Alien y fenómenos paranormales

¡Ay, madre!

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Jaaajajjaa. Vaya cara con el alien.

Pero el fenómeno más paranormal es este:

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Un rayo de sol en el pelo de Don Bimbas da lugar a la insoportable rubiedad del ser. Una madre como yo teniendo un rubio como este es como para estudiarlo.

Esta foto se la mando a mis amigas de Pamplona. Cuando éramos pequeñas me gustaba a rabiar un chico rubio de ojos azules (un amor platónico que no sabía ni que yo existía y que pasados los años se ha convertido en una calandraca y lo tengo anonadado –hay que ver las vueltas que da la vida-) y soñaba con tener hijos (rubios) con él. Mis amigas, lógicamente, se partían de risa…: “¿Hijos rubios tú? Ni aunque te cases con un noruego de Noruega vas a tener hijos rubios”. ¡¡Pues tooomaaaa!!

El Niño Jo

Pues está El Cachorro en esa época en la que todo lo pide lloriqueando y siempre pide más.

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Le compramos una cosa, quiere la misma al día siguiente pero de otro color; le dejamos tirarse una vez en el tobogán, estamos en realidad cinco minutos, y no es suficiente; y así con todo. Protesta sin parar. Así que ahora es El Niño Jo.

(Él ya sabe también que aquí el que no llora, no mama).

Don Bimbas nos flagela

No hay cosa que le mole más a Don Bimbas que ponerse de pie encima de mí y patearme la tripa. Y si no, a horcajadas, en la tripa, y ponerse a dar botes. En una de estas echo el bazo por la boca. En serio, hace daño, el colega.

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Otra cosa que le flipa es utilizarme de parque de atracciones. Así que se sube encima de mí, utiliza mis piernas como tobogán, y hale, a hacer acrobacias. Un día se me esmorra pero en plan de hospital, veréis.

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Dando mordiscos también es fino. Y, claro, cuando le facilitan el asunto plantándole un pinrel en la boca, vienen los gritos.

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Vamos, que aquí hay uno que se divierte a costa del sufrimiento de otros.

Síncope inesperado

Entro del balcón a la habitación y me encuentro este panorama.

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El tipo estaba bajo la sábana, incorporado y juraría que sobado. Me ha parecido hasta oírlo roncar. Cuando le quito la sabana, ha sonreído con los ojos semiabiertos, lo he tumbado y ha continuado roque. El fantasmita.

Que sí, que muy gracioso, pero encontrarme esto semi a oscuras en mitad de la noche casi me provoca un infarto.

¿Es tan difícil ser normal?

Tengo unos hijos bien distintos. Tanto físicamente, como en cuestión de carácter.

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Véase como ejemplo gráfico al uno intentando adornar la montaña de arena con una conchita y a mini Godzilla queriéndola destrozar con un pedrusco.

¿Cómo serán de mayores? ¿Permanecerá esta forma de ser? ¿Quién me dará más quebraderos de cabeza?

No soy la única que se hace estas preguntas. Por la noche vamos a un restaurante y El Cachorro, como si oyera cantos de sirena, nada más entrar sale disparado hacia las máquinas tragaperras.

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– Vamos a tener a un ludópata. – Me advierte el Señor de las Bestias.
– Ay, qué será de ellos más adelante. Me da tanto miedo… – Y es que me da. Mucho. Y no por las tragaperras precisamente.
– ¿Tan difícil es ser normal? – Me plantea su padre.

No sé. ¿Tan difícil es no caer en las drogas, en las sociopatías, en no dejar a nadie preñada, en no suspender todo, en no echarse a perder? Porque a la orden del día. Tiemblo.

Quién es quién

Últimamente, a ver si por comparación sale ganando, cuando le leemos la cartilla a Don Bimbas (que definitivamente es un rebelde y se pasa por el forro la autoridad), El Cachorro pregunta: «¿Cómo se está portando Pablo?»

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Le decimos que mal, fatal o regulero, dependiendo del caso. Y seguidamente pregunta: «¿Y yo?»

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Truquis de hijo.

También le gusta clasificar a la familia.

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Pregunta El Cachorro en alto: «¿Quién es el niño más guapo del mundo mundial?», en clara referencia a él.

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Le decimos que él. «¿Y quién es el más pequeño y el más cariñoso?». Este es Don Bimbas.

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Continúa: «¿Y quién es el que dice muchas palabrotas?». Sin duda, su padre.

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Y le preguntó: «¿Y yo qué?» Y entonces enuncia: «¿Quién es quien no dice palabrotas y es muy lista y sabe cosas diferentes?».

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Me he ganado a pulso un status en esta familia.

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Una madre de las de toda la vida

Ve pasar El Cachorro por la playa un puesto ambulante de bebidas y patatas. «¡Tengo hambre!», exclama. «¿Ah, sí?», le digo, «pues toma este plátano». Y, oye, se le ha quitado él hambre radical. «Es que no tengo hambre de fruta», dice. «Cuando se tiene hambre, se tiene hambre. Toma el plátano». «Merivocao, no tengo hambre», concluye.

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El caso es que lo entiendo TAAAN bien. A mí me pasaba… qué coño, me pasa lo mismo. Raras veces, por no decir nunca, tengo hambre de fruta y verdura. Sí de dulces, ganchitos, gominolas… Y siempre he sido una incomprendida.

Ahora, descubro que soy tan bajonera como mi madre.

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(Cara de mi hijo de resignación ante la madre que le ha tocado en suerte).

Visto que el Señor de las Bestias y yo estábamos repantingados al sol, El Cachorro ha decidido adoptar al padre de otros dos críos que molaba mucho más. Hacía una muralla, que mi hijo y uno de los suyos se encargaban de destrozar.

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Pero el hombre, inasequible al desaliento, la volvía a restaurar. Molón, molón, ese padre. Igual pido que me adopte a mí también.

En fin, que yo que me creía una madre única y moderna, sospecho que soy más clásica que todas las cosas y clavadita a mi señora madre, de las de “déjame tranquila que yo he venido aquí a descansar” (ay, infeliz).

(Por cierto que me la estoy viendo, a mi madre leyendo esto: “Y dale, ¿¡eso es malo, acaso?!” “Nooooo, malo no. Al revés. Me parece que así soy una mamá de verdad”).

Me propongo salirme del guion.

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Me animo a hacerles un supercastillo con foso y todo. Me lo tomo además muy a pecho (que yo cuando me pongo, me pongo).

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Pero en seguida…

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Los salvajes destrozándolo todo cuando iba por la mitad y mis sudores me estaba costando.

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Además, como yo reaccionaba de forma exagerada, indignándome a saco (y en modo payasil) para su regocijo, pues más que volvían a seguir con su ansia aniquiladora. Al final el juego ha sido ese, claro.

No es el dolor el que determina el jarabe, es justo al revés

Como El Cachorro parece haber heredado lo de ponerse malo cuando nos vamos de vacaciones, tal y como hacía yo de pequeña (bueno, y ahora), nos ha vomitado un par de veces durante el viaje. También tenía algo de diarrea.

Una vez en destino, salimos a dar un paseíto nocturno.

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Nos comunica que le duele la cabeza. En efecto, tiene fiebre.

– No te preocupes, volvemos al hotel ahora y te damos jarabe. – Le decimos.
– ¿De cuál? ¿Del rojo o del naranja? – se interesa.
– Del rojo. – Le informo. Lo odia.
– Noooooo, del rojo noooooo.
– ¡Pero si es el del dolor de cabeza! – le dice su padre. – El naranja es el del dolor de oídos.

Y salta:

– Que «merivocao», no me duele la cabeza, me duelen los oídos.
– Espera, mamá – replica el Señor de las Bestias – el rojo es el de la cabeza y los oídos. El naranja es el de las uñas.

El Cachorro continúa quejándose de que no le gusta el rojo. Más tarde lloriquea.

– ¿Qué te pasa, cariño? – le pregunto.
– Que me duelen las uñaaaass…

A lo antiguo

Los padres del s. XXI no me creeréis, pero nos cascamos los viajes con los críos sin iPad ni tecnología alguna para entretenerlos. Es más, ni canciones infantiles ni nada. Nos estamos metiendo entre pecho y espalda un Madrid-Huelva, como siempre, a pelo.

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Lo que no creo que varíe tanto es el tema del equipaje. Apuesto una mano a que no somos los únicos que con dos niños llevamos dos maletas enormes, una pequeña, tres bolsas extras…

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… algo para comer en el viaje, juguetes, la silleta, la sombrilla, el bolso de la playa…

¿Y eso de llegar a un hotel con club infantil, columpios, piscina de actividades, animación… y que lo que más divierta a mi pequeño sea la cuestecilla de recepción?

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Se puede vivir en la modernidad a lo antiguo.

Hoy puede ser un gran día

¿Creéis que tenéis un mal día? Pues leed.

Es reservar y pagar ayer un hotelazo en una playa de Huelva para salir de viaje mañana, y despertarme hoy a las cinco de la madrugada rascándome como una pulgosa desesperada porque la inyección de Urbason de antes de ayer no ha servido para quitarme una urticaria que me erupcionó hace tres días por primera vez en mi vida y que ahora ha contraatacado con mayor virulencia, deformándome la cara incluso.

Pasmaos:

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(Y eso que he colgado la foto que no asusta tanto).

Llamada a médico que acude a casa y me sacude otra inyección de doble ración de Urbason que me deja coja y más dolorida aún (no sabía que estas inyecciones dolían. Tanto).

Coger el ascensor para ir corriendo al centro de salud para recoger el historial de la mierda esta que me ha salido por si hay que enseñarla en Huelva, y toparme con todos los vecinos posibles. Que me miran como si fuera una apestada.

Salir del ascensor y llamarme la chica que limpia en mi casa para preguntarme si se puede presentar con su nieta, que esta noche le han tenido que dar tres puntos en el dedo y no quiere dejarla sola en casa. Estamos todos como queremos. Vale, que venga.

Salir del centro de salud con más recetas, ir directa a la farmacia, y estar cerrada.

Ir a la peluquería, con el canódromo saludando en lo alto, contarles lo de la urticaria, y decirme las peluqueras que no se atreven a meterme mano. Mierda, yo apurando para ir a la playa con el pelo monocolor, y organizándolo todo para dejar a Don Bimbas con una canguro, para que mi excursión capilar me salga rana. Así que voy a ir a la playa para estar tapada, ya que me han prohibido tomar el sol, y con el pelo a lo Cruella de Vil pero en cutre.

Intentar aprovechar el tiempo haciendo un recado como es cambiar unas cangrejeras del pequeño que descubro que le quedan pequeñas, a donde me tengo que ir al quinto pino, y no hacerme el cambio porque el tique está caducado. De hecho no se podían cambiar por otras mayores porque esas cangrejeras han tenido un éxito total y solo quedan un par de números iguales al que traigo. Vamos a ver, si se están vendiendo tan bien, ¿no se puede hacer una excepción y devolverme el dinero, que si no me las como con patatas? Pues no. Otro viaje específico infructuoso.

Volver a casa a punto para presenciar una de las toñas de Don Bimbas, que lo deja con el labio sangrando. Ya estamos conjuntados, como si nos hubiéramos inyectado bótox.

Mirarme en el espejo del baño, para ver si la hinchazón de mi labio termina de remitir, y descubrir que no solo no me voy a poner más morena en las playas de Huelva, es que voy a volver más blanca ¡porque me estoy pelando! Y juro que lo de pelarme no me pasaba desde hace años, en los que ni siquiera utilizaba factores de protección tan altos.

Un cuadro y aún no son ni las cuatro de la tarde. Me faltan todas las maletas, organizarlo todo… etc. En fin, llegada a este punto me permito recordarle al día, o al universo, aquello de lo que mal empieza, bien acaba. Por si me oye y baja el pistón.

Son las 18:55 h y se acaba de estropear la caldera. Me doy.

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No se vayan todavía, aún hay más (estoy escribiendo sobre la marcha):

19:47 y con el tinte en la cabeza, porque al final he encontrado la doctora que me dijera que sí, que podía teñirme, aunque ya no llegaba a la pelu y he tenido que hacerlo en casa, Don Bimbas rompe un frasquito enano de colonia que lo tengo desde el año catapún y al que le cogí mucho cariño. Además se corta en algún sitio que no logro ver. Sangre. De nuevo. Lo meto en la cuna con las sabanas recién limpias. Se manchan de sangre. Espero que en cualquier momento irrumpa la policía y me detenga por maltrato o por asustar a la gente por la calle con mi cara o porque me llamo Amaya. Por lo que sea. Me harían un favor.

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Al Señor de las Bestias le he pedido que venga pronto a casa y me manda esta foto:

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Ya llega tarde y está en un atasco.

Lo de la nadería de poner la alcachofa de la ducha en la bañerita para llenarla de agua, que se dé la vuelta y me inunde el baño, eso ya es hasta gracioso, fíjate. Bueno, no. Mala sombra, carallo.

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Pongo estos puntitos porque todo el rato creo que he acabado con la narración de los percances de hoy, que ya he acabado con mi post, y sigue habiendo nuevos y no me lo creo ni yo. Me parece que he acabado de escribir desgracias y surge algo nuevo y perturbador. No estoy dando creditito.

Ahora, viene el Señor de las Bestias con El Cachorro, que ha pasado el día fuera, y me cuenta que acaba de vomitar en el garaje. ¿A santo de qué, si nunca devuelve? Pues a que hoy es hoy, descarado. Y me dice que ha caído en la plaza del vecino. Que si bajamos a limpiar. ¿¿En serio?? ¿El día en el que estoy preparando maletas, enviando trabajos, yendo a hacer recados, organizando la casa, poniendo lavadoras, regando, escribiendo este blog, etc., etc., etc.? O sea, de verdad…

Y son las 23: 23 y, ¿adivináis que otra cosa acaba de ocurrir? Ha explotado la lámpara de la terraza. ¡Oleeeee! Donde, por cierto, lleva el Señor de las Bestias dos días trabajando porque ayer, justo ayer, se le ocurrió montar él solito un sistema de riego de las plantas para cuando estemos fuera. Con lo fácil que es encasquetarle el marrón a un vecino. Bueno, pues no. A liarse la manta a la cabeza. Y ahí está, a oscuras, porque por supuesto ahora el grifo pierde agua sin parar. Ah, no ha hecho la maleta, claro.

¡ES-TO-TIE-NE-QUE-SER-U-NA-BRO-MA!

Buenas noches.