Sueño

Yo esta noche desaparezco un poco del mapa porque me tengo que quedar trabajando en el ordenador. Cuando después de haber invertido un largo rato sentada tecleando, ya bastante cansada, doy por zanjado el curro, me levanto y me asomo al salón, me encuentro este panorama.

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Los tres roncando. Que no sé si les ha picado la mosca tse-tse, ha caído una bomba nuclear, es un virus extremadamente contagioso del que yo soy inmune o qué. No pueden estar más K.O.

 

Y muy guay todo, claro, porque es de madrugada, la mesa de la cena está sin recoger, los niños sin haberse cepillado los dientes ni cambiado, los cacharros sin fregar… No sé si pegar un bufido para despertarlos a los tres de un susto o si irme de puntillas a mi cuarto, cerrar sigilosamente la puerta y aquí paz y después gloria.

 

Patinaje sobre hielo

Y aquí por hielo se entiende nivel de frialdad e indiferencia que alcanza la emoción de El Cachorro al ponerse los patines que le han regalado.

Hoy, que ya han pasado los suficientes días muertos del asco en su caja, decido que los estrene. Así que nos bajamos, no sin antes pasar por el trastero para coger los míos, que hacía DIECISIETE AÑOS que no me los ponía, y nos los colocamos en el patio. La cosa se antojaba peligrosa.

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Pero, en cuanto a mí… ahí voy. Más o menos me manejo. Y eso que recuerdo como si fuera ayer por qué los dejé aparcados, y fue porque pillé una cuesta en El Retiro que parecía no acabar nunca, pero sí que lo hacía: en una de las salidas del parque a la carretera. Yo veía cómo me dirigía, o más bien precipitaba, hacia esa “meta”, pero no sabía parar, no podía, desconocía cómo hacer funcionar los frenos, y valorando cómo quería morir, si atropellada o de un golpe, me incliné por la caída morrocotuda, así que hice un requiebro en forma de parábola por si sonaba la flauta y así conseguía ir hacia arriba y podía detenerme pero, como era de esperar, la vía por la que me deslizaba con ese trepidante acelere no tenía anchura suficiente, y en vez de disminuir la velocidad, me pegué EL TOÑAZO de mi vida. Sangre, dolor, gente rodeándome preocupada, llamada llorando al que era mi novio para que me viniera a recoger, rodillas a la virulé… y patines a guardar bajo siete llaves. Hasta hoy.

Bueno, pues yo encantada de la vida y mi hijo…

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Ojo a la cara de pasión de El Cachorro con sus patines nuevos. Y disfrazado de paje, que hoy ha ido así al cole y no le hemos cambiado. Qué estampa.

No hemos triunfado nada. Más que intentar patinar, se ha dejado llevar en volandas. Vamos, que para cuando se quiera volver a poner los patines, le han crecido los pies y los tenemos que dar.

 

El animal de hoy

El animal que ha venido hoy a pernoctar a casa es una salamandra.

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Cómo no, como viene siendo ya tradición, el Señor de las Bestias pide a sus hijos que le den besitos. Y los otros cogen y se los dan.

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Argh. ¿¿Pero qué necesidad?? ¿¿Qué perra tiene el padre siempre con que les den besos a los bichos, ya sea un suave, esponjoso y lindo conejito que un sapo repulsivo o una cucaracha de Madagascar??

 

La salamandra mola todo. Pero yo no la voy a besar.

El monstruo de las galletas (saladas), calcado a su madre

Don Bimbas es un bebé para lo que quiere. Me hace monadas de bebé y demanda mimos de bebé. Y aún toma puré y leche con cereales en biberón como un bebé y tira platos enteros de comida al suelo como un bebé.

 

Pero las galletas redondas saladas…

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… ENTERAS A LA BOCA.

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Por supuesto esto no ocurre solo con las galletas. En un restaurante, pedimos para los pequeños los clásicos pasta con tomate, lomo y croquetas, y los mayores nos preparamos para el homenaje.

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Pues bien, Don Bimbas que lo ve y se lanza en plancha. Se me cuelga del brazo y no puedo ni pelar la gamba. Y si la consigo pelar, es para él. Yo no sé cuándo ha probado una para estar tan obsesionado.

 

Y cuando terminamos, como yo siempre me quedo con hambre, le pido al Señor de las Bestias que me unte pan en su salsa de cabrales. Y Don Bimbas, detrás.

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“Definitivamente es como tú “, dice su padre.

El musical

Nos vamos al Parque Warner.

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Un día chulo pero helador. Cuando oscurece, decidimos ir a coger sitio para ver un espectáculo que anuncian. Cuando da comienzo, para mi decepción, compruebo que se trata de un musical absurdo.

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Pienso que mis hijos me van a echar en cara la espera de un cuarto de hora pasmaos de frío para ver esa moñez.

 

Pero me fijo en Don Bimbas…

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Oye, obnubilado. Con qué atención atiende a.l musical, tú. No pierde detalle. No, si al final vamos a tener que ir a sacarnos fotos con esas gentes…

 

A ver cuándo aprendo que las cosas no tienen la misma magia para mí que para mis hijos.

 

¿Todavía quedan dos días para el lunes?

Sábado sabadete.

 

Por fin. Un día entero con mis niños, a los que tanto echo de menos durante el resto de la semana, que solo los puedo ver para la cena y acostarlos…

 

Les doy el desayuno prometiéndome un día de escándalo y en efecto el escándalo comienza cuando Don Bimbas se tira todo el ColaCao por encima. El pijama estaba limpio de ayer. Hago la vista gorda y me voy a fregar los cacharros. Justo después, me asomo al salón y veo que el pequeño me ha preparado un buen entretenimiento… Ha convertido la plantita favorita de su padre en sparring.

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Se la ha cargado a espadazos. Así, sin contemplaciones. Encuentro pétalos por doquier. Así que saco el aspirador después del broncón y, hale, a pasarlo por el suelo sin olvidarme de mover sofá y mesa, porque esos etéreos y malditos pétalos se meten por todos los lados.

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Mientras me hallo con ese menester, ya bastante calentita, entro en cólera cuando veo que están ambos tirando desde la mesa las pinturas al suelo, con lo que se rompen y el suelo se mancha. Odio que no traten bien sus cosas. Así que les digo: “¡Esto no puede ser! ¡No apreciáis nada! ¡Les voy a escribir a los Reyes Magos para decirles que no os importan vuestras cosas, que no las cuidáis, y que no os traigan nada, porque el problema es que tenéis demasiado! ¡Ya está bien! ¡Todo el día rompiendo lo que pilláis!”

 

A los cinco minutos, limpiando una estantería, se me cae un portarretratos, que se descuajeringa en el suelo.

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Y me salta El Cachorro: “Ahora les voy a escribir yo a los Reyes y les voy a decir que no te traigan más cuadros… ni más ropa”.

 

JAAAAJAJAJAJAA. Según él me cargo el cuadro igual que les pasa a ellos cuando rompen cosas (adrede), y me da de mi propia medicina. Y por si no fuera poco, “NI-MÁS-ROPA”, dice. Lo añade para darme donde más me duele. ¿¡Cómo es tan espabilado y tener tan mala baba!?

 

Tras el episodio “chivarse a los Reyes Magos”, aparece Don Bimbas sangrando.

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El Cachorro reconoce que le ha empujado. Así que me vuelvo a cabrear mientras mando al mayor a recoger y me llevo al pequeño a lavar.

 

Una vez los dos medio apañados, me pongo a limpiar el suelo y los envío a su habitación. Oigo que se entretienen con un libro. Como minuto y medio. De repente, El Cachorro inicia una bronca a su hermano. Y viene a contarme la nueva jugarreta. Don Bimbas se ha cargado el libro que se mueve. Sí, en dos partes.

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Ooootra vez yo a grito limpio. ¡¡Pero cómo me altera que rompan las cosas!!

 

Llega la hora de comer. Por supuesto, adiós al aperitivo que había planeado con una amiga. Seguimos los tres en pijama y yo más cabreada que una mona. Pero intento recomponerme y remontar el día. Se me ocurre introducir una variante, hacer hoy algo especial, y traslado la mesita y las sillas pequeñas de su habitación al salón para que coman.

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Pongo los platos, coloco el agua, y esta última dura encima un suspiro. No salgo de mi asombro. ¿¿Me toman el pelo??

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Saco la fregona, seco el suelo y el pequeño aún tiene ganas de tirar un plato lleno de queso de Burgos. HALAAAAA, VENGAAAAA. Pienso que me están haciendo una cámara oculta. Lo llevo castigado a su cuna, y cuando estoy limpiando el suelo, aparece. Desde que hace un par de semanas descubrió que puede trepar fácilmente, tarda nada y menos en escaparse de la prisión.

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Lo vuelvo a meter en la cuna. Y me quedo en el pasillo. Con el móvil. Al menos, pienso, le hago un vídeo o algo de la fuga y ya me apaño un post para el blog. Pero cuando se pone de pie y coge posición, me ve que le enfoco y aborta la huida. Además se enfada y se tira cual largo encima del colchón a llorar rabioso. De nuevo, lo intenta. Me ve. Se vuelve a enfadar. Hasta que hago como que no le veo y, finalmente, le casco el ansiado documento gráfico.

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Es lo único positivo que he sacado de toda la mañana. La tarde, como colofón, la tenemos que dedicar al cumpleaños de un vecinito. Qué bieeeeeeen, con lo que me gustan los cumpleaños de niñoooooooss…

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SÁBADO SABADETE.

 

No, si no me aburro, mis hijos me deberían cobrar.

Inmune al chantaje

Le dice el Señor de las Bestias a El Cachorro que mañana le llevará al pueblo para que una familiar muy cercana le dé sus regalos de cumple. Y contesta él, con una serenidad pasmosa, con una resignación aplastante, con un aplomo asumido, sincero y lógico: “Pero si no me los va a dar porque no hablaba con ella”.

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Hace siete días, el día de su cumple, esta señora le llamó para felicitarle y él no se quiso poner. Ni con ella ni con el 70% de la gente que lo llamó. Es tímido y sin reparos te dice que no se quiere poner porque le da “güervenza”. Pasa mal rato el crío. Pues la otra: “Si no te pones no te daré tus regalooooos”, le decía al otro lado del teléfono con tono cantarín. Pues ni por esas. El Cachorro no cedió a su chantaje.

 

Manda huevos que le presionara de esa manera. Se supone que lo tendría que conocer lo suficiente, porque lo conoce de sobra, como para no venirle con esas, como para entenderlo y decir “no pasa nada, cariño, felicidades, ya hablaremos”. Pero no.

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Así que hoy, cuando su padre le dice de ir a visitarla, él tenía totalmente asumido que no le iba a dar sus regalos. Porque eso es lo que le dijo ella. Y está acostumbrado, además, a que las condiciones que se le ponen, se cumplan.

 

Pero su padre le dice que sí que se los dará.

 

Así que gracias a ella ahora ya sabe qué es el chantaje, la amenaza y la mentira. Supongo que con cinco años tiene que empezar a encontrarse con todo tipo de situaciones y de gente…

 

(Se nota lo bien que me cae esa persona, ¿verdad? Que cuando oí lo de “si no me hablas no te daré tus regalos” ganas me dieron que decirle: “Métetelos por el cuÁNTO HACE QUE NO NOS VEMOS, DARLING”).

 

“Un problema bien gordo”

Las pelotas son incompatibles con las bolas de Navidad de cristal.

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Lo acaba de comprobar El Cachorro, que ha estampado una contra el árbol y se ha cargado una bola.

 

Me da la impresión de que, tras mi regañina, es consciente de que la ha cagado bastante, pero no sabía cómo de consciente era hasta que llega su padre a casa. El interfecto oye las llaves en la puerta y acude a su encuentro.

– Ha pasado una cosa que me vas a castigar. Ven y verás. Un problema bien gordo.

 

JAAJAJA.

 

Por cómo me suena, no sé si lo dice con culpabilidad o con orgullo, la verdad. Aparte de eso, y centrándonos en el hecho en sí, en realidad lo que creo es que confesándolo todo desde el minuto uno y haciéndolo dándole al accidente esa tremenda importancia, asumiendo su culpa con todas las de la ley, sin quedarse callado, lo que va a conseguir es quitarle hierro al asunto, que su padre se apiade y evitar que le caiga otro broncón. Tonto no es.

Sonrisilla

A veces mi pocholo pequeño intenta aguantar la risa como un brujo mayor y ya es lo que le faltaba para que sea zampado hasta dejarlo en los huesos.

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Mirad, mirad cómo lo hace. Ayyyyyyyyyyyyyyyyyyy, que lo superestrujo.

 

Está para merendárselo desnudo, y está para pegarle un bocado tras otro también vestido. Hoy tiene que acudir a la guarde hecho un pincel, es el día de todos elegantes. Atención:

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Mi chiquillo es que no puede estar más guapo. Porque además no es solo el atuendo, no es la pajarita de lentejuelas, es también la actitud, el porte, el glamour. Lo lleva dentro. Maaaaaadre mía, madre mía. No se puede aguantar.

 

Me preocupa. Me preocupa la cantidad de lagartas que le voy a tener que quitar de encima. Quiera él o no.

 

Teniente

En un restaurante, como están hasta los topes y hay que irse, el Señor de las Bestias se levanta para ir directamente a caja a pagar.

 

“¿Dónde está papá?”, me pregunta El Cachorro. “Pagando”, le digo. “¿Cagando? ¿Dónde está cagando?” Jaaaajajaa. Ha salido tan teniente como yo.

 

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Esto me recuerda a hace como un año, que me pongo a ordenar joyas y se sucede la siguiente conversación:

 

– ¿Qué haces, mamá?
– Ordenar joyas.
– ¿Ordenar pollas?

 

JAAAJAJAA. Lo que nos vamos a divertir con su sordera.

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Este hijo ha heredado mi dureza de oído.

 

Este tema de la herencia genética anda que no es curioso. O debería decir “caprichoso”. Porque El Cachorro tiene de mí la forma de mi cara, o debiera decir la estructura ósea de la cabeza de los Rey. Y la sordera. Pero son cosas como que no saltan a la vista.

 

Del Señor de las Bestias tiene cosas más tangibles, más llamativas. Tiene las orejas, el tipo de pelo, la forma de manos y pies y el tono de piel.

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(Atención a la mano de El Cachorro sobre la mía).

 

Que entre esa morenez y el pelo rubio de Don Bimbas, me pregunto cómo de débil es mi genética como para no dejar huella en mis hijos. Si no fuera por la cicatriz de la cesárea y mi tripa colgandera, juraría que lo he soñado todo y que a estos los encontré en la calle.