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Protesta el pequeñito y sale su hermano mayor al quite: “Quiere aaagua”. Pero me lo dice como con soniquete, como con cierto fastidio, con una paciencia infinita, en plan “parece mentira que a estas alturas no te enteres aún de lo que quiere tu hijo” y “ya te lo tengo que decir yo, OOOTRA VEZ, cuando está clarísimo”.

madre

Como que me da lecciones, ¿sabéis? Pero este macaco… ¿cómo cree que ha llegado hasta sus cuatro años de vida si no es gracias a mí?

Bueno… el otro a ver. Porque le he sacado de la boca este trozo de goma de vete tú a saber dónde.

madre

Y tan contento. Me veo que para sus piscolabis, en vez de llevarme a una tienda de chuches, me pida que vayamos a un desguace de coches.

El descerebre continúa

Bien, si estáis siguiendo estas vacaciones dominicanas, ya sabéis que nos lanzamos a viajar en avión sin tele ni tablet, que nos montamos los cuatro en un catamarán sin saber pilotarlo, que nos fuimos a una excursión no recomendada para menores (ni para mayores, ni para nadie)…

Pues en lo que respecta a arriesgar la integridad de mis hijos, el descerebre continúa.

madre

Alquilamos un coche y nos vamos a hacer turismo a la aventura. Llegamos a unas cuevas con unas escaleras de esas húmedas, desgastadas y resbaladizas.

madre

Se nos adoba un niño dominicano que prácticamente vive en las cuevas esas y no se me ocurre nada mejor que dejarle a su cuidado a mi hijo de cuatro años para que haga el cabra con él.

madre

Como lo veo muy suelto, me animo también a poner mi vida en sus manos.

madre

Y dado que salimos indemnes, decidimos irnos a un restaurante local a ver si nos destrozamos el estómago a base de bien.

madre

¿Quién dijo miedo? O vas a la aventura, o no vas.

Lo que da de sí la playa

Me pirra la secuencia de los tres hombres de la casa en la playa.

Primero, baño:

madre

Segundo, enterramiento:

madre

Y tercero, apocalipsis:

madre

Qué tresena más bien compenetrada. Lo bien que les sienta las vacaciones. A El Cachorro, se le nota también en el pelo. Mirad qué mechazas le han salido.

madre

Yo es que no sé por qué narices no vivo en la costa…

madre

Soy fan total de la playa.

Puej

No sabéis la de gente que chupa el dedico de mi bebé. Son legión.

madre

A ver, nunca he sido una histérica de esas de “no toquéis a mi bebé, no le cojáis de las manitas, no os acerquéis con vuestras bacterias”. Pero reconozco que me produce rechazo que la gente chupe el dedo de mi pequeño solo porque él se lo ofrezca aunque, sí, estamos de acuerdo, sea absolutamente comestible e irresistible. Más que nada porque ese dedo me lo como yo sin parar y no me gusta chupar las babas de los demás. Ni que mi hijo se lleve a la boca otra saliva que no sea la de su familia. Así que he pensado que al próximo que se le ocurra, le soltaré: “¡Otro! No sé qué tiene ese dedico que hace diez minutos se lo ha chupado un tuberculoso con halitosis y, hace dos, un perro”… A ver qué tal.

Pero sigamos con las marranadas… Me viene El Cachorro y me suelta: “Mamaaaaaá, me huele la mano fatal”. Nos la planta en la nariz a mí y a su padre. En efecto, fatal fatal. Y le pregunta su padre: “¿Te has tocado el culo?” Y dice: “Sí”. ¡Agh! Casi me da algo. Pero el culo hasta el intestino delgado, se ha debido de tocar el colega. Luego descubrimos en el bañador lo que debió ser un pedo húmedo. Se ha levantado con diarrea y, claro, es una consecuencia lógica. Y un asco total. Poooobre.

madre

Pero, claro, se ha rascado en el momento postpedo, y la mano jiede. Y el crío plantándomela en la nariz, y cuando digo en la nariz, recalco el “en”, como preposición descriptiva de posarse algo en algo, estar sobre algo, encima de algo… tocando, vaya.

madre

De verdad que para tener hijos tienes primero que entrenar el estómago…

Excursión

Me caracteriza ser una tía muy echada p’alante. En lo que respecta a mis hijos también. Enseguida me animo a hacer cosas con ellos que en principio el resto de los mortales no hacen habitualmente con sus vástagos: trepar, viajar, visitar ruinas, montar en canoa… Así que cuando el pesado de la playa nos aseguró que a la excursión a la isla de Saona se podía llevar críos sin problema en la lancha rápida (“donde os podréis poner en la parte de atrás, sin salpicaduras y en sombra”) y en el catamarán, y que por supuesto con el carrito, no me hizo falta pensarlo dos veces. Y la contraté.

madre

Ese día había que madrugar. A las siete se salía. Cuando nos acercamos a un minibús que estaba en la puerta del hotel esperando, observo que es demasiado mini y que está hasta la bandera de gente. Los guías que están al lado, los típicos que medio te ignoran, que solo van a ver si tienes el tique, que no saben muy bien dónde meterte, que ni una sonrisa ni mirada de aprecio, lo único que me dicen es: “El carrito no lo va a utilizar, déjelo en el hotel”. Pero yo soy perra vieja y me conozco las excursiones de días completos, y me conozco a mi hijo (al que le cuesta dormir y fuera de casa solo lo hace ahí) que tiene solo un año, y me conozco a mí misma. Y cuento con todo lo que llevamos dentro del saco del carrito y colgando en bolsas del carrito. Y me niego: “El carrito viene con nosotros”. Eso les produce un manifiesto fastidio, y lo meten en un maleterillo absurdo bien sucio que tiene el vehículo, de cualquier manera.

Nos hacen subir y pretenden que nos sentemos en los huecos, separados. “Mira, no. Vamos con dos niños pequeños y necesitamos sentarnos juntos”, y acabo yo organizando a una tipa que iba ancha (es un decir, en esa mierda de minibús) en un asiento, metiéndola cerca de sus amigos con otro que también iba solo para, al menos, sentarnos alguno de nosotros dos con alguno de nuestros hijos.

familia

Y luego viene cuando tienes que aguantar cómo esos mismos guías ariscos, los que casi me escupen cuando hemos llegado, cambian el chip en plan “ahora empieza mi trabajo y tengo que animar a este ganado y decirles las mismas gilipolleces que repito todos los días”, y uno de ellos esboza una sonrisa, se presenta en plan tope colegui, y nos pide que contestemos, alegres y pizpiretos, al unísono, “buenos días”. Y, como borregos, todos, rusos, franceses, ingleses y portugueses: “¡Buenos díaaaaasssss!” El otro: “¡No os oigo, venga, más alto”. ¿Quién se cree que es, Fofito?

A mí esa hipocresía, esa simpatía de palo, me saca de quicio. Me saca de quicio que se note. O eres simpático desde el minuto uno, es decir, desde que nos recibes a pie de minibús y exiges el pago de lo que falta para ir a la excursión, con amabilidad y cortesía, o si no luego, cuando decides convertirte, no me vengas con que te contestemos “buenos días” como si nos acabara de tocar el Euromillón, porque ya me has puesto de mala leche. So bobo.

Después de soltar el típico y manido discursito de que cinco minutos dominicanos equivalen a media hora, y que no debemos estresarnos (vine a este país en el 97 con compañeros de la universidad y te soltaban la misma gracia), descubres que eso lo aplican a lo que les da la santísima gana, porque cuando les conviene, bien que corren. O sea, que para parar a mitad de camino para echar un cigarro o un pis, como si nos hicieran un favor, casualmente en una tienda, sí que hay tiempo, pero cuando llegamos a destino y nosotros tenemos que montar un carrito de bebé, “corre, corre, que tenemos que coger la lancha”. “No te estreses, macho”, le digo al guía jefe, que es el que nos maneja desde el minuto uno. Y él aprovecha para recordarme que no voy a tener que utilizar el cochecito del bebé, que es mejor que lo deje en el maletero. “No, gracias”, y lo llevo. Y siento cómo el tipo me odia.

madre

Nos montamos en la lancha (y es un circo hacerlo, con el carrito en volandas, los niños, las bolsas… para que no se mojaran). Somos los últimos. Y nos sentamos en los primeros asientos; separados, claro está, dos delante y dos detrás. El resto de la lancha no solo estaba ya ocupada, sino que además no cabía un alfiler más. “Nos hundimos”, pienso, “esto ha superado aforo desde hace veinte personas”. El carrito del bebé lo meten (por no decir lo arrojan) en un hueco de la lancha. De nuevo cagándose todos los dominicanos que se encargan de la excursión en mí.

madre

A los primeros asientos no llega el toldo y el sol nos da de pleno. Y en cuanto nos ponemos en marcha compruebo que estamos en la zona donde el mar nos va a sacudir de lo lindo.

Nada más salir de la playa, nos paramos. Dentro del planning figuraba un esnórquel muy chulo de veinte minutos. Resulta que es como a doscientos metros de la orilla, al lado de unos barcos amarrados, con un mar picado, un viento considerable, una brisa fresca, y “venga, ya, ya, al agua el que quiera tirarse, hay gafas al final”. Cuatro pringados, porque no apetecía nada de nada meterse en el agua, deciden saltar. El resto, esperamos en la lancha. Esos veinte minutos a mí me parecen cinco. No digamos a los que se tiraron. Todo como muy corriendo y muy chapucero. Un horreur.

Emprendemos de nuevo la marcha y ya la lancha se pone fiera. Tal y como me temía, nos empieza a salpicar el mar en toda la cara y El Cachorro se pone a llorar porque le pican los ojos (por el agua salada).

madre

Yo me preocupo también por la piel blanquita de mi bebé, que está sentado detrás de mí con su padre. Me empiezo a poner negra. Pero negra. Y no precisamente por el sol que nos está dando de lleno (o no solo por eso, porque nos estamos torrando).

El viaje en lancha rápida me está pareciendo lento. Especialmente lento. En teoría eran 45 minutos hasta la isla y yo creo que llevamos navegando hora y media ya como mínimo. Un viaje incomodísimo, todos como sardinillas en lata. Y los guías repartiendo ron a ver si no nos enteramos de la jugada, pero sí. El truco del ron para universitarios, vale, pero en esa lancha de ochenta personas o más, debía haber solo tres jovenzuelos con ganas de fiesta. El resto solo teníamos ganas de llegar ya adonde fuera. Pero no hay manera. Nos adelantan hasta los pedalos, a nosotros, los de la lancha rápida. Y a la postre sí, tiene un problema, nos comunican. Y parece que es de sobrepeso. Justo lo que yo pensaba.

A todo esto ya llevamos tiempo pasando frío. La temperatura no es muy alta y hace viento. A El Cachorro lo tapo con una toalla y lo rodeo con mis brazos (con piel de gallina). No quiero ni pensar en cómo están los cuatro del esnórquel.

Pero cuando el viaje se pone verdaderamente interesante, es cuando, con tanto floash, floash encima de las olas, p’arriba y p’abajo, Don Bimbas decide hacer aprecio al movimiento y ponerse a vomitar. Yeah. Para qué queremos más. Pringado de arriba abajo.

Por suerte, si es que podemos considerar ese factor, pronto paramos en otra zona en el mar donde hay una piscina natural con estrellas de mar. Otro momento para tirarse al agua. Y para lavar al enano de arriba abajo y aclarar su ropa asquerosa.

Aquí la parada es de cuarenta minutos. Aprovecho para decirle al guía listillo: “Oye, que para cualquier otra cosa que vayamos a hacer o a la que nos vayamos a montar, te pido que tengas en cuenta que tenemos niños pequeños y que nos reserves un sitio un poco en condiciones, que el bebé se me ha hecho a l’ast bajo el sol y el otro está incomodísimo con el mar en la cara todo el rato”. Como es un chulo de libro, me contesta: “Haberlo dicho, no lo puedo adivinar”. No es adivino y debe ser sordo y ciego, porque estaba a mi lado y ha oído a mi niño quejarse y ha visto como intentábamos proteger al pequeño del sol abrasador. “Por eso te lo estoy diciendo. Como no lo has adivinado, te lo digo. Te estoy diciendo que, para la próxima, te ocupes”. Pero qué lerrrrdo es este señor, por el amor de Dios. Qué ganas de ahogarlo.

madre

En fin, ahí decidimos meternos los cuatro, donde aparte de las pobres estrellas de mar que coge todo el mundo, nos esperaban unos dominicanos pertrechados con cámaras de fotos que te hacen posar con ellas como sombrero.

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Todo el mundo trajinando con las estrellas y haciéndose fotos. Y todo también como con prisas. No me he estresado tanto en mi vida. Ahí, en el país de “tranquiiiiiiila, muchacha, que estás de vacaciones”.

Tras el baño, en el que he sufrido bastante por esos bichos, pasan a algunos pasajeros a otra lancha y ya no vamos como piojos en costura. Ahora tengo hasta asientos donde puedo extender la “colada”.

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Nos dirigimos a nuestro destino final, que yo estoy pensando ya en que antes encontramos la Atlántida que llegar a esa isla que dicen que es tan bonita pero que a mí ya no me hace ni ilusión.

Desembarcamos y ahí nos enteramos de que tenemos que andar un trecho bastante largo porque al punto donde teníamos que haber llegado con la lancha, ha sido imposible por el oleaje. Nos han tenido que dejar en otra parte de la isla. Y entonces es cuando uno de los guías nos reconoce que menos mal que hemos llevado el carrito del bebé, que no podíamos haber realizado ese trecho con él en brazos, arrastrando al otro y llevado las cinco bolsas pesadas que llevábamos.

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De todas maneras, para el Señor de las Bestias tampoco supone la panacea. Aquí lo veis recién llegado y caminando por una pista de tierra más o menos transitable. Pero enseguida la cosa se pone morrocotuda, con pura playa. Arrastrar un carrito repleto de cosas que pesan (incluido el bebé) por la arena es una de las experiencias más extenuantes que existen, y él acaba al borde del colapso. Y desesperado. Para colmo, no hacíamos más que pasar zonas y zonas de playa en las que no había nadie, con tumbonas vacías…

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… donde nos decían que no nos podíamos quedar, y al final, yo creo que tres kilómetros después, nos hacen llegar a un cacho de playa donde tenemos que estar todos hacinados, en plan Benidorm en agosto. ¡Venga ya!

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Para colmo, hay que comer. Y la cola llega hasta Madrid. ¿En serio? ¿¿En serio?? ¿Nos han dicho que ahí íbamos a estar tres horas, hemos perdido veinte minutos en una caminata y ahora vamos a perder otro tanto en una cola? Y, sí, en efecto.

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Después de media hora de cola, ponte a comer. Y después, comprueba que solo te queda una hora de playíbiri. Es que estoy a cinco minutos de pillar una recortada y cargarme a todo quisqui, primero a los guías y luego a todos los bañistas, aunque no tengan culpa, pobres, pero odio a todo el mundo.

Cuando por fin ya logro estar en la playa, que apenas disfruto, y termino de jugar con mi hijo a saltar olas…

madre

… decido que quiero dar un paseo, al menos para llevarme la sensación de que he hecho una paliza de excursión para algo, para ver o sentir algo parecido a un anuncio de Fa. Como mi amigo el guía es incapaz de darnos mucha información, me acerco para preguntarle que a qué hora partimos. “En cinco minutos”, me dice. “A ver, si has dicho que íbamos a estar tres horas y hemos venido a las doce y media y son las tres menos cuarto, supongo que al menos media hora más estaremos, ¿no?”, y me contesta: “Sí, sí. En cinco minutos salimos”. Insisto: “¿A qué hora?” Y él, con su cantinela de los cinco minutos. Incapaz de decirme algo más. ¡¡Es que ni escucharme, el estúpido de él!! Estaba ocupado sacando fotos a turistas para luego vendérselas.

Con las mismas, hago yo mis propios cálculos y decido dar el paseo que quiero hasta el final de la playa y volver. Algo que me va a llevar un cuarto de hora como mucho. Que me conozco el percal, el país y a los mamarrachos. El Señor de las Bestias me pide que no tarde mucho.

madre

Y no tardo mucho. Cuando vuelvo, un cuarto de hora o veinte minutos después, el monicaco del guía sigue a lo suyo, sacando fotos a rusas que ponen morritos. ¡¡Es que me lo voy a cargar!! Y luego el padre de mis hijos me cuenta que sí que ha visto cómo me iba yo caminando por la orilla y que le ha sentado fatal: “¡Adónde va, nos vamos ya!” ¿¿Ya, bobo de Coria?? ¿¿Ya?? ¿¿Ya, que llego de mi paseo y ahí estás tú sacando fotos a ver si pillas cach… unos dólares más, importándote el tiempo y las vacaciones de la gente una puta mierda?? Voy a respirar hondo mientras cuento hasta diez porque si no voy, le cojo la cámara y se la estampo contra una palmera.

En fin, la vuelta fue lo mismo que os he contado de la venida. Es vernos en rebobinado.

madre

La única diferencia es que en vez de volver en lancha, lo hacíamos en catamarán. Un catamarán que también llevaba gente hasta en el palo mayor. Un catamarán con la música a tope y que repartía ron a diez de las cien personas que íbamos montadas con cara de “nos han tomado el pelo pero a base de bien”.

madre

Por cierto, ¿no decís nada del palo que estáis viendo? Es el auténtico palo-selfie. El palo-selfie rústico. Invento del Señor de las Bestias.

madre

Total, ¿eh? Bueno, era para distraer el tema, porque el día este es para olvidar. Qué dinero más malgastado. Qué mala sensación. Qué tremendo cansancio. Qué asco.

madre

Y luego me pegué el resto de los días de mis vacaciones esperando encontrarme al que me vendió la excursión en la playa para cantarle las cuarenta. Porque no es una excursión para niños. Y porque no se puede intentar vender las cosas a toda costa. Que me cago en todo. Pero no tuve suerte… Él sí.

Conquista de América

Estamos en un hotel cuyo personal se esfuerza en que no te aburras.

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Pero estos días se pueden ir todos los animadores de vacaciones. Ha llegado el divertimento definitivo: Don Bimbas.

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El rufián Don Bimbas continúa en su línea: rompiendo corazones.

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Tiene al hotel al completo sometido, a sus pies. Y se ha quedado con toda la playa. Cuando juega, cuando anda, cuando se baña… o cuando despliega su repertorio de muecas.

niño

Todas sus acciones están siendo observadas por cientos de pares de ojos que se lo pasan en grande con él.

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Es que es graciosísimo verlo echar carreras desde la tumbona hasta la orilla, con ese andar inestable y divertido. Provoca las delicias del personal, que intenta llamar su atención para que vaya a su tumbona. (Fijáos en los de atrás, que están mirándole. Pues les faltó coger unos pompones y formar una pirámide en plan castellet para llamar la atención del pequeño y que les hiciera caso).

madre

Pero aquí el bandido o saca algo a cambio, o pasa olímpicamente, y el atractivo del mar es más fuerte…

niño

Menos cuando divisa a unas niñas con unos cacharritos muy apetecibles. Va directo y se planta ahí con ellas. Y mete baza y le dejan. Él toma asiento, se acomoda y conquista posiciones.

madre

Y directamente adopta a esa familia, que mola más que la suya. (Al día siguiente ya estoy en una tienda comprando palas y cubos para recuperar a mi bebé).

En fin, que es un espectáculo continuo.

madre

A este francés se lo ha metido en el bolsillo dando palmitas después de que él las diera. Un hombre que hoy ha sido feliz.

madre

Ah, y sacamos cacho. Como se gana a los camareros, enseguida nos preguntan si queremos algo, y no nos falta de ná.

madre

Un filón. En esta vida se consigue más siendo un simpático, no hay duda. Luego que si Colón y el imperio. Nada comparado con lo que este está logrando de manera pacífica (y sibilina) desde su desembarco.

Catamarán

No sé quién es más descerebrado, si el Señor de las Bestias cuando dice que ha pagado un catamarán para que subamos los cuatro pero que yo no diga a los monitores que no sabe cogerlo porque él les ha asegurado que sí, que lo sabe manejar, o yo por transigir y montarme con los niños en el artilugio.

madre

Venga, a probar cómo nos va con la novedad.

niño

Ya resulta divertido desde el minuto uno, viendo cómo le queda el chaleco a Don Bimbas. De hecho se cae de cara y es incapaz de levantarse. Como si fuera de estos hombres anuncio a los que empujan y se quedan en el suelo lo largos que son, con la carcasa que lleven, inmóviles, tipo tortuga panza arriba. La monda.

madre

Subimos y a mis dos hijos les gusta el tema. Bueno, a El Cachorro, con reservas. La madre del Señor de las Bestias tuvo la ocurrencia de decirle: “Ah, que vas al Caribe. Ese mar tiene tiburones”, y para qué quieres más. Ahora es “mamá, no quiero ir porque hay tiburones”, “mamá, ¿los tiburones comen personas?” y así. Una tabarra está dando con los tiburones de mucho cuidado. Está obsesionado. Pero bueno, le logro tranquilizar y le saca chispa al tema.

La actividad, emocionante. Que se lo pregunten al pingüinín.

madre

Se queda roque ahí encajado en el chaleco. Como podéis comprobar, los tiburones no le quitan el sueño…

Caballero jedi con recursos

A este jedi hoy la fuerza no le ha acompañado a la hora de ponerse las chanclas…

niño

Qué tendencia tiene a colocarse los zapatos siempre al revés. Es materia de estudio.

Pero sí que la fuerza, o inventiva, o practicidad, o lo que sea, está con él para interpretar sus propios dibujos. Son la mar de versátiles. Realiza esta obra maestra en la arena:

niño

Le preguntó: “¿Qué es eso?” Lo mira, lo piensa, y…: “Un… un… un delfín… no, un hipótamo… ¡un oso! No, un pato”.

Jaaajajajaja. Magnífico dibujo multifaunístico.

Maldita la hora

Barajábamos en su día hacer un viaje en Navidad o en enero. El Señor de las Bestias se emperró con el Caribe. A mí no me parecía muy buena elección. Creía que la idea de relax que él podía tener no era tal, porque estar tumbados en una hamaca con dos críos tan pequeños alrededor, como que no iba a ser posible, y que íbamos a volver más cansados que otra cosa. Por no hablar del pastizal (a sumar) en tan señaladas fechas.

Yo prefería una escapada de cuatro días a Roma, por poner un ejemplo. Pero eso a él no le seducía nada. Que cómo iban a aguantar los dos críos fuera todo el día dando vueltas viendo cosas, que qué paliza, que qué frío. Yo no tenía problema en pasarme los días de restaurante en cafetería, de terraza en bar, de pizza en espagueti frutti di mare, si hacía falta, y ver tan solo cuatro cosillas de pasada. Pero eso no convenció al padre.

Total, que aquí estamos, en Punta Cana.

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Llevamos un día y, desde que iniciamos el viaje, nos pasamos el rato, tanto él como yo: “Pero ¿quién tuvo la idea de venir a Punta Cana?”

La primera vez, con los chillidos de Don Bimbas en el avión, nada más despegar. Sabiendo que nos esperaban nueve horas infernales por delante. “¿Pero a quién se lo ocurrió tener que ir tan lejos?”

madre

Después, al aterrizar por la noche (supermadrugada para nosotros), y tener a un crío espídico y al otro por el cuarto sueño ya, con un descontrol horario de narices. “¿Qué necesidad había de vacacionar en un sitio con jet lag?”

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Al día siguiente, cuando nos encontramos con el panorama de que llueve que te llueve.

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“¿Quién narices se empeñó en venir hasta aquí, en gastarse semejante dinero para recorrer más de seis mil kilómetros para estar como pollos bajo la lluvia?”. Ideítas de Jesmar. Tiene pinta de que esta pregunta va a ser el leitmotiv de las vacaciones.

En fin, ¡al mal tiempo buena cara!

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Viajar en avión con niños

Viajamos a República Dominicana. Eso implica avión. Y bien de horas.

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El Cachorro eso más o menos se lo sabe, aunque no se acuerda. Fue con cuatro meses a Nueva York, con cinco a Nápoles y con seis a Lanzarote. Muy buenas experiencias. Pero, lo dicho, para él, ahora que es verdaderamente consciente, es su primera vez. Y, aunque hasta ahora con él ha ido bien, más que nada porque ha viajado siendo un bebé que ponía las cosas muy fáciles, en estos momentos tiene cuatro años y se puede llegar a aburrir. ¡Me aburro yo, y sé leer!

Pero el que me da miedo es Don Bimbas. Es un crío que no puede parar quieto. Lo contrario a un bebé reposado y tranquilo. Parece que se ha tragado una lagartija. Así que… ¿cómo vamos a hacer para que esté sentado en nuestras piernas NUEVE HORAZAS? ¡Si es imposible que se esté quieto ni nueve segundos! En fin, todo un reto.

madre

Lo primero que percibe alguien que viaja con niños es cómo le mira el resto del pasaje. Sabe que todo el mundo reza fervientemente para que no le toques al lado. Yo, desde luego, siempre lo hacía. Si me tocaba un niño pequeño cerca, me cagaba en tó.

Una vez en el avión, lo primero que aprende el bebé es a soltarse el cinturón de seguridad.

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Como es un conquistador nato, de verdad, digno de admiración, ya liga antes de despegar siquiera. Una azafata que pasa por su lado ni siquiera le amonesta por no ir atado. Se prenda de él, nos lo coge y se lo lleva. Yo lo veo alejarse con ella y siento como una liberación y pienso, ¡no caerá esa breva!

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Y no cae, no. Nos lo devuelve. Lo bautiza como “el bebé del avión”. Parece que en el buen sentido.

Malo es que descubrimos que ese avión no cuenta con televisión individual con pelis y juegos y tal, que es lo que actualmente llevan casi todos los que realizan viajes largos. Y yo habiendo obligado al Señor de las Bestias a dejar la tablet en casa… ¡Nueve horacas que nos vamos a chupar así, a pelo! Más difícil todavía.

El Cachorro, entusiasmado. ¿Cuándo despegamos? ¿Cuándo despegamos? Y, a la hora de la verdad, cuando el avión anda rodando buscando pista…

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Se pone a roncar. Qué oportuno.
Yo me empeño en despertarlo porque no quiero que se pierda el despegue, porque para una cosa emocionante que va a ocurrir en todo el viaje… Pero se hace difícil rescatarlo de los brazos de Morfeo. Al fin parece que lo espabilo, pero él está como en una nebulosa, y creo que lo de abandonar tierra en un avión va a creer que lo ha soñado. ¿Y qué pasa entonces, una vez en el aire? Que se me desvela. Empezamos bien.

Y entonces empieza a petardear, claro. Se mete por debajo del asiento, que casi le pisa la cabeza la de delante. Se restriega por toda una moqueta que han pisado millones de pies malolientes. Por favor, qué asco. Prefiero no pensarlo.

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El pequeño se nos revuelve un poco y pega unos cuantos gritos. Lo de estar quieto es algo nuevo que rechaza de plano. Pero por fortuna aún somos un poco (pero un poco) más fuertes que él (este niño tiene una fuerza inusitada) y lo logramos inmovilizar. Un rato después, y tras otros cuantos placajes, conseguimos que se duerma.

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En nueve horas da tiempo a que el pequeño se despierte, coma, se desespere, pasee (asustando al pasaje, porque más que pasear, lo que hace es correr los cien metros lisos por el pasillo, y el personal echando la mano para detenerlo pensando en que se va a abrir la cabeza) y se vuelva a dormir.

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Los momentos de crisis (los de quejas, lloros y gritos) los llevo yo un tanto mal. La gente duerme y sé lo que molesta el tema. Pero es verdad que tengo un niño que no es un pesado para eso. Es verdad que lo que a mí me parece mucho tiempo (cuando lo pasas mal todo parece durar más que lo que ha durado), al final es anecdótico. Terminado el vuelo todas las azafatas, ya rendidas al completo a Don Bimbas, alaban lo bien que se ha portado.

Ah, y la escena final es la caña. ¿Os podéis creer que las azafatas hacen corro para despedir al enano? ¿Que una viene desde la otra punta del avión preguntando si se había ido ya el bebé, que lo quería ver? ¿Y que otra nos pregunta qué día volvemos para cambiar el turno con otra compañera y coincidir en el vuelo de vuelta con nosotros?
De verdad que este niño enamora. Que lo que ocurre a su alrededor es un fenómeno digno de ver.

Por cierto, no sé si os habéis dado cuenta, pero hemos aterrizado…