Bombón relleno

Vamos por la calle y suelto al peque, que así, de pie, parece un muñequito.

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Me ha salido mono, el jodío. Así que pasa un par de señoras y se le quedan mirando, que qué guapo y tal. Y en esto que Don Bimbas lanza los bracitos.

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A una de las señoras le entra un perrenque: “¡Ay, que me muerooooo!”. Lo coge. “¡Lo secuestro! ¡Me lo llevo!”. Y, hoy, considero su propuesta seriamente.

Está el pobre con gastroenteritis y en lo que va de día ya lleva cinco pantalones manchados con caca líquida. No hay ajuar que soporte esto. Ni nervios, cuando el pobrecito se pega toda una noche llorando sin parar del malestar que tiene. Llorando y vomitando, que tú te tienes que levantar en medio de la oscuridad, derrengada y con el ojo pipa, para ponerte a cambiar sábanas como una descosida.

Así que yo estoy muerta de sueño y de agotamiento y valoro aprovechar que mi chiquitín se va con cualquiera tan ricamente para endosárselo a estas mujeres, por supuesto sin avisarles de que sí, es muy mono, pero una auténtica bomba de relojería. Cuando les estalle ya será tarde… Ñej, ñej.

Ganas de crecer

En la percha el conjuntico resulta una monada. Pero se lo pones y parece un señor mayor de Cáceres.

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Me da la impresión de que de un momento a otro se va a llevar la mano al bolsillo y me va a dar la paga.

Su hermano, por su parte, dice que tiene ganas de crecer y ser mayor. Vaya, justo lo contrario de lo que quiero yo. De lo que quiero yo para él y para mí, ya que estamos.

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Pero él se desespera: “Tengo ropa de cuatro años, ¿cuándo voy a tener ropa de cinco?”. Jaaja. Qué se pensará. Por mucho que le digo que ya viste de mayor, que la ropa es la misma solo que más grande, no sé qué deducciones debe hacer que mis explicaciones no le convencen nada de nada.

Más feliz que un mamut en un charco

Cuando Don Bimbas desparrama las cosas por el suelo, no lo hace solo por el simple gusto de tirarlas… Lo disfruta. Se tira encima, se medio reboza, lo goza. Parece el Tío Gilito con sus baños en dinero.

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Es un buen entretenimiento para un día casero destinado a hacer manualidades. De nuevo un domingo hipotecado porque nos tenemos que cascar un trabajazo para la clase de El Cachorro. O sea, lo hacemos sus padres y lo luce él. Aunque, viendo cómo interpreta lo que aprende en clase, mejor que de momento sea así. A nuestro troglodita le han hablado de las Venus prehistóricas, y saca la siguiente conclusión: “Tenían que tener muchos hijos porque si no se morían”.

Así que reunimos lo imprescindible para su realización: tijeras, pegamento y palmera de chocolate blanco.

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Tenemos que hacer algo relacionado con las diferencias entre la prehistoria y la actualidad. Yo he aportado la caja de cartón, la selección de fotos y, lo más importante, la idea. El Señor de las Bestias se ha ocupado de plasmarla, y desde luego está a la altura. Nos ha salido esto:

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Las fotografías tienen un velcro detrás y se pueden pegar en el área que les corresponde. El juego mola, no me digáis. Estoy tan satisfecha que me ahueco hasta alcanzar las dimensiones de un mamut. O me califica la profe con matrícula de honor o le sacudo un trompazo.

El bebé quiere ser secuestrado

Nos vamos a unos grandes almacenes de compras y preguntamos a una dependienta una cosa. Como cada loco con su tema, resulta que Don Bimbas también tiene otro objetivo con la señora: alza los brazos (cosa que ha empezado a hacer hace un par de días) para que lo coja. Como es un conquistador nato, no se le resiste ni una miaja.

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Lo malo es que luego lo reclamo y el tío dice que nanay, que conmigo no se viene. Así que se lo tengo que arrancar a la dependienta.

Unos pasos más allá, el pispajo de nuevo en el suelo, repite la jugada.

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Va de dependienta en dependienta, ese es su modus operandi de hoy.

En esto que una de ellas dice que se lo va a llevar a casa, y salta El Cachorro: “¿Y qué hacemos en casa con una cuna sin bebé?”

MUNDIAL.

Carnaval, carnavaaaaal

Ya estamos. Un año más. Que con eso de que las fiestas para los críos son como las bodas gitanas que duran días, resulta que además del día de Carnaval propiamente dicho, llevamos toda la semana con la historieta.

El lunes tuvo que ir al cole con el pijama puesto. No sé qué gracia le ven a eso, pero se la deben de ver, porque es el segundo año que lo hacen.

El martes hubo que pintarle algo en la cara. En nuestro caso, esto.

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El miércoles ya era un más difícil todavía, porque debían llevar los críos un accesorio en la cabeza. Y ponerle algo en la cabeza a mi hijo es misión imposible. (* Ver post antiguos relacionados con disfraces, como justo el de febrero del año pasado, el día que repudió el capuchón de cota de malla del disfraz de caballero, o hace poco en Navidad, que fue de Papá Noel sin gorro, y así).

Para el jueves se vienen arriba y ya piden que vayan los críos “vestidos elegantes (de fiesta)”. ¿Qué necesidad? Yo recuperé una pajarita que formaba parte de una camisa de verano del crío y que jamás ha utilizado, y esa es la gran aportación…

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Y por fin, el viernes, tuvieron que ir disfrazados de prehistóricos. Lo lleva al cole el Señor de las Bestias y me envía el siguiente mensaje…:

“Si ves los disfraces que se han currado en el cole, el nuestro es de indigente prehistórico”.

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Vale, es que la peña, con la tela sobrante, ha fabricado hasta cubrezapatos. Hay padres que son de un entregado y de un apañado que me dan auténtica envidia. Pero a mí me parece que mi niño ha quedado bastante aparente. Con su brazalete y su colgante de diente de tiburón.

Yo diría que superamos la semana con dignidad.

Hambre, pero no tanta

Lo entiendo perrrrrfectamente.

Después de la siesta El Cachorro se ha despertado con hambre. Y yo le digo: “Ah, muy bien, pues te voy a dar fruta, que no la has tomado en la comida”. Y me réplica: “Nooooo, fruta noooooo. No tengo hambre de fruta”.

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Y es que es verdad. Hay hambre de cosas específicas. Hay hambre que no es de cualquier cosa. A mí me ha sucedido esto tooooda la vida. Llegar a casa del cole con un agujero en el estómago, dispuesta a comerme la mesa a bocados, y quitárseme de cuajo al ver que me esperaban unas acelgas. Y al revés, encontrarme los fabulosos tallarines al horno de mi madre y repetir tres veces.

A día de hoy me pasa igual. Para el queso derretido, fundido, en salsa… siempre tengo hambre. He aquí un primor gastronómico según mi punto de vista.

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Hamburguesa mezclada con queso, con loncha de queso y salsa de queso. Aún la hubiera gratinado, fijaos lo que os digo. Y para cosas así, no tengo fondo.

A mí me entra el hambre a media mañana pero nunca de una manzana, sino de un donuts. No me parece que las manzanas tengan la facultad de saciar a nadie. “No tengo hambre de fruta” de mi hijo se me antoja lo más descriptivo del mundo. Y lo más lógico.
Aunque jamás se lo reconoceré.

Por otro lado, hay cosas para las que siempre se tiene hambre. Por ejemplo, para un postre. Yo estoy convencida de que he desarrollado un estómago adyacente. Puedo estar empachada viva, sin hueco para una patata frita más, pero para el postre siempre tengo sitio.

O para el piecito de Don Bimbas.

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No me sacio.

En fin, que nadie mejor que yo entiende a mi hijo. Así que hemos hecho un trato. Come algo de fruta y luego lo que él quiera.

Última reflexión: Anda que les hacemos comer unas cosas… ¿¿Tú te crees, una manzana nada más levantarse?? ¿¿Qué clase de porquería es esa?? Pero yo aún soy buena madre. Peor era la mía, que como había oído aquello de “de lo que se come se cría”, me ponía para cenar ¡¡sesos!! PUAAAAAJJJJ, QUÉ ASSSSCOOOO. Eso sí que tenía delito. Años, muchos, muchos años después, me reconoció que no le gustaban. Y mi manifiesta falta de memoria me impide recordar si ella los llegaba a comer o hacía como hago yo ahora con mis hijos, que les pongo cosas que a mí no me gustan diciéndoles que yo ya he comido de eso antes.

Sesos… joder qué invento.

¿Qué es la muerte?

Don Bimbas ha vuelto a sacar la tierra del tiesto, dejándolo todo perdido, consiguiendo la reacción lógica y habitual por mi parte:

– ¡¡¡TE VOY A MATAR!!! – tiembla el edificio y el alarido se oye en Málaga.

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Y entonces pregunta El Cachorro: “¿Vas a matar al bebé? ¿Y se va a quedar así morido?”, y se tira cuan largo es en el suelo.

Jajaja. Qué ocurrencias, tan gráficas.

Pero no sería extraño… Don Bimbas tiene la puñetera manía de despanzurrarse para atrás.

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Lo hace con todas sus fuerzas y de improviso. Está sentado encima de ti y, de repente, zas, se tira hacia atrás y tú te das un sustaco del quince, mientras reaccionas en un milisegundo para sujetarlo. Me estoy temiendo el día (parece que cercano) en el que yo no llegue a tiempo, se me resbale o algo y se haga un esguince en el cuello, un torcimiento de columna y se rompa la crisma, todo a la vez. El día en el que se quede así, morido.

Juguetes de niños… para adultos

A ver, confesad, ¿cuántas veces habéis regalado algo a vuestros hijos que en realidad os hacía mucha ilusión a vosotros? Muchos padres les cascan el Scalextric a sus vástagos, con lo que cuesta montar ese estafermo y lo carito que es, y luego los peques no huelen los mandos ni por equivocación.

¿Y cuántas veces os ponéis a ayudarles en un trabajo y lo acabáis haciendo vosotros… pero con gusto? Es decir, sin dejarles meter baza, “que lo estropeas”.

¿O cuántas os ponéis a enseñarle cómo se hace cualquier cosa haciéndolo vosotros, y después no hay forma de que paréis?

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Es lo que ha ocurrido hoy en mi casa. Se pone a pintar El Cachorro con unas acuarelas que le acaban de regalar, se acerca el Señor de las Bestias, curiosea, observa que el peque hace algo mal, le coge el pincel, empieza a colorear, se pica, se lo empieza a tomar muy a pecho, muy a pecho, muy a pecho… y se casca la página entera. Y el otro mirando.

Pero… ejem, ejem… Eso no es algo que haga solo el Señor de las Bestias.

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La cosa ha arrancado así, con un “ven, monta, que vamos a ir rápido y te enseño”, y he acabado monopolizando el patinete, dándome unos buenos garbeos, mientras El Cachorro se tomaba una Trina sentado en una terraza.

¡Sit! ¡Plas!

Me estoy dando cuenta de que estimulo a mi bebé lo mismo que si lo hiciera a un perro, cuando le agitas una pelota o un hueso delante del hocico.

Yo lo que hago es llamar su atención con algo que le gusta, en este caso una bolsa que tengo hasta arriba de botecitos de geles y champús de hotel, y hacer que me siga hasta donde yo quiero que venga a jugar.

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Es infalible. Consigo siempre mi propósito.

Y luego el experimento a lo Pavlov continúa. No sé por qué tipo de condicionamiento clásico, cada vez que tiene a su alcance varios chismes, los utiliza para hacer trasvase. Un juego mecánico que consiste en cambiar las cosas de lado. Coge objetos de un sitio y los coloca en otro.

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Luego los coge de ese otro y los vuelve a situar en el original. Entretenerlo sale barato.

Claro que lo de El Cachorro y su tendencia a hacer continuamente torres y a ordenar todo, también es un caso digno de estudio…

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