Gestión de recursos

Don Bimbas se hace entender la mar de bien. Cuando quiere algo determinado y no puede valerse por sí solo, recurre a mí (o a cualquier adulto que se encuentre en las inmediaciones), me agarra de la mano y me la dirige hacia lo que quiere que haga por él. Abrir un cajón (y me la pone en el tirador), soltarle las cinchas de la sillita o de la trona, coger algo que no está a su alcance…

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Es decir, las extremidades superiores de los demás son una extensión de las suyas. También para comer helado…

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Ahí, todo despanzurrado, en plan «trae acá p’acá». Y fijaos que ni se molesta en coger directamente el helado. Para qué, si tiene quien se lo sujete.

Es un gorrón profesional. Por la noche, trae el Señor de las Bestias un tupper con ensaladilla rusa con dos cucharillas para los dos (para él y para mí). Pero Don Bimbas, al que nadie le había dado vela en este entierro, se cosca, trepa al sofá, me arrebata una de las cucharillas de la mano (y mira que tiene fuerza, el canijo) y se pone a jalar.

Es más, si no atina cogiendo ensaladilla, pone su cucharilla en la mía, que está ya cargada, me roba el contenido, y se lo pimpla.

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Pocas bromas, con el muchachito. Con lo buena que estaba. Cría cuervos.

Estaba cantado

Lavo las fundas del sofá y las coloco ayer por la noche. Le digo al Señor de las Bestias: “¿Cuánto crees que tardaremos en ver un moco estampado?” Hoy ha sido levantar a Don Bimbas, y a los diez minutos, équili.

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No quepo en mí de gozo.

El destino es que debe de tener algo en mi contra. Mirad qué primor de calcetines.

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Juro que cuando se los he puesto, estaban enteros. Pues toma tomate(s).

Y ha tenido que ocurrir en casa de mi madre, que ahora se piensa que llevo a los niños así por la vida, hechos unos zarrapastrosos.

Lo cierto es que mantener su ropa en condiciones, se hace difícil. He aquí lo colgado que está mi hijo…:

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Y le pasa cada dos por tres, no os vayáis a pensar. No es ya el cuarto jersey que es carga. Es que es ya el segundo toallero que cambio.

En fin, así transcurre mi vida, de alegría en alegría.

Tener gracia no tiene ni pizca de gracia

He ido a tutoría con la profe de El Cachorro y me ha dicho que le encantan los trabajos que hago. Qué siempre les doy una vuelta. Que a qué me dedico. Que cómo se nota lo creativa que soy. Que son los más entretenidos y los que captan la atención de los críos.

Y mira que el último fue un salir del paso que no veáis…

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Era sobre el transporte en Madrid. Está a medio hacer. Se supone que va por niveles, bajo tierra, carretera y paso elevado. Luego pegué unas fotos del metro, el bus y el tren y andando… Una cutredad, vaya.

Pero, mira, me ha regalado la oreja. Con lo que odio hacer los trabajos estos… ¡Y ahora aumenta la presión! ¡Ahora sé que esperan que lo que lleve Simón sea divertido, chulo, entretenido! ¡Vaaaaya por Dios!

Pero dejemos de hablar de mí (y aparquemos de paso el temita de que los trabajos de los niños los tengamos que hacer los padres, que estoy que trino)… ¿Qué me ha dicho de mi hijo? Nada que no supiera: que es inteligente, tímido, susceptible, simpático. Y muy gracioso.

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Pero, claro, la mezcla de todo esto da problemas, porque, ¿qué ocurre cuando uno es gracioso pero es susceptible?

Lo malo es que mi hijo es gracioso sin quererlo. Él no sabe que lo es, por eso cuando los demás se ríen con sus magníficas ocurrencias, de sus retorcidas pero lógicas conclusiones, de su interpretación de la realidad, le sienta mal. Y cuando se enfada por eso, ¡tiene aún más gracia! Porque suele pasar que el que no quiere ser gracioso, lo es más.

Lo de siempre, el mundo al revés.

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Yo es que con él paso unos ratos de lo más divertidos. Hoy me dice que va a dar un “cipotón”. Y se queda tan ancho. Temblando me ha dejado. Hasta que he descubierto que lo que pensaba hacer era dar un pisotón. Peligrito tiene su lenguaje…

Más tarde…

– Tenía dos hambres. Plátano, no. Algo que se pueda morder. Algo que se parezca a una galleta – me dice después de haberme manifestado que tenía hambre y de haberle plantado delante un plátano.

Lo de “algo que se parezca a una galleta” no me puede fascinar más.

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Le doy una galleta.

– ¡Oyeee, que tenía dos hambres: más de una galleta!

Es la monda lironda.

Es que ahora él hambre lo mide en cantidades. Ayer “dos garbanzos, no cuarenta”. Por tomarle el pelo le puse dos de verdad, uno y dos. Se los comió y, tan resuelto él, me soltó: «¿Y ahora qué hay de postre?» O se creyó que iba en serio o me toma la delantera que no veas.

Por cierto que caigo en que si mi madre no me hacía caso con las cantidades y las preferencias en la comida, lo mismo era porque yo no sabía darle pautas, como hace mi hijo conmigo… Ejem.

Más tarde me ve entrando de la terraza a casa. Y me salta: “¿Cómo has entrado afuera?” Las construcciones gramaticales de El Cachorro son la pera limonera.

Razón no le falta a su maestra con lo de la gracia innata que tiene. En un ratico y sin querer, hace alarde de ello.

Regalo con retraso

Visto que el Día de la Madre no recibí nada, entre otras cosas porque ahora en los colegios públicos no hacen nada para las mamás por si hay niños que tienen dos papás, por ejemplo (valiente chorrada), le he pedido a El Cachorro que me hiciera un dibujito.

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Este tan fantástico.

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Tiene razón su tutora. Para su edad, pinta divinamente. Y utiliza los colores genial. Este es el dibujo que logró hacerle, con dos pinturas verdes, una morada, una roja y una azul, y un rotulador amarillo, que es lo único que encontré en un antiguo estuche mío en casa de mis padres, a mi madre por su cumple.

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Un artistazo.

(Los motivos se repiten: Niña, casa, árbol, flores y mariposas. Va teniendo su propio estilo de pintor).

Pero volvamos al dibujo del principio… Lo va completando según le dé. Ya lo tenía yo colgado en la galería de obras artísticas, la puerta de la cocina, y de repente él echa en falta mariposas, “que son muy fáciles, ya verás”. Dibuja algunas. Lo vuelve a colgar y, observándolo, vuelve a pensar que no hay las suficientes mariposas. Pinta más. Luego decide que tiene que salir un arcoíris… Se está viniendo arriba. He tenido que detener esto porque me veo mi dibujo con doscientas veinticinco mariposas y tres arcoíris.

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Creo que sufre de horror vacui.

Después le pido que se ponga el pijama. Y me viene con la misma excusa que me sacó el día anterior para no ponérselo él solo. Ayer le entró flato y le expliqué que a veces dolía cuando se hacía deporte. El caso es que gracias al flato, el pijama se lo puse yo.
Hoy también quería que se lo pusiera, y para convencerme me dice que le duele como ayer, que es mentira cochina. Le digo que se aguante y que se cambien pero ya, y se me pone todo digno:

«Pues ya no te voy a hacer dibujos». Luego lo medita…: «¡No, ya no te voy a hacer dibujos bonitos, te voy a hacer dibujos feos, que no te enteras!» Que como castigo es mucho peor.

Mi hijo conoce su superpoder y sabe cómo utilizarlo.

Día de la Madre en bicicleta

Ayer hice una de las mías: Salir con la bici justo antes de que lloviera, para no pillar la lluvia, para volver pronto, porque llovía.

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O sea, deporte, pero poco. No fuera a ser…

Hoy me he desquitado a base de bien. Increíblemente. Hemos celebrado el día de la madre por Madrid Río. Y digo increíblemente porque El Cachorro se ha cascado una kilometrada de escándalo con esa mini bici que no tiene recorrido ni nada, donde cuando yo doy una pedalada, él da cuatro. ¡Pues como un campeón! Más de 12 km, DOCE KILÓMETROS, se ha metido entre pecho y espalda.

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En cuanto al otro, disfrutando también mucho del paseo…

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Qué desnuque, madre mía. Todos mañana con agujetas en las piernas y, este, en el cuello.

Tengo que idear un sistema que le sujete la cabeza, porque es automático, se monta y se soba. Y se disloca el cuello.

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Aunque él ya ha encontrado un buen apaño con su bibe multiusos…

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Sobre ruedas

He decidido salir a hacer un par de recados con mis dos pequeños. Con mis dos pequeños y sus vehiculitos. Comprar dos cebollas e ir a la farmacia me ha llevado la friolera de tres cuartos de hora.

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Se ha desesperado un poco hasta El Cachorro. Don Bimbas es muy cabezón y hay que luchar para que vaya por donde tú quieres. Su velocidad también nos pone un poco de los nervios.

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Al rato al menos tenía un motivo para ir como una tortuga. Transportaba en su león un pequeño tesoro. Le han regalado una piruleta (en su línea, se ha camelado a una dependienta) y, muy aplicado, la ha metido ahí, a buen recaudo, y hale, vuelta a casa.

El paseo ha sido largo. Laaaaaaaaargo. Pero ha estado guay, la verdad.

El descanso de las fieras

Leo un artículo acerca de que las posturas adoptadas por los niños mientras duermen, hablan de su carácter.

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Me pongo a pensar y, en efecto, me suena que uno duerme tipo estrella y otro caído de un quinto. Así que para comprobarlo, justo voy ESTA MISMA NOCHE, me asomo a su cuarto y saco estas fotos…

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El Cachorro presenta una clara POSTURA ESTRELLA DE MAR.

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Don Bimbas se inclina por la POSTURA DE CAÍDA LIBRE

Impresionante. El artículo da ABSOLUTAMENTE en el clavo. Son TAL CUAL.

¡A la calle!

Don Bimbas no habla, pero se explica divinamente.

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¿Pues no me viene con el abrigo para…? Esperad, a ver si vosotros también le entendéis igual de bien. Aparece con el abrigo para que…

Elegid una de estas opciones:

A. Le cosa un botón.
B. Me lo ponga yo pero en la cabeza, porque no le gusta.
C. Le meta unos tijeretazos, lo convierta en trapos y proceda a limpiar el polvo de su habitación.
D. Se lo ponga para salir a la calle.
E. Pedirme otro nuevo, porque ha descubierto que este era de su hermano y él cosas de segunda mano como que no.

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Pues claro, la B. Una indirecta directísima. Asociación de ideas, se llama. Es como cuando los perros aparecen con la correa en la boca.

Yo hoy no quiero bajar porque llueve. A mares. En el patio de la urbanización no hay ni un alma porque todos los pajaritos están a resguardo, lógicamente. Pero Don Bimbas cuenta con un aliado para hacer valer sus deseos…

El Cachorro tiene un paraguas. Llevaba toda la semana suspirando por utilizarlo. “Mamá, ¿puedo bajar un poquito a jugar con el paraguas?”

Así que, nada, ahí los tres a la calle como pelaos. Pero cierto es que El Cachorro lo ha disfrutado de lo lindo.

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Si salía a la intemperie, lo desplegaba, y si estaba bajo techado, lo balanceaba. Cuando abría el paraguas, era un escudo, y cuando lo cerraba, una espada. Y yo no sabía que un paraguas daba para tanto…

Por cierto que no es mala la opción de acceder a la petición de los críos de salir a la calle, así caigan chuzos de punta. Porque al menos uno vuelve muerto. Me fascina cómo se le cierran los ojillos incluso antes de coger el ascensor para subir a casa…

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Atracción fatal

Las sillas y el irrefrenable impulso que tiene Don Bimbas de subirse a ellas.

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Y de bajarse. Y de volverse a subir.

El otro día, para su solaz, fuimos a Ikea. Para qué quería más. Se subió EN TODAS las sillas que encontró.

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En esta última subió y bajó 17 veces seguidas. Que las conté.

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Estaba al lado de las cajas y había cola. Se entretuvo de lo lindo. Y porque lo arranqué de ahí, que si no aún continuamos.

Al día siguiente, zas, taburete al canto. Pues también supo qué hacer con él…

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Vamos, que le plantas cuatro palos a su altura y te despliega toda clase de equilibrios, contorsionismos y acrobacias.

Ha sido el espectáculo del restaurante. Porque anda que no le gusta retorcerse. Hasta el pino puente, hace. O algo parecido.

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(Aquí en la foto no llora porque le duela, no os preocupéis. Es de goma, el tío. Llora porque quiere algo que no consigue en ese preciso instante. Y el “pino puente” ha resultado de su conocida manía, reflejada ya en este blog, de tirarse hacia atrás en modo protesta).

Su hermano no se queda manco en cuanto a posturas se refiere. Toooodo el sofá para él, y ojo a cómo se pone a ver la tele…

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Si os soléis fijar en los detalles, veréis que tiene algo pintado en la cara, ¿verdad? Pues es porque hoy ha ido a una granja-escuela con el cole. A la vuelta, me encuentro esta obra de arte en su cara.

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Pintacaras, dice que había. ¿¿Pintacaras?? ¡Pintamonas! Espero que no nos hayamos gastado mucha pasta en estos artistas chuscos… ¡Qué valor!

(Vaya forma de hilar temas en el post de hoy, ¿que no?).

Tú pasas el paño y yo te la apaño

Es ponerme a limpiar, y descubrirle al pequeño nuevos mundos para ensuciar y desordenar.

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¿Dejo el cristal de la mesa como una patena? Pues ya viene él, acto seguido, a plantar su huella. ¿Coloco las piezas (las tres que quedan) del puzle en su sitio? Enseguida las vuelve a sacar de ahí para meterlas debajo del cristal, ese que acabo de limpiar, que es su lugar favorito para colocarlas. ¿Pongo otros puzles de madera en el hueco de la mesa, recogidos, con también todos sus componentes bien puestos? Acto seguido aparece para volverlo a desparramar todo.

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O sea, que su mayor afición es ir detrás de mí a ver qué hago para deshacerlo. Me tiene frita.

Tengo que probar otra cosa. Tengo yo que ponerme a desordenar algo para ver si viene detrás y lo coloca bien. (No caerá esa breva).