La pela es la pela

Se encuentra El Cachorro una moneda. “¿De quién es?”, me pregunta. “Una de dos, o de papá o de mamá”, le contesto. Y como no es cuco ni nada, me contradice: “No, solo huele a moneda”. ¡Huele a moneda, tú, no a mí o a su padre! “La voy a meter en mi cerdo”, determina.

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Menudo truqui, el tío. No se lo he podido impedir ni nada.

Resumen del año

He aquí un dibujo que ha hecho motu proprio El Cachorro y que resulta que comprende prácticamente todo lo que ha dado durante el curso.

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El primer trimestre, estuvieron con el Proyecto de las Emociones. Hete ahí. Con sus colores ad hoc (amarillo-alegría, rojo-enfado, verde-asco…). Y también las sumas, con su particular manera de escribir los números en espejo. Ah, y luego está su puntito de creatividad. Soles que son corazones, o un corazón que es sol. Magnífica asociación, corazón centro de la persona, sol, centro del Universo.

Me gusta la mente de mi hijo.

Sinceridad, aunque duela

Ha estado el Señor de las Bestias tres días y dos noches fuera de casa. Cuando vuelve, me pregunta “¿me has echado de menos?”, y le digo, “pues no, la verdad”. Porque he estado muy entretenida, todo hay que decirlo.

Sin embargo, lo peor ha venido después. Se despierta El Cachorro de la siesta, se lleva la sorpresa de que está su padre en casa, se pone contento, pero cuando le pregunta “¿me has echado de menos?”, salta el peque: “No”. Jaaajaja. Otro. Y porque el rubio no habla. Anda que menudo recibimiento ha tenido.

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¡Dice sí!

Que yo decía… “Vaya niño negativo que nos ha salido, que solo sabe decir que no”. Porque Don Bimbas, con la cabeza, solo dice no. Incluso aunque quiera decir que sí.

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Pues hoy ha hecho un amago de movimiento de cabeza con lo que parece ser un sí. Estamos todos emocionados en casa. A ver si desterramos tanta negatividad de una vez.

Tú no y tú sí

Mi pequeño ha sido siempre muy rabudo para comer. Quienes seguís el blog, ya estáis al tanto del veranito que nos hizo pasar el año pasado.

Ahora come mucho mejor, dónde va a parar. Aunque tenemos el problema de que sigue dependiendo del biberón para alimentarse bien. De lo demás, come, prueba, se relame, pero de manera anecdótica.

La historia es que es tan independiente, que si te quieres asegurar de que coma o de que la comida llegue a su boca y no se cae por el camino, dándosela tú, te monta unos pollos del quince. Se enfada, da manotazos al plato, el contenido sale volando, yo me cabreo y tenemos montado el Belén. Entonces hay que dejarle a él el cubierto y confiar en que un 20 por ciento de lo que hay en el plato, llegue a su estómago.

A mis padres, que están de visita, les cuento esto cuando el abuelo se presta a darle él de comer. Estoy poniendo a parir a mi hijo, cuando el cabrito de él abre la boca tan campante a la cucharada que le da mi padre.

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¿Pero esto qué es? ¿Qué significa? Comento que es porque le ha pillado desprevenido, y aviso de que esté todo el mundo preparado para la rabieta. Pero, no, vuelve a abrir la boca tan contento a la segunda cucharada que le acerca mi padre. O sea. ¿De qué va?

Pues nada, que hoy ha comido más o menos bien, el jodío, con este “dador de comida permitido” que se ha feriado.

En los postres o cuando come dulces no necesita ayuda para hacer gala de lo onomatopéyico que me ha salido. Cada vez que sacude un lametazo al chupachups (y lo hace también con otras cosas, sobre todo si son guarrerías), hace “mmmmmMMMmmmm” y “mammmm” y “ñiamm”…

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Parece que quiere dejar claro que de eso, sí, mucho y más. No es listo ni nada. Ahora, da verdadero gusto verlo (y oírlo) comer así, disfrutando. Te partes de risa. Es mi vivo retrato.

Somos cinco

Mientras se hace el puré del pequeño, propone mi madre dar una vuelta ella, mi padre y El Cachorro con Sila, el perro. “Nos vamos los tres”, me dice mi madre, mientras yo me quedo en la cocina.
En esto que El Cachorro, que lo oye, se queda como extrañado. Viene a la cocina:

– ¿Por qué dice “labuela” que somos tres, si somos cinco? Mira: uno, mamá…
– (¡Bien, en primer lugar!) – pienso.
– Dos, labuela, tres, elabuelo, cuatro, Sila, y cinco, Simón (él).
– ¿Y Pablo?
– Ah, bueno, entonces seis.

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No solo pone al perro por delante de su hermano, sino que lo ha desplazado del todo. A ver si ahora, cuando se vuelvan los abuelos, les hace el cambiazo y se llevan a Don Bimbas mientras nos quedamos con el peludo… Qué tío.

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Hacer aprecio

El Cachorro es un niño especial. Tiene muy desarrollada la empatía y la solidaridad, y se preocupa por que los que le rodean estén bien y contentos.

Vienen los abuelos a casa y va corriendo a su armario para calzarse unas chancletas de samurái que le trajeron de un viaje a Japón. Aunque le gustaron mucho, no se las pone. Pero desde luego sabe cuándo hacerlo. Es todo detalle.

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Después le regalan los abuelos otra cosa. Un juego de lanzarse una bola y recogerla con unas cestas. Y también, esta vez mis dos hijos, han querido hacer aprecio…

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Vaya par de gansos.

Reflejos

Que mucho hablamos de la rubiedad de Don Bimbas, porque es verdad que es alucinante ese color de pelo siendo yo su señora madre, pero poco de los reflejos de El Cachorro, que son también la bomba. Ese castaño con esos tonos cobrizos, a veces también un poco rubios… De verdad que soy la primera que alucino con el tema capilar de esta familia. ¿¿Qué pasa con mi negro azabache?? Nada, en esta rama familiar se pierde.

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Y nada, eso. Que quería dejar constancia de que su pelo es una locura.

Literal.

Se levanta El Cachorro, se echa la mano a la cabeza, como temiéndose encontrar lo de costumbre, y salta: “Jooooo. ¿Por qué me levanto siempre así, con pelos de loco?” Jaaajajaja. Y es verdad.

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Tiene un pelajo que, a la mínima, se le eriza y encrespa y se le queda, digamos, curioso.

Su padre en estas circunstancias le llama “el malos pelos”.

Biberón nocturno. Toma 3

El Rubio (Don Bimbas, pero este apelativo va ganando fuerza) tiene una manía para conciliar el sueño, que es tomar biberón. Por dos razones, cuando duerme le entra un hambre feroz, y chuperretear la tetina le calma y adormece. Así que con este ritual, yo no pego ojo. Me está matando de sueño. Duerme poco y mal, y cada vez que se despierta hay que enchufarle el bibe. Heme aquí a altas horas de la madrugada habiendo acabado de preparar OTRRRRA dosis.

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Y digo bien lo de a altas horas. Ojo a la hora en la que se toma la foto.

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Que no sé ni cómo soy capaz de hacer nada (¡y lo hago, incluso fotos!), con los ojos más cerrados que un topo. Madre qué sueño.

Lo gracioso del tema es que, si no le haces el bibe, llora hasta desgastar los tímpanos de todos los ocupantes del edificio. Pero no es la primera vez que, vale, te levantas, se lo haces medio dormida, vuelves, y está roque. A ver si resulta que lo que le hace, o lo que le anima a, dormirse es ver que yo no lo hago…