El miedo da sueño

Nos situamos en lo que viene siendo la tarde de después de comer. Ya llevaban los dos petardeando en su habitación una hora. Ni siesta ni nada. Bueno, vista gorda. Ah, pero cuando me he asomado y he descubierto que se habían cargado uno de los libros que tienen prohibido cargarse, he entrado en cólera.

Porque ya tienen unos cuantos que destrozaron y son “los permitidos”, los que pueden manosear y tirárselos a la cabeza si quieren. Están a su alcance en una estantería del salón.

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Pero estos son sagrados.

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Así que les echo la correspondiente bronca y decido separarlos para que duerman la siesta. Me llevo al pequeño a la cuna que aún está en mi habitación. Sí, esa cuna en la que a veces le castigo y de la que se escapa con una facilidad pasmosa.

Por supuesto lo hace. Lo de escaparse. Mientras llora protestando porque no quiere dormir. Llega hasta la puerta de mi habitación con intención de seguir por el pasillo y yo me asomo desde el salón y le echo un bufido para que no se le ocurra salir.

Le debo de imponer un poco (creía que nada de nada, en serio), porque a los tres minutos, desde el sofá, dejo de oírle llorar. Y cuando echo un vistazo, me encuentro con este panorama…:

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Dormido en el suelo porque no se atrevía a venir hasta el salón (a sabiendas de que me iba a enfadar y lo iba a volver a colocar rauda en la cuna, con el agravante de cerrarle la puerta de la habitación).

Por qué será TAN TERRRRRRCO, me pregunto.

Para mamá

Acuesto a los niños y al rato viene su padre a casa. Se ha llevado a El Cachorro a comer con él. Me da una servilleta de papel con un par de bombones.

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“Los ha guardado para ti”. Y me cuenta que en el restaurante donde han comido ambos, la camarera le ha dado los bombones. Y que él le ha dicho que se los comiera, o que uno para él y otro para él. Y el pequeño ha dicho: “No, son para mamá”.

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Ni bombones ni leches. Me lo como a él.

Pero eso no es todo, apenas dos días después, vuelvo a casa tarde del trabajo y no llego a ver a mis niños. Cuando reparo en la bolsa de gominolas empezada que hay en el sofá (como para escapárseme el detalle, ya me conocéis), me cuenta el Señor de las Bestias que cuando ha cogido El Cachorro la nube (jamón, le llamamos en Navarra) y le ha pegado un par de mordiscos, le dice él (él, el padre): “Hala, la favorita de mamá”.

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Al rato, se fija en que el crío seguía con un trozo en la mano. “¿Qué haces, cariño, por qué no te la comes?”, y él le contesta: “No. Es para mamá”.

Y… ¿qué digo o qué hago yo ahora que esté a su altura?

El apostón

Tiene El Cachorro la costumbre de asignar adjetivos calificativos al personal en concordancia a las acciones que ve que realiza o de las que es objeto de su parte. Así, el que pega es pegón y el que grita gritón y el que llora llorón. Hasta aquí todo correcto.

Están él y Don Bombas jugando con el parking. Don Bimbas pasa de las rampas, en su línea, y precipita los coches desde el último piso para que se estrellen contra el suelo. No le puede gustar más ese juego. El Cachorro se indigna: “Lo has hecho aposta. ¡Eres un… apostón!” Jaaajajjajaa.

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Más tarde coge El Cachorro un juguete, se lo cambia Don Bimbas por otro: “¡Jolines, qué cambión es!”

Me recontrachifla esta tendencia que tiene de sustantivar todas las acciones que se producen a su alrededor.

Y que por muy cambión y apostón que sea su hermano pequeño, lo quiera luego tanto…

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Él sí que es un quierón.

Harto

“Mamá manda mucho”, observa El Cachorro.

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Sí. Así es. Lo tiene claro el padre (más cómodo para él no puede ser), y veo que también El Cachorro. Aquí mando yo y punto.

Pero, adalid de la justicia, el peque decide equilibrar la balanza. Toma una decisión familiar: “Mandas mucho. Ahora va a mandar papá. Porque siempre mandas tú”.

Lo que no sabe es que a su padre no es que le haga el gran favor. Porque se da la circunstancia de que quien sabe mejor qué hacer, cuándo hacerlo y de qué manera, oui, c’est moi. Así que el Señor de las Bestias hace un poco de mutis por el foro y El Cachorro, pobre, se rinde a la evidencia. Manda mamá.

Menos mal que en general no me lo tienen muy en cuenta y aún me ajuntan.

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Porque, señores y señoras, el rol de mandona no es el mejor del mundo. Pero es el necesario. Pues hay que bañarse, hay que recoger, hay que ir a la cama a una hora medio decente… y alguien tiene que decirlo.

Mi recompensa llegará tarde. Pero llegará. Seguro.

Día minion de los enamorados y amor en el portal

Dibuja El Cachorro lo siguiente:

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“¿Qué es, cariño?”, le pregunto. “Un minion enamorado de un plátano”.

Vamos, es que está CLARÍSIMO.

A expresar conceptos con dibujos esquemáticos NO-LE-GANA-NADIE.

Hoy, por si no lo sabéis, que bien puede pasar, porque apenas se habla de ello, es el día de los enamorados. Hoy llego a casa del cole con los críos y el portero me da un ramo de flores que ha dejado un repartidor a mi nombre.

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El Cachorro indaga:

– ¿Quién te lo ha regalado?
– Un admirador secreto – le digo.
– ¿¿Te lo ha regalado el portero??

JA, JA, JA, JA.

Love is in the air.

Aguantar la risa

Les echo la bronca a los peques. A El Cachorro, zas, le entra la risa. Le sucede con cierta frecuencia. Él y yo sabemos que le entra la risa EN EL PEOR MOMENTO. Y lo pasa mal (y yo. Uno, porque me toca la moral, y dos, porque me contagia). Intenta mirar para otro lado. Hace muecas. Suda.

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Lo entiendo taaaan bien. Pero me tengo que enfadar. “¡Como te rías te enteras!” Se tapa la boca con fuerza. Yo creo que hasta se pone bizco. Un día va a explotar, el pobre.

Tiro al pichón

Va persiguiendo a las palomas con el pan en la mano, porque cree que darles de comer consiste en enseñarles el pan y que vengan a por él.

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Le gritamos “¡tíraselo, tíraselo!” En efecto, les tira el pan, ¡pero tira A DAR!

Tiro al pichón, creo que se llama esto.

Es entonces cuando me pregunto si lo que en realidad quiere es alimentarlas para cebarlas y luego matarlas para meterlas en la cazuela.
Que no cuente conmigo, todo sea dicho.

Con esa pinta angelical que se gasta…

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… qué mala idea tiene, el jodío.

A vueltas con la comida

En la cena con El Cachorro…:

– ¿Qué comida te gusta más? – le pregunto.
– ¡Me gusta todo!
– ¿Todo?
– ¡Sí!
– Pues mañana te pongo guisantes.
– Noooooo.
– ¿Pero no te gustaba todo?
– Pero lo que no me gusta, no me gusta. Como el pescao.

Pues claro, superlógico.

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Yo no desisto. Estoy empeñada en que mi hijo pruebe cosas. En otra cena contraataco. Laminera que soy, cuando llega el postre pido tocino de cielo. El Cachorro pide su postre tradicional: helado de chocolate.

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Pero, reitero, quiero que deguste más cosas y que no se pierda lo bueno de la vida.

– Cariño, prueba.
– ¡No quiero!
– Que sí, que está buenísimo.
– ¡Que no!
– Es mi postre favorito – insisto mientras le acerco una cucharada había su boca. Y me contesta:
– Mejor para ti.

Hale, zanjado.

Castigo para una madre impaciente

Esto es una madre que se muere por que sus hijos aprendan a esquiar y se viene arriba cuando ve que El Cachorro mantiene el equilibrio sobre las tablas.

Esto es una madre a la que le pueden las ganas y hace lo que no debe, que es tomarle la palabra a su hijo cuando le dice: “Ya sé esquiar, mamá, no me hacen falta clases”.

Esto es una madre que tira a su hijo, que lo justo hace la cuña, por una pista larguísima con sus pendientes curiosas. El primer tramo, bien. Pero cuando ya están ella y él a una tiradita (muy por debajo) del huevo que había para bajar al pueblo, es decir, en el punto de no retorno…

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… el pequeño esquiador empieza a dar problemas. Despatarre, lloros, miedos…

La madre tiene que optar por esquiar pegada a él, colocándolo entre sus piernas, que acaba separando de tal forma que hace una cuña que viene siendo más bien un espagat. Porque el crío hace una cuña ancha como Castilla y las piernas de su señora madre van por fuera, no sé si me explico. Bueno, he aquí la foto:

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Y esa madre va frenando lo más grande, con lo que hace una fuerza en las piernas espectacular. Los músculos, esos que no usa jamás, ni esquiando, dado que hay que decir que practica este deporte con cierta facilidad y no le cuesta mucho esfuerzo, están a punto de reventar. Los muslos pesan. Queman.

Pero la pista es interminable. Y El Cachorro está cada vez más cansado y temeroso. Así que la descerebrada madre decide atajar:

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(Mira, una modalidad de esquí que jamás había practicado).

Esto es una madre que acaba teniendo agujetas dentro de las agujetas.

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Pero que lo lleva con estoicidad.

(Soy muy consciente de que ha sido culpa mía y he aprendido la lección. Espero que no se me olvide cuando le toque el turno a Don Bimbas).

Por la espalda

El chiquitico no sabía con quién se las estaba viendo cuando le plantaba a su padre su galleta en la boca.

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Porque es un señor que no tiene contemplaciones. Así que coge y se la jala. ENTERA. Don Bimbas está que no sabe por dónde le ha soplado el aire. Yo hago como que no me doy cuenta, no digo nada, y poco después le pregunto: “¡Pero bueno! ¿Y tu galleta?”

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Y he ahí el dedico acusador. Y la cara de “no estoy dando crédito”.

Nunca es tarde para que aprenda que no se debe fiar ni de su padre. Sobre todo de su padre.

Y si te pones, ni de su abuelo.

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Esta es la prueba fehaciente de que por muchos años que cumplas, si quieres puedes seguir siendo como un niño.