Juguetes usados

Es un hecho. Tienes un primer hijo, y te forran a regalos. Tienes un segundo, y te comes los mocos. Y él. Bueno, no. En realidad los niños que son segundos, tienen de todo así, para empezar. Pero es de segunda mano.

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A El Cachorro le regalaron un juguete que olvidé en un armario y, para cuando lo descubrí, ya se había hecho mayor para él. Así que a Don Bimbas, para variar, le acaba de caer hoy este caballo superchulo para mayores de 6 meses, ¡a estrenar!

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¡Feliz!

Las noches de la urbanización

Se nos ha hecho de noche en la piscina de la urbanización. Unas horas en las que ciertos artilugios entran en funcionamiento…

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Así que habiéndonos dejado los aspersores a los críos pasados por agua, estando donde estábamos, haciendo el calor que hacía y teniendo las ganas de jarana que teníamos, no hemos tenido más remedio que continuar la juerga y bañarnos. Una experiencia para los peques, ¡y para los mayores!

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Luego ya era muy tarde, y nos daba miedo andar por ahí, tan de noche… Así que yo me he agenciado unos guardaespaldas.

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Así de protegida, nada me puede pasar.

Madre trabajadora

Llego de trabajar y me recibe un bebé hambriento que, por no lanzárseme a la yugular, lo hace a la teta. No espera ni a subir a casa, me desnuda en el jardín. Y ofrezco estampas como la siguiente:

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“Madre dando el pecho a su hijo pequeño, sujetando la merienda de su hijo mayor y atendiendo unos whatsapps del trabajo en su móvil”. Así se podría titular la foto. ¿Os estresa leer algo tan largo? ¡Pues a mí padecerlo!

Presentador fichado

En post anteriores… De cómo su abuela captó a El Cachorro para el programa “Pasapalabra”. En Pamplona se sientan los dos a verlo, mano a mano.

Una vez en Madrid, bastante, pero bastante tiempo después, estamos viendo por la noche un programa de TV y enfocan al presentador. El Cachorro: “¡Mira, Pazapalabra!” El presentador es Christian Gálvez, sí, pero en otro espacio. Dios mío, qué fiche el crío. Me deja del revés.

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Sí, no sabía cómo colar esta foto. Es que tampoco tenía una del momento. Hale, ya veis qué atleta estoy hecha. No lo intentaba desde mi infancia. Quien tuvo, por muy madre que se haya convertido, retuvo.

Bigote polémico

A El Cachorro le encanta que se le quede bigote de chocolate cuando bebe ColaCao. Y vérselo. Así que ¡me pide que le haga foto! Y posa y pone caras.

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No es la primera vez que me dice «hazme una foto», pero sí que es algo reciente. Antes huía. Pero ya lo he conseguido. A fuerza de foto, tras foto, tras foto, tras foto…

Ya lo dice mi madre: «Estos niños no van a tener vida para ver todas las fotos que les has hecho».

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Cuando me iba de casa, me ha dado un beso en la boca y hemos hecho como que yo iba al trabajo con bigote también. Nos hemos reído. Pero cuando llega la noche y vuelvo, y recordamos lo del bigote, me dice que está triste porque los amigos del trabajo de mamá se han reído de ella por llevar bigote (es lo que se ha imaginado). ¡¿Tú te crees?! Aunque le he dicho que no me importaba, porque era broma, él seguía diciendo que no le gustaba que se rieran de mí. Ya le he tenido que asegurar que de mí no se reía nadie, que no se preocupara, que en todo caso conmigo. Por favor, qué pobre. No tenía ni idea que ya manejaba ese concepto.

Minority Report

Se le ocurre al Señor de las Bestias perseguirme por toda la piscina para tirarme al agua. No lo consigue, y por eso no ceja en su empeño de fastidiarme el baño. Voy nadando tranquilamente, y viene corriendo, se tira de cabeza y bucea hacia mí. Yo emprendo la huida a crawl desesperado y él viene detrás, acortando distancias. Y en esto que oigo a El Cachorro, que es testigo privilegiado de la jugada sentado en la escalerilla: «¡¡No mates a mamá!!»

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Lo veía clarinete. Ha evitado un homicidio en toda regla.

Nuestra canción

Yo no soy mucho de escuchar música, pero cuando me da por una canción, me da. Pues tanto me ha dado con la de «Take me to church» de Hozier, tanto la escuchamos a todas horas en casa, que el otro día en el coche, la ponen en la radio y salta El Cachorro, todo emocionado: «¡Mira, mamá, nuestra canción!»

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Nunca he tenido una canción con nadie, con ningún novio. Me emociona mucho que mi niño diga eso.

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Aaaay, el hombrecito de mi vida. Formamos un buen tándem… hasta de amarillo.

Depósito lleno

Bueno, pues después de dos días de trabajo en los que me he escapado a mediodía a casa para dar el pecho a Don Bimbas, hoy he decidido no hacerlo, porque el tipo, con el desayuno, la comida, la cena y toda la noche poniéndose morado, aguanta fenomenal y no hay forma de meterle en la boca nada más que mi teta. Así que he pensado que si no voy a mediodía, igual acaba comiendo algo…

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De momento, el resultado que consigo es que me canten por la calle aquello de «tus pechos cántaros de mieeeel»… Jesús qué tetamen. Van a reventar.

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Al día siguiente, me veo obligada a traerme el sacaleches. Y la estampita es fina. Me tengo que ir al baño, meterme en el que está cerca de un enchufe, y hale, a pasar el rato…

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No, si ser madre se las trae.

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Esperanza en las natillas

Esto de introducirle a Don Bimbas la alimentación complementaria es un calvario. No hay forma humana. Con suerte chupa un trocito de pan, pero un lametón y no más. Escupe la leche de fórmula (y la mía, si no sale de mi pezón), aborrece la papilla de cereales, detesta la papilla de frutas… Termina con más comida en su cara que en su estómago.

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Es más, como descubre que cuando protesta y llora, le cascamos una cucharada de algo (ya, ya sé que no hay que forzar y bla, bla, bla), ha desarrollado la técnica de llorar con la boca cerrada.

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¡Pero ha aparecido un rayo de luz en el horizonte! Estaba tomando yo, en mi línea, unas natillas de caramelo, y se me ocurre acercarle la cuchara… ¡Pues, oye, bien que ha abierto la boquilla, ha probado, y ha repetido! (Ya, ya sé que no se le puede dar yogur ni azúcar, ni mucho menos esa bomba de caramelo que me meto yo entre pecho y espalda, y bla, bla, bla).

Entonces se me ocurre pringarle la tetina del biberón con la natilla.

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Hago muchas cosas mal. Ya, ya sé. Y ni por esas.

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Ojo al morrillo. Y eso que es agua. ¿¿Entendéis mi desesperación??

El agua se la bebe con jeringuilla. Pero lo que no habíamos probado era… ¡la pistola de agua! ¿No va el tío, la siente en el morrillo, y en vez de apretarlo abre la boca y se pone a beber?

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Luego el padre se divierte disparándole. Y él encantado. Ahora toca rellenar la pistola con puré de verduras, a ver qué tal.

San Fermín con niños

Bueno, quedamos en que estamos en San Fermín, ¿no? Pues para los que piensen que San Fermín es solo venir a Pamplona a agarrarse el mayor de los mocos, que sepa que son unas fiestas para todas las edades y todos los gustos.

Un día sanferminero con niños, por ejemplo, empieza tan ricamente con los mejores churros del mundo. Como nos gustan mucho y puede que seamos, para gusto de los ajenos, un poco exagerados, mi padre compra, como siempre, a docena por cabeza, tres en este caso.

churros

Churros que no son los habituales, ni por consistencia, ni por grosor, ni por textura, ni, por supuesto, por sabor. Enseguida le hago notar a mi padre que no van a ser suficientes para él, mamá y yo. Que seguro que alguno nos gorronea El Cachorro, que es un churro-fan. De los de Madrid. Espérate a que pruebe estos.

churros

(Aquí lo tenemos, listo para la acción).

Le chiflan. Estaba cantado.

Una vez convenientemente desayunados, nos lanzamos a la calle. Obsérvese la atadura de las alpargatas de Don Bimbas. Porque los bebés tienen esa manía de quitárselas cada dos por tres y, con tanta cinta, resulta un engorro volvérselas a colocar. Así que, a grandes males, grandes remedios.

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Y vamos al encuentro de la Comparsa de Gigantes y Cabezudos.

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Tenemos un fabuloso encuentro con Braulia, la gigante negra. Fue la depositaria del chupete de El Cachorro hace justo un año. Y él que la ve, con varios colgando, pregunta: «¿Y mi chupete?»

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Qué memoria prodigiosa tiene. No me atrevo ni a mentirle diciéndole “este es” porque es capaz de recordar exactamente cómo era y descubrir que le estoy tomando el pelo. Así que le cuento que lo dejó en un depósito de chupetes que tiene y que este año recolecta los nuevos.

Hablamos con los zaldikos, que suelen repartir de lo lindo pero también descansan las vergas de vez en cuando para las fotos.

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Caballos de verdad también encontramos. Los que van a la plaza de toros. Y tenemos un gran jinete para ellos.

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Helado…

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Globo…

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Observación de los tintes de pelo más imposibles, que abundan en el norte…

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Y para casa, donde ya se encarga el pequeñito de quitarse las alpargatas.

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Porque, sí, es un hecho. Se las puedes pegar a las plantas con Imedio extrafuerte, pero ellos, los bebés, siempre consiguen quitárselas.

Entonces, ¿qué me decís? ¿Son los Sanfermines solo para borrachos?