Traer juguetes para los niños

He venido de un viaje a México y me he traído unos cuantos juguetes de los de madera de toda la vida. Peonzas y otros artilugios tradicionales, de los de toda la vida, que no sé cómo se llaman. Muy mono todo. Vamos, que los juguetes son más para mí, para alimentar mi nostalgia, que para mis niños.

También, estos sombreros…

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¿No están mundiales? Tengo la intención de bajarlos en verano a la piscina con ellos. También creo firmemente que me los pondrán a mí de sombrero, nunca mejor indicado, pero en plan uno encima de otro, y que no podré ni hacerles una foto. Si me los conoceré… Así que, de nuevo, otro souvenir que responde más a mis deseos que a los suyos.

Un fiasco de regalos, vamos.

Bueno, así me aseguro de que no esperarán a que vuelva de los viajes para ver qué les he traído. Si me reciben con su rotunda alegría tendré la certeza de que será solo y únicamente por el hecho de volver a verme a mí, y no por lo que les haya comprado…

La mente infantil

El Cachorro le explica a su padre por qué es más fuerte que él: “Yo tengo mucha fuerza en los dientes. Si me muerdo en la lengua me hago daño. ¿Lo ves cómo mis dientes hacen más fuerza que tus dientes?”

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Su poderío dental está de lo más definido. No se puede decir lo mismo del resto de sus reflexiones: «No tengo nada para hacer una cosa». Hale, adivina a qué se refiere, con semejante concreción.

La lógica infantil es apasionante.

Entrenamiento para un ochomil

Nada, que no contento con encaramarse a la mesa, ahora también se pone ahí de pie. Miradlo que pinpin. Encantado de la vida.

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¿Y qué más ha aprendido? Pues a subir las escaleritas de la cama.

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Y porque me ha avisado El Cachorro…: “Mamaaaá, veeeen, mira. El bebé está subido”. “¿Dónde?”, me asomo y me lo encuentro ahí arriba, tan pichi.

Que me lo veo escalando ochomiles, a este…

Lucha a muerte

Luchamos El Cachorro y yo con las espadas. La suya es la espada láser y la mía un palo. Muy igualado todo. Ah, pero sé defenderme.

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Protege a Don Bimbas: «No te vas a llevar a mi bebé». Es que se me cae la baba cuando se refiere a su hermano como “su bebé”. Tiene bastante interiorizado ese sentido de pertenencia. Y disfruto horrores cuando le oigo decir lo de “mi bebé”. No lo hace solo en las luchas, días después nos vamos a un parque de bolas, sale El Cachorro de jugar, no ve a su hermano y pregunta: «¿Dónde está nuestro bebé?»

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Pero volvamos a las espadas… Le digo que le voy a cortar al bebé un piecito, o su culete, o un brazo… Él me detiene con la espada: «No le hagas daño a mi bebé», y luego me advierte de los poderes del pequeño, a ver si así me arredro: «El bebé hace daño, tira del pelo fuerte». Jajajaaja. Cómo reconoce cuál es la habilidad de su hermano para la lucha…

Total, que le venzo y le clavo la espada:

– Jaaa, te maté.
– Nooooo, no me matas porque soy mágico.

Tócate los pies. Resulta que como es mágico no lo puedo matar. A mí lo que me parece es que es más bien majico. Y jetica.

Ojos que ven pero que hacen que no ven

Observar a mis hijos cuando están a lo suyo es uno de los mayores placeres de mi faceta de madre. Se da en pocas ocasiones, porque cuando se percatan de que los miras, se ponen a impostar y ya no resultan naturales. Y como están tan pendientes de mí, rara vez actúan en mi presencia como si yo no estuviera.

Si, para colmo, soy testigo de la camaradería fraternal, se me cae la baba hasta que se me desertiza la boca.

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La cosa sucede así: El Cachorro comiendo pasta, Don Bimbas pidiendo, El Cachorro partiendo cachitos y dándoselos al pequeño en la boca, Don Bimbas zampando.

Por favor, son tan monos que ellos comen pasta rellena de queso con nueces y yo voy a comer niños rellenos de pasta rellena de queso con nueces.

Pero en realidad el título de este post viene a cuento de otra cosa…: Ese momento en el que ves que a Don Bimbas se le cae el tortellini de la boca al suelo, que lo va a coger para zampárselo, ese momento en el que te lanzas a recogerlo pero, a medio camino, decides que qué más da y haces como que no lo has visto.

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Que se inmunice, que se inmunice.

Nueva cuidadora

La mujer que cuida a mis hijos ha tenido que irse más de dos semanas a su país. Y nos ha encasquetado a una compatriota amiga suya, una señora mayor. Yo, que soy de natural confiada, me he agarrado a ese lazo que tienen y que si ella se fía, yo también, y no he puesto pegas. Estoy ahora como para ponerme a hacer castings o buscar otra solución, que no la hay. Porque, tras un mes de paro, justo hoy empiezo a currar. Así que he dejado a mis hijos en manos de esta desconocida.

Menos mal que de lo que me quejo siempre, hoy me sirve. Curro mucho. Y hoy currar mucho me viene de perilla para no estar pensando todo el rato en si mis hijos estarán bien o mal con esa señora nueva.

A la vuelta del trabajo, me preguntaba con qué panorama me iba a encontrar. Y, oye, los dos estaban FE-NO-ME-NAL. El Cachorro con una sonrisa de oreja a oreja.

Están los pequeños tan pichis, cómodos con esa señora como si llevaran años con ella, haciendo las cosas de siempre, como cuando Don Bimbas toma a su hermano mayor por un asiento.

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Que ahora me pregunto si esta actitud responderá a que he dejado siempre que a mis hijos los cogiera en brazos cualquiera, o a haber permitido que alguna amiga se los llevara a dormir a su casa. Quiero creer que eso fomenta que cuando les cambias la rutina, se adapten de mil amores. Haces que no se apeguen demasiado a la gente. Que la quieran mucho (son muy besucones y cariñosos), pero que su felicidad no dependa de personas en concreto. O eso quiero pensar…

(Deducciones a medida Amaya Rey. Olvídese de los remordimientos. Solicite presupuesto sin compromiso).