Mis hijos dominan otros idiomas, el búlgaro y el guau

La mujer que viene a mi casa para llevarla mientras yo no estoy, durante este verano se hace cargo a veces de su nieta, que la ha venido a visitar. De vez en cuando la trae a casa. Su nieta solo habla búlgaro. Pues bien, ¡no sabéis lo bien que se entienden ella y El Cachorro!

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Proponen juegos, inventan historias, se entretienen juntos la mar de bien. Es un misterio saber cómo lo hacen.

El pequeño también se ha echado otra amiga que tampoco habla su idioma. Y asimismo se lleva con ella a las mil maravillas.

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¡Le ha contagiado la mirada de perrillo abandonado! Lo que le faltaba a mi pequeño, más armas.

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Mirad qué dos. Hoy me voy a comer a un perro y a un bebé, no se hable más.

Un bebé con carácter

No, si tú lo ves así y es la mar de achuchable, de tierno, de rico, de gozoso. Un peluchito.

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Pero tiene un lado oculto… Lo sufre la mujer que cuida de él mientras trabajo. Alucina con el carácter que se gasta. Y me lo cuenta, sorprendida. ¡Vaya genio que tiene! Pero yo ya lo sé, ya…

Intentar darle comida es un calvario. Se niega en redondo. Pero es que, además, no se limita a darle un manotazo a la jeringuilla. No. La agarra, me la arrebata de la mano, y la tira con muy, pero con muy mala leche. Que solo le falta espetarme: “¡QUE NO QUIERO, COOOOOONIOOO YA!”

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Cachorro mellado

Pues nada, ya se nos ha estropeado mi niño mayor. Esta barandilla…

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… tiene un recuerdito. El Cachorro se ha dado con los dientes haciendo el tarzán y ahora estrena aspecto.

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Ya decía yo que nos estaba durando entero demasiado tiempo…

A ver qué nos depara el otro. De momento, anda recopilando.

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Y tiene pinta de Chop, la ardilla.

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Abogado defensor

Tiene Don Bimbas a un buen abogado defensor. El Cachorro está atento a lo que ocurre con su hermano pequeño y, ya que él no puede manifestarse, defiende a capa y espada sus intereses.

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Estoy en plena e infructuosa operación “introducción de alimentación complementaria”. En el momento en el que intento darle papilla de cereales, por ejemplo, y el bebé, como siempre, se rebela, llorando y quejándose, salta El Cachorro: “No quiere papilla, no le des, ¡dale teta!”, que le falta echarme en cara “¡que no te enteras!” Es verdad que es tan obvio, que El Cachorro se desespera.

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Mi bebé, con lo de la teta, no me deja ni a sol ni a sombra, así que cuando le dejo en su hamaquita y protesta llorando, yo me quejo en alto: “¡Pero, hombre, ya está bien, déjame vivir, que es un momento, que tengo que recoger, por Dios!”, y es entonces cuando El Cachorro me echa en cara: “¡No te enfades con el hermanito!”

Vamos, que estoy sola ante el peligro.

Imperativo de niño de tres años

Está El Cachorro viendo la tele y aparece una famosa hormiga de un programa. Me pregunta que qué come. Le contesto que ni idea, que no se lo he preguntado, y me reclama:

“Mamaaaaá, ¿por qué no lo sabes? ¡Sábelo!”

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¡Jíbalo! No se puede ser sincera. O por lo menos no se puede ser tan perezosa como para no improvisar algo sobre la marcha. A ponerme las pilas.

El pez no come

Publicaba aquí hace más de un mes el deceso de los peces de mi casa. Unos peces por los que El Cachorro jamás preguntó, después de la historia tan bonita de amor en un gran estanque que me había inventado y que nunca le pude contar.

Pues hoy me pongo a limpiar la pecera, que la tengo con agua, la planta de plástico que venía dentro y un pez de juguete, y me pregunta mi hijo por los peces.

– ¡A buenas alturas! ¡Anda que los has echado tú de menos! – es lo único que me ha salido decir. Y acto seguido le he contado que ya hace tiempo que no están aquí, que se los llevó papá a un estanque muy grande y muy chulo para que tuvieran pececitos. Y él tan campante, vaya.

Cuando le doy el parte al Señor de las Bestias, me cuenta él a su vez que El Cachorro, hacía unos días, le decía a su abuela que el pez azul no comía. Vamos, que notaba algo raro pero no se lograba explicar qué era exactamente.

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Qué bien llevan los niños las ausencias, ¿no?

No sin mi tet… birra

Ya podía, ya… Así le daría un descanso a mi teta.

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Es tremenda la adicción que tiene conmigo. Hasta tal punto, que me da la impresión de que me ha colocado un chip o algo sin que me entere y me tiene geolocalizada. Si vuelvo del trabajo y están mis hijos con su padre en la piscina, y entro en el recinto, no de la piscina, sino de la urbanización, Don Bimbas ya se pone negro. Empieza a decir “¡ah, ah, ah!”, a mirar en la dirección desde la que voy a aparecer, y a estirar los brazos. Los vecinos lo flipan: “¡Te huele a kilómetros, tú!” El Señor de las Bestias: “Es increíble. Te ha visto a lo lejos y te ha seguido con la mirada todo nervioso hasta que has llegado”, me explica cuando ya tengo al gumersindo colgando del pecho…

El juego de título interminable

Le da el Señor de las Bestias a El Cachorro y a sus amiguitos una servilleta hecha un burruño.

El Cachorro: “¿Jugamos a la pelota que pilla, pilla, que coge, coge, que bota, bota?”

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Y, pese a lo descriptivo del título, no me enteré muy bien de en qué consistía. Pero seguro que era tan apasionante como colocarse debajo de un secador de manos.

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Asalto a la teta

Don Bimbas no toma teta, la asalta. Incorpora su cabeza…

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… se pone boca abajo, llega hasta el pezón…

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… se asegura de que es verdaderamente lo que está buscando…

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… y le pega un traskao.

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Para lo que quiere, bien que se mueve.

Creo que es una versión de Carpanta, que cuando le entra un apretón de hambre, transforma en su imaginación las cabezas de la gente en pollos asados. Me da que cuando aparezco, para él es como si viera acercarse un plato de ternera a la jardinera.