En la parra

O en los árboles. O en lo que se le parezca. Mis hijos y yo somos unos monicacos. Un trío de colgados, se podría decir.

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El claro ejemplo de que el hombre viene del mono. Sobre todo El Cachorro. Qué agilidad. Se ha puesto a trepar este árbol, sin ayuda de ningún tipo, y hasta la copa que ha llegado.

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Es muy de impresionar lo suyo…

 

No sé si habremos de mudarnos a una casa de esas que construyen en árboles. O poner una barra de las de los bomberos en el balcón que baje a la calle. Porque si no a estos críos les va a dar algo.

Hummm…

Se supone que la valla de la cama es para que no se caigan. Ellos la utilizan para escalar. Los dos.

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Se pegan todo el rato así, haciendo el cabra, o estampando coches o armando follón.

 

Pero a veces, solo a veces, sucede que hacen otra cosa y no es nada de lo anterior. A veces. Ahora. He oído silencio y, como cada vez que no oigo nada, me he temido lo peor, una trastada de las gordas. Sin embargo, al asomarme a la habitación, me encuentro esta estampa:

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¡¡ALUCINOOOO!!

 

Uno viendo un libro y el otro entretenidico con un juguete, los dos la mar de formales.

 

Me escama. Para mí que dos segundos antes de asomarme la escena era muy distinta. Debían estar adulterando cocaína como poco. Pero deben tener un avisador en el pasillo que les hace volver a sus puestos cuando me acerco. Lo encontraré.

 

O, mira, mejor no. Corazón que no ve…

 

El cuerpo dice basta

Yo no sé cómo lo hacen otras madres trabajadoras, pero a mí la vida se me hace cuesta arriba. Esta semana es que además coincide que trabajo como reportera en una productora para una cadena y también media jornada como guionista de otro programa de otra televisión. Esto implica que me muevo bajo un estrés constante poniendo el jeto delante de una cámara y/o haciendo entrevistas improvisadas en las que yo parezca medianamente inteligente y simpática, mientras a la vez le doy vueltas a la cabeza a todas las cosas que tengo pendientes de hacer, como los guiones del otro lugar y una voz en off que les tengo que grabar, o escribir este blog, que aunque parezca que no, publicar A DIARIO y buscar fotos ad hoc da un currele de agárrate y no te menees. Por si fuera poco, la profesora de mi hijo mayor ya se está poniendo en marcha mandando trabajitos, porque se debe pensar que no tengo nada que hacer en todo el santo día que pensar en cómo desarrollar un tema sobre una cartulina.

 

Por supuesto en casa me espera la logística de qué hay que comprar, qué hay que lavar, qué hay que planchar, qué hay que ordenar. Y hacerlo, claro. Yo tengo ayuda, pero nunca es suficiente.

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Qué se ponen los críos de ropa para el día siguiente, qué merienda llevan, qué sábana a la guardería y qué libro hay que devolver en el cole.

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Por supuesto, qué cenamos, quién se baña y, muy importante, quién se duerme. Don Bimbas no, desde luego. Nos da unas noches que ríete de las bodas gitanas. No sé qué le pasa que no hay quien lo calme. Desespera al más pintado. Y voy durante el día con unas ojeras que me llegan hasta los tobillos, un dolor de cabeza que parece que tengo el cerebro de plomo, un dolor de riñones morrocotudo, un dolor de pies (porque además los tengo jodidos) que ando medio coja y un cansancio que me da la impresión de que tengo un regimiento de gnomos invisibles colgados de mí que tiran hacia abajo mientras camino.

 

Y luego, claro, luego está la vida. Los percances, los inconvenientes, los imprevistos. Cuando ya me he pegado varias noches robándole horas al sueño para escribir esto que estáis leyendo, y por fin, toda ufana, envío el mes siguiente al completo a Cosmopolitan con sus fotitos y toda la parafernalia, recibo de vuelta un mail en el que me dicen que leen el texto pero que no ven las fotos. En efecto, abro el documento y brillan por su ausencia. En vez de ellas hay recuadros en blanco. En algún momento el disco duro donde tengo almacenadas las fotos se desconectó y desaparecieron. Así, tal cual. DE-SA-PA-RE-CIE-RON.

 

Antes de ir al trabajo, tengo ya que ponerme a volver a elegir las fotos. Menos mal que “solo” se ha ido al cuerno medio mes y me va a llevar al menos seis horas en total hacerlo (y porque confío en acordarme de cuáles elegí cuando vaya abriendo carpetas de millones de fotos)… que a ver de dónde las saco en apenas dos días que me quedan para la entrega en el límite de plazo. Jornada y media diaria de curro y niños pululando en casa no te dejan tiempo ni para cenar, así que para buscar fotos… Vamos, que estupén.

 

Me muero, básicamente.

 

Como todo tiene un límite, el cuerpo hoy ha dicho hasta aquí hemos llegado, mona, tú qué te crees, y se me ha revuelto la tripa hasta tal punto que he ido al baño tres veces con arcadas. Y, no, no estoy embarazada. Al día siguiente tengo tres reportajes por grabar, y me acuesto con la esperanza de que todo sea una falsa alarma. Pero no.

 

Cuando me levanto, después de haber dormido unos tres minutos y cuarenta segundos en toda la noche, entre el mal temple y mi pequeño dándonos la serenata, me tomo una manzanilla y, tal cual, la echo. No estoy para nada ni para nadie, así que aviso al trabajo a mi coordinadora de que lo de hoy no va a poder ser.

 

Como la tele es como es, de todo menos humana, ya se pone todo el mundo nervioso. Mi coordinadora, que además es amiga, me comenta que lo que hará será decir a nuestros superiores no sólo que estoy vomitando, sino que me ha dado un infarto y que accidentalmente una sierra eléctrica me ha segado ambas piernas, para justificar mi ausencia. Los jefes no se caracterizan precisamente por ser comprensivos y empáticos. Vomitar, tener fiebre e irse por la patilla no es suficiente para faltar al trabajo.

 

Otro compañero (donde “compañero” es un decir) que cree que manda, o que me manda a mí, determina que tendré que recuperar esos reportajes currando el fin de semana. Y así, a mi mal estar, añado una presioncilla y un agobio extra que me vendrán muy bien para reponerme cuanto antes.

 

Pero, hay más, cuando personalmente llamo al primer lugar que iba a grabar para anular, me encuentro con que su dueño me dice, vaya por Dios, que su suegra, la fundadora del negocio, se ha levantado ex profeso para ir allí y recibirme, que su hijo y su sobrina se han quedado sin ir a la universidad para atenderme, que todo el barrio está alterado por mi llegada, que… Que encima me entra un cargo de conciencia como la copa de un pino, pensando en esa mujer mayor que se fue ayer a la pelu para salir en la tele, en la ilusión de toda esa gente, que digo que, mira, bueno, que sí que voy a ir. Y VOY.

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(Foto en el lugar de los hechos con manzanilla en la barra).

 

Bastante buena pinta tengo ¿eh? Vamos, que ni se nota que estaba enferma. Y vaya si lo estaba, porque no remonté. ¡No os digo más que me ofrecieron comida y no comí…! Vosotros que me conocéis sabéis que es el indicativo que determina si estoy enferma de verdad o no.

 

No os cuento cómo fue el dolor de riñones, que no me tenía ni en pie, el de pies, que no podía ni con las tabas, y por supuesto, el mal temple de ese cuerpecillo que en medio de la grabación me dejó la cara más blanca que la de Michael Jackson y me pidió ir al baño urgentemente so pena de convertirme en la protagonista indiscutible de la historia.

 

Me tenían que dar un Oscar.

 

Esto me recuerda a un reportaje que grabé hace unos cuantos años en el que me mandaron a Tenerife y allí tuve una fiebre de 39º. Y como me daba palo no grabar, porque suponía haber gastado dinero en viaje y hotel para nada, salí a hacerlo… ¡con plumífero! Juro que se me veía entrevistando en la playa a gente en bañador con el plumas puesto.

 

Yo es que soy boba.

 

En fin, después de haber salvado esta grabación logré librarme de las otras dos previstas (y que no hacían falta para nada en el reportaje porque había material de sobra, pero es que es muy fácil hacerte grabar de más desde un despacho porque, total, la que sale a la calle y se machaca eres tú) y me metí en la cama.

 

La cama, ¡la cama! No me lo podía creer.

 

Por la noche, trasladé mi culo de la cama al sofá, y por si acaso seguía teniendo el estómago delicadillo…adivinad quién se me durmió encima del píloro.

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Así, pa rematar. Porque este es otro déspota al que le importa tres que tú estés mal. Tienes que ejercer de madre EN CUALQUIER CIRCUNSTANCIA y punto pelota.

 

Peña

Pero qué molón con camisa de una peña mi chiquitico en las fiestas de Corella, un pueblo del sur de Navarra.

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Aunque luego no le luzca demasiado el tema…

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Menudo fiestero de pacotilla me ha salido. Y eso que entre estas fiestas del pueblo de uno de sus abuelos y mis Sanfermines, ocasiones de vestir de blanco y rojo, o incluso de ponerse la camisola de una peña, como veis a mis hijos no les van a faltar.

 

Ya se puede espabilar que su madre lleva años creándose una fama y no es cuestión de que sus vástagos la tiren por tierra.

 

Why Cry

Todos aquellos que tengáis Facebook sabéis que de un tiempo a esta parte cada día el sistema rescata estados e imágenes de tal día como hoy de años pasados aleatorios.

Como resulta que tuve a mis dos hijos en el mismo mes, se da la casualidad de que en los tres últimos días FB me bombardea con mis embarazos. Del de hace cinco años…

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Al de hace dos.

 

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En estas fechas se cumplen cinco años que tengo este blog. Y ya conté por qué surgió. Estando embarazada de El Cachorro, me dio por hacer un DIARIO DE UNA EMBARAZADA cada día en mis estados de FB que se convirtió en el DIARIO DE UNA MAMÁ. Y en COSMO se fijaron en él… (Ole).

Total, que ahora que estoy en modo revisión del pasado, ojo al gadget que se anunciaba hace cinco años, del cual hablé.

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¿Seguirá operativo hoy día o se habrá descubierto el pastel? Porque cinco años después me sigo sin creer que un aparatejo sepa identificar a qué se debe el llanto de un bebé. Claro que yo qué sé. Voy a googlear.

 

 

Los escupitajos favorecen la circulación

¿Pues no me encuentro al chiquitajo jugando con los cochecitos en el parking, esta vez sí utilizando las rampas, aunque para empujar a los coches hacia arriba en vez de dejarlos deslizarse hacia abajo, ESCUPIENDO en la superficie antes de colocarlos?

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¿Pero qué clase de marranada es esa? ¿De dónde habrá sacado esa manía? ¿¿La habrá aprendido en la guardería??

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¿Desde cuándo la saliva propulsa hacia arriba?

 

Semejante gorrinada, habrase visto…

 

Y me da que pensar… ¿Qué cantidad de cochinadas harán sin que nos demos cuenta? Ahora porque me he asomado a la habitación y me lo he encontrado, pero si no llego a hacerlo igual voy después y me encuentro las rampas pegajosas, o que huelen raro, y ni repajolera idea de qué se trata. Y eso si con suerte nos las vemos con saliva. ¿Habéis siquiera imaginado con qué otro tipo de fluidos o residuos metabólicos lidiamos los adultos con hijos sin que nos demos cuenta? Ese dedico que te mete tu pequeño en la boca y que tú le chupas y requetechupas hasta casi desgastárselo… ¿dónde lo habría introducido justo antes?

 

 

Papá deja y mamá no

El Cachorro reclama la presencia de su padre:

 

– Papá, papaaaaá.

– ¿Qué quieres? – le pregunto.

– No, le digo a papá.

– Pero qué quieres.

– Es que tú no me dejas.

 

Quería la clave de la tablet.

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No erraba en exigir que se personara su señor padre. Se la ha dado.

 

Y no os creáis que le ha costado esfuerzo alguno. No le ha comido la cabeza ni ha dirigido su voluntad como hacen los jedis.

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Se la ha pedido y el otro se la ha dado. Así, sin más.

 

Se está rifando una colleja y no entre los infantes de la casa…

¡Coche va!

En teoría la gracia de tener un parking es la de deslizar los cochecitos por las rampas. A mí eso es lo que me mola. Y si yo no soy un ejemplo válido, por vieja pelleja, he de destacar que a El Cachorro también le gusta que los cochecitos vayan por las rampas (aunque, ahora que lo pienso, hace tiempo que no hace caso al armatoste ese).

 

Peeeeero, a Don Bimbas le entusiasma utilizar dicho parking de otra manera. Le quita las rampas y se pone de pie al lado con los tres cubos de cochecitos que hay en la casa. De uno en uno, los coloca en el piso de arriba y… ¡los lanza al vacío para que se estampen! ¡PUM! ¡PAM! Así, uno detrás del otro. Guarrazo tras guarrazo contra el suelo. ¡Le priva! Poco a poco, en los aledaños del parking, se van acumulando los coches, descacharrados.

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Descacharrados algunos de verdad, como se puede observar. No aguantan los envites del pequeño bestiajo. Nuestro parque móvil está sufriendo innumerables bajas.

 

¿Qué le verá a este juego? ¿Le divertirá de verdad o será por el simple placer de perpetrar el mal? Viendo esta foto…

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La segunda opción me la planteo bastante, porque si la cara es el espejo del alma, él no puede con la suya de pillastre.

 

(Esta foto me priva. Lo describe completamente).