Un pequeño hombre con grandes preocupaciones

Se lleva el Señor de las Bestias a El Cachorro a la finca de animales que tiene, y mientras trabaja en la oficina, se lo endosa a una que trabaja allí.

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Y ella le cuenta que le dice a mi pequeño: “¿Quieres ir a ver a las rapaces?”, y le contesta: “No”. “¿Por qué?”, le replica ella. Y el otro: “No puedo, tengo muchas preocupaciones”.

Total, que se le debieron pasar porque acabaron yendo. Le dice ella: “Ven, que te voy a enseñar a Balín”. Balín es un búho. Y le suelta El Cachorro: “No”. “¿Por qué?” “Porque tiene pico, y si tiene pico, pica”.

Tacatá.

Milagro

Estoy de viaje y me envía el Señor de las Bestias un vídeo inaudito: nuestro bebé BEBIENDO LECHE DE UN BIBERÓN.

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No, si dicho así, y si no habéis leído posts anteriores, igual no es muy alucinante. Pero si os digo que las tetinas las ABORRECÍA, que llevamos dos meses y medio intentando que se lleve bien con un biberón y ya dándonos con un cantico en los dientes solo porque recientemente habíamos conseguido que lograra beber agua (y solo agua) de uno de ellos, que estábamos desesperados, la cosa ya pinta distinta, ¿no?

En efecto, los pediatras a los que nos hemos hartado de visitar desde que Don Bimbas cumplió seis meses y empezamos a ver que lo de su enganche a mis pezones era preocupante, ya nos dijeron que ningún niño del Primer Mundo se había muerto de hambre. Así que cuando el chiquitico ya asumió que yo no estaba, se ve que empezó a considerar, por fin, otras opciones.

Yo tenía que haber desaparecido de casa una semana como hace un par de meses…

(Esto sí es un regalo de cumpleaños. Que, por cierto, es hoy).

Niño occidental vs. niño tribal

Estoy en Namibia.

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Hoy nos hemos dejado caer por un poblado himba. Las mujeres viven con los pechos al aire, llevan barro en el pelo y no se lavan con agua, pero van de un elegante que tira para atrás.

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La alimentación de esta tribu es bastante elemental. Leche, carne de cabra… Veo a una himba preparando algo en un caldero. Es mantequilla. Y detrás de ella, un bebé que debe pesar tonelada y media. Está sentado, tan pichi. Pregunto cuántos meses tiene. “Seis”, me dicen. “¿¡SEIS?!”, Dios mío, ¡el mío tiene ocho y es la mitad que ese crío! Y todavía no se sienta, y si lo hace aún pendulea y se acaba esmorrando. Luego dirán que nosotros somos los adelantados… Menuda raza de chichinabo estamos hechos.

Mamá no está

Me cuenta el Señor de las Bestias que la noche del día en que me fui, mi bebé me andaba buscando. Estaban sentados en el sofá, y mi pequeño veeenga mirar hacia la puerta de entrada del piso.

“Mamá no está”, le dijo su padre. Pero él no dejaba de mirar. Así que se levantó con él en brazos y se pusieron a recorrer la casa. “Mira, no hay nadie en la cocina”, y cuando el pequeño comprobaba que, en efecto, yo no estaba, volteaba la cabeza hacia otro lado, hacia otra estancia, en plan “llévame hacia allí, a seguir examinando”. Así, fueron cuarto por cuarto, y mi chiquitín reaccionaba igual: veía que yo brillaba por mi ausencia y volvía la cabeza hacia otra habitación. Cuando era una evidencia que yo, definitivamente, no estaba, el Señor de las Bestias le confirmó: “¿Ves? Mamá no está. Volverá en unos días”. Así que se sentaron de nuevo en el sofá del salón y, entonces, se durmió.

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Tocarte la china

También es mala suerte montarme en un avión de diez personas por fila y dos pisos con la ilusión de, por fin, ¡por fin!, ¡después de ocho meses seguidos!, DORMIR como una ceporra, que falta me hace, y que cuando apaguen la luz para planchar lo oreja, lo haga todo el mundo menos yo y los padres del BEBÉ QUE ESTÁ LLORANDO justo en la fila anterior derecha a la mía.

madre

Por si no tuviera suficiente con lo mío.

Me cago en todo lo que se menea.

Adiós pequeños

Me preguntaba una compañera de curro que por qué le iba a contar a mi hijo que me iba de viaje de trabajo una semana. Ella prefiere ocultarlo y que luego el padre explique sus ausencias con un “es que hoy mamá ha llegado tarde de la oficina y no te ha visto”, y así. ¿Su hija se traga esa bola día tras día tras día?

A mí ese método no me convence. Desde siempre le he expuesto a mi hijo las cosas. Qué hace mamá, cuándo se va, adónde, durante cuánto tiempo, por qué, quién se queda cuidándolo, etc. Nunca jamás se lo he dejado a una amiga para que me lo cuide una noche y me he escabullido mientras él estaba distraído; es más, si lo estaba, le llamaba la atención: “Cariño, mira, mamá se va, ¿eh? Vuelvo a por ti mañana”, para que le quedara bien claro. Que se diera cuenta de la jugada. Nada de decepciones sorpresivas luego, que sientan a cuerno quemado.

Quizá por eso no derramó una lágrima ni lo pasó mal cuando ya hace justo un año me separé de él durante cinco semanas (casi me da un yuyu). Lo asumió y lo vivió todo con conciencia y naturalidad. Jamás le engaño ni le miento. Así que ahora que me voy una semana y además es un año mayor, con más razón, y con días de antelación, le informo.

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Él no lo pasa mal (o eso parece), pero yo… Estoy tristona y nerviosa y hace dos noches, que tenía un gas de esos criminales en la tripa que no me dejaba ni moverme y con el que veía las estrellas, rezaba para que fuera una apendicitis y así tuviera una excusa para quedarme.
Jo, es que ahora ya no dejo a uno, sino a dos. Un bebé que tiene mucho apego y del que jamás me he separado, y que me utiliza para comer y para dormir, y mi chico grande, que aunque es independiente y sociable, le encanta estar con sus papás, y más ahora, que sus amiguitos están de vacaciones.

Ay, madre.

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Puff, el chiquitico es muy chiquitico. Ocho meses. La primera vez que me fui cinco días fuera a trabajar cuando El Cachorro ya estaba en mi vida, tenía un año y siete meses. Era un año mayor que Don Bimbas. Buah, qué durito.

El caso es que hoy ha llegado el fatídico día en el que salgo de viaje. Me acompañan mis pequeños al aeropuerto. Yo ando con un bolo en el estómago que ni os cuento. Los achucho y me los como a besos. Me escoltan hasta que ya no pueden avanzar más y me despido. El Cachorro se me abalanza: “Te doy muchos abracitos para que los guardes”. ¡BUE-NO!, no sabe hasta qué punto me atraviesa el corazón. Y ya, cuando nos separamos del todo, me grita desde la distancia, mientras me dice adiós con la mano: “¡Pásalo fe-no-me-nal!” Pero así, con pausas silábicas.

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Fenómeno es él. Un niño que no te lo crees. ¿Cómo es capaz ser consciente de que necesito que me lo ponga fácil?

Clasificado X

Cartones que se juntan y cuentan una historia.

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Esta foto me sugiere hablar de la relación de pareja cuando hay hijos… ¿Quién no quiere tener un momento íntimo e intenta caldear el ambiente? ¿Quién no ha tirado de un fondo musical, una luz tenue…? Pues justamente es eso lo que he hecho yo, solo que amoldándome un poquito a las circunstancias.

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El bebé tiene un hipopótamo que emite ruido blanco (el mar, el bosque, el viento…) e ilumina la habitación con estrellas de colores. Supererótico todo.

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Pues nada, si hay que ponerse con estrellitas de colores y nanas, una se pone y punto.

Un hijo muy atento

Salgo del agua con frío y me tumbo sobre una toalla envuelta en otra. Pero El Cachorro repara en que tengo las piernas descubiertas. Y viene con otra toalla para taparme. ¿Qué haría yo sin él?

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Me asombra lo atento que es. Una GOZADA de niño. Con mayúsculas. Con él en mi vida, no me preocupa para nada mi vejez.

Si es que es todo dulzura y consideración.

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Nos ha tocado a todos La Primitiva con El Cachorro.

Más difícil todavía

No es ya meterte en un río con un fondo resbaladizo e intentar no caerte… Es hacerlo con un bebé en brazos que no quieres que se te escurra, uno, porque no sabe nadar, y dos, porque hay corriente y como se caiga puede acabar en el Delta del Ebro.

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Y, para colmo, vienen los mimitos y los celitos. “Cógeme a mí también, mamá”.

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No he hecho tanto ejercicio en mi vida. Luego viene cuando ambos se cuelgan de mi bikini y tengo que evitar, sin el éxito que quisiera, que me dejen en bolas.

Si hay vacantes en algún circo, o en un semáforo, que me llamen.

Bebé adicto al caramelo

Después de “no quiero comer nada de nada a no ser que sean natillas de caramelo”, llega “sigo sin querer comer nada pero, ay, qué rico está este helado de caramelo”. ¡Jíbalo!

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Digno hijo de su madre. Puede que mi afición al dulce de leche se haya incrustado en mi ADN y ahora estemos hablando de genética pura.
Dice su abuela que a ver si esa afición le viene por la cantidad de dulce que tomé durante el embarazo (nada fuera de lo normal, lo mismo que como cuando no estoy preñada). ¡Pues lo mismo sí!

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Ah, y al otro el helado-perilla le sienta de maravilla.

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El caramelo y yo… Cuando era pequeña, aquí donde me veis, que me desayuno un par de ñus, era muy mala comedora. Pero malísima. De las de bolo continuo en la boca y de las de seguir intentando terminar el segundo plato de la comida a la hora de la merienda.

Eso sí, el dulce me ha privado de toda la vida. Me hubiera alimentado de pasteles de no ser porque mi madre, aunque desesperada, no me lo permitía.

Unas vacaciones sí que hizo la vista gorda. Estábamos en Túnez y, a una malísima comedora como yo, a una cosa tan rara y exótica como el cous-cous no le acababa de encontrar la gracia, precisamente. No comía nada de nada. Así que un día, para asegurarse de que me metía algo en la boca con gusto, dejó que una de las comidas consistiera solo en los dulces árabes del buffé del hotel. Un sueño con el que aún me relamo. A veces los deseos se hacen realidad.