Por sus coj…

Este… a ver… ¿¿esa manía de tocar a un bebé dormido?? ¡¿Y que la gracia me lo haga una fulana que es madre?! Es que he alucinado. Mi pollito roncando, con el gorro de esta guisa…

bebé

…y la otra que se asoma y, como quería verle la cara, empieza a retirarle el gorro. El chiquitín que se empieza a mover y a estirar. La otra en plan “uy, que lo despierto”, PERO NO PARA y sigue despejándole la cara. Yo sin hacer ni decir nada, alucinada con la jugada, expectante viendo hasta dónde llegaba la mujer. Al final se ha conformado con lo que ha visto y ya ha parado quieta. Mi bebé, oh milagro, ha conseguido seguir durmiendo.

Vamos, que se ha ido y lo he tenido que comentar con El Cachorro: “¡Casi nos despierta al hermanito! ¿¡Habrase visto?!” El otro me ha puesto cara de ¡ya ves, tú!

El embolao (Parte II)

Ahora es cuando me meto mis pensamientos y mi actitud por el… Solo tenéis que echar un vistazo al post anterior, y después continuáis con este para saber de qué estoy hablando.

Acabo de llegar de estar en el colegio entreteniendo a dos clases de alumnos de 3-4 años, ¡y estoy súper contenta! Todo ha salido a pedir de boca.

niños

He temblado cuando han entrado los CINCUENTA Y SEIS niños en la sala. ¿Qué íbamos a hacer para distraerlos y divertirlos? Menos mal que iban con sus profesoras, a las que se ve muy sueltas. Así que pese a que al principio estaban todos muy callados, y a mí eso me asusta porque yo no me manejo bien con niños y no sé contarles cosas sin parecer una desubicada, luego entre las profes, los globos, los pitos y las flautas, se ha roto el hielo y todo ha comenzado a fluir.

A mí directamente ya me ha caído el cometido de pintar caras. Y eso que no tengo ni idea, pero, en fin, en esta vida, para empezar a hacer cosas, hay que ponerse.

pinta_caras

Han ido pasando los críos y Don Bimbas, tan campante. Todo estaba a mi favor.

Mi hijo va y me pide un león. Así que agarro la pintura negra y se lo hago. Cinco minutos después no era un león. Era Barba Negra. Diez minutos más tarde, un deshollinador.

niño_con_globo

A lo largo de la hora en la que me dedico a pintar caras, se deduce que el león, el gatito y el tigre tienen la misma pinta. Así que para saber de qué animal van pintados los niños, hay que fijarse en la actitud.

pinta_caras

Como yo me he creído el papel de madre superenrollada, además de pintar la cara de quien así lo quería, me he dedicado a hacer fotos del resultado para enviarlas al chat de madres de whatsapp. Un triunfo máximo.

En fin, que los globos han resistido, los dibujos en las caras que he pintado han dado el pego y mi bebé se ha portado como un campeón, durmiendo un ratito y el otro ratito disfrutando del ambiente.

Ahora estoy deseando que a mi vecina, a la par que amiga, a la par par que madre de los mejores amigos de mi hijo, se le ocurra postularse para otro embolado de estos.

El embolao (Parte I)

Pues nada, que una vive muy tranquilita, a su ritmo y a sus cosas, y luego vienen otras a tocarles las narices y trastocarles sus mañanas en la cama y recontratrastocarles su vida. Os cuento: Mi vecina a la par que amiga, a la par par que madre de los mejores amigos de mi hijo, tuvo la genial idea de ofrecerse a las profes de sus peques (son mellizos y van a clases distintas) para ir un día al cole a hacer algo. Ese algo es, concretamente, globoflexia y pintacaras.

Hasta ahí bien. Me lo contó hace un par de semanas, y yo “aaanda, qué guay, pues nada, chica, seguro que los niños se divierten”. Ella ya me fue anunciando que no tenía ni idea de hacer figuras con los globos. “Pues anda que yo…”, me solidaricé (y dejé caer, por si las moscas): “En el cumple de la urba me pidió Laurita que le hiciera una figura y solo conseguí pinchar el globo. Un fiasco total”. Pero ella estaba muy animada: “Hija, ya ves, yo me apunto a todo, algo haré”. Y en eso quedó la cosa.

Yo solo le dediqué el pensamiento de hay que ver cómo colaboran y se apuntan a cosas las otras madres, qué participativas que son, y qué pancha soy yo, ya me vale, pero es que no sé hacer nada y mucho menos entretener a una piara de niños. Que ya he dicho mil veces que a mí los niños no me gustan.

En fin, que habiéndome olvidado de eso que me contó mi vecina y amiga, hace cinco días vino a recordármelo…: “Ay, maja, que el miércoles tengo que ir a lo de la globoflexia y a ver cómo hago, y, claro, como son dos clases, con CINCUENTA Y SEIS niños, uff”… Y ahí ya vi peligrar la placidez de mi existencia. Se la veía venir con el comentario. Sentí cómo crecía una valla imaginaria a mi alrededor que me acorralaba. Quise parar el tiempo pero no pude. Ya lo intenté con El Cachorro cuando era bebé, para que se quedara así para siempre, y lo hago a diario con Don Bimbas, y nada, no hay manera. Así que, acto seguido y como en cámara lenta, oí lo que auguraba que iba a oír, hasta fui capaz de ver e incluso de palpar con las manos cómo salía de su boca la fatídica frase: “¿M-e-e-e a-a-a-c-o-m-m-m-m-p-a-ñ-a-a-a-a-s-s-s-s?”

– ¡ARGH! – Exclamé – ¡Horror! ¡No me hagas esto!
– Aaaaaaay, vengaaaaa, ven conmiiiiigooo. Hija, me echas una manoooo. Va, porfaaaaa.

Y como me cae bien y además ella, aparte de ofrecerse para hacer estas actividades, también lo hace siempre para echarme una mano, y me la echa pero bien, le dije que bueeeeeeno, vaaaaale.

– Oye, ¿y la emoción que le entrará a El Cachorro, de verte ahí? – me suelta en un intento (infructuoso) de ilusionarme
– Sí, ¡pues como le entre la misma que la del día del desfile de carnaval! – por Dios, que ya os conté la indiferencia con la que me recibió, que casi le faltó escupirme en un ojo. (*Ver post del día 4: “Carnaval, carnaval”)

Leches, qué manía tiene el personal de enmarronarse y, ya de paso, pringar al de al lado. ¿¡Qué necesidad?! ¡Si yo hubiera querido me hubiese ofrecido! ¿¿Y lo hice?? ¡No! ¡Me cago en todo lo que se menea!

En fin, que mañana es el gran día y me temo que lo que van a aprender esos críos es el ridículo que pueden llegar a hacer algunas madres. Lo digo por mí. Ahora mismo estoy viendo tutoriales en Youtube de cómo se realizan una espada y una flor y un gorro con globos, aunque minuto y medio después ya se me ha olvidado. Me veo mañana con el móvil delante de la cara, consultando el tutorial de marras, explotando un globo detrás de otro. Eso, si consigo siquiera inflar alguno, porque a todo esto yo vivo a un bebé pegada que como se ponga a piar lo tengo que coger y enchufarle una teta, así que lo más probable es que esté de miranda. Pero que los globos explotarán, eso es lo único seguro que tengo. No ya porque un globo en manos de un niño no dura gran cosa, sino porque me ha dicho la artífice de la actividad que ha comprado los globos en un chino y que ya le ha dicho un vecino (experto en estas lides) que esos eran una caca y que se iban a explotar. Huelo el fracaso. Esos niños nos van a acabar tirando plastilina y tizas a la cabeza. Tiro al blanco de madres fraude, va a ser eso.

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Espero no avergonzar mucho a mi pequeño. Mañana es el gran día…

El supercochecito

El carro anteriormente de El Cachorro y actualmente de Don Bimbas es un campeón. Mira que se le ha puesto a prueba veces, pues aguanta. Hoy toca el test de la resistencia, con el bebé dentro y el hermano mayor por encima despatarrado y colgando, en movimiento.

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No sé si esto se puede considerar como un carrito de dos plazas o es el canteo que parece.

En cualquier caso, me pregunto si los fabricantes de cochecitos tienen realmente noción de lo multiusos que son, si son conscientes de sus verdaderas posibilidades. Yo he logrado colgar bolsas de trescientos kilos de una palanquita que solo sirve (solo servía) para echar el freno. Y colocar volúmenes similares a bloques de hormigón por encima.

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¡Voilá!

Vamos, que hay veces que se me olvida que hay un bebé enterrado en algún lugar por ahí dentro.

Por qué las madres llegamos tarde

Asomarme a mi estudio y ver la que ha montado mi hijo de tres años en un segundín de nada.

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Y esto es lo típico que hace justo cuando ya vas con el tiempo justo, valga la redundancia, para vestirlo a él y salir cingando de casa. Ah, pero no, ahora llegaré tarde porque tengo que ponerme a recoger. Que me conozco.

Esta es una del millar de explicaciones que os puedo dar (porque luego está la de “el bebé no solo se caga, sino que también pringa toda su ropa de mierda líquida y pegajosa, precisamente cuando lo estás metiendo en el carrito para salir por la puerta, y lo tienes lavar entero y cambiar de arriba abajo”, que es mi favorita) de por qué las mamás no son puntuales.

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Bueno… a veces también es porque hay un bichico que atrapa toda tu atención y el tiempo pasa entre mimos y carantoñas (no sé de quién a quién) que no te enteras.

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Tetas envidiosas

Si le doy la izquierda al bebé, la otra protesta. En serio, duele con un hormigueo apremiante. Es que es lo que faltaba. Tengo un cuerpo caprichoso, consentido, demasiado mimado, y celoso.

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Voy a tener que decirle a Don Bimbas que me haga el favor de hacer el mismo caso a las dos, como hago yo con él y con su hermano.

Bebé tunante

Hoy voy al padrón. Cuando por fin me toca, es el momento que elige el bebé para empezar a quejarse. Yo lo ignoro, aunque sé la que me espera. Sigo con la gestión y, al cuarto lloro (porque es al cuarto “buah”, no al cabo de cinco minutos, que sí que sería lo suyo, sino que va radical y fulminantemente in crescendo desde que emite el primer quejido), el pequeño aplica ya un agudo tipo “me estás aserrando la tibia” y se pone rojo infierno como el hijo de Los Increíbles. La tipa de la ventanilla de al lado se asusta y escandaliza a partes iguales y se acerca para ver qué le está ocurriendo al infante. Realiza varias exclamaciones desaprobatorias y manifiesta su honda preocupación. Solo le falta escupirme un «madre desnaturalizada». No se cree que al niño no le pase nada, que es lo que le estoy intentando explicar.

Cuando termino, que la cosa se reduce a que me impriman un folio, o sea, algo bastante rápido, voy al cochecito y cojo al canijo en brazos. En ese instaste, se calla. De cuajo. Y esboza una sonrisa. Amplia. Sonora, incluso. Así que con el escandaloso en brazos, ya total y absolutamente calmado y con toda la gracia plasmada en su cara, me asomo a la ventanilla de la funcionaria sufridora y se lo enseño. La mujer alucina: “Andaaaaaaaaaaaa, así que eso era lo que le pasaba, que quería bracitos”. Sí, hija, sí. ¿Tú crees que si tuviera un ataque de apendicitis iba a estar yo tan ancha? La mujer pasa a los calificativos: “Granuja, bandido, golfo, jeta”… y así. En efecto, lo ha calado. Pero ha hecho falta una demostración empírica. Esa mujer llega a irse en el momento de crisis, y la veo poniéndome a caldo con sus amigos y conocidos: “Fíjate, una madre con el niño llorando desconsolado y desesperado, tan tranquila, sin hacerle ni puñetero caso, y la criaturita desgañitada. Hay que ver de qué pasta están hechas las madres ahora, qué pasotas y qué desnaturalizadas”. ¿¿Que no??

bebé

Pero como ha sido testiga directa del tema y tiene remordimientos por haberme intentado fulminar con la mirada, cuando le digo que le toca pecho se desvive por encontrarme un lugar un poco resguardado. Yo no lo necesito, pero la veo tan entregada que decido hacerle aprecio y seguirla. En el camino, a todos los compañeros con los que se cruza les va informando: “Mirad, mirad, el pirata este, con esa sonrisa…”, porque el pirata va sonriendo a destajo, “…hace un minuto lloraba como si le estuvieran arrancando las amígdalas sin anestesia, y ha sido cogerlo en brazos y del tirón se le ha pasado todo el drama, ¡cómo sabe!” Latín, sabe. Si yo les contara o contase…

Paseos que matan el aburrimiento y acaban con una

No, no soy amante de los niños y me resultan un coñazo supino. Menos mis hijos, claro está. Aunque siempre he tenido temores pensando en que, por muy de mi sangre que fueran, me iba a aburrir horrores haciendo cosas de críos, hablando con ellos, o simplemente estando con ellos. Y, no os hagáis ilusiones, porque una vez madre, sigo manteniendo que pasar el rato en un parque infantil es muerte.

El hecho irrefutable es que convivir con tus hijos es lo más entretenido del mundo. Os narro un día cualquiera, como el de hoy:

Decido llevármelos a dar un paseo (a que me acompañen de compras, vamos, que ya hay que ser valiente). Empiezo a vestir a El Cachorro… Y la primera pega: “Salir a la calle zí pero zi borro zi buzanda”, sentencia. Así que como hace solete, de momento respeto sus deseos. Más tarde sí que le cae la bufanda y protesta, pero no se la quita. Y termina con el gorro, por el que también protesta pero deja en su sitio. Estoy entre que me tiene mucho respeto, o que lo que verdaderamente tiene, es frío.

Total, que nos metemos en el metro y se sienta al lado de un pasajero oriental. El pasajero oriental juega al Candy Crash y eso atrapa la atención de mi hijo. Yo también juego y a él le gusta dar a los caramelitos y que exploten. Así que me ofrece esta estampa de fisgón absoluto.

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El jugador cambia su asiento. Pero eso no arredra a mi pequeño. No es alguien que se desanime fácilmente. Así que continúa echando un vistazo. Y suelta: «No me deja el zeñó a ve».

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En efecto, el chino sieso, no le deja ver. Ni le deja ver ni reacciona de modo alguno a su presencia. Ni una sonrisa, una mirada cómplice, ni no cómplice, ni siquiera una mueca de desagrado. Nada. Como si mi hijo no existiera. Anda, majo, que te crees que va a colar que no te has dado cuenta de que tienes dos ojos pegados a tu cara y a tu móvil…

Luego salimos a la calle. El Cachorro está aprendiendo las letras. Hay una que tiene clara.

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«Mira, dos ezez de Zimón». Ve eses de Simón por todos los lados. Y es una ilusión total. A mí también me ilusiona que le ilusione.

Nos metemos en una tienda de ropa que también tiene una ese de Simón y, claro, mientras yo me pruebo cosas sobre la marcha, mi niño zascandilea.

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En fin, que todo es la monda. ¿Todo? Noooooooooooooo. No tiene mucha gracia que un torbellino de tres años se ponga a correr por toda la tienda y lo pierda, por ejemplo. Aunque le he quitado la manía de no aparecer cuando lo llamo. Ahora me desgañito solo una vez, porque enseguida se persona a mi vera. Algo es algo. Y hay que reconocerle a la criatura que bastante ha aguantado mis quita y pon de ropa medio en bolas entre la gente en medio de la tienda, por no meterme en un probador con carro, niño y todo el copón.

Y lo que ya es mucho menos divertido es salir a la calle y que el bebé se ponga a llorar como un descosido. Argh, mucho ha durado. Tiene hambre, así que a buscar una cafetería para poder sacar la teta y que no se me congele. Y justo cuando entro en una y cojo al pequeño en brazos hecho un mar de lágrimas, es el momento que aprovecha el mayor para informarme: “Mago piiiiiiiz”. HORROR.

Así que con el bebé aúpa llorando y con el otro con el baile de San Vito, pido a los de la mesa de al lado que me cuiden el cochecito con el bolso con todos mis objetos de valor, y todos los abrigos encima y las bolsas con toda la ropa de niño y de mujer (atormentada) que he comprado. En esas circunstancias no te queda otra que confiar en la gente, así esté fumando un porro y tenga las uñas como un guitarrista de flamenco (que afortunadamente no es el caso). Porque el baño del lugar… ¡¡está escaleras (empinadas) abajo!!

Ir al baño con el brazo izquierdo inutilizado con cinco kilos y pico de peso, para desabrochar un pantalón y aupar con el otro brazo a un niño de quince kilos y pico de peso a un váter al que previamente le has pasado un trozo de papel higiénico (que afortunadamente había) ensalivado por la taza, y pedirle que no apoye las manos y que se sostenga agarrándose a tus piernas, limpiarle el pitilín una vez ha terminado (habiendo hecho una mierda chorro que se podía haber aguantado perfectamente), bajarlo al suelo, subirle los calzoncillos y los pantalones y abrochárselos, es como para que me erijan una pedazo de estatua que sustituya a la de Colón, por lo menos.

Podría seguir. Podría contaros lo de encontrarte con alguien a quien quieres impresionar por Gran Vía y ofrecerle una imagen de psicópata desesperada que no mira a los ojos porque mientras habla intenta localizar a ese menor que momentáneamente se ha perdido entre la multitud, podría relataros mi vuelta a casa en autobús, cuando tú te colocas en el lugar del carrito y tu hijo mayor se quiere sentar lo más lejos posible de ti y de su hermano. Podría. Pero creo que con lo que he contado ha quedado claro que tener hijos, como decía, ENTRETIENE.

Eso es MENTIRA

¿Me puede explicar alguien con qué clase de bebé hace Dodot sus pruebas para afirmar que sus pañales duran doce horas secos? ¿Con uno que lleva sonda? ¿Con uno que es más de sudar que de mear? Les daba yo a mi hijo, a ver qué tal.

bebé

Últimamente lo levanto por las mañanas mojado. Su pañal parece una pelota de rugby a punto de estallar. Pesa tanto como él. Estoy a lavadora diaria. ¿Le coloco dos pañales superpuestos o qué hago? Qué manera de mear, por Dios.