eran las tres y media!! ¡¡Y como ya era casi la hora de salir, por eso no os ha llamado!!

A mí lo de irme del curro me viene fatal, porque, de costumbre, mis circunstancias no me acompañan. Contrato de un mes para un programa piloto en una productora con la que nunca he trabajado anteriormente que ha presupuestado por supuesto a la baja y tiene las jornadas de grabación y edición contadas y son más que escasas. Es decir, desde que entro curro como una mona sin descanso para poder llegar, meto más horas de las que corresponden, y no quiero largarme a mitad de día para que me miren mal.

Por otra parte, hay que ser realista. ¿Qué ganamos con que vaya yo para allá, que tardo, si el tráfico es benigno, y eso es mucho decir en Madrid, como poco tres cuartos de hora? Y, además, no sería la primera vez que dejo un curro por lo mismo, por acudir a una llamada entre gritos de esta señora, que me presenta a mi niño moribundo solo porque llora, y cuando con la lengua fuera y preocupada llego a casa, está el tipo sentado viendo la tele y, si tuviera edad, fumándose un puro. Y la otra: “Ah, ya se le ha pasado”. Que es para meterle la cabeza en la olla de agua hirviendo.
Insisto, aun si el asunto es grave, ¿qué puedo hacer yo desde la distancia, por mucho que decida ir? Con lo que tardo, el crío la ha espichado.

Seamos prácticas:

– A ver, mira, coge un taxi…
– ¿¡Un taxi!? ¿¡¿Un taxi?!? ¿¡Dónde, un taxi!?
– A veeeeer, yo te mando un taxi. Ahora vamos a colgar y llamo a un taxi y te lo mando.
– ¡¡Vale!! ¡¡Vale!! ¡¡Está el niño doblado!!

Llamo al taxi y le doy las coordenadas. Vuelvo a llamar a la señora.

– Mira, el taxi va para allá.
– ¡¡¡No lo veo!!!
– Escuuuucha. Va-para-allá. No-está-ahora. Está-de-camino.
– ¡Vale! ¡¡El niño está doblado!! ¡¡No para de llorar!!
– Bien. Cuando cojas el taxi os vais directos al ambulatorio.
– ¡¡Pero tú vienes!!
– No. ¿Cómo voy a ir yo? Yo no voy. ¡Estoy a una hora de allí!
– ¡¡Pero no tengo hora para ir allí!!
– ¡A ver, por urgencias! ¡Te presentas, das su nombre y le verán de urgencias! – De verdad, todo problemas.
– ¡¡Pero el taxi cómo lo cojo!!
– ¡El primer taxi que veas en esa calle es el tuyo! ¡Paciencia!
– ¡Con tanta gente ahora aquí, cómo hagooo! – sigue lamentándose. Maaadre del amor hermoso, qué cruz tengo con ella.
– No te preocupes que para cuando llegue se habrá despejado de gente.
– ¡¡Pero tú vienes!!
– Nooo, yo no voy.
– ¡¡No para de llorar el niño!!
– ¡¡Pues ahora os vais a que lo vea un pediatra!!
– ¿¡Vas allí?!
– ¡¡No, no voy a ir allí!! ¡Cuando lo vea el pediatra me llamas, y si es una apendicitis galopante, no te preocupes que ya iré corriendo, pero a ver qué diantre es porque para mí que es un pedo atravesado!

Convencida de lo del pedo, estoy. Si me conoceré el percal. Y al uno. Y a la otra. La otra que casi me escupe “mala madre” a la cara con tal de hacer que yo abandone mi curro.

– Tú antes que nada te tranquilizas. El taxi va para allá. Si el niño llora, que llore, qué se le va a hacer, ¡pero no ganas nada gritando, mujer, por favor!

Así que allá que se han ido. Al rato llamo.

– Amaya – me contesta en voz baja – lo está viendo ahora el médico.

En efecto lo oigo darle órdenes a Don Bimbas. Y ahora el desesperado parece él, el médico. “¿Te duele aquí? ¿Y aquí? ¿Y aquí? ¿Te duele? ¿Te duele ahora?” Parecía tan ansioso que si llego a ser Don Bimbas le digo que sí. Pero Don Bimbas a todo que no, tan pichi. Colgamos el teléfono.

Más tarde, la histérica mujer me llama:

– Dice el médico que no ve nada ni nota nada.
– ¿Y cómo está el pequeño? Tan tranquilo, ¿no?
– Sí, bueno, sentado conmigo en la sala de espera.
– Ya.
– A ver cuándo quiere andar.
– Pues en cuanto vea algo que le interese, una pelota, un niño, o que su hermano tiene algo superatractivo en la mano.
– El médico ha dicho que si vomita o tiene diarrea, que lo llevemos corriendo.

Yo sé que eso NO-VA-A-SUCEDER.

– Bien, vale. Pues a ver qué pasa entonces.
– Dice también el médico que puede ser algo emocional. Yo lo que creo es que se moría de hambre.

Y yo sigo con mi teoría del pedo.

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En cualquier caso, me ha tocado volver a explicarle a esta mujer que yo, a una hora de distancia, poco puedo solucionar si mi hijo está berreando. Que tampoco ayuda nada que el personal (o sea, ella) se ponga nervioso y grite. Que tiene que facilitarme la vida y evitar preocuparme constantemente. Que cuando ocurra algo que no implique sangre, brecha, corte, ambulancia, etc., me llame para informarme: “Veo al crío chungo, me lo llevo para el médico”, y que luego me diga qué es lo que tiene, para actuar yo en consecuencia.

… Y sé que es una conversación que no-va-a-servir-de-NA-DA.

Descubriendo a su madre

Que estoy yo durante la cena así normal, comentando algo, y coge El Cachorro y me dice entre sonrisas: “Eres muy graciosa”.

No lo exclama. No lo descubre. No lo grita. Lo suelta en plan obvio. Lo mismo que si estuviera diciendo: “La leche es de color blanco”.

Y a mí me hace gracia que descubra a su madre así. De forma tan natural. Que de repente haya caído en que su madre es graciosa. Porque igual la monda no soy, pero tengo mi gracia, sí. Sobre todo con un público taaaaaan entregado como son mis dos hijos.

Pero es que ocurre que les hago gracia, obviamente, cuando me dedico a hacer gansadas, a poner caras o voces, cuando me pongo histriónica y payasa. Pero resulta que también cuando comento la vida en general, con ellos, mientras cenamos. Cuando reacciono a lo que hacen: “Haaala, venga, tira unas pocas migas más, si eso, que casi no has alfombrado ya el suelo de pan”. Y El Cachorro se troncha. Y Don Bimbas también, por imitación. Así que El Cachorro a veces me pide: “Di cosas graciosas”. Y yo tengo que contarle alguna anécdota o comentar algo que está ocurriendo, al estilo que a él le gusta, para que le dé un ataque y le entre el hipo (como me ha pasado a mí siempre).

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Vamos, que las cenas se nos hacen eternas normalmente porque son más pesados que una vaca en brazos y tardan la misma vida, y algunas veces porque yo, a mis hijos, les hago gracia.

Estaba cantado

Vuelvo de Nápoles con mi gran adquisición, un pesebre/nacimiento. Lo coloco en el sitio que tenía pensado para él desde el principio.

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En cuanto el Señor de las Bestias lo ve, augura: “Si lo pones ahí no te va a durar nada. Los críos lo van a tirar con la mochila o el abrigo cualquier mañana de estas antes de salir de casa”. Dos días después, DOS, El Cachorro tira para atrás su abrigo para ponérselo y, zas, le sacude al Belén un “abrigazo”. No lo ha tirado de milagro. Milagro, sí; al fin y al cabo, ahí Dios anda por medio. Pero anda que…

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Rappel, es hora de que te retires. El Señor de las Bestias te tumba con sus premoniciones.

El adoptado

Que falto en casa y me encuentro con que han encontrado con quién rellenar mi hueco.

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Sí. Un perro.

Estoy de viaje y me envían esa foto. Y luego esta:

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Supongo que para torturarme. Porque me deben conocer lo suficiente como para saber que yo sufro pensando en que hay unas patas no lavadas de animal que ha pisado todo lo pisable de calle, asfalto y jardines con cacas, entre las sábanas de mis hijos.

Cómo se aprovechan de mi ausencia…

El sueño de los hombres (de la casa)

Dormirse Don Bimbas como acostumbra en medio de la comida (también es cierto que no tenemos el detalle de darle la comida a la hora en la que come en el cole) y aprovechar su padre la circunstancia para hacerle la puñeta.

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¿No nos despierta él dos y tres veces durante la noche? Pues hale, donde las dan…

Y ahí, con el ojo en blanco de Don Bimbas, El Señor de las Bestias y El Cachorro muertos de risa. Hasta a él (ya ni sé si sigue durmiendo y le llegan ecos desde la consciencia o se hace el dormido o es un acto reflejo) se le salta la risa. No, aquí no hay quien duerma, ni de día ni de noche ni de ná.

Pero generalmente, en esto de dormir, los hombres de la casa no pueden estar mejor compenetrados. Los dejo en el salón riéndose de unos vídeos que les enseña el Señor de las Bestias en el móvil, me pongo a descargar los últimos cuatro días en fotos (lo cual no es moco de pavo, pues deben ser 500 fotos que hay que clasificar), y cuando me asomo de nuevo están tal que así.

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¡Es que, a nada que me descuido, se ponen a roncar!

Qué facilidad, oye. Hasta en vertical. ¿Pues no me levanto por la mañana y me encuentro así a El Cachorro?

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En medio de la noche se ha ido a dormir al sofá con su padre, que tiene la costumbre de caer rendido al cuarto de hora de ver algo en la tele y luego no hay quien lo mueva. Y ha encontrado una muy buena manera de sostenerse.

Dormir encajonado, la nueva modalidad de sueño de mi casa.

Bueno, os dejo, que viendo esto me ha entrado un sueño feroz. Voy a ver si echo una cabezadita. Eso sí, ni sobre la mesa, ni sujetada, ni con nadie encima, ni debajo, ni en el suelo, ni con el culo en pompa, que todo eso es negociado de los hombres de la casa. Yo normal, en horizontal.

Guapo

Es difícil tener un niño tan guapo.

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Ya, amigas, lo sé. Pero es que no sé cómo lo he hecho. Os lo diría, os daría la fórmula, me arrogaría el mérito, fardaría de saber hacer cosas tan chulas, pero es que lo desconozco.

Lo más alucinante es que en este caso, la cara es el espejo del alma. Es tan bonito por fuera como por dentro. Incluso más por dentro. Y pone cara de que “hoy es el mejor día de mi vida”. Esto lo suelo escuchar yo al menos una vez a la semana. Así que cuando El Cachorro dice hoy que hoy es el mejor día de su vida, ya lleva unos cuantos acumulados.

Y es porque ha visto una peli de Star Wars o porque ha ido a un parque de bolas o porque le ha gustado un plan en especial.

Oye, que siga así, ¿sabes? Así de ideal. Y que tenga mejores días de su vida a cascoporro.

Dibuja miedo de miedo

El Cachorro ha dibujado una escena de terror.

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Con sus fantasmas, su vampiro:

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Sus árboles encantados:

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(Fantásticos. Me tiene patidifusa).

Su zombi:

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(Madre mía. Esto me parece casi lo más GENIAL. Cómo es capaz de representar a un zombi con el monigote más simple, con cuatro trazos tipo el 6 y el 4, la cara de tu retrato).

Su bruja:

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“¡Como tú, mamá!” (Lo dice por la que organizamos en Halloween).

Me parece un trabajo redondo y magnífico. El Cachorro dibuja de miedo.

Al día siguiente, lo remata.

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Ya hay telarañas, tumbas… Está claro que es “GALOUIN”.