El reto del cacao

En mi casa hay dos facciones con respecto a la leche con cacao. El Señor de las Bestias es fan del Nesquik y yo del Cola Cao. Predominantemente aquí se ha comprado Cola Cao, más que nada porque yo hago la compra más a menudo que el otro adulto de la casa y hago prevalecer mis preferencias. Y también porque, siendo El Cachorro pequeño, de hecho no sé ni si existía Don Bimbas, le preguntamos qué le gustaba más y dijo que el Cola Cao.

Hemos sido fieles a esta marca, pero ha pasado el tiempo. Y algo ocurrió a principios de verano. Hizo su aparición en casa el Nesquik. El Señor de las Bestias, en un acto traicionero, fue a hacer la compra y compró cacao soluble de esa marca POR ARROBAS. Él es así, excesivo. (Él es al que lo mando a hacer la compra con una lista y, cuando decide improvisar, vuelve con lo de la lista y alguna otra cosa más… de la que hay a montones en casa. Pero como no ha mirado en el armario si hay de eso o no, pues hale, a acumular para que aquí sigamos con la costumbre de que no dejen de caducarse las cosas).

Yo hice campaña por el Cola Cao. Dije que el Nesquik no le hacía sombra porque era más insípido y no hacía espuma y tal y pascual. Y este mensaje caló en El Cachorro, que dijo que no quería tomar Nesquik y que compráramos Cola Cao. Pero yo antes soy un ama de casa práctica que una cabezota, y dije que nanay de comprar nada más hasta que se terminara lo que había.

Esto, hace ni una semana…

Todavía queda Nesquik para parar un tren, pero al Señor de las Bestias le ha dado hoy por comprar Cola Cao (por supuesto, no el bote normal, sino uno grande –uno tipo lata al que le había echado el ojo y que sabía que a mí me gustaba, todo hay que decirlo-). Y le ha advertido a El Cachorro: “Hoy te voy a poner dos vasos de leche, uno con Cola Cao y otro con Nesquik, y el que te guste más, de ese compraremos de ahora en adelante”.

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(…Y, ciertamente, y lo confieso aquí porque el Señor de las Bestias estoy convencida de que apenas me lee, espero que se decante por el Nesquik, porque lo (único) que tiene de bueno es que se deshace con mucha más facilidad que el Cola Cao. Y eso, para padres con prisas permanentes, es una gran ventaja).

Durante la cena El Cachorro ha querido hacerme cómplice de su plan. Se me ha acercado a la oreja y me ha pedido que me encargue yo de preparar las tazas y que luego le señale en cuál está el Cola Cao. Se alía conmigo porque sabe que me gusta el Cola Cao y él ha tomado partido por esa marca, ergo por mí, y cree que así a mí también me hace más feliz. Y toma partido pocas veces por algo (y mucho menos por mí), normalmente no se moja cuando hay disparidad de gustos entre su padre y yo, para no quedar mal (lo que le parece a él quedar mal) con ninguno de los dos. Pero si se decanta por algo, se decanta a muerte.
A mí me ha puesto en un brete. Porque yo no quería fallarle en tan concienzudo plan, pero es verdad que yo no soporto las trampas, por un lado, y por otro, sí que tenía interés verdadero en averiguar qué es lo que le gustaba más realmente.

Cuando el Señor de las Bestias ha ido a hacer las tazas a la cocina, estábamos él y yo dentro. No dejaba entrar a El Cachorro, lógicamente, para que no descubriera qué taza llevaba qué. Pero, en una de estas, para no fallarle a El Cachorro pero a la vez ser legal, le pido al padre que hagamos la pantomima de que me echara de la cocina y así, si no veía el proceso, de poca ayuda le iba a servir a mi hijo.

Así que, sin saber ni yo qué taza llevaba qué, el Señor de las Bestias ha salido de la cocina y le ha plantado los dos cacaos a El Cachorro delante…

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Observo que el Señor de las Bestias se ha esmerado deshaciendo el Cola Cao y equiparando la apariencia de ambas bebidas. Los líquidos que contienen las dos tazas parecen iguales. Un meritazo.

Y mi pobre hijo, presionado.
Sigue convencido de que el reto consiste en averiguar qué taza lleva Cola Cao y qué taza Nesquik, cuando aquí de lo que se trata es de saber qué le gusta, sin más. Pero esa idea a él no le entra. Cree que su padre lo está poniendo a prueba. Bueno… también es verdad que su padre lo disfraza de esa manera.

Le pica, porque mentalmente es más crío que él, y quiere demostrarle que en realidad le gusta más lo que dice que no le gusta para poder dar saltos triunfantes por el salón mientras grita “lo sabía, lo sabía”. Y de eso, El Cachorro, es plenamente consciente.

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El Cachorro duda. Bebe de una taza.

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Bebe de la otra.

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Piensa. Vacila. Intenta hacer cosas para pillar a su padre, o para que le dé una pista.

Yo trato de hacerle entender: “Cariño, que no se trata de adivinar nada, que solo tienes que decirnos cuál te gusta”.

Por fin, se lanza a señalar la taza de Star Wars. Su padre: “¿Esa? ¿Estás seguro? ¿Seguro, seguro, de verdad?” Que parece Mayra Gómez-Kemp, el colega. Y el crío se pone nervioso. “Sí”, dice no muy convencido. “¿Seguro, cariño? Mira que no va a haber vuelta atrás, que si dices que esta compraremos de aquí en adelante lo que haya en esta”.

Lo malo es que yo ignoro cuál es la taza que contiene Cola Cao. Y como todavía no conozco al hombre con el que se me ha ocurrido tener hijos, no sé si le está ayudando para que elija el Cola Cao y así sienta que ha “ganado” la “prueba” o por el contrario le quiere despistar para que acabe eligiendo el Nesquik y salirse él, con sus CUARENTA Y DOS AÑOS QUE TIENE, con la suya. De verdad que no lo sé. Y no puedo inclinarme por una taza ni por la otra. El jodío del padre ha conseguido que parezcan lo mismo. ¿Habrá sido capaz de poner lo mismo en las dos leches? Porque le pega todo. Pero no puede tener tan mala idea con su propio vástago…

Total, con tanto “¿Seguro? ¿Seguro, cariño?”, El Cachorro coge y cambia de opinión. Como para no. “Esta”, dice señalando la otra taza. Entonces su padre dice solo un “¿seguro?” más, El Cachorro dice que sí, y grita: “¡PUES ES NESQUIIIIIIIIK, OLEEEEEE, JAJAJAJAJAJA!”

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¿¡¿Será posible?!?

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Lo que os digo. Este es el Señor de las Bestias en su estado puro.

El Cachorro, que es como es, un sentido que pa qué, se echa a llorar y se agarra un disgusto de agárrate y no te menees. Yo acudo a apagar el fuego: “Cariñoooooo, pero si lo que importa es lo que a ti te gustaaaaa, no te pongas así, hombre”. Y el otro: “Es que yo había dicho la otra, y papá…”, sorbiéndose los mocos. El otro sigue botando por la casa. Vuelvo a la carga: “Pero que no es ninguna prueba de nada, mi amor, que no pasa nada porque te guste un cacao más que otro”. Mi pequeño insiste en que ha habido una especie de tongo. Cuando el padre se relaja y vuelve para consolar al crío, yo lo secundo y determino: “A ver, es verdad que papá se ha puesto hecho un pesado con “¿esta, esta, de verdad, seguro, seguro?”, y claro…, porque lo primero que has señalado ha sido el Cola Cao”. Y el padre reconoce: “Es verdad, ha sido así”.

Así que lo que hemos hecho ha sido darle las tazas a Don Bimbas, que se ha pegado toda la prueba reclamando: “¡¡Caooooooo!!”, que le encanta (por él se alimentaría de leche con cacao en exclusiva) y ha visto cómo su hermano andaba bebiendo de dos tazas mientras a él lo obligábamos a estar de miranda, para que se pronunciara. “Bebe de esta”. Ha bebido. “Ahora de la otra”. De la otra. “¿Cuál te gusta más?”, le pregunta el padre. “Ete”, dice. Y sin titubeo alguno.

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La del Cola Cao.

Y a este su padre no tiene narices de tomarle el pelo…

Modo protesta Pssss

Contaba hace poco que la manera que tiene Don Bimbas para manifestar su contrariedad es desnudarse.

Pues bien, está sofisticando la técnica para sacarme de mis casillas. Ahora se mea. Se mea adrede, nada de “es que es pequeñito”. SE MEA EN MI JETA. Si puede ser mirándome fijamente a los ojos en plan “mira lo que hago”, mejor que mejor.

No os creeréis lo que me hizo no hace ni una semana. Va y se tuerce por alguna tontuna (soy una desmemoriada y no recuerdo qué tontuna era) … yo qué sé, podría haber sido porque le dijera, y además de buen rollo: “Cariño, no pases el coche por la pared, ¡que los coches van por el suelo, hombre!” Eso es motivo suficiente para revirarse total. Para quedarse quieto, mirando al infinito fijamente, fruncir el ceño y hacerse el sordo.

La anécdota no fue esa porque ya venía yo calentita por alguna otra que me había liado, puede que porque se hubiera meado previamente hacía hora y media, y no estaba como para decir de buen rollo nada de nada. Total, que se rebota y se empieza a hacer pis encima. Le meto un grito. Lo corta. Lo llevo al baño en volandas y lo intento sentar en el váter. El tío empieza a revolverse de mala manera, a poner la espalda en arco, que no había forma de sentarlo. Era una lucha con la niña de “El exorcista”. Le pido que haga pis ahí. Dice que ¡NO!, ¡NOOOOOO! Así que decido no forzarlo y lo dejo ir. Me quedo recogiendo su calzoncillo y el pantalón ligeramente mojados por el pis, voy hacia la cocina, y cuando me asomo al salón me lo encuentro sentado a lo indio en el sofá, mirándome como si quisiera asesinarme. PERO, me fijo… ¡¡¡y veo el sofá totalmente mojado!!! ¡¡¡¡Y el tío ahí plantado encima con una chulería que no la he visto yo nunca!!!!

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Buenobuenobueno… No os cuento mi reacción porque fue absolutamente desproporcionada y no me siento orgullosa. Bueno, desproporcionada igual no, porque el cabreo y las consecuencias estaban a la altura de las circunstancias. Entre otras cosas, juré como nunca en mi vida y el mito de “mamá no dice palabrotas” de El Cachorro se vino abajo. Ni en una cárcel colombiana se escucha lo que yo solté en ese salón. Pero no se puede reaccionar como yo lo hice. Y aún me siento culpable. Aunque quizá con suerte haya conseguido que no vuelva a ocurrírsele retarme de semejante manera. Mecagüen el crío, QUÉ SANTOS COJONES TIENE.

Y digo que espero que no vuelva a retarme de semejante manera, es decir, específicamente meándose en el sofá, porque he de ser realista y asumía que lo de mearse lo iba a seguir haciendo. Vamos, lo tenía clarinete.

Sin ir más lejos, hoy. Se despierta de la siesta. Me pide una galleta y le digo que no, que va a cenar seguidamente y que nada de galleta. Son las ocho de la tarde. Veo que se agarra el pito mientras está llorando porque no se la doy. Le pregunto si quiere hacer pis. Me dice que no. Se lo vuelvo a preguntar. Me dice que no. Le digo de ir al baño y le intento coger la mano. Se suelta. Le cojo aúpa y, ZAS, se hace pis. Se moja él, me moja a mí y moja el suelo.

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Es que me lleva al límite, el tipo.

Hoy, que por cierto lo he recogido del cole y me lo han devuelto no con el uniforme con el que le he dejado esta mañana, sino con ropa de cambio. “Es que ha tenido un escape, pero no pasa nada” me dicen, ¿verdad, cariño?”, dirigiéndose a él. “Cariño” estaba ya en los columpios y el que se le hubiera escapado el pis SE LA PELABA. Y dudo yo que haya sido un escape, claro.

ME REVIENTA.

De verdad que no sé muy bien cómo manejar esto, porque me pongo del higadillo. Estoy por ponerle pañal de nuevo. Qué mala gaita, por favor. Voy a desarrollar una úlcera o algo, os digo. A mí esto me pasa factura sí o sí.

Artista en ciernes

“¡Mamá, mamá, dame el móvil para sacar una foto!”

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Y coge la botella de agua, la planta en el suelo y se dedica a sacar fotos del reflejo. Los reflejos le flipan. Son su leitmotiv.

Y se casca la siguiente serie.

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En cuanto a la última foto…

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… dice: “Parece la araña de Spiderman que le picó”. Pues sí, ¿no? Parece una araña radioactiva total. En cualquier caso, yo voy a ir llamando a una galería.

A la hora de la cena, sirve el Señor de las Bestias a El Cachorro una ensalada de pepino con dos tomates cherris de nuestro huerto (los que había, que no había más que dos). Lo dejamos cenando y al poco me llama. Quiere enseñarme algo. Y resulta que es esta foto que ha hecho:

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¡Un artista! No solo por la foto, sino por la composición gastronómica (nosotros se lo habíamos puesto, como os podéis imaginar, desparramado). ¡Menuda presentación del plato ha hecho! Este va a ir directo a la siguiente edición de “Masterchef”.

Todo lo delicado que es uno… el otro, madre del amor hermoso.

Coge los gordos que hemos cortado de su filete con las dos manos, todo lo largos que son, ¡y se los jala! Un carnívoro de cabo a rabo. Impresionada me hallo.

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Esto sí que no me lo esperaba.

Conducción campera

Hoy nos hemos dado una paliza de escándalo con el Land Rover Santana conduciendo por el campo. Hemos tragado TONELADAS de polvo.

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Los niños han disfrutado como unos enanos.

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Yo he disfrutado como una enana.

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Más que nada porque he sido la que he conducido. Y he desfogado el coche, que cuando el Señor de las Bestias lo ha traído desde Madrid iba a 80 y a la vuelta alcanzaba los 110 Km/h. Claro, es que yo tuve un Mini; son muchos años de lidiar con dirección manual de coche viejo…

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Nos ha dado tiempo a inmortalizar el asunto.

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¿Y cuál es el resultado de pasar un día dando botes a toda leche por el campo? Niños muertos en el ascensor.

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Fakir

Vacío uno de los bolsillos del babi de Don Bimbas en el fregadero.

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¿Os parece normal?

Yo creo que con un par de bolsillos más, hacemos el trasvase a un lugar de la costa donde un temporal se haya llevado la playa por delante.

Pero esto no es lo peor.

¿Me queréis contar cómo puede siquiera ANDAR?

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No, es que no es ya que tenga arena en las zapatillas como para vaciarlas en la Casa de Campo y conseguir que en Madrid sí haya playa, es que hoy va y se saca PIEDRAS del calcetín. ¡Piedras! Que, obviamente, no acaban en ese lugar por sí solas de manera fortuita e inevitable como se supone que termina la arena en los zapatos. Están ahí porque Don Bimbas quiere que estén.

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Así que ahora además de quitar los zapatos para vaciarlos de arena antes de subir a casa, no como hoy, que he cometido el grandísimo error de no hacerlo (aaay, el verano, como desmemoria a las personas), también tengo que sacarle al pequeño los calcetines.

Porque esto se ve que no es algo esporádico, no es flor de un día. Al día siguiente, zas.

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Dos pedrolos como dos soles. Sí, para el tamaño que tiene es como si tú te metes dos rocas de las dimensiones de un puño.

Y al otro día, requeteZAS.

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Ni que trabajara en una cantera. ¿¿Por qué narices le habrá dado por introducirse piedras en los calcetines?? Ya verás tú como a algún compañerito se le ocurra meterle una patada en el tobillo. Don Bimbas va a ver las estrellas.

El bestiamóvil

Ha aparecido El Cachorro de su segundo día de cole con un dibujo que en cuanto me lo ha enseñado he sabido qué era…

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No me digáis que no es clavado a esto:

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Es uno de los vehículos de trabajo de la empresa de su padre.

No sé si habéis reparado en la foto en El Cachorro y a Don Bimbas, que se encuentran en un sitio donde no deberían estar… Acompañamos al Señor de las Bestias a ver cómo va una obra que está haciendo en su finca, y ya están mis hijos pajareando más de la cuenta. No paran. Y, cómo no, escaleras que ven, escaleras que tienen que probar. Aunque sean las de las furgonetas…

madre 12 (3)Los obreros, de eso que están soldando algo, levantan la vista y ven en el techo de una furgoneta a un mocoso de dos años. Pues claro, flipándolo.

Entre eso y la tierra, y lo saltos, y las cajas de cartón por el suelo… no os digo yo lo bien que se lo pasan. Claro que luego la que lo flipa más soy yo cuando veo lo cochinos que se han puesto…

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Cualquier excusa es buena para estos para asilvestrarse.

En una de estas, veo a El Cachorro que pilla un pico. Le digo (por enesitropecientosmil vez) que deje de coger cosas que no son suyas. Le sugiero que pida permiso al obrero. Y me contesta: “¿Y si dice que no?” Este es de los de la liga de Es Mejor Pedir Perdón Que Pedir Permiso. Más por la poca tolerancia a las negativas, sospecho…

Total, que entenderéis que diga siempre que de mayor quiere trabajar en la finca. (A veces dice que en la finca y en la tele, pero creo que lo hace porque así le parece que queda bien conmigo). Me las voy a ver y desear para hacer que estudie Económicas, Derecho o Veterinaria.

Por el forro

He tenido una revelación por parte de mis vecinas. Existe el “forra fácil”, un sistema por el que solo tienes que meter las tapaderas de los libros en fundas. Y voilá.

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Madre mía qué invento. Un monumento a quien lo haya ideado.

Aun y todo, a mí el principio de curso me gustaría pasármelo por el forro, pero no puedo. (Ruego disculpéis que sea tan básica como para no saber dejar escapar un juego de palabras tan elemental). ¿No os parece una pesadilla?

Me da envidia Don Bimbas, que sí que se pasa todo por el forro. En especial, si se trata de castigos.

Se cuela una pelota por la ventana para afuera (que ha lanzado Don Bimbas adrede). Le digo que si se porta bien se la cojo de la terraza, porque lleva un día que me tiene de los purititos nervios. PERO, él opina que yo no soy quién para decidir por él.

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Lo pillo ya a punto de caramelo.

Qué huevos tiene.

Y ahí lo veis a medio desnudar. Como digo, ya me la llevaba montando de antes. Y él, si se enfada o quiere demostrar que aquí manda él, hace striptease. No sé por qué ha relacionado él el desnudo con la manifestación del cabreo o como la reafirmación de su ser, pero así es.

Cuando lo del desnudo integral lo tiene complicado, se arranca quita los zapatos. Y es un coñazo tener que estar calzándolo cada dos por tres (porque resulta que Don Bimbas tiene, digamos, cierta disposición a torcerse), sobre todo cuando hay que ponerle zapatos un poco complicados.

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Estas zapatillas cuesta ponérselas. Que se lo pregunten al padre, que las odia. Son un poco horror y hay que encontrarles el truco. El peque tiene que poner de su parte. Tú tienes que ensancharlas bien antes de nada, tienes que pedirle a Don Bimbas que meta el pie y que empuje bien, bien, bien hasta el final, y cuando los dedos tocan la punta entonces estiras y le cuelas el talón.

Cuando se las quita por enfado, que colabore para volver a colocarlas en su sitio, lógicamente, es algo más complejo. Así que cuando se las ha quitado por cuarta vez en la mañana, en el coche, le he dicho que hala, que muy bien, que descalzo y andando.

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Y sí, descalzo. Y andando.

Y tan feliz. Para él, ni castigo ni leches. GRRRRRRR.

Hablando de zapatillas, me pregunta El Cachorro: «¿Qué marca son mis zapatillas?».

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Argh. «¿Qué más da?», le respondo.

Da la casualidad de que tengo le he puesto unas (de marca) que están recién compradas. No le gustan mucho, a todo esto.

Y al final se descubre el verdadero interés que tenía en saber la marca:

«He visto en unos dibujos unos zapatos que se llaman Geox y que pueden respirar».

Jopé, claro, unos zapatos que respiran, ¡eso sí que tiene que molar!

Periodo de adaptación

Cuando tu hijo tiene periodo de adaptación y tú una reunión de trabajo que se alarga.

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Pues nada, que ahí lo tengo, las dos de la tarde y el crío comiendo del tupper unos cachos de pollo frío en el coche. Lo he tenido que coger del cole y llevármelo a la reunión, fuera de Madrid. Aquí, de vuelta a casa.

Y ahora… hablemos de a quién se le ha ocurrido la genial idea del periodo de adaptación. Quién fue el/la lumbrera que pensó que era necesario que los críos fueran al colegio una sola puta hora cada día durante cinco días. Y que, al sexto, zas, se les metiera seis horas del tirón. Muy lógico todo.

Y que yo tenga que estar en el coche haciendo tiempo, porque a ver quién, en un Madrid, coge y puede irse a hacer recados tan ricamente para aprovechar una hora de caca. Así que nada de irse, a quedarse aparcada a hacer las manualidades que ha pedido la profe (que esa es otra).

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Yo ahí en el asiento del piloto con la radio puesta recortando con tijeras y pegando con pegamento. Menos mal que el colegio de mi hijo se encuentra en una zona muy poco transitada…

Odio los inicios de curso.

Y menos mal que estoy en paro (algo bueno tenía que tener), porque si no tendría que pedirme vacaciones (algo que en mi sector no existe) o directamente hacerme durante cinco días la enferma, vamos, no me jodas. Me cago en todo lo que se menea. Es que creo que ni los astronautas necesitan tanto tiempo para adaptarse.

Lo de la adaptación es un engaño, en definitiva. Es adaptación para los profesores. Si no, al menos, dejarían que fuera algo opcional, como ocurrió en la guarde. Pero no. ¡Qué listooooooosss!

Quemadita ando con el tema… (no sé si lo habéis notado; he sido algo sutil).

Si las miradas matasen

Bueno, hoy Don Bimbas ha montado el número nada más salir de casa para ir a la piscina. Ha sido porque su hermano ha llamado al ascensor en vez de él. Pues para qué quieres más.

Se niega a caminar. Lo hace in extremis, cuando ve que la puerta del ascensor se va a cerrar con él fuera (o con él dentro, según lo que no le convenga). Cuando sale del ascensor, en el portal se vuelve a tirar al suelo para continuar llorando. Pese a que le insisto, se niega a caminar. Así que decido salir del portal y dejarlo ahí. Se cierra la puerta con él dentro.

Él opta por imitar a Montserrat Caballé.

Yo continúo hacia la piscina. En esto que me cruzo con un matrimonio vecino que sale de otro portal de la urba que está más cerca de la entrada de la piscina y que va con dos amigas. Saludo. Cuando me sobrepasan y van hacia mi portal, se encuentran con mi energúmeno gritando desaforado.

BUENO.

Las dos amigas que se dan la vuelta para mirarme escandalizadas. De nuevo miran a Don Bimbas. Luego a mí, de arriba abajo. A Don Bimbas. A mí, que acabo de llegar a la puerta de la piscina, ergo salido del campo de visión de Don Bimbas, y considero que es momento de volver a por él.

Esas dos mujeres me siguen mirando que si las miradas mataran yo ya estaba en el suelo acribillada por una ráfaga de RPK-74 y con dos bombas H en mi ombligo. Porque por lo visto, en sus ratos libres, son jueces, y a mí ya me habían condenado por mala, malísima madre.

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De verdad, lo que hay que aguantar.

Uno para todos y todos para uno

A ver, que a veces soy una madre enrollada…: Nos hemos cascado el pequeño y yo unas carreras de ranas que hay que ver lo bien que lo hemos pasado.

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Pero, claro, tengo seria competencia.

Viene El Cachorro:

– ¡Pablo!
– Qué.
– ¿Vienes a jugar conmigo?
– ¡Tí!

Y va disparado, claro.

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Cómo se entienden, madre mía. Qué presto está el pequeño a jugar a lo que sea que le proponga su hermano mayor. Qué bueno que el mayor considere a su hermano pequeño como un gran compañero de juegos. Qué bien que tengan gustos comunes, qué gusto que estén siempre preparados para encontrar mil formas de divertirse.

Qué gozada ser testigo de este tipo de conversación. Es la esencia de la infancia. Y debería serlo de la vida. Un “¡ti!” como la copa de un pino. Siempre a punto para lanzarse a la aventura.

Don Bimbas disfruta además siendo un juguete en manos de su hermano y de los amigos de su hermano.

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No sé muy bien quién lo pasa mejor, si ellos o él.

Yo no muy bien, porque pienso en la que se puede organizar si se les cae. Así que prefiero darme la vuelta y dejar que las cosas… ocurran.

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