Y no sabe que yo aún le quiero más a él que él a mí

Estamos pasando la tarde tiradazos a la vera de un río. Es hora de irse y recogemos. Bueno, recoge el Señor de las Bestias. Yo estoy enganchada a un libro y en la gloria bendita, así que remoloneo y no hay manera de que alguien me arranque de ahí. El Señor de las Bestias me comunica que él se adelanta para ir cargando cosas en el coche. Bien, así tengo cinco minutos más, a ver si me termino el capítulo…

 

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Y aparece El Cachorro.

 

Se sucede el siguiente (y a veces alarmante) diálogo.

 

– Mamá, ¿no vienes?

– Nop. Me quedo a vivir a orillas del río.
– Pero yo quiero tener una mamá.
– No te preocupes, papá te busca una mamá.
– No, pero yo te gusto – (quiere decir que yo le gusto). Y empieza a lloriquear. He de cortar esto radicalmente.
– Pero ¿cómo crees que te iba a dejar yo? Eso nunca, ¡jamás!

 

Se calma ipso facto. Feliz, se da la vuelta y va gritando hacia su padre: “¡¡Papaaá, que era broma, que mamá viene!!”

 

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Y yo voy, más feliz aún. Que le den a la puñetera (y bucólica y agradable y apacible) orilla del río.

Cumple con gimkana

¿Será que tener hijos te hace ser más creativo? ¿Que te permite descubrir tu vertiente infantil? ¿Que haces cosas de adultos pero pensando en que ellos también se diviertan? ¿O será que, por muchos años que tenga, yo sigo disfrutando con cosas de niños y hay uno que se ha dado cuenta?

 

Hoy es mi cumpleaños. Y al encender la luz de mi mesilla me he encontrado con una nota y un dibujo de El Cachorro.

 

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No lo he hecho. Y cuando han venido los tres, el Señor de las Bestias me ha permitido leer lo que había en la nota, que no era sino una pista para encontrar un regalo.

 

Que me ha llevado al congelador.

 

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De ahí a debajo de mi almohada.

 

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Y ponía:

 

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“En tu caso, no es la cocina”. Jajajaajjaajajajjaa.

 

Era el baño. Había otro regalo, que me ha enviado a mi armario, donde había otro.

 

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Que me ha encantado y me ha enviado a otro.

 

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Que asimismo me ha puesto contentísima.

 

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Y eso que lo mejor estaba por llegar…

 

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Tachááááááánnnn:

 

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Bonito y dulce, sí señor.

 

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Doblemente dulce.

 

No era el final. Una nota me enviaba a la terraza.

 

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Donde había otro superregalo que…

 

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También me ha entusiasmado, como se puede observar.

 

Y para rematar.

 

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Un desayuno justo a mi medida.

 

Aquí hay alguien que me conoce pero que muy bien.

 

No os cuento lo mucho que he disfrutado con la gymkana y lo mucho que se han divertido mis pequeños.

 

Se queda el listón altísimo para el año que viene. Pero altísimo.

 

Confusión de género

El otro día las primas de El Cachorro le pintaron las uñas de las manos de colores. Él está encantado de la vida. Su padre, no tanto.

 

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El caso es que se pone a jugar en el campo con unas niñas y viene como escaldado: “Se piensan que soy una chica”, se queja.

 

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Yo, por supuesto, no le digo nada a El Cachorro. Que si está ilusionado con su esmalte, no seré yo quien le quite esa alegría. (Además me parece que le queda fenomenal).

 

Luego me pongo a recordar cuando a mí me confundieron con un chico. No sé si me confundieron o si hicieron como que me confundieron, porque cuando a esas dos crías les decía casi llorando que me llamaba Amaya y que era una chica, ellas seguían erre que erre, riéndose, con que era un niño, haciéndome rabiar. Vino a que aquel día en la playa yo tenía todos mis bañadores de braguita mojados, y mi madre decidió ponerme uno de mi hermano. Yo me resistí, pero ella me intentó convencer con un “pero si da igual, son casi lo mismo, nadie se va a fijar”. Y eso, lo sabía yo, era MEN-TI-RA. Porque además mi madre tenía la manía de llevarme con pelo corto. Así que cuando me metí en el agua, jugando con la olas me topé con unas pedorras un par de años mayores que yo, que son las que me increparon por algo: “Niñooo”, y yo les dije que no era un niño, y para qué quieres más.

 

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Qué trauma, para que yo que no tengo memoria para nada, me acuerde de eso.

 

En fin, la historia se repite.

Retroceso

Tres días en casa de su abuela con sus primos mayores y se me estropea. Me encuentro a El Cachorro desafiante, retador, soberbio y contestón. ¿Qué han hecho con mi obediente, cariñoso y respetuoso niño? No puedes bajar la guardia ni un segundo, que se te desmandan.

 

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Está para mí tan desconocido que pienso en la futilidad de las cosas. En que cuatro años y ocho meses de trabajo se van al cuerno en tres diítas de nada.

 

Verás qué adolescencia vamos a pasar.

 

 

Siesta terapéutica

Se echa el Señor de las Bestias una siesta y, al rato, se le encarama el mandrilillo. Comienza a caminar por toda la espalda, a pisotearle el omoplato.

 

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¿Tú te crees que el otro se ha despertado? Nanay. Lo que no sé es cómo se va a levantar.

Por cierto que en Tailandia se paga por que te hagan esto…

 

El Cachorro, mentor de Don Bimbas

Hay pocas cosas tan divertidas de ver que a los hermanos pequeños intentando emular a los mayores. El chiquitico siempre hace lo mismo que el mayor y no sabe ni qué es o con qué propósito. Él lo imita y punto.

 

Hoy El Cachorro ha oído a los vecinos al otro lado de la puerta y ha preguntado desde dentro: “¿Quién hay ahí?”, y se ha alejado de la puerta. Acto seguido ha ido el pispajo, ha gritado algo que no se entiende, tipo “Áteeté”, y también se ha ido, copiando la escena desarrollada por su hermano al completo.

 

Ocurre lo mismo con hacer el pino en el sofá. Mirad qué estampa.

 

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En lo que le imita, pero poco, es en quedarse viendo la tele quieto en el sofá.

 

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Porque así como El Cachorro se puede tirar horas, aquí el peque al ratico se aburre y ya empieza con su afición favorita, trastear.

 

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Es cuando su hermano entre en modo suspensión, cuando Don Bimbas innova. El caso es no parar.

 

Ayuda inestimable

Que ha visto Don Bimbas a la mujer que le cuida y a su padre colocando las fundas recién lavadas del sofá…

 

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… y ha acudido presto a ayudar.

 

De verdad, con qué esmero.
 

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Sin su inestimable colaboración, esto no habría sido posible.

 

(Ahora, si se lo llegas a pedir… “Pequeño, ven aquí a echar una mano”. Buah, sale corriendo para el lado contrario…)

 

Oleaje

Que no sabía yo que en Almería el mar se las gastaba así. Un oleaje del patín. Con olas que rompen con furia en plena orilla, incluso.

 

Pues ha sido la atracción del día. No le ha podido gustar más a El Cachorro…

 

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Bueno… y a su padre…

 

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Bueno… y a mí…

 

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Ha sido una paliza. Nos hemos llevado unos buenos viajes. Los tres hemos acabado con arena hasta en… bueno, ya os lo podéis imaginar.

Jacuzzi

En un lado de la piscina del hotel en el que estamos hay un jacuzzi. Le propongo a El Cachorro que entre. No parece que le entusiasme la idea. Lo hace, se acerca a las burbujas y me salta: “¿Por qué esto se tira eructos?”

 

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Jaaaajaja. Es que es la monda, de verdad.

 

A él le va más la piscina. Pero a mí me parece un crimen estar en la playa y quedarme en la piscina del hotel. No me recorro media España para acabaer en una piscina, que hay en todos los sitios. Nunca en la vida lo he hecho ni lo voy a empezar a hacer ahora. Así que lo arrastro a la playa y…

 

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Tan feliz. Porque por suerte el mar les flipa. A la pisci que le den, que encima ya tienen una en casa, hombre ya, qué piscina ni qué piscina.

 

 

Esta no es mi madre

Que levante la mano al que no le haya ocurrido alguna vez que se haya confundido de padres. Haber agarrado la mano de un desconocido pensando que era su padre y llevarse un sorpresón al mirar para arriba. ¿A que a todo el mundo? Tarde o temprano, sucede. Pues bien, hoy ha sido la primera vez que El Cachorro me confunde con otra.

 

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Salíamos del hotel, íbamos bajando las escaleras que veis detrás con cierta lentitud, por aquello de ir con Don Bimbas “El Independiente”, que todo lo quiere hacer solo, cuando veo que El Cachorro, que ya está abajo, sale disparado hacia delante. Le grito, pero no me oye. Parece concentrado en un objetivo. Va directo, con prisa, sin que nada le distraiga. Y ya es cuando llega a alguien que va vestida parecida a mí, con una camiseta de tirantes y un pantalón corto, la toca y ella le mira desde arriba extrañada y él desde abajo más extrañado aún, que le vuelvo a llamar y entonces sí que veo que intenta buscar el origen de la voz familiar que grita su nombre. Me localiza y viene. Le pregunto que qué ha pasado, que por qué ha ido allí. Y el pobre no me lo quiere ni contar. “Te has confundido, ¿verdad, cariño? Pensabas que esa chica era yo”. “Sí…”, me ha reconocido, como avergonzado. Aaaaay, qué mono. Qué corte se habrá dado. Si lo sabré yo…

 

 

Lo mejor de esta confusión es que lo ha hecho… ¡¡con una adolescente!! Cómo adoro a mi hijo, por el amor de Dios.

 

(Por cierto, descubro que “El Independiente” a veces sí permite ser ayudado a bajar las escaleras… Pero no por cualquiera):

 

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<3