Reflexión trascendental

Cuando tienes niños es apasionante observar cómo van descubriendo cosas por sí solos. Cómo, de repente, la lógica se abre paso y los sorprende o afianza la noción que ellos tienen sobre el mundo. Cómo caen en la cuenta de cosas. Lo importantes que son los detalles, lo grandes que son las nimiedades. Maravilla ver cómo lo que es habitual para ti, para ellos sin embargo es extraordinario. Reconforta comprobar que la vida siempre tiene cosas que ofrecer, que lo que te rodea, no por ser cotidiano, pierde valor. Que lo que te sucede, aunque te ocurra todos los días, aunque sea rutinario, sigue conservando su misterio.

Tener hijos es volver a tener la oportunidad de redescubrirte a ti, de redescubrir el mundo, de redescubrir la vida.

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Acabo de experimentar otro de estos momentos únicos. El Cachorro, sentado en el váter, razona:

“¿A QUE TODOS NOS QUEDAMOS MUY A GUSTO CUANDO CAGAMOS?”

Jaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaajajjajajaa.

O sea, qué ocurrencia.

Ah, pero resulta que no es así el todo… Le cuento al padre la anécdota y me aclara: “Pero si eso se lo dijiste tú”. “¿El qué?”, le pregunto. “Tú le dijiste que uno de los mayores placeres de la vida era cagar”.

Os juro que no me acordaba.

Sí, un día fui así de delicada. No sé muy bien cómo ocurrió la cosa (obvio). El Señor de las Bestias tenía conjuntivitis o algo, y me pidió que le soplara en el ojo. Debió decir que era el mayor placer del mundo y no sé si El Cachorro me preguntó si realmente era así o si yo lo contradije motu proprio, pero yo dije que no fuera cursi, que el mayor placer era cagar. Y El Cachorro se partió de la risa.

Estiramos la broma, claro. Yo empecé a hacer el payaso: “Aquí a cualquiera que le preguntes cuál es el mayor placer te dirá que comer helado de chocolate, que dormir un día entero, que ver un atardecer en la playa, que cagar… menos papá. A papá le preguntas qué es lo que más le gusta y dirá (CON VOZ MOÑAS): “Qué me hagan fus-fus en el ojito, así, fuuuuuussss-fus, en el ojitooo”.

El Cachorro LLORABA de la risa.

Desde aquel día me pide que le repita lo de que a papá le gusta que le hagan fus-fus en el ojito. Y yo, como tengo este déficit de neuronas, o las tengo vagas, he ido olvidando de dónde venía la cosa. Así que hoy, cuando me suelta eso El Cachorro, pensaba que era una idea que venía de él. No me ha hecho sospechar el hecho de que después del “¿a que todos nos quedamos muy a gusto cuando cagamos?”, añadiera: “Menos papá, que le gusta que le hagan fus-fus en el ojo”. No he sido capaz de relacionar las dos cosas.

Luego cuelo cosas en los posts pesando que son ocurrencias de El Cachorro, y resulta que está absolutamente manipulado.

Ni cinco minutos, ni cinco

De verdad, es desesperante. Es recoger a los críos del cole, llegar a casa, y no tener ni una tarde, NI UNA TARDE tranquila. Qué digo tarde, ni cinco minutos.

Yo les prometo: “Portaos bien, jugad, echad la siesta, y a las seis bajamos al patio, ¿vale?”, y me creo que me van a dejar en paz dos horas para que yo pueda trabajar, por ejemplo, escribiendo este blog, que tengo que entregar ya y estoy en bragas. PUES NO HAY JODIDA MANERA.

Llegamos a casa, después de haber vaciado sus zapatos de arena y piedras en la calle, pensando “esta vez no me pillan, está vez mi salón no va a parecer el Sahara, esta tarde va a fluir sin incidencias”, y me pongo un plato de pasta con bien de queso. Voy al ordenador para comerlo mientras trabajo, y cuando llevo dos tenedores aparece El Cachorro. Quiere otro plato, aunque él haya comido en el colegio. Me levanto, se lo preparo, se lo caliento en el micro y se lo pongo. Me vuelvo a sentar frente al ordenador. Oigo lío en el salón. Andan ambos a la gresca. El pequeño se señala la pierna y se queja a limpio lloro del mayor. El mayor dice que el pequeño llora de mentira. El pequeño llora más fuerte. Pero cuando el mayor insiste en que es mentira, el pequeño entonces se ríe. Tenía razón, como la mayoría de las veces, pero es que los lloros desesperados de Don Bimbas son muy convincentes…

Los dejo ya calmados. Me siento. A los dos minutos Don Bimbas me pide que le cambie no sé qué cartucho de no sé qué juego con el que está. Voy, vuelvo y me vuelvo a sentar. Les pido que por favor me dejen un rato. Y, sí, me lo dejan. El rato justo que les cuesta ingeniar algo para volver a hacer una gatada. Esta vez es un “¡CRASH!”. Cuando voy, resulta que el pequeño…

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… ha tirado un vaso de cristal al suelo, convirtiéndolo en añicos. ME-CA-GÜEN todo. Ya empiezo (mucho he tardado): “De verdad, hijos… ¿¡en serio no es posible que no me la lieis ni una sola tarde, ¡NI UNA SOLA!!? ¡¡Madre mía, qué hartura!!”

Me pongo a barrer, preguntándome si en vez del vaso amarillo que tenía yo, lo que ha roto Don Bimbas en mi salón era el mismísimo Palacio de Cristal de El Retiro, pues no paro de encontrar cachitos por todas partes. En serio que estoy convencida de que, si los pego, me salen el vaso amarillo, una jarra y un quinqué.

Les digo luego de salir del salón, que voy a poner a Saturnino (el aspirador redondo que trabaja solito) a currar. Y les pido que vayan a su habitación. Me siento.

Como veinte segundos después, ya aparece en mi despacho el primero, Don Bimbas. Abre un cajón que tengo aquí de juguetes más para peques y lo empieza a sacar. Al poco se une El Cachorro.

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Vivo en una casa de cuatro habitaciones, dos baños, cocina, salón y terraza, y no encuentran lugar mejor para instalarse a jugar que en mis pies.

Del cajón no sacan uno o dos juguetes. Los sacan TODOS. Entre ellos uno que odio especialmente, que es un libro musical, con lo que me toca escribir al ordenador al son de “que llueva, que llueva la virgen de la cueva” y “cucú, cantaba la rana” entonadas por una voz repelente.

Cuando está todo ya bien esparcidito, y calculando lo que les cuesta hacerme caso con las cosas, si pretendo bajar al patio a las seis y son las cinco, les tengo que empezar a pedir que recojan todo AHORA. Como temía, se sucede la retahíla de “recoge, recogeeeee, si no recoges todo abajo no vamos”, etc.

En esto que Don Bimbas me pide “cao”. Así que mientras sigo exigiendo a El Cachorro que recoja (“¡¿y Pablo por qué noooo?!”), voy a la cocina a preparar la leche. Cuando ya la he hecho y me voy a sentar, El Cachorro: “Yo también quierooooo”. Pues, venga, a repetir proceso.

Los siento en el salón con su leche con cacao y sus galletas. ¿Cuánto ha durado la paz? Tres minutos exactos. “¡Mamáááááá!”, es El Cachorro, y me llama con ese tonito de “me voy a chivar de algo que no te va a gustar nada de nada”. Os juro que me pienso si siquiera contestar, porque sé que me espera otro desastre. Pero lo hago: “¡Qué!” “Pablo ha tirado la lecheeeeeeee”. ARGH. “¡Voy!” Durante mi trayecto, El Cachorro me va poniendo desde el salón en antecedentes: “La ha tirado toda, toda”. Así, para animarme.

Llego y, para mi desgracia, El Cachorro tenía razón.

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Como conozco a mi hijo pequeño, por la forma y la distancia en que ha caído la taza, y por la cara que pone, sé que lo ha hecho a dredísimo. Voy a por una bayeta y a la vuelta me topo en el suelo con algo que no había visto antes y que me confirma que el desaguisado no ha sido sin querer, y es un trozo de galleta de chocolate en el suelo, que también por la zona en la que se encuentra, deduzco que no ha llegado ahí casualmente. Este nuevo hallazgo ya me decide a coger al pequeño y decirle que vaya por Dios, que qué mala pata, que no va a poder bajar a jugar con los vecinos, que se queda en su habitación. Por supuesto, protesta.

Ahora me toca preguntar a las vecinas si van a bajar con sus hijos y si les puedo mandar a El Cachorro, porque no es justo que él esté castigado. Este, por su parte, que es taaaaan solícito (ejem), aprovecha mientras para avisarme de más sucesos: “Ven, mira esto que también ha hecho Pablo que te va a enfadar muchísimo”. Y me enseña una pizca de chocolate que hay en una esquina del hule de la galleta que ha lanzado Don Bimbas en plan proyectil.

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O sea, va al detalle.

Se viene arriba, al ver que está ganando posiciones conmigo a “mejor hijo de la jornada”, y para terminar de conquistar el título, me comenta: “En Religión nos dicen que tenemos que hacer felices a nuestros padres y a nuestros amigos y a todo el mundo. Por eso cuando me has dicho que recoja los juguetes, he recogido”. Jajaaaja. “Ah, ¿sí?”, le replico, “pues para eso hay que hacer las cosas a la primera, no después de trescientas veces que te he dicho que recojas y que esperes a que te diga que si no lo haces no hay patio”. Y me replica: “Es que no lo he pensado, lo de hacer feliz a mis padres. Después cuando lo he pensado he dicho “ah, sí, no me acordaba de eso”, así que he abierto el cajón y he recogido”. Tiene respuestas para todo.

¿Pero no es verdad que seguro que es así como ha sucedido todo? No lo digo con ningún sarcasmo esta vez. Seguro que ha sido así, que al principio no lo ha pensado y luego se ha acordado. Qué crack.

En fin, que mientras recibo contestación por parte de mis vecinas, siento a El Cachorro a ver la tele. Ya son las seis y veinte de la tarde. Acto seguido, voy a observar a Don Bimbas, al que he dejado antes llorando y ya no oigo (¿será por Saturnino, al que he vuelto a poner en marcha?), porque temo que se haya tomado la revancha en forma de “me meo encima”. Y cuando voy a su habitación…

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Era una posibilidad, claro. Es un efecto que suele ocurrir.

Por fin, una vecina se presta a ocuparse de mi hijo y mando a El Cachorro abajo. Escribo estas líneas a las siete menos diez de la tarde. Con suerte tengo una hora para mí. Todavía no me he puesto con la entrega para Cosmo. Ya veis en qué he invertido la tarde. Y con pre-escribir este larguísimo post ya me puedo dar con un cantico en los dientes.

Ahora, decidme con sinceridad qué pensáis…: ¿¿No me estoy ganando un sitio privilegiado en el cielo??

Futuro campeón de España de judo

Bueno, pues tras darle vueltas y más vueltas, desde mayo si me apuras, que a ver a qué extraescolares te vas a apuntar, que qué quieres, que qué te parece judo, que tu abuelo fue campeón de España junior, que ya verás qué guay, que puedes hacer llaves, que qué son llaves, que sí, venga, que te apunto, que no quiero, ¿seguro?, que no, y así… por fin me he salido con la mía. Nos hemos saltado todos los plazos y es la tercera vez que modificamos las extraescolares, pero he conseguido que El Cachorro vea el judo con buenos ojos.

Hoy hemos ido a comprarle el judogi, así como atuendos para tenis, que también quiero hacer un Nadal de él, y un bañador para natación, pues va a ser el sucesor de Michael Phelps.

Cuando le estaba probando, le he dicho que esperara un segundo, que le iba a hacer una foto para mandarle a su abuelo. Y se ha prestado encantado.

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Ya verás, al abuelo le va a dar un mal cuando le vea esa pose, así como de… KARATEKA.

Forzudo

Cualquier lugar es bueno para estos críos para colgarse. Habría que echar un ojo a su árbol genealógico, porque para mí que el paso de simio a humano aconteció en mi familia más tarde. O a ver si es que algún antepasado tuvo aficiones zoofílicas, porque estoy convencida de que por sus venas hay algo de sangre de orangután…

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Pero no os perdáis al pequeño… Se cuelga ¡de una mano!

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Las oposiciones a bombero, ¿cuándo decís que son?

Pereza y alzhéimer

Brócoli, zanahoria, queso, pan, manzana, sandía. Es lo que en los últimos días le he dado a Pérez.

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Está claro: el ratón come mejor que mis hijos. Es el rey de la casa.

Sobre todo, hoy, que no me apetecía hacer nada. Que quería un plan de los míos, de los de estar empijamada y tiradaza. Plan de foqueo máximo. Así que he conducido a mis hijos al lado oscuro. Pasando de paseos, de comida equilibrada, de juegos estimulantes. Nos hemos visto dos pelis seguidas y nos hemos alimentado de palomitas.

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Claro, luego resulta que el pequeño, hablar no sabe, pero “¡pischa, pischa, pischa!”, eso bien que sabe decirlo…

Le pirra la pizza. Y esta palabra la debe de considerar tan básica como “agua”, y dentro del área de la alimentación, es lo único que, junto al agua, ha aprendido. Bueno, y “cao” (Cola Cao). Ni queso, ni jamón, ni pescado, ni plátano, ni filete, ni nada de nada. Pischa. Jíbalo.

Lo suyo igual es pereza mental. Yo, desde luego, la tengo. Sabéis quienes me seguís que mi fuerte no es la memoria. Y me viene de familia. Tenemos un historial de Alzheimer y demencia senil bastante interesante. A mí cada vez me cuesta más recordar algo. Esto es una característica mía lo mismo que ser morena o tener una peca en el labio inferior. No me acuerdo de las cosas. Apenas tengo pasado. (De hecho, de ahí este blog o que guarde historiales de mensajes ocupando toda la memoria de mi móvil).

Fijaos si está clara la cosa que mis hijos (al menos El Cachorro) no solo se han dado cuenta de esto, sino que ya está ideando cómo sacarle partido.

Estamos en el salón, después de habernos pegado la tarde viendo la tele, y les pido que se pongan a cenar. Noto cierto remoloneo, y procedo a advertirles. Y se sucede la siguiente conversación con mi mayor:

– Si luego no cenáis bien no os pondré pelis.
– ¿Cuándo, para siempre? – se interesa.
– Desde luego no dos seguidas como hoy, o no la que queráis.
– Da igual, se te va a olvidar en diez días…

Hale, pues en estas estamos.

Cambio radical de actitud (¡Por fin!)

Día 13 de cole. Desde que empezó el curso, El Cachorro ha montado un número todas las mañanas en la fila de entrada. Lloros, gritos de “no, no”, se me agarraba a la pierna…

El viernes pasado su padre le dijo que, si no lloraba, podría ir a la finca por la tarde, cosa que a él le encanta. Y fijaos si es grave el asunto, que también montó pollo. (Aunque luego se agarró a que, vale, pollo montó, pero no soltó lágrimas. Una diferencia sustancial. Así que acabó yendo a la finca).

Esta mañana en casa, antes de ir al cole, de repente se me acerca y me pregunta: “¿Si hoy no lloro se lo contarás a papá?” Le he dicho que por supuesto, que yo siempre le cuento todo, tanto si llora como si no llora. Y se ha dado la vuelta y ha seguido con sus abluciones.

Una vez en el cole, subida la rampa y en los aledaños de las colas de los críos, me dice El Cachorro: “Un besito”, nos damos un beso y, tan pichi, coge y se coloca él, motu proprio, en la cola. Esto es algo INAUDITO. Desde ahí, me ha saludado todo el rato con la manica, sonriendo.

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Dios mío, qué alegría, QUÉ ALEGRÍA.

Hoy, la que ha llorado he sido yo.

Soy una mujer permanentemente chuleada

Cuando yo era pequeña, si alguien me daba una chuche o un dulce, era de las de guardarlos. Tenía mucho mérito, porque ya conocéis mi pulsión hacia el azúcar y lo mucho que me gusta el foqueo. O sea, el esfuerzo era ímprobo. Pero acumulaba para, en un momento determinado, poder darme el atracón. O para que nunca me faltara un dulce que llevarme a la boca, no fuera a ser.

Pero yo tenía un hermano pequeño (y milagrosamente tengo, porque lo hubiera asesinado lentamente) que acostumbraba a descubrir mis pequeños escondites y se jalaba todo lo que encontraba. Dice mi madre que en muchas ocasiones lo veía mascando, tan contento, y le preguntaba: “¿De dónde has sacado eso?”, y él señalaba un armario de la ropa, por ejemplo. Así, cuando yo iba en busca de mis glucémicos tesoros, solo encontraba telarañas.

Pues bien, después de pasarme la infancia siendo esquilmada por mi despiadado hermano, he pasado a ser chuleada por mis propios hijos.

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Fiel a mi naturaleza, hoy en día hay varios tipos de dulces y porquerías varias repartidos por la cocina. Tengo que tener siempre una remesa a mi disposición. Así que hay tabletas de chocolate, barras de chocolate, galletas, chuches, golosinas, etc. Una de mis múltiples debilidades son los morenitos. Son como unas pastas gordas y redondas recubiertas de chocolate. Como los nevaditos, pero en marrón. Pues bien, eso en su día fue catado por El Cachorro y anda siempre atento a si hay o no hay morenitos.

Últimamente tenía un paquete que había colocado estratégicamente en la nevera, en la parte alta, por atrás, para que nadie lo viera. Pues voy a por una dosis de morenitos… ¡¡y ni rastro!! Voy directa a preguntarle a El Cachorro, y me asegura que él no sabe de qué estoy hablando, mientras esboza una sospechosa sonrisa y veo crecer su nariz a velocidad supersónica.

No hay duda. Los morenitos residen en su estómago. Es más, puede que ni eso. Creo que se los comió hace tres días.

Ser robada es mi sino. Ya lo puedo ir asumiendo.

Pero El Cachorro sabe compensarme… Estamos en un cumple de una vecinita y llega uno de mis momentos favoritos: la tarta. Cogemos todos los invitados un trozo, y ya con el mío en el plato se me acerca El Cachorro con el suyo. Su trozo tiene un canutillo de chocolate encima:

– Toma el palito, mamá, para que sea el mejor día de tu vida.

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Y lo es, vaya si lo es. Y no por el canutillo.

Obediencia inexplicable

No me lo explico. No sé cómo lo hacen. Es que me quedo “aluciflipando” (término que escuché el otro día a un gay en un programa televisivo cultural: “Quién quiere casarse con mi hijo”). Voy a recoger a Don Bimbas al cole, y me coloco en la cola de los padres. Tenemos que ir por orden hacia la puerta, cada uno enseñando el carné de nuestro hijo, la profe dice su nombre y el pequeño en cuestión sale. Siguiente.

El caso es que desde fuera yo ya veo a Don Bimbas. Y Don Bimbas me ve a mí. Ese pequeño ser que hace en la vida lo que quiere sin necesidad de pedir permiso, sobre todo cuando algo le hace una terrible ilusión, como en este caso verme.

Atención ahora: él me ve y sonríe que me lo como y me hace así con la manita. Yo también le saludo con la manita y también sonrío que parezco El Joker (es que no sé a cuál de los dos nos hace más ilusión vernos) … pero él NO SE MUEVE. Está sentado, formal, esperando su turno.

Se muere de ganas de levantarse y correr hacia mí. Pero ESPERA SU TURNO. Ni el amago hace. De lo más formal.

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(Foto del niño con dos caras).

En serio, ¿¡cómo lo consiguen!? Lleva tres días en el cole y ya tienen más éxito que yo en dos años y nueve meses. Y eso que soy una madre poco laxa. Tengo referencias de algunas muy lánguidas que no pueden con sus hijos y no son capaces de hacer que dejen de dar por saco. Yo no soy de esas. Yo soy de las que si no se saben comportar como deben (por ejemplo, dejando de mover o tirar objetos de la casa de otra persona, o de saltar con los zapatos puestos en su sofá), los agarro, les riño y, dependiendo de su reacción, me los llevo. Soy de las que cumplen amenazas. Soy de las que me preocupo de que no me tomen por el pito del sereno (aunque lo hagan, pero no les sale gratis).

Es decir, jamás me veréis: “Fulanitoooo, ¡Fulanito!, suelta eso, ¡suelta eso!”, Fulanito se le ríe a la cara, no solo no suelta eso, sino que coge otra cosa, y la otra se da la vuelta y se lamenta a su amiga “hija, ni caso me hace…” y sigue con el café.

Pues bien, no me explico cómo yo tengo que andar gestionando pollos sin parar, cómo tengo que estar luchando todo el rato, que estoy agotada, cómo ando discutiendo, y en el cole al indómito Don Bimbas lo tienen totalmente bajo control.

¿QUÉ NARICES ESTOY HACIENDO MAL?

Me rindo

Mirad lo que acaba de ocurrir en mi sofá:

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Eso es pis.

Otra vez. De nuevo. Se repite la jugada. Cuatro días después, el mismo marrón.

Os lo juro. Me va a dar algo. Soy una madre desesperada. Me doy.

Pese a todo, no reacciono como la otra vez que os conté, que batí los records de mala madre. Me propuse no volver a dejarme llevar por la ira extrema y además no tenía motivo. En aquella ocasión Don Bimbas se meó básicamente porque le salió de la polla del pito, nunca mejor dicho. Para joder. (Siento el vocabulario, pero entendedme). Pero esta vez ha ocurrido (o eso creo) porque se ha echado una siesta de campeonato y se le ha escapado mientras estaba en fase R.E.M.

No, de verdad, lo del pis en el sofá me desequilibra. Hay que quitar las fundas, que cuesta un huevo, porque están como a presión, lavarlas, plancharlas, que cuesta otro huevo porque la tela es como gorda, y volver a rellenarlas, que cuesta mil pares de huevos porque para mí que encogen en cada lavado y meter el cojín te garantiza que sudes, que te hieras y que te cabrees. Y que se rompa la tela y se salte la cremallera, como me pasó el otro día.

El relleno de los cojines. ¿Cómo coño se lavan unos cojines de pis? ¿Alguien lo sabe? De nuevo hago como en la otra ocasión. Prácticamente vacío un bote de amoniaco perfumado encima, más otro de alcohol de 70º (o sea, lo que pillo por casa, que solo me ha faltado rociarlo con vinagre de vino y mostaza), y saco los cojines a la terraza, a que un año de estos se sequen, porque están ahogados en líquido no sé si corrosivo.

Y el salón parece, una vez más, Sarajevo en guerra. Y no nos podemos sentar en condiciones a ver la tele. Y a mí que todo esté “mal aspectoso” me enajena, desubica, estresa y deprime. Y me entra como una flojera y un “me largo a un spa una semana entera, olvidadme” que no os podéis hacer idea.

En fin, quién dijo que ser madre iba a ser fácil…

Niños en IKEA

Hola, soy la animada que se va sola con sus dos hijos pequeños a IKEA de compras. Yessss.

Mis hijos son movidos, y no muy obedientes (El Cachorro cada vez menos, maldición).

Si El Cachorro hace algo que está mal, ten por seguro que Don Bimbas va a ir detrás a hacerlo. Aunque entre medias yo ya haya advertido de que eso, no. Lo primordial es hacer lo mismito que su hermano. Así que tengo que andar vigilando que no propinen una patada a nadie…

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(Aquí Don Bimbas emulando a la de la tele, que es una especie de Eva Nasarre de IKEA)

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(Aquí El Cachorro haciendo una exhibición). (Fijaos en el sillón de atrás).

… que no tiren nada de cristal cuando sueltan los carritos que les he tenido que coger a cada uno para hacer carreras…

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… y también avergonzándome cuando en un descuido se suben a un colchón y una dependienta les llama la atención: “Niños, a los colchones no os subáis, y menos con zapatos”.

Así, el recorrido por la laberíntica tienda se alterna con momentos divertidos…

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“¡Aaah, soy un precio, cómprame, cómprame!”

… seguidos de otros muy tiernos…

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(Se los quería llevar sí o sí)

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… de otros estresantes…

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(“¡Pi! ¡Piiiiiiiiiiiii!”, grita Don Bimbas. El tío meándose y tú en medio de la nada, con el baño más próximo a tres kilómetros. Cuatro, si te pierdes).

… y otros desesperantes, cuando ambos deciden sentarse en TODOS los salones que encuentran a ver la tele o cuando el pequeño pone en marcha su performance diaria de sentarse en el suelo y no querer moverse porque se ha contrariado por algo, que bien puede ser que se le ha cruzado una mosca en su camino.

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En fin, que llegas a casa molida y te topas con tus vecinas que te dicen: “¿Pero por qué nunca haces deporte? ¿Por qué no te animas a apuntarte al gimnasio con nosotras?”, y a ti te entra la risa nerviosa.